Renacer bajo el Salkantay. Autor: Pau Llambies Bal·le

Llegué a pensar que me moría. Enfundado hasta las orejas en el saco de dormir y vestido con toda la ropa térmica de que disponía, sentí que mi cuerpo había superado el límite de su resistencia. Antes de dormirme, como un desmayo, sólo recuerdo que mi compañero cenaba tranquilamente a la intemperie.

Resucité cerca de las seis de la mañana, acampados bajo los pies del nevado Salkantay. A falta de dioses, a él le di las gracias por aquel nuevo amanecer. Después de comprar algunas provisiones en una tiendecita de madera del pueblo más cercano, reemprendimos la ruta que bordeaba la impresionante mole rocosa que nos había arropado aquella noche. Y a medida que fuimos ascendiendo acusamos notablemente la falta de oxígeno. El pulso se aceleraba y la respiración empezaba a jadear. El frío se fue acentuado y empezó la llovizna. La mochila, como un crucifijo, nos empujaba sin piedad hacia el centro de la tierra.

No llegué a sentir el temido soroche, pero sí recuerdo haber llorado como un niño después de superar uno de los puntos más complicados del camino, desbordado por el sufrimiento, tras un ataque inesperado de risa. También recuerdo la alegría de haberme enfrentado a mí mismo y a mis fantasmas. Marc llevaba ya un buen rato resguardado del intenso frío cuando nos reencontramos, así que enseguida que recuperé el aliento iniciamos el descenso. Poco después de que parara de llover encontramos una agradable explanada donde devorar el pan de molde con atún enlatado. Aparentaba poco glamour, pero sabía a exquisito manjar. El siguiente tramo fue mucho más relajado y nos permitió charlar buena parte de su andadura, hasta que poco antes de anochecer plantamos la tienda en un pasto con vacas, cerca de un pequeño grupo de viviendas.

***

A la mañana siguiente partimos temprano, una vez convencimos medianamente al dueño de que no habíamos dormido en lo que ahora no era más que tierra baldía. El trayecto siguiente resultó apacible y pasado el mediodía nos sentamos a almorzar bajo el cartel que indicaba la entrada al recinto del santuario de Machu Picchu, a resguardo de una lluvia que se iba intensificando. Pasadas dos horas sin tregua, atrincherados bajo un angosto espacio seco, reiniciamos la marcha para evitar que anocheciera de camino. La Pachamama debió de apiadarse de nosotros, porque al poco de partir cesó la lluvia y los nubarrones se fueron apartando a nuestro paso. Cuando llegamos a la ruinas de Llaqtapata, cubiertas por el barro y una luz anaranjada, el sagrado valle de los incas se mostraba en todo su esplendor. Esa fue la única noche que dormimos en un camping, el único lugar a la redonda suficientemente horizontal. Comimos lo mismo que los días anteriores, pero sentados bajo techo en una mesa y acompañados por un gato. En otra mesa una pareja y su guía cenaban de un guiso caliente con gesto muy serio, mientras nosotros nos burlamos del silencio a carcajadas.

***

El camino de bajada, embarrado por la intensa lluvia de la noche y todavía con el sueño en las pestañas, nos destrozó las rodillas. Cuando finalmente conseguimos alcanzar tierra firme, continuamos durante dos horas más siguiendo unas vías de tren casi huérfanas. Inevitablemente pasamos la noche en Aguascalientes, de donde el único recuerdo que conservo fue una cama que no debía ser, en otras circunstancias, nada del otro mundo. Las carencias de los últimos tres días habían convertido, sin embargo, cualquier atisbo de comodidad en un lujo incalculable. A la mañana siguiente, antes que despuntara el alba, ya andábamos de camino al famoso conjunto arqueológico, armados de impaciencia, partiendo la oscuridad con las linternas. Peldaño a peldaño fui agradeciendo en silencio todos los esfuerzos que me habían traído hasta ahí, pues le otorgaban al reto una intensidad mucho mayor. Fue entonces cuando comprendí mejor que nunca por qué el camino que lleva a la cima es más importante que estar encaramado sobre ella.

Era el gran día. Subiendo las centenarias escaleras de piedra exprimimos los últimos retazos de energía en nuestras piernas. Y a medida que la claridad empezaba a pintar sombras, acelerados de emoción, olvidamos de un plumazo toda la fatiga acumulada en las jornadas previas. Aquel día, cuando el sol empezara a abrirse paso entre la majestuosa cordillera de los Andes, la antigua ciudad inca dejaría de ser el espejismo mental que fue durante años. Y como una silueta calcada en papel vegetal sobreponiéndose a un original, el ansiado Machu Picchu iba a aparecer ante nosotros.

 

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