El fantasma que sumaba años en Tlatelolco. Autor: Verónica Benaim

“Yo en realidad no existo, estoy muerto”, dijo el hombre que estaba en sillas de ruedas al lado del monumento de cemento que se encuentra en el medio de la plaza de las Tres Culturas y que recuerda a los estudiantes asesinados en el barrio de Tlatelolco.

Desde la masacre estudiantil ocurrida en el año 1968, Carlos  denuncia que ha sido desaparecido por el estado mexicano como muchos de los estudiantes que fueron asesinados ese 2 de octubre en un acontecimiento que conmovió a todo el país.

Hace un tiempo, este hombre de 74 años vive como si fuera un fantasma en el lugar de los hechos. Siempre está pero por momentos nadie lo ve. Sin familia ni documento de identidad, Carlos se pasa el día pidiendo limosna a los vecinos y turistas que visitan este centro histórico del DF. Comenta que “lo perdió todo”, a aquellos que se detienen a escuchar sus historias, sus recuerdos.

Duerme en una precaria carpa color naranja que se encuentra montada  al lado de la iglesia que levantaron los españoles en la época de la conquista, cuando Hernán Cortez derrotó al pueblo Mexica.

Allí donde se puede visualizar la cultura prehispánica a través de las ruinas, el templo católico de Santiago que representa el periodo colonial y los edificios que rodean la plaza marcando la modernidad, allí donde se cruzan las tres culturas, allí es donde vive este señor entre la memoria y el olvido.

Comenta que se baña en una pequeña pileta pública que está cerca de ahí  y cuando encuentra la ayuda de algún voluntario debido a su discapacidad física sumado a la ceguera que adquirió en el último tiempo por lo que lleva puesto lentes de sol.

Carlos dice que es un superviviente de uno de los episodios más sangriento de la historia mexicana “me quisieron callar pero acá estoy”. Cuenta que era maestro y que aquella tarde eran como 2000 personas en la plaza. Lo paradójico es que habla como si fuera un muerto más, como si su espíritu siguiera rondando el lugar.  “No teníamos armas, las únicas eran nuestros ideales y por eso nos masacraron, acabaron con nosotros”.

Mientras señalaba el “Chihuaha” – un complejo de departamentos muy grande que está justo frente la plaza- explica que “los disparos comenzaron a las 18 horas y provinieron de ese edificio donde en cada lugar había un francotirador. A la plaza ingresaron dos tanquetas, empezó la balacera, la cacería”.

“Me salvé porque pude esconderme en la iglesia. Luego de finalizar la matanza me llevaron, al campo militar Nº 1, siguieron torturándome, me metieron en una especie de cabina telefónica de metal, me echaron agua por dentro y luego me pusieron corriente para que ´cante´”, recuerda con dolor y pierde algunas lágrimas. Eso da la certeza de que en realidad sigue vivo.

Después del episodio deambuló por diferentes cárceles hasta que logró su libertad, con ayuda de la corte internacional de por medio. Sin embargo la libertad para Carlos llegó tarde no me dice cómo perdió a su familia –tenía una hija y una esposa- yo no quise indagar. No pudo encontrar empleo por lo que decidió vivir entre las ruinas aztecas y el cemento que rodea a Tlatelolco.

El encuentro con Carlos fue casual y muy pequeño, apenas unas horas,  una mañana soleada en México DF como cualquier otra, tan rutinaria para él y tan poco común para mí. Tal vez también haya sido casual que ese mismo día Carlos cumpliera 74 años y me pidiera que le comprara algo para comer con unas pocas moneditas que sacó del bolsillo de su pantalón.

Le devolví sus monedas pero cumplí con su pedido. En la planta baja del “Chihuahua” había algunos barcitos de comida. Le compré para desayunar un “panque” de queso y frutos rojos – una especia de torta rellena- que se veía deliciosa. Se lo entregué, le dí la mano, le agradecí por su historia y con un “feliz cumpleaños”, me despedí.

Al tiempo y ya en Argentina, leí por ahí que Carlos Antonio Beltrán Maciel fue ingeniero químico y que  falleció a fines del año pasado, poco después de mi visita. También dicen que a cada turista le contaba la misma historia y que siempre era el día de su cumpleaños. Lo cierto es que allí en Tlatelolco la memoria era más que un monumento de cemento en medio de la plaza yo preferí quedarme con ello.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s