Roma montado en una vespa. Autor: Andoni Aldasoro

Bicicletas para Amsterdam, góndolas para Venecia y rickshaws para varios países de Asia; pero para recorrer La Ciudad Eterna no hay como hacerlo a lomo de un scooter vintage.. sobre todo si nunca has manejado uno.

Me pongo el casco perfectamente redondo, ajusto la correa. Tomo el manubrio, pruebo el acelerador y volteo hacia mis costados. Soy un gladiador etrusco del 700 a.c., listo para arrancar. La Via del Viminale es ahora el Circo Massimo, y mi Vespa roja es un poderoso carruaje con caballos grandísimos. Luz verde. El claxon de los coches suena como el vitoreo de la multitud. Acelero y tras una serie de maniobras inciertas logro controlar la moto, digo, el carruaje. Algo sucede cuando nos subimos a una moto, especialmente si el escenario de las fantasías es la histórica Ciudad Eterna: Roma.

“El estereotipo de la dupla Roma-Vespa”, me contó Marco, co-propietario junto con Aurélie, de Bici & Baci, local de renta de bicicletas y motos, “le debe mucha publicidad al cine, particularmente a A Roman Holiday, la película de Gregory Peck y Audrey Hepburn, ¿la has visto?”. Dije que sí, mintiendo; yo solo pensaba en recorrer las siete colinas de Roma. “¿Ya has conducido antes un scooter?” preguntó Aurélie; volví a afirmar, tergiversando aquel recuerdo de la infancia cuando trompicaba una motoneta de cuatro ruedas alquilada en pequeños circuitos de terracería. Nada impediría que, por 70 euros al día, rentara esta flamante Vespa Piaggio LX roja.

Después de repasar los temas de seguridad, civismo, estacionamientos y calles peatonales, elegí un casco que ajustara a mi mentirosa cabeza. Me preguntaron si me interesaba inscribirme a un tour. Les dije que no. Prefería ir sólo, con los pros y contras que eso significaba. Con toda esa información en mente salí del local por Via del Viminale, sintiendo el motor de 150 cc rugir como un potente caballo.

Si a David Byrne, ex líder de Talking Heads, gurú musical y escritor pedalero, montar su bicicleta y sortear baches le resulta estimulante, es porque, con seguridad, nunca ha conducido un scooter por las calles romanas. El interminable zigzag de las deterioradas callejuelas; las subidas y bajadas; las inesperadas lloviznas que torna resbalosos los sampetrinos (adoquines originalmente utilizados solo en la Piazza San Pietro, de ahí su nombre) sumados al peligro y emoción que reinan en cada esquina, hacen de esta experiencia algo absurdamente divertido.

Día 1 – Debo respetar las señales de tránsito

En mi primer día de Vespa quise recorrer la zona del Foro Romano y el Coliseo. Pasé frente a la iglesia Santa María Maggiore, en la colina Esquilino, y tomé la gran Via Cavour. Todo fue cautela y precaución. No se había visto conductor tan respetuoso de los semáforos ni de las señales de tránsito. En primavera, el clima romano es benigno: aún hay resquicios del frío invernal, pero, cuando el cielo se sacude las nubes, el sol nos permite abandonar las chamarras y sentir la brisa templada. Las reglas para manejar un scooter en Roma son pocas y todas tienen su base en el sentido común. No puedes estacionarte en cualquier sitio, hay lugares específicos para ello; tampoco puedes manejar sobre calles peatonales, por obvias razones; en un alto puedes situarte por delante de los demás coches, pero cuando se ponga el verde no tardes mucho en arrancar porque te lloverán los ¡spostare, coglione! al unísono. El italiano tiene fama de ser malo al volante y para comprobarlo solo hace falta visitar la intersección de dos o más calles: los autos se cierran el paso, los conductores se insultan, los motocicletas esquivan puertas y vueltas inesperadas.

Quizá no sea tu primera vez en Roma, tal vez la hayas recorrido varias veces ya, pero nada se compara con la sensación de girar la Vespa en Via del Fagutale y ver a lo lejos el costado del impresionante Coliseo. Escenas triviales y tontas de películas cuyos títulos no recuerdas se agolparán en tu cabeza y te harán sentir tan bien que querrás visitar la antigua arena de gladiadores como si fuera la primera vez.

De pequeño tenía un libro de pinturas del francés Jean-León Gérôme. En éste se mostraban escenas de la antigüedad de diversas culturas, una de las más memorables se llamaba Pollice verso, un cuadro donde, con lujo de violencia gráfica, el artista da su versión de las batallas de gladiadores. Búsquenlo. Puede decirse mucho acerca del Anfiteatro Flavio, conocido como Coliseo por la colosal estatua de Nerón de 35 metros que antiguamente flanqueaba a este gran edificio, mucho de esto será verdad, otro meras leyendas. Lo que no hay que olvidar es que por más de veinte siglos fue el anfiteatro más grande y con mayor capacidad del mundo. En una tarde dominical solían asistían 50 mil espectadores, todos cómodamente sentados, ávidos de espectáculo y sana diversión.

Ha salido el sol y la luz lateral hace que las viejas piedras de las ruinas cobren vida y parezcan rejuvenecerse. El mismo sol ha venido calentando la ciudad este último par de días. Aún se ven abrigos pero las vestimentas que portan las romanas son, afortunadamente, cada vez más cortas. No sé qué me delata más como turista, si el mapa que con muchos trabajos desdoblo en cada luz roja al conducir la Vespa o esta sonrisa que no parece querer irse.

Me gusta estar hospedado cerca de la Stazione Termini. El tren proveniente del Aeropuerto Fiumicino llega directamente a esta estación, y de aquí, a su vez, salen trenes para todo Italia. Cerca también se encuentra la ciudad universitaria, y el movimiento en las calles es constante. Todo esto me hace pensar que puedo dejar mi Vespa sin mucho temor a no volver a verla.

Es curioso cómo funcionan cierto tipo de viajeros. Cuando estoy visitando un país extranjero por más de cuatro días, busco y encuentro pequeñas cosas habituales que me hagan sentir un poco como en casa. Para mí, esta ancla sentimental fue un glorioso expendio de pizza llamado Pizza & Kebab, atendido por Ahmed, un amigable turco que habla italiano como los oriundos.

Día 2 – ¿Cómo se dice “me gusta tu casco” en italiano?

La primera vez que la vi yo sostenía medio cornetti, en una mano, y una pequeña taza con capuccino, en la otra. Entró al Bar Fondi, a pocas cuadras de mi hotel, donde había acostumbrado tomar mi desayuno. Saludó y pidió lo mismo que yo. Cargaba un casco color púrpura. Los parroquianos, amontonados en el mostrador, discutían airadamente algún tópico de actualidad ¿política? ¿economía? es difícil saberlo; lo más probable es que se quejaran de la vergonzosa temporada del A.S. Roma, equipo local de la liga italiana de futbol. Cuando vi que ella estaba por terminar apuré el resto de mi cuernito romano y salí del café con una palabra que quiso ser grazie pero que bien pudo haber sido cualquier otra cosa. Sin duda, el scooter de La Chica De Casco Púrpura estaría estacionado cerca de mi Vespa. Con la seguridad de que vendría detrás de mí, caminé Via Milazzo como una insuperable mezcla de John Travolta en Saturday Night Fever y Marlon Brando en The Wild One. Al llegar a la zona de aparcamiento motocicletero noté, sin mucha sorpresa, que mi Vespa se había convertido en una Harley-Davidson, negra como la noche. Arranqué el potente motor, y busqué a La Chica De Casco Púrpura. Un punto de color ahora violáceo salía de la escena con un ronrroneo cada vez más lejano.

Conocer una cuidad en moto significa ahorrar mucho tiempo de traslados. Me perderé la experiencia de conocer y utilizar el metro, cosa que generalmente me gusta, pero no agotaré mis diezmada condición física deambulando por todo Roma.

Decido dejar el mapa guardado en la mochila. Igual siempre acabo perdiéndome. Le doy un último vistazo y resuelvo tomar Via Nazionale hasta que en un punto indefinido dé vuelta a la derecha. Por ahí debo toparme con la Piazza di Spagna o con la Fontana di Trevi, cualquiera de las dos estará bien. Los vertiginosos 60 km por hora que mi Vespa alcanza me permiten apreciar, no sin insultos y vociferaciones, los edificios y casas de la capital italiana.

No utilizar un mapa puede llevarte a desperdiciar toda una tarde dando vueltas o a encontrar algo que posiblemente no buscabas. Habiendo dejado la Vespa encadenada y acudiendo de vuelta a estas cansadas piernas, llegué a la Piazza della Rotonda, frente a las altas columnas del Pantheon, el edificio antiguo mejor conservado de todos, y cuya bóveda es más grande aún que la de Basílica de San Pedro. El Pantheon es el primer caso de un templo pagano convertido al culto cristiano.

Día 3 – Ciao, Vespa, ciao

Otra de las bondades de recorrer tierras extrañas en moto es que aprendes las vialidades principales de la ciudad. Tomando Via del Corso, donde muchas de las grandes tiendas se alojan, se puede llegar a Piazza Venezia y a Piazza del Popolo. A los largos pasillos a los costados del río Tiber se les conoce como Lungotevere y se puede circular por ahí. Otra calle importante es Via de la Conciliazone, que nace frente al Castel Sant’Angelo y termina en los brazos de la Piazza San Pietro, en Ciudad del Vaticano.

Hablemos del Vaticano. Si cuentas con mucho tiempo y ganas de ver una de las colecciones artisticas más bastas del mundo, entonces debes visitar el Musei Vaticani; seguro las larguísimas filas no te desanimarán. Pero si tu tiempo en Roma se termina, como es mi caso, puedes enfilarte a la Basílica de San Pedro. Mi madre seguro estará orgullosa al saber que entré a una iglesia con esta cara de devoción. No le diremos, para no desalentarla, que no se trataba de estar ante presencias divinas sino que fue meramente por la arquitectura del recinto. Si se puede, visítenla de día para ver los rayos del sol entrar por las ventanas de la bóveda que iluminan las columnas y nichos.

La dicha experimentada en un viaje es directamente proporcional a la nostalgia que se siente la última noche. Imaginen mi deplorable estado anímico que, de vuelta a mi hotel, canturreaba canciones de Tiziano Ferro. Exacto, deplorable. No me lo so spiegare.

Siento mis brazos entumecidos en posición “volante”. Encuentro un buen lugar en el área de estacionado. Me quito el caso y veo que La Chica Del Casco Púrpura, enfundada ahora en unos pantaloncillos cortos, blusa de tirantes y tacones negros. Es viernes y lo más probable es que vaya a salir a ¿bailar?. A esta hora ya no soy Travolta ni Brando, mucho menos un gladiador estrusco. Me acerco y le digo “Mi piace il tuo casco”, ella dibuja una brevísima sonrisa y responde “grazie… ¡ciao!”. El “ciao” lo dijo cuando ya había arrancado. Encadeno mi Vespa por última vez, ya que mañana termina el tiempo alquilado, y camino hacia el local de Ahmed. Quiero preguntarle si mi frase “mi piace il tuo casco” sonó a eso o a cualquier otra cosa.

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