Falsa soledad. Autor: Isabel Alonso Matías

Llevaba horas mirando por la ventana, muchas, demasiadas. Había revisado mis anotaciones para el viaje varias veces, había subrayado en color flúor las partes que creía fundamentales, traté en hasta tres ocasiones de empezar la novela que me había comprado en la estación antes de salir, pero no había forma de concentrarse. Así que me centré en mirar por la ventana. Pero hasta esa actividad ya empezaba a ser difícil de mantener. Estaba demasiado nerviosa.

Me llamo Florencia, sí, un nombre un tanto anticuado para alguien que en ese momento tenía 21 años, pero mi madre quiso llamarme así en recuerdo a su abuela. “Fue una mujer increíble y sólo unos pocos fuimos los afortunados de conocerla. El mundo necesita saber quién fue y sé que lo hará a través de ti”, me insistía ella siempre que salía el tema y yo terminé interiorizándolo tanto que ahí estaba yo, en un bus bien acondicionado, en medio de algún lugar entre Salta y Jujuy, en una carretera de miles de kilómetros prácticamente recta que une Buenos Aires con el noroeste de Argentina.

Era la primera vez que viajaba sola. Bueno, lo cierto es que ya había llegado a Argentina sola, después de decir que sí en un reparto de becas de último minuto de la universidad para irme a estudiar a otro país durante un año. Pero aquello no era lo mismo.

Ahora que lo pienso, ya iba sola al colegio en metro a los 12 años y eso en Madrid, con los padres tan excesivamente protectores de la época era casi casi como viajar. Pero bueno, si me tengo que ceñir al término de que la RAE hace de viajar -1. intr. Trasladarse de un lugar a otro, generalmente distante, por cualquier medio de locomoción- quizás ir a un colegio a tres paradas de metro no era estrictamente viajar. Claramente lo que hacía en aquel bus sí lo era.

Como digo, aquello era diferente, iba a recorrer el altiplano andino con la única compañía de mi mochila. O eso era lo que yo creía. Porque la tranquilidad mezclada con inquietud que sentía mientras veía por la ventana aquel paisaje desértico con retazos de un rojo indescriptible y bello, aumentaba conforme pasaba el tiempo. Sentía que lo que iba a vivir iba a recordarlo toda la vida. Necesitaba hablar con alguien.

Yo no era una gran fumadora, pero el tabaco siempre había sido una excusa estupenda para entablar conversaciones, así que siempre solía ir acompañada de un paquete de tabaco de fumar de esos como los que se usaban hace décadas. Según mi padre, era como una moderna de su juventud, de esas que paseaban por Malasaña con su bicicleta restaurada de los años 70 y fumaban cigarros de liar “por la pose”. Parece que las buenas costumbres se mantienen en el tiempo, porque mis padres entonces ya rondaban los 60. Así que, tras desesperarme mirando por la ventana tras más de 20 horas de viaje, agarré mi estuche de cuero que hacía las veces de bolsa para el tabaco y bajé decidida hasta la cabina de los conductores.

En Argentina, debido a las enormes distancias, en las primeras décadas del siglo XXI, los viajes en bus aún se hacían con dos chóferes, de manera que se turnaban para dirigir el vehículo y no parar más que para repostar. Desconozco lo que sucederá en la actualidad, aunque imagino que ya no contarán ni con conductor. Sin embargo, en aquel viaje había dos fumadores empedernidos al mando del vehículo.

“¡Hola!”, solté dicharachera, “me muero de aburrimiento, ¿puedo echarme un piti con vosotros?”, pregunté. Ambos, unos cuarentones con pinta de tener familia propia desde hace demasiado tiempo, me miraron sorprendidos y divertidos a partes iguales. “Claro boluda, pero no digás nada arriba, que nos cagan a trompadas”, comenta uno de ellos. En ese momento corroboré el poder del tabaco y gracias a un par de cigarros liados para mis acompañantes y un paquete de galletas de chocolate con dulce de leche obtuve conversación durante las tres horas siguientes. Después, cuando ya había hecho un resumen de mi vida desde mi nacimiento en aquel hospital especializado en partos acuáticos hasta ese bus y los chóferes dudaban de su propia capacidad para el chamullo, como se dice en argentino ‘vender la moto’, volví a mi ventana y traté de no desesperar.

Tras 28 horas en ese reducido espacio acristalado, el bus paró en lo que parecía la plaza de un pueblo. Mi ansiedad por el comienzo de mi aventura y las horas de viaje me obligaron a salir volando, adelantando a la familia con tres niños sorprendentemente silenciosos que recogían sus pertenencias con calma, a la pareja de aspecto germano que parecía rondar la treintena y a la mujer vestida con ropa típica boliviana, con gorrito incluido. Salí del vehículo la primera de los nueve pasajeros. Más bien volé.

“Bueno, linda, que tengas buen viaje y cuidate, que una minita rubia con ojos azules por acá llama mucho la atención”, me aconsejó uno de mis compañeros de vicio mientras me daba la enorme mochila. Sonreí, les di las gracias a ambos por todo y agarré el macuto dirección a la frontera con Bolivia. Lo siguiente que recuerdo sigue siendo confuso.

Desconozco el tiempo que estuve inconsciente en medio de aquella calle en Villazón, aunque al despertar me encontraba recostada en una acera y la mujer con ropa típica que viajaba conmigo estaba de pie junto a mí. Sentí de repente un sabor amargo en la boca y me di cuenta de que estaba masticando algo, como espinacas crudas, pero más fibroso. La mujer, al sentir mi inquietud me respondió tranquila: “Ha sido el mal de altura. Eso es hoja de coca, mijita, estate tranquila, pronto te sentirás mejor”, y acto seguido me dejó una bolsa con hojas verdes entre las manos y se marchó.

 

Seguía sola, pero al menos ya no estaba tirada en medio de la calle. “Bien empezamos, Florencia”, me dije a mí misma, mientras, sin hacer caso del consejo de aquella mujer, trataba de incorporarme con la mochila.

Varias horas me llevó cruzar aquel puente que separa la civilización del mal denominado por Occidente ‘Tercer Mundo’. Cruzar ese puente de unos pocos metros en el que estaba asentada la aduana fue un viaje mucho más largo que el que acababa de finalizar en el bus. Ese puente me llevó a otro estado de consciencia del ser humano. Ese puente me cambió la vida.

Al cruzar a Bolivia sentí que de verdad estaba sola, que en el fondo todo lo anterior no había sido más que un trámite para poder entender esa soledad, una soledad que solo entiende el viajero.

Los días posteriores vagué por el país de estación en estación. Viajé durante horas por caminos de arena en los que había que esperar a que los ríos perdieran caudal para poder cruzarlos, compartí asiento con mujeres que llevaban a sus bebés envueltos en una bola de mantas entre sus pies, comí en casas de viudas que preparan cacerolas de guisos con carne de llama y los sirven para ganar algo de dinero. Viví inmersa en mis pensamientos y en los de los demás. Pero, a pesar de viajar sola, de sentir soledad, de agobiarme por no tener con quien hablar, lo cierto es que todo eso no era real. Hablé con cada una de las personas que me crucé en el camino, me uní a grupos de mochileros solitarios que se habían juntado para combatir esa soledad ficticia, charlé con las vendedoras de los mercados y con las cocineras de los bares por los que paraba a tomar una cerveza del tiempo. En esos días viví la falsa sensación que tiene el hombre de soledad y llegué a comprender que no era real, que moviéndonos en sociedades, del tipo que sean, nunca estamos solos. De hecho, con los años puedo decir que ni en medio de un desierto como el del Sáhara está un hombre solo.

Dos semanas después de aterrizar en Villazón por fin la angustia se había evaporado y cualquier pensamiento negativo no ocupaba mi mente más tiempo del que se utiliza para terminar un bol de quinua con trozos de llama adobados.

“Ponme unas papas de esas rosadas”, le digo a una de las vendedoras del mercado de Copacabana, ese pueblito minúsculo en el extremo boliviano del lago Titicaca -y que poco o nada tiene que ver con la playa de Río de Janeiro-. “Quiero preparar una tortilla de patatas española con papas de acá”, le explico. Ella sonríe y me asegura que va a ser la mejor tortilla que nunca hubiera preparado. Así que agarré la bolsa y me marché al hostel en el que me quedaba desde el día anterior y en el que había cocina, busqué la sartén que parecía que conservaba mejor el teflón, y me puse a preparar comida española por primera vez en aquel viaje.

“Wow! That looks like a Spanish omelette… Right?”, me suelta alguien que llega por detrás repentinamente. Su voz tenía un tono grave, por lo que deduje que era un hombre, un hombre que quería tortilla para comer. “Genial”, pensé, “odio cocinar para mí sola. Así que me di la vuelta y lo que vi fue a un tipo algo más alto que yo, con el pelo rubio revuelto sobre los ojos, con unos ojos marrones inmensos y una camiseta con el logo desgastado de lo que parecía una universidad. Su acento se me escapaba. Claramente no era inglés, ni estadounidense, no tenía aspecto de venir del norte de Europa, pero con la fluidez que hablaba ya entonces todo el mundo inglés, era imposible averiguar de dónde provenía.

“Exactly”, contesto antes de guiñarle un ojo y ofrecerle mi mejor sonrisa. “It´s going to be a big one, would you join me?”, le dije para invitarle a comer conmigo. “Claro que sí y ahora que he comprobado que efectivamente eres española, me presento: Soy Joao”, me contestó en perfecto español.

Joao era brasileño casi por casualidad. Tenía 31 años, y su familia emigró hace relativamente poco desde Portugal, cuando comenzó la gran crisis. Su madre llegó embarazada a Natal en enero de 2011 y su hijo nació sólo cinco meses después. Fue uno de esos casi europeos que no llegaron a serlo porque sus padres se vieron obligados a dejar su país tratando de conseguir un empleo con el que poder vivir.

Joao creció siendo consciente de lo que había arrastrado a sus padres hasta aquella ciudad brasileña y por suerte, su situación económica en el país americano fue a mejor en muy poco tiempo, por lo que se convirtió en tradición viajar a ver a sus abuelos en Oporto prácticamente cada año. “Ya que íbamos aprovechábamos para viajar y, como mis padres eran unos enamorados de España, nos la recorrimos de arriba a abajo en infinidad de ocasiones”, me explicaba él entre trozo y trozo de tortilla. “Al fin y al cabo, viajar es lo único que hace que relativicemos, ¿no crees? Si nos hubieran quitado esa posibilidad mis padres habrían caído en una depresión, estoy seguro”, continuaba para hacer hincapié en que su único objetivo en la vida era conocer el mayor número de lugares que le fuera posible.

Cuando nací, la crisis aún era algo presente en la mente de todos y lo seguía siendo cuando yo estaba viajando por América, a pesar de que ya habían pasado más de tres décadas. Por suerte, mis padres no se marcharon nunca de Madrid. Vivieron fuera algunos periodos, mucho tiempo antes de conocerse, pero al final consiguieron echar raíces en la que mi madre aseguraba que era la única ciudad del mundo en la que cuando llegó supo que nunca se cansaría de estar.

“Mis padres han sido unos viajeros empedernidos, supongo que por eso estoy yo aquí”, respondí avalando así el razonamiento de Joao quien, tras trabajar como ingeniero de telecomunicaciones en Río de Janeiro durante seis años decidió que había llegado el momento de emprender su camino.

De hecho, Joao acababa de arrancar como quien dice, sólo había recorrido Uruguay, Argentina, Chile y acababa de llegar a Bolivia tras cruzar el desierto de Atacama. Tenía un plan, no tan organizado como el que yo tenía plasmado en mi Moleskine, pero lo tenía y su siguiente paso era llegar hasta Machupichu, pero hacer alguna parada antes vía Paraguay. “Si me subo hacia Perú ya no paso”, aseguraba entre risas, porque Paraguay seguía siendo un país con mucha selva, poca población y menos interés turístico respecto a sus vecinos.

Mis ambiciones viajeras en ese momento eran mucho más reducidas. Yo tenía un único objetivo cuando salí de la caótica estación bonaerense de Retiro: alcanzar Machupichu. Quería llegar a la conocida como ciudad perdida, pisar una de las siete maravillas del mundo moderno, ver con mis propios ojos lo mismo que vieron los incas antes de abandonar aquel santuario en desuso poco tiempo después de la llegada de los españoles. Quería sentirme como una verdadera aventurera, aunque realmente la mayor aventura estaba siendo ese recorrido en soledad por el altiplano boliviano.

Comimos, seguimos con las cervezas, después pasamos al mate, retomamos las cervezas una vez más. Joao y yo no paramos de hablar hasta que nos dimos cuenta de que ya era de noche. “Florencia, si no te importa, me gustaría cambiar mi recorrido e ir acompañado por ti hasta Machupichu. ¿Qué opinas? ¿Te apetece no ir sola en la recta final? Haremos las cosas como tú quieras, eso sí”, me preguntó justo después de que yo dejara caer mi intención de irme finalmente a dormir. “Te diría que me dejaras consultarlo con la almohada, al fin y al cabo mi reto personal era hacer este viaje sola, pero tú eres un completo desconocido que me he topado viajando precisamente sola, así que, ¿por qué no? Esto forma parte de viajar sola, acompañarse de desconocidos”, respondo animada. “Mañana quería ir a la isla del Sol a primera hora y después ya cruzar a Perú y dormir en Puno”, puntualizo, a lo que él responde con una amplia sonrisa y un escueto “a las cinco de la tarde quedamos aquí mismo”. Acto seguido, Joao se levantó, me soltó un beso en la mejilla y se fue hacia su dormitorio.

A la mañana siguiente, mantuve el plan inicial. Para eso tenía todo perfectamente organizado. Así que después de dejarme el aliento subiendo las cuatro escaleras de la isla del Sol -la altura es un concepto que comprendí en aquel viaje- para volver a bajar instantes después y tomar un refresco en el improvisado chiringuito junto al muelle donde llegan los barcos desde Copacabana, volver al hostel, rehacer mi mochila como si de un tetris de ropa sucia se tratara y reunirme con Joao a la entrada del alojamiento, juntos nos pusimos rumbo a Perú.

Al cruzar esta segunda frontera, de nuevo por tierra para aligerar el papeleo, fui consciente de otra cosa: iba a enamorarme de aquel hombre. Quizás no pensaba en amor como tal. Si bien yo nunca había estado enamorada. Había tenido relaciones efervescentes de unas semanas o de varias noches separadas en el tiempo. Nada más. Pero en esa carretera, junto a Joao que no paraba de preguntarme cosas sobre mi vida, mis gustos gastronómicos y España, supe que en las semanas anteriores me había vaciado de miedos y presiones, estaba lista para darme entera. No me equivocaba.

Esa misma noche nos acostamos. Fue algo orgánico. Cenamos en un bar cutre al lado de la estación, buscamos el primer sitio para dormir que costaba menos de lo que pretendíamos gastar y nos tumbamos en la cama a seguir charlando. Íbamos a compartir colchón, era más barato que una habitación con dos camas , o eso nos quisimos vender el uno al otro para elegir ese hostal. En menos de un minuto nos estábamos besando y nuestras manos se buscaban insaciables, una búsqueda aparente, porque en el fondo ya nos conocíamos más de lo que habíamos conocido a otras personas. Con los años, al repetir esta historia, ya no hablo de aquel momento como “un polvo” sino que “hicimos amor”. Joao y yo hicimos amor, sin artículo, en aquella habitación lúgubre junto a la estación de Punto.

Los siguientes días sucedieron entre buses, regateos, camas blandas, comida chifa y mucha pasión. Continuamos hacia Machupichu a veces caminando, a veces en algún medio de transporte. Nos reíamos de cada momento a priori vergonzoso que vivíamos, nos tomamos mil zumos de frutas exóticas, intentamos visitar gratis todos los edificios de Cuzco y ante la negativa de los de seguridad nos conformamos con seguir las líneas de las juntas de las rocas que hacían las veces de majestuosos -e increíbles- muros. Perdíamos el tiempo, nos saltamos nuestra planificación. No lo decíamos, pero en el fondo sabíamos que llegar a la ciudad inca era el final de nuestro encuentro, de nuestro viaje juntos, el final del nosotros.

Cinco días después de llegar a la antigua capital de Perú, emprendimos esa última parte del camino. Conseguimos un par de huecos en un jeep ilegal que hace el recorrido paralelo al tren -única vía para llegar a Aguascalientes, el pueblo al pie de Machupichu- para ahorrarnos dinero. “No vamos a pagar por un viaje de 30 minutos lo que nos gastamos en comer y dormir varios días”, comenté indignada al ver los precios. Así que subimos al coche, nos bajamos horas después tras recorrer los valles y montes de Vilcabamba y emprendimos la caminata por la vía del tren hasta nuestro destino. A Aguascalientes no se puede llegar de otra manera y nos pareció la mejor de todas.

Machupichu fue indescriptible. Sensaciones, emociones, belleza, arquitectura, nada tenía sentido en aquel pico en medio del monte selvático de la región de Cuzco. Joao y yo, como buenos exploradores, conseguimos un permiso para subir al pico Huayna Pichu, justo al lado, pero mucho más elevado, lo que nos ofrecía unas vistas privilegiadas. Aquel día escalé, tropecé, resbalé, estuve a punto de despeñarme por la ladera en más de una ocasión, respiré, aluciné… pero sobre todo lloré.

Joao se marchó a Paraguay desde Cuzco, o eso dijo al menos. Yo tenía que regresar a Buenos Aires todo lo rápido que pudiera, pues los días de más que había pasado con él descoloraron todo mi plan para una vuelta relajada parando por el norte de Argentina. Nos despedimos en la estación. Un abrazo interminable y un beso de escasos segundos. No hablamos, de hecho dejamos de hacerlo horas antes. Sólo nos miramos. Ambos sabíamos que ese viaje suponía un antes y un después en nuestras vidas, que no nos olvidaríamos, pero que si habíamos estado juntos era precisamente para separarnos ahí.

Han pasado más de cuarenta años desde aquello y soy capaz de recordarlo punto por punto. Mi madre no se equivocó al llamarme Florencia, porque mi nombre ha recorrido casi el mundo entero. Machupichu fue la primera maravilla del mundo moderno que vi y terminé viéndolas todas. Y las del mundo antiguo. Y las que no han sido aún reconocidas. Seguí viajando en esa soledad, que el resto criticaba, pero yo sabía que era falsa. Conocí a muchos hombres en el camino, también mujeres y hasta algunos se animaron a acompañarme más allá del viaje puntual emprendido en el momento justo que nos había llevado a cruzarnos. Pero Joao siempre ha sido y será mi gran primer amor y el altiplano andino mi primera gran aventura, sin ellos, el hombre y el camino, no sería hoy quien soy.

Así que, querida nieta, sé que no me recordarás más que por las fotos que te enseñe tu madre de mí, pero hazme caso: viaja y ama. Hazlo aunque asuste, aunque duela, pero al final de tu vida, cuando la enfermedad o la simple vejez te lleve, será lo único que te quede.

Te quiso, te quiere y te querrá hasta el infinito,

Tu abuela.

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