Fotografía de un recuerdo. Autor: Raquel Otheguy Rivón

El agua corre medio adormecida por el sol del mediodía y esconde de él su cara surcada de pequeñas corrientes, bajo los arcos de los innumerables puentes que cruzan su cauce en su largo camino a través de la ciudad. Un árbol verde y llorón inclina sus ramas hacia la frescura del inquieto río y casi escondidos por él en un banco de piedra que se apoya contra la muralla, el amor hace de las suyas entre dos muchachos que se acarician, ignorando nuestra presencia y la añoranza que cada una de nosotras pueda sentir por esa edad que se nos escapó del cuerpo hace ya bastante tiempo. Sentadas sobre el piso de piedras, tan cerquita del río que casi nos tocan las olas levantadas por un “Bateaux” lleno de turistas que acaba de doblar frente a nosotros, estamos tres mujeres.

Una se recuesta soñadora contra un farol mientras la otra levanta un vaso plástico azul lleno de un buen vino francés. Y la tercera, o sea yo, saca la foto de ese instante perfecto. En el piso, usando las bolsas como mantel (nos hubiera quedado mejor el mantelito de cuadritos rojos y blancos pero no se me ocurrió echarlo en la maleta) están las frutas, el queso y la hogaza de pan recién horneado que serán nuestro almuerzo. En eso una sombra nos tapa el sol que nos alivia de la brisa fría del Sena y una voz nos dice: “Las oí hablando español ¿de donde son?.” Yo creo que la boca se nos quedó por instante idiotamente abierta de asombro pues aquella voz salía de una cara que era una copia carbón de Richard Gere. Por fin recuperamos la cordura y casi gritamos al unísono:

─De Puerto Rico.

─¡Ah! la Isla del encanto. ─dice este Richard Gere que pronuncia las zetas, las ces y las eses como si fueran letras diferentes.

─Yo estuve allí una vez de muchacho y me parecieron muy hermosas sus playas y sus mujeres. Veo que al menos sus mujeres siguen siendo hermosas.

Me dieron ganas de restregarme los ojos o de pincharlo a ver si era real, pero me aguanté por si acaso.

─¿Puedo sentarme?

─Seguro ─dijo la recostada al poste.

─¿Hace mucho que están en París?

─No, sólo unos días ─contestó la otra.

─¿y usted? ─pregunté yo.

─Yo vivo aquí hace 20 años, soy periodista y me creo escritor.

Las otras me miran y antes de que pueda abrirles los ojos amenazándolas con una muerte segura si dicen algo de mis intentos de escribir, la de la boca grande y el vaso de vino dice señalándome:

─Ella también.

─¿Ah si y qué has escrito?

─Solo algunos pequeños cuentos ─digo con modestia.

─Me encantaría leerlos, te voy a dar mi dirección de internet para que me mandes alguno y yo te puedo enviar algo mío. Por cierto, mi nombre es Jorge y el tuyo?

Dijo “el tuyo”, refiriéndose a mí, ignorando a las otras, mirándome con esa sonrisa preciosa y tocando levemente mis manos mientras me entregaba su tarjeta…

Bajo el sol indeciso de Mayo y arrullados por el sonido del Sena pasamos una tarde deliciosa conversando con Jorge que antes de irse y prometer escribir, insistió en que mis amigas nos sacaran una foto juntos y abrazados para que yo se la mandara después por internet.

Así lo recuerdo, puedo ver claramente el reflejo de los puentes sobre el rio, puedo saborear las jugosas fresas y sentir aquel abrazo, pero cuando regreso a la foto pegada en el álbum, no está Richard Gere, ni Jorge, ni la tarjeta con su dirección y lo único que estoy abrazando es uno de los postes que iluminan las románticas noches de Paris.

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