La insoportable levedad de Praga. Autor: Andoni Aldasoro

La similitud a la obra cumbre del escritor checo Milan Kundera no es gratuita. Praga, la llamada ciudad más hermosa de Europa, se presenta majestuosa e inmortal, pero tan fugaz y escapadiza como un suspiro, un suspiro adornado por relojes, primaveras, melodías de Smetana y bebidas de ciruela.

Cierro los ojos y doy el primer trago. El sabor concentrado y envolvente de las ciruelas toma por asalto las papilas gustativas, luego viene el alcohol. Fuera de mí todo es fiestas y risas. Abro los ojos y trato de situarme. Estoy en Praga, en un bar llamado Kozicka, en la Ciudad Vieja; las sonrisas de Bořek y Petr, mis nuevos amigos, denotan que les obsequié la reacción esperada. El infame contenido del ahora vaso vacío se llama slivovice, y tiene, según me dijeron después del segundo trago, 70% de alcohol. Pero para entonces apenas había tomado el primero. No bien había colocado el pequeño vaso sobre la mesa cuando ya me estaban animando a tomar el segundo. —¡Para la otra pierna!— gritaron en un inglés lleno de acentos y guturalidades. Para la otra pierna será. No había sumado ni dos días en Praga.

Era evidente que este par de checos treintañeros disfrutaban al hacer pasar por esto a los turistas ocasionales. Para cuando dejé por segunda vez el vaso sobre la mesa, me empezó a parecer divertido también, así como también me pareció natural que insistieran en que bebiera más.

Mi primer acercamiento a Praga, como a muchos otros lugares del mundo, lo tuve a través de una enciclopedia de pastas doradas que ilustró mi infancia y temprana adolescencia. Allí, en un lenguaje casi telegráfico, se enlistaban las bondades de la ciudad: iglesias, museos e industria; todo en un marco muy poco atractivo para cualquier lector con un mínimo de interés viajero. Me preguntaba cómo sería vivir en un lugar con esas características y nunca encontré respuestas. Esto fue antes de conocer los libros de Milan Kundera, de Franz Kafka. La enciclopedia debió ser muy vieja porque aún se afirmaba que Praga era la capital de la Checoslovaquia unificada antes de la llamada Primavera de Praga, en 1968, donde el régimen comunista invadió la ciudad y sacó del poder a los socialistas. La única reforma que se logró concretar, antes de este acontecimiento, fue la de separar la República Checa de Eslovaquia.

Lejos pero no olvidado ha quedado el ‘68, y ahora Praga, antigua capital del Reino de Bohemia, se ha desenvuelto como una de las ciudades más hermosas de Europa, inclusive las revistas especializadas en viajes Wanderlust y Lonely Planet, ambas publicaciones británicas, sitúan la belleza arquitectónica de Praga por encima de la de Roma o París. Uno de los principales factores de esta belleza es su notable conservación. y ésta se logró de manera casi milagrosa. El mismo Adolf Hitler, durante la Segunda Guerra Mundial, ordenó preservar el Barrio Judío, incluyendo la sinagoga medieval y el cementerio cercano, como un museo vivo dedicado a la raza extinguida; perdonando casi toda la ciudad de los bombardeos y la destrucción. Ciudades como Varsovia, Berlín y Dresde, por ejemplo, no corrieron con la misma suerte, y las cicatrices de guerra son aún visibles.

Un reloj, un pan y un puente

La ciudad está asentada a las orillas del río Moldava (o Vltava) y básicamente está dividida en cinco distritos: la zona del Castillo de Praga y Hradcany, y Mala Strana, de un lado del río; y el Barrio Judío, la Ciudad Vieja y la Ciudad Nueva, del otro. Casi todo está a distancias razonables y con un par de zapatos cómodos se puede recorrer tranquilamente. Una copia del Prague Post, un diario local en inglés, nos dice que estaremos a menos de 10 grados pero sin probabilidad de lluvia. La primera escala está cerca: la Ciudad Vieja y la Ciudad Nueva.

La llamada Ciudad Vieja (o Staré Mesto) y su plaza central son el centro neurálgico de la ciudad. Ya desde el siglo XI, el asentamiento en torno al castillo se había expandido hasta la orilla derecha del río Moldava. La primera mención de un mercado en esta locación data de 1091, y pronto se erigieron casas e iglesias alrededor de éste. La Ciudad Nueva (Nové Mesto), fundada en 1348 por Carlos IV, estaba habitada principalmente por comerciantes y artesanos.

El primer cuadro, convertido ahora en una zona peatonal, es quizá la principal atracción turística de la ciudad, teniendo como protagonista principal un reloj muy particular. Recorrer las callejuelas empedradas del centro de Praga resulta interesante no sólo por el colorido que casas y comercios brindan, sino por la civilidad y el respeto evidente que tienen los automovilistas con los peatones, y viceversa. Casi ninguna calle posee banquetas, y lo único que separa las vías de las franjas laterales para caminar el es distinto color en el empedrado. En todo el trayecto nunca sentí que mi integridad física estuviera amenazada.

Situado en la Torre del Ayuntamiento, en una esquina de la plaza de la Ciudad Vieja, el Reloj Astronómico es probablemente el elemento más distintivo de Praga. La historia dice que su construcción fue financiada mediante la recaudación de un impuesto que gravaba el vino. Este peculiar artefacto fue fabricado en 1490 por el relojero Hanuš, y perfeccionado por Jan Táborsky en 1572, y registra, por alguna razón que elude mi entendimiento, tres clases distintas de hora: la hora antigua de Bohemia, la hora vigente y la llamada hora babilónica. También muestra el progreso del sol y de la luna por los 12 signos del zodíaco en una procesión de figuras metálicas. Mucho se habla de querer vivir los viajes como lo hacen los locales, evitando así las atracciones meramente turísticas. Yo, por mi lado, prefiero visitar estos sitios como lo que soy: un viajero altamente sorprendible, que puede quedarse mirando un reloj por varios minutos.

Con la nariz congelada y las piernas entumidas por la repentina inmovilidad, me acerco a un puesto callejero que ofrece lo que aparenta ser un pan dulce en forma de cilindro. Sweet pastry, dice un letrero escrito a mano en inglés. Se trata de los trdelnik, una creación local que se hornea al instante que se puede probar por 50 coronas. Obviamente no es el sustituto de una comida formal, pero sirve bien para retomar el calor y seguir adelante.

Un encuentro ¿afortunado?

Lo que usualmente es la zona más transitada de Praga, tanto por turistas como por lugareños, es en los domingos por la tarde un lugar casi solitario. El Puente de Carlos IV (o Karluv Most) bajo estas condiciones, es perfecto para caminar. Esta edificación, erigida por orden del citado monarca en 1357, es el increíble paso peatonal que comunica la Ciudad Vieja con el barrio de Malá Strana. Desde aquí se aprecia una magnífica vista de la ciudad. A mi izquierda: el Puente de la Legión (o Most Legií); a mi derecha: otro puente, el Mánesúv Most, que al parecer no tiene nombre traducido. Este debe ser el punto preferido por los visitantes para fotografiarse, ya sea con el fondo del ancho Río Moldava, o con alguno de los extremos del viejo puente.

Mucho se conoce de Antonín Dvořák, compositor nacido en la antigua Bohemia, pero yo siempre he sentido una real inclinación hacia el menos conocido Bedřich Smetana. Si quieren sentir lo que es recorrer las callejuelas angostas de Praga y doblar una esquina sólo para toparse con el río Moldava, escuchen Má Vlast Moldau (Mi país Moldava).

Decido caminar hacia Malá Strana, la zona de Praga que menos ha sufrido los efectos de la historia moderna. Esta antigua ciudad fundada en 1257 presume los espléndidos palacios barrocos mejor conservados de la capital checa. Cerca de aquí se encuentra el Jardín Ledeburská, lugar definido por todas las guías como el jardín más hermoso de Praga. Suena prometedor, pero antes quizá deberíamos comer algo más sustancioso. Camino hacia la Torre de la Pólvora, en la calle Celetná, y le pregunto a dos tipos que parecen amigables, por algún lugar bueno y barato para comer. Me preguntan de dónde soy, me preguntan también si ya he probado una bebida llamada slivovice. Me dicen sus nombres, y quieren saber si estoy dispuesto a vivir “la experiencia más auténtica de Praga” que se puede encontrar. Escenas de la película Hostal se agolpan en mi mente, pero termino acompañándolos. Parecen buenos tipos, seguro no me desean ningún mal. El deber periodístico obliga a cometer ciertos sacrificios.

La levedad de la mañana siguiente

Recuerdo todo. Reloj Astronómico, panes cilíndricos, puentes con nombres de monarcas, calles empedradas, música de Smetana de fondo y las sonrisas de Bořek y Petr; incluso recuerdo las fotografías en blanco y negro que ilustraban la vieja enciclopedia. A pesar de la insistencia de mis dos guías por mostrarme la verdadera Praga (¿más slivovice?), decidí volver a la ruta de turista sorprendible, el que puede maravillarse con las cosas más simples. Como ahora, que llevo más de 20 minutos mirando a dos niñas tratando de atrapar las palomas que bajan a comer en la Plaza de Wenceslao. De todas formas no creo que mi hígado soportara más de “la verdadera Praga” de Bořek y Petr.

(Recuadro)

¿Cómo dijo?

La globalización y el uso aceptado del idioma inglés en casi todo el mundo ha hecho que cada vez menos nos preocupemos por aprender otra lengua, sobretodo si se trata de un viaje de placer. Sin embargo, aprender las frases básicas en el idioma local es una forma muy directa de conocer el país y sus habitantes. El checo, en este caso, es una lengua eslava occidental, que se basa en el alfabeto latino, pero para hacerla más divertida, posee una infinidad de signos diacríticos; además de que, similar al ruso, tiene libertad de sintaxis, esto quiere decir que cualquier posibilidad organizativa de los elementos es gramaticalmente correcta. Dicho todo esto, las frases imprescindibles que deberíamos aprender son estas:

Hola – Ahoj
Adiós – Nashledanou
¿Cómo está usted? – Jak se máte
Me llamo Jonás – Jmenuji se Jonás
No entiendo – Nerozumím
No más slivovice, gracias – Více slivovice díky
Mi otra pierna ha tenido suficiente – Moje další noha má dost

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