Es mejor soñar. Autor: Luis Montero Trénor

Después de doce años de matrimonio, nuestras vidas transcurrían sin emociones, hijos ni sobresaltos. Acostumbrados, ella más que yo, a esa tranquilidad que impregnaba cada jornada, en ningún momento parecía adivinarse situación capaz de modificar tan apacible existencia. No news, good news. Todo iba tediosamente bien porque cada cosa estaba en su sitio.

Cuando llegó la primavera, Teresa empezó a mosquearse por la prontitud con la que todas las noches, desde hacía cerca de dos meses, me zambullía entre las sábanas, apagaba la luz y cerraba los ojos. Le parecía extraño porque era yo desde siempre un noctámbulo comprometido con la causa, capaz de extender veladas, lecturas y madrugadas de farra hasta la salida del Sol, y hacerlo sin que la amenaza inquietante de alcanzar despierto el sonido del despertador fuera motivo de queja o preocupación. No cabía duda: algo estaba pasando. Durante el día seguía comportándome con la amabilidad y falta de pasión acostumbrada, ¿pero por qué parecía sentir una íntima emoción al llegar la noche? ¿Por qué ese afán por acostarme  tan pronto y -al contrario que antes, al contrario que siempre- desconectar irrevocablemente de sus palabras y de ciertas insinuaciones?

Ella no sabía que, tras sellar a cal y canto mis ojos, dormir no estaba dentro de mis planes. En esos momentos daba comienzo el momento más alegre  de la jornada, cuando los dos subíamos a mi moto, o al descapotable que no tengo, para recorrer juntos paisajes incomparables, carreteras amenazadas por acantilados que quitan el hipo, desiertos infinitos donde solo kilométricas serpientes y algunos cactus eran nuestra compañía. Una noche, ya que salía gratis, tomé la decisión de empezar a recorrer los mares. Desde una exigua barquita valiente, nos asombramos ante las mil y una islas diseminadas a lo largo de un océano imposible. Al contrario que en la terca realidad, aún estaba todo por descubrir. Desde el islote habitado por gigantescos hombres azules hasta aquel otro que presentaba un llamativo cráter en su interior. Tristemente chamuscada, una nave espacial podía distinguirse en el centro de tan colosal agujero y, junto a ella, decenas de alienígenas hacían gestos desesperados para que los sacáramos de allí. Cualquier noche de estas regresaré para salvarlos. Pero lo haré solo, que un acendrado sentido de la responsabilidad no me permite poner en riesgo la vida o integridad física de mi mujer, a la que trato con corrección exquisita.

Cuando -siempre contra mi voluntad- me vencía el sueño, las manifestaciones oníricas no eran ni mucho menos tan sugerentes. Al cabo de seis, siete u ocho horas tocaba levantarse, darse una ducha y acudir a mi trabajo de auxiliar en la Biblioteca Nacional. Una auténtica ganga ese empleo. Las jornadas laborales son de siete horas, pero en realidad la mayor parte del tiempo podía dedicarlo a buscar documentos que me ayudaran en la preparación de mi novela. Si nada se tuerce y muestro la diligencia necesaria, en un par de años habré terminado. Pretendo divulgar la biografía novelada de Carlos Béjar y Rivera, favorito de la Reina Isabel para conformar una tripulación, recorrer la Mar Océana y dar con una nueva ruta hacia Asia, o tal vez encontrar tierras ignotas y desconocidas para Europa. Yo buscaba y rebuscaba, pero sin hallar nada más de lo que ya sabe el común de los mortales: que a la Reina le convenció el proyecto de Cristóbal Colón, que sin embargo no consideraba al Almirante hombre idóneo para encabezarlo, que decidió encomendar tan histórica misión al capitán Béjar (quizá debido a la amistad de este con varios de los hombres más ricos de Castilla) y que, en algún momento, por razones de momento desconocidas, los Reyes Católicos cambian de opinión y otorgan su confianza al verdadero precursor de la idea. Durante gran parte de la jornada, y a la espera de mis incomparables aventuras nocturnas, buceaba en centenares de libros con el fin de encontrar luz para mi novela, por aquel entonces demasiado  oscura.  Me interesaba sobre todo la presencia de Béjar en América, su viaje a principios del Siglo XVI, el encuentro precoz con los muiscas y de cómo los conquistadores españoles -entre ellos el cronista Sebastián de Aldozara- quedaron de una pieza tras comprobar cómo ciertas tribus realizaban ritos parecidos a los del cristianismo, se arrodillaban frente a la cruz y chapurreaban algo del idioma castellano. Considero apropiado sostener en mi novela que el Capitán Béjar, explorador solitario y díscolo, fue quien enseñó todo aquello a los indígenas.

Así, entre el consuelo de la monotonía, la preparación de mi novela y los ensueños de antes de dormir, la vida transcurría  despreocupada. Lo mejor, sin duda, seguía siendo lo de la noche, aunque mi mujer ya se alarmó en serio cuando decidí dormir con cazadora y guantes de motorista por dar mayor realismo a lo que solo era producto de una imaginación calenturienta. Ella se negó airadamente a lucir una indumentaria parecida y a mí casi se me escapó que era para mitigar los efectos del viento, convertido en vendaval cuando aquel pedazo de moto rebasaba los doscientos kilómetros por hora. Cierta noche, al mismo pie del Kilimanjaro, saltamos de la máquina y dimos rienda suelta al amor y el deseo protegidos por una frondosa vegetación que nos resguardara de miradas impertinentes. Como me fascinó la sensación, tomé por costumbre repetir cada noche en un lugar distinto de la geografía planetaria, y ni siquiera los ronquidos de quien dormía a mi lado eran capaces de estropear la escena. La propuesta de meterse en la cama vestida con un picardías sí pareció entusiasmarla o eso indicó su extrema rapidez -solo unas horas- en ir a un centro comercial cercano, adquirir el más provocativo y lucirlo esa misma noche. Pero todo fue como siempre por más que la pobre, cuando cerré los ojos, se arrimara a mi lado de la cama hasta rodearme con su brazo. Yo me aparté instintivamente, sin aspavientos, y ella se alejó con una tristeza sorda. Aquel día entendió que nuestro matrimonio iba directo al fracaso, que nadie podría resucitar lo que ya estaba muerto y que sería imposible retenerme.

Como fue enviada seis días a Berlín por su empresa y yo empezaba a realizar expediciones espaciales, aproveché para alquilar un disfraz de astronauta y puedo asegurar que la experiencia fue fantástica, aunque incómoda. A su regreso, solo conseguí que los dos durmiéramos con un sombrero del Panamá -ella aceptó a regañadientes- para protegernos del Sol de ciertas islas exóticas situadas en pleno Caribe, milagrosamente inmunizadas contra la contaminación turística.

Se alegró mucho cuando le comuniqué que mi novela había dado un paso trascendental. Me encontraba eufórico porque la ardua investigación empezaba a dar sus frutos hasta el punto de que el profesor Benavente Ors, indiscutible eminencia en materia histórica, mostró gran interés por la obra y puso en mis manos una carta escrita por Pedro Tordesillas entre en 1493 y 1499 (el último dígito aparecía borrado) donde se afirmaba que, en conversación privada, el Capitán Béjar le reveló el más grande secreto de Cristóbal Colón. Al parecer, el Almirante pisó tierras americanas por primera vez en 1481 acompañado de catorce marinos que le aseguraron haber estado allí más de una vez. Así, Colón llegó a relacionarse con algunos nativos y fijó la posición exacta del lugar. A la vuelta, una enfermedad acabó con sus compañeros de travesía y solo él, que decidió no contar a nadie aquella aventura, regresó sano y salvo al continente europeo. Por este motivo, once años después, nunca dudó de su empresa y tomó cada decisión con tal seguridad que la marinería sospechaba de voces sobrenaturales que le conducían hasta el lugar deseado.

Los dos entramos en euforia y de pronto no nos cabía la menor duda de que la novela sería un bombazo editorial. Animada por el optimismo reinante en casa y oliéndose que mi espíritu necesitaba el estímulo de la aventura antes de acometer, definitivamente, las páginas con las cuales iba a alcanzar el éxito, Teresa preparó un viaje para dos a Argentina y Paraguay con las cataratas del Iguazú como broche final del recorrido. Tres semanas después nos plantamos allí y desde el primer momento intenté negar -a mí mismo y por supuesto a ella- una terrible sensación de aburrimiento. Nada como la búsqueda de nuevos datos sobre Béjar, la sensación tranquilizadora de las horas discurriendo lentamente en el hogar o esas ensoñaciones de antes de dormir. Los días pasaron interminables y creo que mi acompañante percibió  cómo la impaciencia y el tedio me consumían. Nunca me perdonaré haberle hecho pasar por eso. En la última jornada nos dirigimos en moto hacia las cataratas desde Ciudad del Este y el paisaje resultaba insuperable. La velocidad, a todas luces excesiva, hacía que un huracán se estrellara contra mi rostro y los corazones latieran desbocados. Al atisbar por fin las aguas indómitas, algunas gotas nos salpicaron mientras se levantaba ante nosotros un espectáculo natural asombroso. En esos momentos fue cuando mi hastío se hizo mayor y deseé cerrar los ojos para soñar con mi casa, con mi tranquilidad, con mis días ausentes de emoción, con esas manecillas de un reloj que parecían no querer avanzar. Para soñar con dormir.

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