Verano. Autor: Alejandra Antón Jornet

Eran días de mucho ajetreo. Mamá revolvía en su armario y extraía, uno a uno,  tesoros guardados y olvidados durante el año: grandes toallas de colores, chanclas de madera que pasaban de unos a otros, bañadores, flotadores envueltos en talco…Y volvía la alegría del calor, las risas, los baños del mediodía en un mar azul y dorado, la libertad de horas sin rutina.

Después, cuando definitivamente las clases del instituto terminaban, cerrábamos la casa, decíamos adiós a los perros, y  embarcábamos hacia el verano.

Aquellos  veranos infinitos de la infancia. El olor de campo, de pueblo, el pan recién salido del horno, las ciruelas y moras maduras que comíamos al sol; infatigables juegos de niños, por las eras, el monte, por las callejuelas estrechas y empinadas del pueblo; los atardeceres violetas.

Nuestra furgoneta era vieja y grande, y valiente. Resistía sin quejarse, cargada de bultos, niños y kilómetros, aquel viaje aventurero, avanzando por carreteras tortuosas y caminos polvorientos. Al final, justo antes de la última curva, todos conteníamos el aliento, expectantes, buscando más allá de las últimas casas aquel pueblo colgado en la montaña que era para nosotros el inicio de una libertad añorada durante los largos meses de invierno.

Cuando yo era niña, la vida era azul y verde.

Las mañanas eran frescas, luminosas  y llenas de trinos de pájaros. Terminábamos rápido nuestros deberes  y corríamos a disfrutar del día que, con el paso de las horas, sería caluroso y pesado.  Kati, la perra de Emiliano el pastelero, se unía a nosotros en cuanto poníamos un pie en el pueblo. Parecía que ella también había estado esperando, impaciente, nuestro regreso.

Éramos los hijos del “catedrático”, nietos de Julio “el corbellero”. Los mayores nos veían crecer de año en año y, al pasar, exclamaban: “¡ayvayva la cuadrillica!”. Y los niños de aquel pueblo sin mar se maravillaban de nuestro mundo, allá en el África, y preguntaban una y otra vez por toda una fauna feroz con la que, suponían, convivíamos. Nosotros contábamos aventuras y peligros y jamás les explicamos que en nuestra ciudad, al norte de África,  no había leones ni jirafas, ni selva, que éramos niños como ellos, con nuestros horarios, obligaciones y rutinas, y también algo salvajes.

Los días pasaban deprisa.  Correteábamos por campos y riberas, cogíamos renacuajos en las acequias y cerezas maduras del enorme cerezo del abuelo, acudíamos a merendar junto al río o a la fuente del chorrillo y, al atardecer, volvíamos a casa cantando, agotados y felices.

Durante la siega, las eras se convertían en el alma del pueblo y a los chiquillos  nos dejaban subir a la trilla que daba vueltas y vueltas sobre el trigo esparcido para separar el grano de la paja, y saltábamos alocados y risueños una y otra y otra vez.

Agosto traía el calor sofocante, seco, un ruido inagotable de chicharras, el espliego oloroso y abundante. La piscina, que más parecía una poza y que llenábamos del agua fría de los montes, refrescaba nuestro ánimo y nos abría un apetito voraz que sentábamos a la mesa familiar, multitudinaria y alegre; después, mientras la tarde reposaba, acudíamos a la sombra apacible de los chopos con algo de lectura y sueño.

Papá, a veces, reunía a su tribu y nos llevaba por los montes de acampada, a la conquista de un mundo mágico que apenas alcanzábamos a vislumbrar. Mamá y los pequeños venían a nuestro encuentro en coche, y comíamos chuletillas de cordero que asábamos en una hoguera  improvisada de leña y de romero, bajo un cielo azul intenso y un aire transparente de montaña.

En septiembre la vida se volvía  más lenta.  Las tormentas llegaban y pasaban. Grandes calderas en el río destilaban perfume de lavanda y su esencia impregnaba nuestro mundo. El aire comenzaba a enfriarse.

Papá y mamá se marchaban a “examinar” y quedábamos a cargo de los mayores. “A lavase y a peinase” decía Adela, la chica que venía a hacernos la comida y a poner un poco de orden, y a la que martirizábamos con nuestras chiquilladas.

A su regreso, subíamos a las carrascas y ayudábamos a recoger almendras; del remolino traíamos jugosas manzanas reinetas que mamá hervía durante horas, con azúcar abundante, para hacer compotas y mermeladas; trepábamos al membrillo y apurábamos las  horas buscando caracoles tras la lluvia y lombrices de tierra que ensartábamos en anzuelos de improvisadas cañas de pescar que nunca pescaron nada.

Pero, poco a poco, los juegos terminaban, los chicos del pueblo volvían al colegio, el frío se hacía más intenso. Aparecían las maletas y las prisas, y el verano se desvanecía.

Dejábamos atrás el pueblo, los chopos y la casa junto al río, a la perrita Kati que nos hizo compañía mientras crecíamos, y aventuras infinitas de verano.

Volvíamos a casa, a nuestro mundo de eucaliptos y mar.

Anuncios

Un Comentario

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s