La tarde en que me acosté a morir. Autor: Rosa Margarita Hernández

 

Some day you will be old enough to start

reading fairy tales again. ~C.S. Lewis

Tengo edad suficiente para haber pasado por la menopausia, el síndrome del nido vacío, y haber perdido mi compañero de vida a una mujer mucho más joven. Tengo tres hijos varones, adultos profesionales, que han podido aceptar a la madrastra trepadora. Mientras comparten con ella, siguen indignados conmigo porque fui incapaz de salvar mi matrimonio. Ahora resulta que yo soy la inmadura, la infantil, la desadaptada.

Stella es la única amiga que me dio la mano cuando, al verme sola, caí en una depresión. La única que sabe que intenté suicidarme. Sentada en la sala de mi casa, acabando de llegar de la farmacia, me tomé todas las pastillas para dormir de dos en dos con un vaso de jugo de naranja. Luego me fui a la cama, vestida, y me arropé. Quería que me encontraran con el gesto tranquilo; no con la expresión de amargura que habitaba en mi cara desde hacía meses.

Cuando desperté, dieciocho horas más tarde, me dolía todo el cuerpo: los huesos, las coyunturas, los dientes, incluso la piel. Era como si hubiera sido desollada viva y vuelta a componer. Mis intentos por levantarme fueron en vano, no podía mantenerme derecha. Asustada (sabía que si mis hijos se enteraban acabaría en el sanatorio nuevamente), llamé a Stella. Decidida se personó en casa, se comunicó con una amiga doctora y consiguió una receta a su nombre de los medicamentos que desperdicié. Con ello me resolvió el problema más inmediato. Pero además, se quedó conmigo hasta que pude levantarme, bañarme y comer. Me escuchó mientras, a duras penas, intenté reconstruir lo acontecido esa tarde. Estuvo todo el tiempo atenta a lo que le contaba, pero en mi interior sabía que, pragmática, consideraba que mis experiencias eran solo un sueño producto de una vívida imaginación que siempre se anticipa al futuro.

Recordaba el momento en que floté fuera de mi cuerpo y que me detuve a contemplarlo allí acostado: dramático, patético. En los últimos meses y luego de enterarme de que mi marido me engañaba, me había convertido en una niña chillona y manipuladora. Intentamos rehacer nuestra relación, pero los celos no me dejaban descansar. Continuamente le demandaba sexo para que saliera extenuado de la casa y no pudiera ofrecerle nada a la otra. Me presentaba a su oficina sin previo aviso.   Lo esperaba a la salida del edificio para seguirlo hasta donde fuera a almorzar. Lo llamaba incesantemente si se retrasaba en llegar a la casa. Respondona, nada me complacía. Nada era suficiente para calmar mis pataletas.

Finalmente se fue, no sin que antes le marcara el rostro con mis uñas y le rompiera los focos y le hiciera serias abolladuras a su automóvil con un martillo. Hasta donde sé nunca contó a nuestros hijos de mis estúpidos desaciertos. Ahora no sentía compasión ni pena de mi misma, ni el coraje y el rencor que me habían llevado a hacerle la vida imposible.

A medida que me separaba de mi cuerpo me di cuenta que pude haber actuado de otra forma más madura; aunque perdiera, podía haber salvado mi dignidad. En ese momento único me arrepentí no solo de lo que había hecho, sino de lo que acababa de hacer.

Como si el tiempo estuviera esperando esa realización mía para mostrarme cuan desacertada había sido mi elección, en ese momento me envolvió un torbellino. A pesar de encontrarme sin cuerpo físico, sentía que unas fuerzas extrañas me halaban como si estuviera siendo descuartizada por caballos corriendo en diferentes direcciones. Simultáneamente mi piel se estiraba y encogía. Así deben sentirse los animales que son esquilados vivos, se me ocurrió. Crecía para luego encogerme, mientras escuchaba mis propios gritos de terror. En aquella especie de centrífuga, me moví hacia las paredes intentando asirme de algo para detener la vorágine en que estaba envuelta.

Las paredes a mi alrededor eran húmedas. Identifiqué como piedra la superficie dura y rugosa. Al parecer estaba en una cueva cuyas paredes de roca estaban cubiertas de musgo. No había salida alguna porque, contrario a la luz que esperaba ver al fin del camino (eso dicen los que han vuelto del mundo de los muertos), solo había una oscuridad más cerrada. A tientas percibí que había grietas entre las pedruscos por donde se colaba un viento que ululaba y emergían celajes blancos que danzaban a mi alrededor. Traspasaba uno de ellos, para encontrar otro.

De cerca, los celajes tenían formas humanas. Donde debían ir los ojos, tenían huecos, grandes cuencas vacías. Sus bocas eran profundas y oscuras. Igual que yo, gritaban. Pero sus gritos eran risas que me lastimaban, y de las bocas de que salían aquellos alaridos carcajeantes también brotaban chorros de sangre que quedaba colgando sólida en el aire, como hielo. Era oscuro el pasadizo que recorría la nube en que me había convertido. Al chocar con otras como yo gritábamos más fuerte. Mis gritos eran de terror, los de ellas de burla. Comprendí que iba camino al infierno y este era el sendero que me tocaba recorrer.

Habría dado lo imposible por volver en mí y olvidar la necia decisión de quitarme la vida. Había sido un gesto desesperado y estúpido por ganar la atención y conmiseración de todos. Ahora quería estar de regreso en mi mundo. Extrañaba a mis hijos, mi casa, mis cosas.   Quería despertarme, pero ya no veía mi cuarto, ni mi cama, ni mi cuerpo…

De pronto se hizo un inmenso silencio. Por primera vez pude detenerme y sentí bajo mis pies un piso gelatinoso y frío, que subía y bajaba, como si respirara. Me doblé y toqué el suelo. De más cerca pude notar que se movía porque eran millones de gusanos y culebras. Culebras que se enredaban en mis tobillos impidiéndome adelantar hacia una luz tenue que se había hecho visible muy al fondo.

Sentí con terror que una mano tomaba la mía y la apretaba. A mi lado un pequeño ser de cuencas vacías y boca sin dientes caminaba despacio. Era como si quisiera guiarme a alcanzar la luz. Cerré los ojos aterrada, ¿era el diablo? Cuando los abrí volví a mirarlo. Era una niña de ojos grandes y oscuros. Una sonrisa le salpicó los labios y aumentó la fuerza con que oprimía mi mano.

—Vamos a estar bien —me dijo animándome—saldremos juntas de aquí.   Piensa que es un juego, podemos si quieres saltar y bailar. Nada podrá detenernos.

Efectivamente comenzó a saltar asida a mí. Lo intenté y noté que rebotaba como si fuera de goma. Al menos me había dado con alguien inteligente, pensé. Los niños se pasan rompiendo paradigmas que los adultos nos tragamos. Eso sí, tenía que idearme la forma de salir de allí, pero dejándola donde la encontré. Sentí una inmensa compasión por aquella pequeña. Yo estaba allí porque me había suicidado, ¿pero ella? Tan pequeña, no podía pensar en nada que pudiera haber hecho que la trajera a este infierno. Recordaba haber visto muchos años atrás una vieja película, La mala semilla, que era sobre un niño diabólico en su maldad. Aquella niñita sin embargo me parecía inofensiva. Demasiado pequeña para saber del mal.   Sentí compasión y tuve que reprimir los deseos de abrazarla.

—Lo primero que tienes que hacer —me dijo— es no dejar que nada te asuste.   Esto es solo un sueño.

—Demasiado largo para un sueño; esto —le dije— es mi eternidad y aparentemente la tuya.   ¿Sabes por qué llegaste aquí?

—No —me dijo— yo dormía en mi cama bien arropadita, de pronto me despertó un ruido y me encontré aquí. Por suerte te vi llegar en ese momento y eso hizo que no me sintiera asustada. Sé que estamos en un sueño tuyo, así que mejor nos divertimos.

Mientras me hablaba como si me hubiera conocido de toda su vida, continuaba saltando en su juego absurdo. Me sentía cada vez más asustada: ¿sería un sueño o iba a encontrarme con el dios de los infiernos? Habría querido pensar lo primero, pero no había olvidado que tomé las pastillas de un tirón deseando morir. Ahora, no solo estaba en el vestíbulo al infierno, estaba acompañada por una niña que parecía creer que habíamos llegado juntas.

—Cuando estoy triste o asustada —me dijo— pienso que estoy en un sitio agradable y me dejo llevar hasta llegar a él.

Demasiado sabiduría en aquella pequeña; en su inteligencia, posiblemente, podía planificar crímenes horribles. Al lado de ella, yo era prácticamente inocente. No podía ser, cualquier cosa que ella hubiera hecho no podía ser tan perverso como cortar mi vida antes de tiempo. Mi falta de fe no había llegado a obliterar los conceptos de cielo e infierno, bien y mal y el suicidio había sido siempre algo inconcebible para mí. Maldito momento de fragilidad aquél en que me había matado.

Habíamos seguido adelantándonos hacia el punto de luz que brillaba ahora con reflejos rojos. Comenzaba a hacer un calor escalofriante, me sentía febril, y la mano de la niña en la mía ardía. De un hueco inmenso salían llamas que casi nos lamían los rostros.

—Piensa en el mar —me gritó la pequeña mientras éramos empujadas por una fuerza brutal que nos dominaba, hacía aquel profundo agujero.

La caída fue rápida, sentía las llamas hacer de mí su presa. La mano de la pequeña apretaba la mía como si fuera continuación de ella, las dos una sola saltando entre el fuego atormentador. ¡Esto era el infierno! De ahora en adelante solo sabría de sed que no se apaga, de un cuerpo invisible que arde sin consumirse preso de la desesperación y del arrepentimiento tardío.

—No quiero —el grito salió de lo más profundo de mí. Mi cerebro se negaba a aceptar que esta era mi eternidad. Me sentí luchar, quería ver con mis ojos, abrir unos ojos que no tenían párpados, que eran solo huecos.

Me hundía y cuando pude salir a la superficie y respirar, miré a mi alrededor. Un   mar azul me rodeaba y la niña estaba abrazada a mi cuello.

—Suéltame —le ordené.

—Llévame contigo. No me castigues dejándome morir. Seré buena, lo prometo, de veras lo prometo.

El caso es que con promesa o no, sus dedos se habían hundido en mi piel de tal forma que me quemaban más que el fuego del infierno. Con todas mis fuerzas intenté separarla, y aún luchaba con ella, cuando desperté. Sola, sin poderme mover, pero ¡estaba despierta, en mi cama! Fue entonces que te llamé.

Stella me miraba ahora con ojos espantados. Se levantó para arreglar la almohada y me habló con suma compasión:

—Amiga, que sueño tan horrible. Debe haber sido espantoso, una pesadilla terrorífica.

Quise rebatirle que no era un sueño, que aun sentía el ardor en mi piel. Pero   detrás de la cortina percibí movimiento. La niña sacó la carita y haciéndome un guiño cómplice, con un dedito en los labios me impuso silencio. (1838).

 

 

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