Y luego continuamos viaje. Autor: Armando Aravena Arellano

Creo que aquella noche ninguno de nosotros pudo dormir tranquilo. El nerviosismo que la invitación nos provocara y la preocupación por despertarnos antes de las cinco de la mañana, debe haber perturbado el sueño a todos. Personalmente no creo que haya dormido más de unas tres o cuatro horas. Poco antes de las cinco de la madrugada me deslicé de mi camarote y con toda la precaución de no hacer el más mínimo ruido, baje hasta la cocina, me eché un par de panes en los bolsillos y salí a la calle en donde Pelayo y Matías hacía un rato me aguardaban.

La noche parecía haber aplacado el habitual bullicio de los habitantes de la población. Las calles sin vehículos ni gente, ni perros, parecían más amplias, más limpias; casi extrañas. Caminamos en silencio las dos o tres cuadras que nos separaban de la casa de Pelluco, frente a la cual nos sentamos a esperar. Transcurridos unos minutos salió nuestro amigo y tras él su padre que a la distancia nos hizo una señal para que lo siguiéramos.

Aun no amanecía cuando llegamos a la Estación Central. Caminamos en fila india detrás de don Pedro bajo la impávida mirada del trasnochado guardia de la entrada, que cruzó tan sólo un ligero saludo con nuestro anfitrión. Tras dejar atrás el recinto de los andenes y avanzar un par de cuadras, en medio de los rieles, nos encontramos con la SEISCIENTOS SIETE.

Aquí es la cosa, muchachos – dijo don Pedro – pónganse al tiro a juntar papeles y chamiza para hacer el fuego.

No tuvo que decir nada más porque de inmediato comenzamos a buscar en la semioscuridad del lugar lo necesario para cumplir la orden. Al cabo de un rato, cada cual trepó hasta la cabina de la locomotora para depositar el material en el lugar en donde don Pedro estaba iniciando el fuego con un puñado de guaipe untado en combustible. Después, comenzamos a alimentarlo con carbón hasta convertirlo, al cabo de un rato, en un poderoso fogón que era el requerido para calentar el agua de la caldera.

Sólo cuando los primeros rayos del sol aparecieron tras la cordillera don Pedro nos llamó para que observáramos el manómetro.

  • – La aguja está diciendo que la caldera está lista. Nos vamos – dijo y aflojó con fuerza la palanca del freno que mantenía hasta ese momento trabadas las ruedas de la locomotora.

Durante las dos horas que tuvimos que esperar para que el vapor llegara al nivel requerido, don Pedro nos había explicado todo lo que queríamos saber acerca del funcionamiento de aquella moderna locomotora, que realizaba los primeros viajes de prueba, ocasión que había aprovechado para invitar a los tres amigos de su hijo, que tanta devoción teníamos por el tren y todo cuanto en torno a él giraba.

La sensación de sentirnos protagonistas de las maniobras nos produjo una mezcla de orgullo y de júbilo. Más aun cuando comenzamos a sentir el viento azotándonos la cara encendida por el calor de la caldera que ya había inundaba el pequeño espacio del maquinista que compartíamos con don Pedro.

Ya muchachos, vamos a comenzar a acelerar por lo tanto hay que meterle mucho más fuego a esta cosa.

Dichosos nos disputamos las enorme palas carboneras y comenzamos a sacar el material desde el tender, para lanzarla en medio del rojo círculo metálico que parecía tragarse como un bocadillo nuestros tremendos y denodados esfuerzos por ahogarlo.

  • – ¿Cómo vamos? – preguntó don Pedro después de un rato que pareció estar absorto controlando manillas, relojes y agujas – a ver, en el pito se nota – dijo y tiró con fuerzas la cadena que colgaba en uno de los lados del techo.

El sonido quejumbroso del pito que parecía despertarse de un prolongado letargo inundó aquellas últimas calles de la ciudad apenas pobladas por hombres oscuros que presurosos caminaban hacia sus lugares de trabajo. Inconscientemente cruzamos nuestras miradas tratando de contener la inmensa emoción que nos provocaba aquel sonido que desde siempre había llenado nuestras vidas.

  • – Ya pues cabros, métanle fuego. Parece que tuvieran miedo de llenar la pala.

El hombre que ya se había dado cuenta que nuestros esfuerzos no eran suficientes, dejó los controles cogió una de las palas y comenzó a lanzar carbón hasta casi cubrir el espacio destinado al fuego. Creo que fue el momento justo en que alguno de nosotros caería muerto extenuado por el esfuerzo.

– Mejor súbanse al tender, de ahí se ve todo para adelante y los lados. Cuidado con caerse. Afírmense bien. Recuerden siempre: “Los gueones se caen”.

Aquella sensación de sentirse en la parte más alta del convoy, con el viento golpeándonos tan violentamente la cara haciéndonos volar nuestras ropas, sé que para todos fue algo increíble. Personalmente creo que por instantes quise creer que podría volar. Abrí los brazos y de pronto soñé que podía hacerlo.

Tras varias horas de viaje llegamos a las cercanías de Talca. Don Pedro, probó por última vez la aceleración y luego enfiló hacia la estación. Cruzamos los andenes plagados de viajeros y lentamente nos internamos en el patio posterior del recinto para ubicarnos en medio de los carros de carga, bodegas y demás elementos típicos del paisaje ferroviario. Eran cerca de las cinco de la tarde. Sólo habíamos comido unos panes amasados con tomate que don Pedro había comprado en Curicó. También a esas alturas con mis compañeros también habíamos dado cuenta de nuestro escuálido cocaví.

Pasadas algunas horas, don Pedro que había ido a conversar con el Jefe de Estación, volvió y nos dijo:

Cabros, no podemos volver hasta mañana. Traje algo para comer y para pasar la noche nos vamos a acostar por aquí cerca del fuego para no pasar tanto frío.

Abrió un paquete y extrajo un pollo cocido que fue trozando para entregarnos a cada cual una presa que devoramos junto a los restos de pan amasado que aún nos quedaban. La noche había inundado el recinto que poco a poco nos comenzó a intimidar con su despoblado y silente paisaje. Sólo las llamas nos alumbraban a través de la puerta circular que usáramos para echar el carbón. Nadie era capaz de romper el semicírculo que habíamos hecho frente al fuego. Sólo para orinar nos parábamos de nuestros lugares, pero luego rápidamente retomábamos la posición. Nadie se atrevía tampoco a confesar el miedo que nos producía alejarnos, aunque fuese por un instante, del lugar. Al único que la situación no le parecía singular era a don Pedro, que tal como lo había hecho durante todo el día, seguía preocupado de cada uno de los controles, manillas y demás elementos de la máquina. El hombre parecía dejar que conversáramos. No sé si por estar demasiado preocupado de lo que hacía o por su escasa capacidad de comunicación, lo que coincidía con lo siempre contaba Pelluco, que con su padre nunca había hablado, y que siempre lo golpeaba.

Era casi media noche y tal vez por el frío o por el miedo, pero nadie se atrevía a quedarse dormido. Ello pese a lo extenuante que para todos había sido la jornada y a las frazadas que don Pedro nos había conseguido. El hombre había echado las últimas paladas de carbón con las cuales dijo que el fuego duraría toda la noche y luego se acomodó en un rincón. Fue en ese instante que a Matías se le ocurrió hacerle la pregunta.

  • – Don Pedro… ¿Ud. ha atropellado alguna vez una persona?

El hombre, se incorporó en forma lenta, lo enfocó furtivamente primero y luego se quedó con la vista fija sobre el fuego, que era por lo demás el punto en donde habían convergido nuestras miradas toda la noche.

  • – Sólo una vez tuve conciencia de haber atropellado a alguien.

Nadie se atrevió a preguntar qué quería decir aquello, pero creo que inconscientemente todos pensamos que estábamos ante un asesino.

  • – Iba en el Nocturno, tres o cuatro de la madrugada, a la salida de Curicó había una curva con una señal de pito, porque inmediatamente después venía el puente. Pego el pitazo, miro hacia adelante y de repente veo en medio del puente un hombre que corría por el centro de la vía…

Nosotros seguíamos mirando el fuego, podría apostar que todos veíamos entre las llamas al hombre arrancando desesperadamente.

  • – No hice siquiera amago de frenar. Por si no lo saben el tren con los 18 carros que llevaba habría demorado, por lo menos, ciento cincuenta metros en detenerse.
    Además, la frenada a esa hora con toda la gente durmiendo, habría provocado todo tipo de accidentes dentro de los pasajeros.

Ninguno de nosotros se atrevía siquiera a respirar. La voz de don Pedro seguía resonando en nuestros oídos.

  • – Fui bajando poco a poco la velocidad con la intención de detenernos para que el conductor se bajara y se conectara a los cables para comunicar lo que había ocurrido. Así lo hicimos, sin embargo, cuando reiniciamos la marcha, comenzamos con mi ayudante a sentir unos golpes por debajo de la máquina. Nos volvimos a detener. Agarré el chonchón y me metí entremedio de las ruedas. De pronto vi que efectivamente algo colgaba del eje que había bajo el lugar del maquinista. Me acerqué y me encontré con los restos del hombre cuya manta había quedado atrapada en el eje. Su cabeza yacía colgando y cada vez que el eje giraba la azotaba contra el piso de la máquina.

En un gesto inconsciente, pero que de inmediato corrigió, Matías cerró los ojos con fuerza. Los demás podríamos haber deseado hacer lo mismo. El pudor de estar siendo observados nos lo impidió.

  • – Pedí un cuchillo y fui cortando los pedazos de tela hasta desprender totalmente los restos y dejar libre el metal.

Tras una larga pausa, don Pedro dijo:

  • – Y luego, continuamos viaje…

Se quedó unos minutos mirando el fuego, después se cubrió hasta la cabeza con la frazada y se tendió a todo lo largo de la cabina.

  • – Buenas noches – dijo cuando ya parecía haberse acomodado.
  • – Buenas noches – dijimos.

 

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