La lluna, la pruna. Autor: Xavi Ballester Fábregue

Al atardecer, cuando el sol empieza a descender sobre la tierra, una leve brisa se lleva el calor que nos ha acompañado durante todo el día. Un polvo amarillento flota en el aire. El desierto queda lejos, al otro lado de las montañas, pero sigue con nosotros. Los jóvenes marroquís llenan la ancha avenida Amir Moulay Rachid; como un solo cuerpo, se dirigen hacia el oeste para refugiarse en los Jardines de la Menara. Chicas con hiyab, otras con largas cabelleras negras, solas o en grupo, caminan entre risas, parejas cogidas de la mano, grupos de estudiantes, adolescentes impetuosos, niños de mirada desafiante vestidos con camisetas de equipos de futbol europeos: todos forman un río de juventud que rebosa ansias de vida y libertad sobre el asfalto. Tú y yo estamos dentro, andamos cogidos de la mano y nos dejamos llevar por la corriente que nos envuelve. Lejanas y al mismo tiempo tan cerca, las montañas del Atlas, siempre presentes, cuidan de nosotros. Hacía dos días que estábamos en Marrakech.

Dos semanas antes, en la sala de actos de la Universidad Pompeu Fabra, pronunciabas tu tesis sobre “El riesgo de la cirugía coronaria. Métodos y usos de su evaluación”. Apenas hacía un mes que nos conocíamos.  Mientras hablabas detrás del atril, te escuchaba fascinado entre el público: ventilación mecánica prequirúrgica, disfunción ventricular izquierda, artereopatía extracardíaca, rotura septal postinfarto…No entendía nada de lo que decías,  pero cada palabra tuya me convencía de pasar el resto de mi vida contigo. Esa misma noche, salimos a cenar para celebrar tu cum laude, mientras andábamos por las calles grises y silenciosas de Barcelona a la búsqueda de restaurante sin decidirnos por ninguno, deambulando por placer, los dos supimos que la ciudad se había agotado para nosotros.  Necesitábamos viajar por la sola idea del viaje, sin más. Sin pensar en ningún lugar en concreto, tan solo salir al mundo. Mostrarnos. Queríamos que otros ojos, otras calles, otros paisajes fueran nuestro espejo. Tú dijiste que no podíamos dejar escapar el tiempo precioso de mirar la tierra que habitamos con los ojos encendidos y yo me callé pensando si alguna vez había mirado alguna cosa con los ojos encendidos.

Era jueves. Nos miramos. Teníamos cuatro días por delante liberados de nuestros trabajos. Nos seguíamos mirando sin decir nada hasta que paraste un taxi. Entramos. Al aeropuerto, dije, y tu sonreíste porqué era exactamente la orden que estabas deseando escuchar.

Hasta que no llegamos a la terminal y nos situamos en el plafón informativo de las próximas salidas no escogimos destino. Escogimos Marrakech, o quizás fue Marrakech la que nos escogió a nosotros, qué más da. El lugar no era importante, lo importante era el viaje. Decidimos marchar con lo puesto, sin comprar ninguna guía ni consultar ningún dato ni mirar fotografías por internet. No queríamos aprender nada antes de pisar nuestro destino.  No queríamos encontrar nada, queríamos encontrarnos. Tampoco nos hicimos ilusiones de perdernos porqué los dos sabíamos que en el mundo ya no existen lugares donde perderse, lugares sin nombre. Y siempre hemos pensado que uno puede perderse allí dónde esté. Nos fuimos tan sólo armados cada uno con su molaskine para hacer del viaje palabras y de las palabras recuerdos.

– ¿Se puede viajar sin convertirte en turista?- me preguntaste divertida mientras esperábamos la confirmación de los billetes en el mostrador de Air Morocco.

– No lo sé, no lo sabremos hasta que regresemos, aunque quizás regresar te convierta en turista- te respondí.

– Haremos una cosa: no nos fijaremos en el nombre de las calles, ni en los monumentos, ni en las fachadas. Sencillamente, estaremos- propusiste.

– Una tarde, entraré en una barbería y me cortaré el pelo- añadí para seguirte el juego.

– Yo te esperaré en alguna librería y me compraré El Quijote en árabe-

Esa misma noche volábamos hacia Marrakech, la ciudad roja, antigua puerta del desierto.

Los Jardines de la Menara están situados fuera de la medina, a los pies del Atlas. En cierta manera, son el contrapunto a la ciudad, un espacio de calma alejado del bullicio, un silencio a resguardo del desorden ordenado e incesante de los zocos, un claro en el que descansar la mirada sin que se tope con los muros del laberinto que forman las estrechas calles de la medina. Las de la medina son paredes hechas con modesta arcilla granate, parecen esconder un pasado glorioso y, al mismo tiempo, ser conscientes de la inevitabilidad del tiempo. Lo aceptan, se han librado a su paso sin resistirse porqué saben que la lucha es baladí. En cambio, en los Jardines de la Menara el tiempo ha desaparecido, se ha diluido en el espejo de las aguas someras del estanque presidido por el pabellón del sultán Sidi Mohammed.

Antes de aquel atardecer, nos habíamos dedicado a deambular por la ciudad:  cafés, locutorios, tiendas de souvenirs, de especias, de frutos secos, de alfombras, de lámparas, peleterías, antiguos palacios de sultanes, mezquitas, mercados, callejuelas y más callejuelas que se enroscan sobre sí mismas y penetran sin fin hacia nuevas callejuelas abarrotadas de hombres y mujeres y viejos y niños y turistas, bicicletas, carros, perros, motocicletas, tenderetes de comida, lavaderos y baños públicos, gritos, órdenes, empujones, charlas, discusiones, silbatos, cláxones y mil y un olores destilados saturando el aire y llenándote la nariz. No nos queríamos perder nada y, al mismo tiempo, no nos importaba entretenernos en cualquier rincón con cualquier excusa aunque nos perdiéramos el resto de la calle o la Madraza de Ben Youssef estuviese a punto de cerrar. Íbamos y veníamos y volvíamos a ir, nos dejábamos llevar, entrábamos y salíamos de cafés, bares, pastelerías y tiendas con la alegría de quién observa un mundo por primera vez pero con la calma de quién sabe que no lo necesita para saber quién es y dónde está.

Y en el centro de todo, allí donde convergen todas las calles y todos los pasos,  el corazón que no deja nunca de latir, la plaza de todas las plazas: Yamaa El Fna, mito y postal, cuento y leyenda, verdad y mentira.

También nosotros, tan sólo pisarla por primera vez, nos dejamos atrapar por su magnetismo. El tiempo desaparece en Yamaa El Fna, nos quedamos todo un día entero contemplando hipnotizados cómo la plaza iba mudando de piel al ritmo de la luz solar. Yamma El Fna tiene vida propia, sus propias leyes, sus propios ritmos y sus propios códigos, es un universo en sí misma que no pone fronteras a todo aquel que quiera habitarla: turistas, viajeros, lugareños, artistas o comerciantes, habitantes todos efímeros porqué por Yamaa El Fna transita todo el mundo pero nadie echa raíces. Yamaa El Fna no pertenece a nadie y nadie pertenece a Yamaa El Fna. Al penetrar en su espacio te conviertes en su huésped y, al mismo tiempo, una vez dentro, en su alimento, y la plaza, generosa, te lo agradece haciendo desaparecer el tiempo ante tus ojos y llenándote los sentidos con su actividad frenética y reposada a la vez. Canciones, cuentos, acróbatas, encantadores de serpientes medio drogadas, médicos y curanderos, abrevadores, policías, músicos, actores y travestidos, familias marroquís, niños y viejos, imames, mujeres cubiertas, jóvenes alegres. Y turistas, y más turistas, y tú y yo. Por un instante breve y eterno, todos éramos súbditos de Yamaa El Fna.

Y la comida. Y las naranjas. Cuando la tarde empieza a inclinarse derrotada por la llegada de la noche, un ejército prodigiosamente organizado de tenderetes se apodera de la plza sin hacer ruido. En un instante, sentados en la terraza del Café de France, sin darnos cuenta, la plaza se ha transformado en un mar de toldos blancos y bombillas amarillentas que forman un nuevo laberinto de chiringuitos en los que puedes comer los mismo nuevo de siempre: tayines, cus-cus, pinchos, carnes asadas al fuego, cabezas de cordero horneadas, pimientos, ensaladas de mil colores y zumo de naranja acabado de exprimir. Nos acabamos el té a la menta y penetramos en él. Tan sólo acercarnos, un enjambre de niños nos rodea con descaro para ofrecernos las delicias de cada parada. Cada uno de ellos defiende con mil y una estratagemas de conquista su producto. Insisten y insisten una y otra vez sin tregua. Cada cliente que consiguen convencer para que se siente en su restaurante bajo el cielo estrellado es una victoria: una mísera moneda, una cena que llevar a casa al final de la noche. Y sin embargo, los chavales no dejan nunca de sonreírte. Te observan apenas un instante y, con una simple ojeada, ya saben de dónde eres: “Barcelona, Barcelona, Barça, Barça, Ronaldhino”, nos gritaban alegres y orgullosos. Nada escapa al poder de la pelota, pero tampoco sabíamos cómo hacerles entender que el futbol nos importaba una mierda, así que optamos por sonreírles y continuar caminando entre aromas de especies y hedor a fritanga. De golpe, sin saber de dónde, aparece ante nosotros un niño delgaducho, con la piel sucia de carbón, la mirada escatimada y traviesa y la sonrisa de rigor que nos muestra una dentadura blanquísima: ¿Barcelona?”, nos interroga retándonos con la pregunta. Le respondemos por inercia, casi sin mirarlo, dispuestos a continuar nuestro camino a ningún lugar. Pero antes de que podamos dejarlo atrás, nos detiene una canción:

“La lluna, la pruna,

vestida de dol,

son pare la crida

sa mare no vol”.

Es el niño. El niño está cantando. El niño está cantando la misma canción de cuna en catalán que nuestras madres nos cantaron a nosotros. Nos ha conquistado. Nos acercamos y antes de que le preguntemos nada, con una mezcla de castellano y francés, nos explica que su hermano pequeño vive en Barcelona y que le ha enseñado esta canción en catalán de su escuela. Nos lo explica con la sonrisa más triste que hemos visto nunca. Nos hace seguirle y nos hace sentar en un banco de un chiringuito. El hombre que lo regenta dirige un signo de aprobación con la cabeza al niño y el niño se aleja cantando de nuevo “La lluna, la pruna vestida de dol…”. Lo miramos desaparecer entre el gentío. Nos miramos el uno al otro: el niño ha desaparecido y estamos rodeados de pinchos de carne cruda. El niño ha ganado. No sabremos nunca si tiene un hermano en Barcelona o no. Tampoco importa. Lo que importa es que aquello que no escuches en Yamaa El Fna, no lo escucharás en ningún otro lugar.

Cenamos. De vuelta al riad donde nos alojábamos bebimos la ginebra de las petacas que habíamos traído de casa. Hicimos el amor mientras Marrakech se dormía.

La mañana se despertó soleada, con un cielo azul y raso, límpido, sin nubes y escrutado por la multitud de antenas parabólicas que coronan la mayoría de los tejados de las casas viejas y llenan sus estancias con las mentiras de Occidente. Igual que cada día desde que llegamos. Aquella mañana todo parecía más triste, pero nada era más triste que antes o que mañana: éramos nosotros los que llevábamos la tristeza dentro. Sabíamos que teníamos que regresar y que el tiempo sin tiempo en Marrakech se estaba agotando.

Nos vestimos sin hablarnos. Y sin hablarnos nos dirigimos de nuevo hacia los Jardines de la Menara para esperar la hora de ir al aeropuerto.

Atravesamos de nuevo la avenida Amir Moulay Rachid andando rodeados de jóvenes marroquís, imaginándonos, aunque fuese mentira, que formábamos parte del mismo río. En los jardines, nos sentamos cerca del estanque para escuchar el silencio del agua inmóvil. El pabellón del sultán se reflejaba en ella, el agua hacia brillar aún más sus paredes color melocotón, las tejas verdes del tejado y el balcón balaustrado. La noche llegaba lenta, la fachada del pequeño palacio recogía detrás nuestro las últimas luces de la tarde antes de que el sol se escondiera detrás de un grupo de palmeras esbeltas y solitarias. El cielo de Marrakech se quemaba ante nosotros por última vez. Todo parecía terminar a nuestro alrededor para que tú y yo pudiésemos empezarlo todo otra vez. Ese final era nuestro inicio.

– No te has cortado el pelo- me dijiste en el avión.

– Mejor. Así tendremos que volver- te contesté.

Tan sólo aterrizar, los colores habían cambiado. El azul del cielo era pálido y el suelo gris.

No hemos vuelto a Marrakech. Y creo que nunca volveremos. Aunque una vez me dijiste que siempre volvemos a los sitios donde nos han querido. Tenemos aún nuestra viejas molaskines: aún les quedan algunas pocas páginas en blanco. El pasado abril, quince personas murieron al explotar una bomba en el café Argana de Yamaa El Fna. En noviembre se celebraron las primeras elecciones legislativas en Marruecos. Ganó el partido islamista Justicia y Desarrollo. María, nuestra hija, ha cumplido diez meses y está a punto de gatear. Por la noche, no se duerme hasta que tú le cantas “La lluna i la pruna” en la penumbra.

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