Miami Noir. Autor: Andoni Aldasoro

Las luces de neón iluminan sólo una cara de Miami Beach; la otra, oculta tras libros y series de televisión, había logrado permanecer en la sombra… hasta ahora. Enfundados en la icónica gabardina de los clásicos detectives buscaremos las historias más negras de la ficción surgida en Miami.

Jueves. 19:35 hrs. Hotel Leamington. Downtown Miami.

Entro a la habitación en penumbras, no enciendo la luz sin antes asegurarme de que no hay nadie esperándome en el interior, detrás de la puerta. El calor hace que los lentes oscuros se deslicen sobre mi nariz. Mis temblorosas manos adivinan el último cigarrillo. A través de las persianas observo la ciudad. —El camino que me ha traído hasta aquí, pronuncio, ha sido tortuoso y no sin peligros. Y ahora, de cara al oscuro océano que baña esta misteriosa… —¿Océano?— pregunta con un dejo de burla el bellboy cubano que pensé ya había abandonado la habitación, —esto es Biscayne Bay, señor, no el océano. El océano está del otro lado de Miami Beach— y señala un pedazo de tierra que parecía ser un islote. —Pero aquí contamos con un sauna, y si el señor desea un masaje..—.

—No. interrumpo, no será necesario. Yo… yo creía que Miami daba al océano—.

—No, señor. Eso es en Miami Beach. Son dos ciudades separadas, señor. Pero no vaya para allá, en Miami Beach no hay nada más que crimen, señor—.

Jueves. 22:10 hrs. Stardust Apartments. South Beach, Miami Beach.

Entro a la habitación en penumbras, no enciendo la luz sin antes asegurarme de que no hay nadie esperándome en el interior, detrás de la puerta. El calor hace que los lentes oscuros se deslicen sobre mi nariz. ¡Suficiente!. Prendo al máximo el aire acondicionado y literalmente arranco la gruesa gabardina que, a pesar de la sorna del cubano, sigo portando. “Hace mucho calor, señor, ¿qué esconde ahí, señor? ¿por qué se va tan pronto?” Vaya que el camino que me ha traído ha sido tortuoso y no sin peligros. Qué difícil resulta tratar de actuar como un detective de novela negra.

Montado en un taxi, abandoné el Hotel Leamington (307 Northeast y 1st St. Downtown Miami) levantando el polvo del Venetian Causeway para comprobar que fui, por fortuna, verazmente informado. La ciudad de Miami y Miami Beach, separadas por la bahía, se comunican únicamente por tres puentes o causeways que emulan estrechos embudos hacia Miami Beach. Desde cualquiera de éstos, mirando hacia atrás, se puede apreciar una imponente postal del skyline del centro. Los aficionados de las series policiacas de la televisión ochentera no podremos presenciar esta imagen sin esperar que, de algún lado, aparezca el título de Miami Vice.

El claroscuro de Miami

Instalado en la bulliciosa South Beach, en los Stardust Apartments (910 Collins Avenue, Miami Beach) desprendo hastiado mi vestimenta y me enfundo en una guayabera azul claro y unas bermudas blancas. Debo mezclarme con los lugareños. Es momento de salir a escena. Con los lentes oscuros sólo como accesorio, me enfrento a la omnipresente humedad de Collins Avenue, a sólo dos calles de, ahora sí, el océano. Estas luces de neón permiten conocer sólo una cara de la ciudad, la otra permanece oculta. La suave arena de Miami Beach ha visto más que espectaculares cuerpos bronceándose, ha visto crímenes, o eso es lo que la literatura noir nos ha hecho creer. Habiendo resuelto el misterioso caso de Biscayne Bay, me encuentro en el epicentro de la Miami clandestina, del escandaloso y carente de gusto Latin Hollywood, urbe de corrupción y de intriga, de contrabandistas y de cargamentos ilegales, de yates y de limusinas. Perfecto caldo de cultivo que ha engendrado incuestionables joyas del género noir.

Miami, capital mundial del spring break y embajadora ante el mundo del estado de las naranjas: Florida; es la ciudad más grande del suroeste de Estados Unidos. La cercanía de sus costas con Cuba ha devenido en el eterno desembarque de, legales o no, futuros miamenses. Tanto así que el español es el idioma más utilizado en el día a día.

Como toda gran ciudad, ésta tiene dos rostros. El conocido lo conforma South Beach, Ocean Drive y sus exclusivas tiendas, los edificios art-decó, las sandalias con calcetines, los Miami Dolphins, la rumba y el silicón. Pero el brillo que emite tanto bling-bling genera sombras tan densas y profundas que los amedrentados han procurado ignorar.

Cuervos sobre las palmeras

Tras la Primera Guerra Mundial, la clase media estadounidense, sumida en la gran depresión económica, buscaba entretenimiento en la ficción barata de las revistas pulp. Éstas ofrecían una interesante mezcla entre detectives, gangsters, violencia, sexo y crimen organizado; donde la línea entre el bien y el mal era muy delgada, casi invisible. Éste oscuro desdoble del género policíaco tradicional buscó atmósferas asfixiantes y peligrosas, y en ciudades como Miami, con lujosas mansiones de retiro y pantanos infestados por cocodrilos, encontró suelo fértil.

No se podría hablar del género noir en Florida sin tener a Charles Willeford como punto de partida. Boxeador profesional, actor, poeta y escritor, Willeford es el padre literario de Hoke Mosley, quintaesencia del detective atormentado. El estilo de Charles, cuyo auge tuvo lugar a mediados de los 80, cambió la percepción que se tenía de Miami que se tenía en el exterior: de centro vacacional y oasis para jubilados a núcleo de glamour, drogas y crímenes estrafalarios. Novelas como Miami Blues y The way we die now inspiraron a toda la camada de escritores locales post-Miami Vice. “Sólo di la verdad, y te tacharán de escribir humor negro” afirmaba satíricamente el novelista. No pocos creadores admiten con orgullo la influencia de Charles en su trabajo, Quentin Tarantino podría encabezar esa larga lista.

La semilla de Willeford también se puede rastrear hasta Patricia Cornwell, popular escritora de la serie Scarpetta; y Thomas Harris, creador del infame Hannibal Lecter, ambos autores, al igual que Charles, nacieron en Miami.

Viernes. 23:45 hrs. Bar del Clevelander Hotel. South Beach, Miami Beach.

Las noches en la denominada Riviera Americana son legendarias, y en el Clevelander (1020 Ocean Drive, Miami Beach) no es la excepción. Cantidades absurdas de licor animan a los visitantes a declarar un amor tan genuino como fugaz, generalmente correspondido a medias. Sobre estas mesas, o debajo de ellas, ningún vicio ha pasado desatendido. No se escucha el jazz ni el swing tan característico del estereotipo mafioso, en lugar de eso tenemos a Pitbull y a Shakira, detonante ideal para que el parroquiano más tranquilo se vea motivado a cometer fechorías despiadadas. Detrás del escenario hay un pool bar donde tanta piel expuesta ofrece mayor sentido. Cuando se está en modo detectivesco todos parecen sospechosos o culpables de algo.

Mucho se dice de que han sido los parajes tan diversos de Miami los que han inspirado a los creadores noir, yo sumaría a éstos un factor determinante: el calor. No dudo que los escritores locales, abrumados por las altas temperaturas y la humedad, hayan optado por dedicar sus noches de forzado insomnio a las generación de letras.

El mafioso cubano y el asesino justiciero

Miami ha brindado escenarios inolvidables tanto en cine como en televisión. Basta con recorrer sus calles para verse invadido por innumerables deja-vus, sólo hay que estar alertas. En la esquina de Ocean Drive y 13th St., está el hotel Carlyle, donde un joven Al Pacino, personificando al cubano Tony Montana, entregó cierta valiosa mercancía a unos comerciantes colombianos, en la cinta de culto Scarface (1983). Y no fue el único lugar donde Pacino exhibió sus enormes solapas, en el hotel Fontainebleau sobre Collins Avenue, el mismo gangster habanero afirmó haber encontrado el paraíso. Otras películas que se filmaron en estas locaciones fueron Tony Rome (1967) y Lady in cement (1968), ambas con el mismísimo Old Blue Eyes: Frank Sinatra.

Si una serie televisiva ha logrado captar toda mi atención en los últimos años, dejando a un lado Miami Vice y el dolor que significaba ver los atuendos de Don Johnson, ha sido Dexter: la historia de un asesino serial común y corriente que ocupa su tiempo libre cazando y exterminando otros asesinos seriales. Aunque la historia, adaptación del libro Darkly Dreaming Dexter, de Jeff Lindsay, esté situada en Miami, muchas de sus grabaciones toman lugar en distintas locaciones de California. Pero no hay que desanimarse, el primer crimen de la primera temporada de la serie, obra del a la postre famoso Ice Truck Killer, fue filmada en el Seven Seas Motel, aquí en Miami. Si uno lo desea, puede tomarse una fotografía recostado en el fondo de la piscina, posando “desmembradamente” para deleite y envidia de sus amigos. Otras series bastante conocidas que se desarrollan aquí es CSI Miami y Burn Notice, pero estas no causaron el impacto que las ya mencionadas

Domingo. 03:27 hrs. Mango’s Tropical Café. South Beach, Miami Beach.

El taxista, también cubano, afirmó, con una autoridad inobjetable, que el Mango’s Tropical Café (900 Ocean Drive, Miami Beach) es el mejor lugar para, cito textualmente, “la rumba”. Su argumento se hizo de piedra al mostrarme el anuncio del establecimiento en una arrugada página del Miami Herald. Leo que las bailarinas y las bartenders están uniformadas con cat suits (trajes como la Gatúbela de Michelle Pffeifer, espero). Interesante. —¿Puedo quedarme con el periódico?— Durante el resto del viaje, el taxista se dedica a lanzarme miradas de complicidad. —No se va a arrepentir, señor—. Lo dudo mucho, pienso para mis adentros, en la literatura noir los protagonistas suelen arrepentirse de todo. Los finales felices no tienen cabida en este sombrío género de ficción.

Bajo del taxi después de pagar dos meses de sueldo por un trayecto demasiado corto. Ya empiezo a arrepentirme. Entro al local y me dirijo a la barra. Actúo como si fuera un hombre con un plan sólidamente trazado. Esquivando las piernas de una bailarina que, subida a la barra, destroza la ya de por sí destrozada I love Rock’n’Roll versión Britney, saco el trozo de periódico y pregunto con bastante seriedad, quizá demasiada —¿la ha visto? ¿dónde puedo encontrarla?— señalando a la morena del anuncio. —¡Linda! ¡te buscan!— grita estruendosamente la bartender a la dueña de las piernas que yo había estado tratando de esquivar. —Debemos hablar—, sentencio tomándola del brazo, interrumpiendo el espectáculo. Su expresión de terror y extrañeza se ve modificada cuando remato con un “te invito a tomar algo”. Linda se abre paso entre la gente y yo la sigo preguntándome qué diablos estoy haciendo aquí. Nos sentamos. Yo la miro con la mayor pesadumbre posible mientras ella pide el trago más caro de la casa. Yo considero la opción de arrepentirme por completo. ¿Será este camino a la perdición el final de esta historia? No lo creo, aún hay misterios por resolver bajo esta cruel y despiadada luna. Para empezar, debo esclarecer por qué lo llaman cat suit, cuando no se parece en lo más mínimo a la plastificada Michelle. Otro misterio que asalta mi mente, digno de una investigación más profunda, es de dónde diablos sacaré el dinero para pagar todo esto. Sí, será sin duda alguna un camino tortuoso y no sin peligros.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s