Semilla y abismo. Autor: Héctor López Rubio

A Gonzalo Crooke Llop y Roberto García Plaza

 

Caminan ya sin hablar, la pendiente es fuerte. Sólo se escucha el sonido de su respiración entrecortada y sus pisadas sobre la tierra seca del camino. El aire es frío y produce la sensación de limpiarle al respirarlo. Huele a bosques y a libertad. Se acercan al final del horizonte y su ilusión por ver lo que hay más allá crece a cada paso que da. Un poquito más…otro paso…arriba, el último esfuerzo…¡sí!

Un escalofrío de emoción le sube por el cuerpo y le sale por los ojos en un brillo de ilusión. Ante ellos tienen uno de los lugares más bellos que Nuño haya visto jamás. Enormes montañas cubiertas de nieve señorean al otro lado del valle. Los vientos que azotan las cumbres hacen surgir un polvo mágico que desaparece dentro de los intensos azules celestes. La luz del sol broncea la nieve y dibuja tonos dorados sobre la blancura. Las sombras y los perfiles rocosos, negros y azulados, le dan fuerza y volumen a aquellos montes. El aire es tan limpio que todo es muy real e intenso. Más abajo, frondosos bosques de pinos perfilan el valle. En algunas zonas el verde se vuelve casi negro; en otras la nieve espolvorea las copas de los árboles. Las ráfagas de viento hacen hablar a las hojas, arrancándoles una ovación ante tanta belleza, y los espíritus que habitan la foresta – y los que vinieron a habitar las cumbres – susurran canciones que se escuchan con el alma.

El corazón de Nuño late con fuerza y se siente pleno de vida y felicidad. Coge las manos de sus padres y les abraza con gratitud y emoción. Tiene siete años y es la primera vez que ve un lugar así. Se siente tan bien que ha decidido que continuará viniendo a ver estas montañas para siempre.

En un instante, toda su racional, ordenada y cómoda vida desfiló ante sus ojos. Todos sus cálculos, sus planes de futuro, sus miedos y sus amores perdieron sentido. Sus odios y sus miserias se le antojaron ridículos y su gusto por perder el tiempo se le clavó en el corazón. Sus dedos resbalaron del asidero de roca. Despacio, sin nada que poder hacer para evitarlo. Notó todo el peso de su cuerpo inclinarse poco a poco hacia atrás. Dentro de sus botas, los dedos de los pies se le encogieron, tratando de aferrarse a la nada. En un fugaz instante se imaginó cayendo y reventándose contra las rocas cuando Bruno le sujetó fuerte de la muñeca. Sintió un súbito alivio mientras su corazón aún galopaba desbocado. Una ligera sonrisa se dibujó en su cara y levantó la cabeza con lentitud mientras un “gracias amigo” emergía desgarrado desde lo más hondo de su vientre. Sus ojos se encontraron con los de Bruno, que le miraban desafiantes, con un brillo metálico de invisible puñal. Vio su frente arrugada y el entrecejo contraído, mientras una triunfal y maligna sonrisa sin dientes se dibujaba en su rostro. Entonces, le soltó. Mientras caía a plomo de espaldas al abismo, su último pensamiento fue para Carla, su mujer, a la que cortejó cuando aún era la novia de Bruno, el amor de su vida.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s