El hallazgo. Autor: María I. Escribano Albendea

El hombre esperó pacientemente a que la avenida quedara desierta. A pesar de haber convertido en hábito aquella tarea, no se decidía a dar el primer paso hasta contar con la complicidad y el silencio nocturnos. De un rápido vistazo aseguró ambos lados de Bronx River y echó a andar con la sombra de la humillación adherida a los talones.

Apenas unos segundos después ya estaba junto al contenedor. Lo abrió lentamente para evitar el quejido lastimoso de los oxidados engranajes y se impulsó con fuerza hasta quedar suspendido entre las fauces metálicas del container. Encendió su linterna y buscó, con la seguridad que solo proporciona la rutina, algo que todavía estuviera en buen estado.

Entonces lo vio. Quedó unos instantes inmóvil. Y dejó de buscar.

Nunca antes había dado con nada igual y enseguida comprendió que debía rescatarlo del cruel destino que le esperaba entre kilos de desperdicio humano. Lo llevó consigo a casa, oculto bajo el abrigo, por si el dueño, arrepentido, volvía al lugar para reclamarlo. Una vez allí, lo aseó y le ofreció el calor de su pobre hogar.

Esa misma noche se empezó a gestar un vínculo especial entre el hombre y su hallazgo. Ambos se entregaron al juego de las emociones y se regalaron la historia de sus vidas, llenando los silencios con caricias que ambos habían desterrado de su día a día por no tener con quien compartirlas.

El hombre quedó fascinado por la narración de su nuevo compañero. Su expresión cálida y cercana tejía pequeñas grandes historias: un viaje iniciático, el encuentro del primer amor, el desamor, el dolor, la soledad, la muerte… El hombre parecía reconocerse en todas aquellas historias y de esa complicidad nació una amistad sincera.

Nunca dejaron de hablarse a pesar de conocer todo el uno del otro, porque en cada conversación surgía algo nuevo, una versión diferente de cada uno de ellos que hacía su compañía necesaria y emocionante.

Un día el hombre supo que iba a morir. Y tembló ante la idea de la separación y el abandono. No renunciaría a su amigo como habían hecho otros, así que decidió proporcionarle un nuevo compañero. La tarea no fue fácil y el hombre dedicó sus días a buscar rostros amables entre individuos indiferentes y faltos de emoción. Cuando apenas le quedaban fuerzas para continuar, pues la búsqueda había mermado visiblemente su salud, ocurrió lo que tanto ansiaba.

—¿Necesita ayuda? —le preguntó un muchacho de unos diez años al ver el estado lamentable del viejo.

—Siento que ha llegado mi hora y he de cumplir un último deseo —expresó el moribundo anhelando que aquel joven pudiera convertirse en el afortunado.

—Necesita un médico —insistió el niño.

—La muerte no la cura un médico, muchacho. No malgastes el tiempo en algo inútil y haz feliz a este pobre viejo concediéndole su última voluntad.

—Está bien. Usted dirá —accedió ante la insistencia del hombre.

—Bajo mi abrigo guardo algo de gran valor para la humanidad. Ahora solo es un corazón huérfano pero con el tiempo sabrá ganarse el respeto de los hombres. Si decides conocer su historia te hará grande y poderoso, pues te permitirá viajar a lugares imposibles, abrirá tu corazón a nuevas emociones y te preparará para tu vida adulta. Solo él te hará visible el mundo y te convertirá en dueño de tu destino.

El anciano cerró los ojos a la vida, orgulloso del legado que dejaba. El muchacho, impresionado todavía por las palabras del viejo, buscó bajo el abrigo aquello que tanto había cuidado su dueño.

Buscaba con el empeño del que desea encontrar un objeto mágico, quizás una llave junto a un mapa que le condujese hasta un valiosísimo tesoro. Pero por más empeño que ponía en palpar el cadáver del anciano, sus temblorosas manos solo hallaron el cuerpo usado y viejo de un libro.

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