¿Nos acompaña con una taza de té?  Autor: Rossana Sala Estremadoyro

Me acerqué al carrusel del equipaje. Acababa de llegar a Amsterdam. Pronto debía salir mi maleta. Me sorprendí al encontrar una cartera en el suelo. Por sus colores, azules y amarillos, debía ser de alguna muchacha joven. Miré a mí alrededor. Una niña saltaba aburrida al lado de quienes me imaginé eran sus padres. Les hice una seña mostrándoles el bolso  pero me ignoraron.

—¡No deje abandonada su cartera!— me ordenó un guardia de seguridad en un inglés bastante áspero.

—No es mía— le respondí en el mismo idioma estando a punto de levantar las manos en señal de rendición.

Recordé una anécdota de uno de los cuentos de Carver que acababa de leer en el avión. Once horas de vuelo desde Lima, me habían dado el tiempo suficiente para dormir y darle además una detallada lectura al libro. De no ser por el hombre sentado a mi lado con ese olor a cigarrillo impregnado en su cuerpo, el viaje habría sido muy agradable.

—¡Recójala de inmediato!— insistió el guardia—. ¡Si no lo hace tendrá que acompañarme a Seguridad!

En ese cuento, una mujer olvida su bolso en el baño de un museo en Alemania. Una señora, al verlo, revisa su contenido y encuentra un documento de identidad con una dirección en Múnich, la ciudad donde ella estaba. Entonces, decide tomar un taxi para entregárselo a su propietaria.

Sin pensarlo más, hice lo que tampoco debió haber hecho la mujer del cuento de Carver: levanté la cartera.

¿Qué habría en ella? ¿Qué pasaría si me veía su dueña?

Saqué mi maleta del carrusel y me paré en la cola de aduanas. Traté de disimular mis nervios. Hacía frío pero sentía humedad en mis manos. Empezaba a tener calor en el cuerpo. No debía quitarme la chaqueta. El guardia me observaba. Al salir del aeropuerto subiría al primer taxi y revisaría la cartera. Debía contener algún documento.

Faltaban cuatro personas para que me atendieran.

No quería ese bolso conmigo. Seguía en mi cabeza la historia de Carver. La mujer de ese cuento, le entrega la cartera a su propietaria quien al recibirla descubre que le faltan ciento veinte dólares que ella había guardado sujetos con un clip. No le dice nada a la portadora imaginándose que quizás otra persona había cogido el dinero. En agradecimiento, la dueña del bolso y su esposo, la invitan a pasar a su casa para que los acompañe con una taza de té.

La fila avanzaba con lentitud. Una muchacha fue sacada del lugar por los guardias. ¿Sería la dueña de la cartera que yo tenía en mis manos? Traté de verle la cara para poder identificarla luego en algún documento del bolso. Hubiera querido saber qué había en él pero no me atreví a abrirlo. En todo caso, no pesaba mucho. La muchacha levantó la voz y dijo palabras en algún idioma que no llegué a entender. Tendría unos treinta años. Era bastante blanca. Pecosa. Su pelo rojizo y ondulado le cubría los ojos. Casi lloraba. Sí, parecía llorar. Pobrecita, pensé sintiéndome frustrada y hasta culpable por no ayudarla.

—Su turno— escuché a un muchacho detrás de mí.

Me acerqué al oficial de aduanas. Mostré mi declaración y pasaporte junto a una tímida sonrisa. Respondí las pocas preguntas que me hizo. Ya no las recuerdo. Solo sé que traté de mostrarme serena.

—Bienvenida a Holanda— estoy segura que me dijo.

Tomé mi pasaporte y volví a sonreír.

Suspiré con disimulo.

Caminé despacio.

Sentí frío.

Salí del aeropuerto.

En tres minutos ya estaba en un taxi.

—¿Dónde la llevo?— me preguntó el chofer  en inglés.

Abrí la cartera. Debía haber algún documento, algo que me llevara a su dueña.

Una bufanda. Un cuaderno. Un  libro viejo.

Quedé pasmada.

Billetes de dólares unidos por un clip.

¿Sería otra coincidencia?

Preferí no tocarlos.

Hojeé  las  páginas del libro cayendo de ellas un pequeño papel con un texto escrito a mano.

Se lo di al taxista.

Era una dirección.

—¿Queda muy lejos?— le pregunté mientras trataba de calcular cuánto dinero habría en ese clip.

—A quince minutos—me dijo—. Acá, en Amsterdam, todo queda cerca— agregó notando que era mi primera visita a la ciudad.

¿Qué debía hacer?

En el cuento de Carver, la mujer, esa que encuentra el bolso y lo entrega a su dueña, se sienta a tomar el té tan campante y después de relatar con elegancia su vida, viajes y fortuna, muere. Sí, muere. Muere con la boca abierta en la sala de estar, dejando caer al suelo su taza y desplomándose en el sofá. Le buscan el pulso. No hay señales de vida. La dueña del bolso, conmocionada, evitando mirar al cadáver cada vez más pálido, coge la cartera de la buena mujer para tratar de averiguar en qué hotel se hospedaba. La abre. Queda perpleja. Profundamente decepcionada. Allí estaban. Todavía sujetos por el clip. Sus ciento veinte dólares.

—¿Vamos a esta dirección?—me apuró el chofer.

¿Debería llevar la cartera?

—Sí, por favor— le dije casi por instinto.

—¿Se siente bien?— me preguntó—. ¿Subo un poco la calefacción?

—No, así está bien. Gracias— le respondí sin aliento.

Mis manos. Otra vez sudaban.

Me quité la chaqueta. Ordené mis cosas sin mirar más el bolso. No quería contar ese dinero.

Atravesamos varias avenidas. Cientos de  bicicletas cruzaban e invadían las calles en un perfecto orden. Eran casi las cinco de la tarde. Estaba cansada. Necesitaba dormir.

—Llegamos— me dijo el taxista al devolverme el papel con la dirección— Son trece euros.

—¿Me puede esperar? Solo debo entregar algo y regreso— le pedí buscando de alguna manera cambiar mi destino.

—Mil disculpas, señora— me respondió—. Tengo una llamada de la central y debo ir por otro pasajero.

Rodé mis maletas muy despacio hacia la puerta de la casa.

La fachada era alargada y angosta. El techo tenía forma de campana.

El cielo estaba gris.

¿Llovería?

Al igual que en el cuento de Carver, vi a una mujer asomarse por la ventana.

Abrió la puerta antes de que yo acaso pudiera tocar el timbre.

Tenía el pelo negro y muy corto. Me recibió con una sonrisa breve, clavando la vista de inmediato en el bolso que yo cargaba en mis manos, al momento que decía en voz alta: ¡Raymond! ¡Tenías toda la razón, darling! ¡La señora trajo mi cartera!

—¡Entre, por favor! ¡Hace mucho frío! Soy Tess —me dijo al darme un rápido apretón de manos—. Este es mi esposo, Raymond Carver.

—Mucho gusto—me dijo al cerrar la puerta un hombre de cejas pobladas y negras.

Pero si yo lo había visto antes.

—Noté en el avión el entusiasmo con el que leía mis relatos—continuó el hombre mientras se llevaba un cigarrillo a la boca—. No se quede allí parada, siéntese, siéntese— insistió mientras hacía espacio en el desorden de la sala—. ¿Nos acompaña con una taza de té?
Lima, 5 de junio de 2015

Basado en parte del relato de Raymond Carver “Póngase usted en mi lugar” publicado en el libro titulado ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?.

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