Venganza. Autor: Rudy Hedemann

Micaela y mi hermana fueron compañeras de escuela en Madrid; tenían once años cuando se conocieron y muy pronto se hicieron amigas.

Recuerdo muy bien que mi hermana quería ser abogada, mientras que Micaela tenía fervor por la pintura y soñaba con ser artista plástica, deseo compartido por su madre a quien le encantaban los cuadros y visitar museos.

Las dos entraron a la adolescencia como si hubiesen nacido de un mismo útero: se contaban secretos, se bañaban juntas,  comparaban sus virtudes femeninas y proyectaban ideales de vida.

Micaela era más linda, de mejor cuerpo, con grandes ojos celestes y cabello renegrido que le caía despreocupadamente sobre los hombros. Sin proponérselo, caminaba en forma insinuante atrayendo la mirada de los muchachos. Sin embargo, nunca tuvo novio pues dedicaba tanta devoción a la pintura que dejaba en segundo lugar las cosas mundanas y naturales de la vida.

A los dieciocho años viajó con sus padres a París, donde obtuvo una beca para perfeccionar su estilo. Allá, viviría en Montmartre, en una pequeña bohardilla que le serviría como atelier. Antes de partir de viaje a Francia, las dos mujeres prometieron escribirse todas las semanas y hablarse por teléfono cuantas veces pudieran. Al principio, lo hicieron.

Los primeros meses de estadía en París, Micaela estaba deslumbrada: la ciudad, la calidad de los profesores, el ambiente bohemio y el paisaje de Montmartre la subyugaban.. Como otros tantos, desplegaba su atril en la calle y, absorta, pintaba desde la mañana hasta la tarde, cuando el hambre y el frío indicaban que era la hora de regresar a su bohardilla.

Durante el invierno, París es inhóspito; el viento se cuela entre las colinas y callejuelas castigando a los artistas hasta enfermarlos. Uno de esos días, un catalán que pasaba frente al Sacre-Coeur quedó prendado de la belleza y porte de Micaela. El hombre, experto conquistador, tenía cuarenta años y la sagacidad y paciencia de un felino. La saludó. Ella respondió sin mirarlo. Él permaneció sentado, observándola, relamiéndose por ese bocado exquisito que tenía ante sus ojos. Al atardecer, antes de que ella se marchara, le alcanzó un café caliente sin decirle una palabra. Ella agradeció con la mirada. Así durante casi una semana, hasta que él se ofreció a acompañarla. A partir de ese momento, comenzaron a verse para hablar de impresionismo, de España y sus museos. “Pronto estaremos haciendo el amor”, pensaba el catalán, llamado Pedro. Pero ni un beso pudo sacarle, hasta que sucedió lo que debía suceder: de pronto, Micaela comenzó a sentirse mujer, a notar cosquilleos cuando estaba junto al maduro galán. Además, el perfume francés que él utilizaba hacía que su pituitaria notara un aroma a flores silvestres que la embriagaba. A veces, dejaba de respirar  pretendiendo retener esa fragancia en sus pulmones. Hasta que un atardecer, en su atelier, el amor se hizo presente con toda la fuerza y por pocos días la joven postergó los cuadros para dedicarse a algo nuevo para ella. Fue así que en una límpida noche estrellada, cuando las siluetas de los edificios se recortaban contra un cielo transparente, en Paris, en una pequeña habitación de Montmartre, Micaela creyó haber encontrado su impensado amor, ignorando que la pasión podía resultar tan efímera como el invierno parisino.

Muy pronto, Pedro regresó a Barcelona prometiendo volver. Nunca lo hizo.

Luego de comprobar que el número de teléfono que su amante le había dado no existía, Micaela pasó su mano por el vientre y comprendió que su futuro hijo no tendría padre. Lloró, se lamentó y se atribuyó toda la culpa. “No me volverán a engañar”, se prometió a sí misma. “No abortaré y me refugiaré en mi propia soledad”. Sintiéndose una víctima de sus propios errores, alimentó una venganza: “Cuando vuelva a encontrarlo, juro que lo mataré”, se repetía.

Permaneció en París, empleada en las Galerías Lafayette, pintando cada vez menos.  Sabiendo que no debía vivir con dolores psíquicos, los sábados trataba de aliviar sus rencores en la iglesia. “¿Lo odias a él o te odias a ti misma?”, le decía su confesor, “Recuerda que si te odias a ti, estás odiando a tu hija”. Pero nada la conformaba, y Micaela no abandonaba la venganza de muerte. Preparándose para cuando llegara la ocasión, llevaba siempre consigo una navaja sevillana, “Algún día lo encontraré”.

Quince años más tarde, mi hermana se cruzó con ella en Barcelona. La encontró tan linda como siempre, aunque sus ojos celestes se habían transformado en témpanos insondables. “Nunca  más tuve relación con un hombre ni volveré a tener; mi único estímulo de vida es mi hija, Rocío”, confesó Micaela, al tiempo que mostraba con orgullo una foto de la niña.

Antes de seguir sus caminos, intercambiaron números de teléfono y prometieron hablarse como cuando eran adolescentes.

Pocas semanas más tarde, Micaela llamó a mi hermana. Se mostraba alegre, parecía liberada.

—Deseo volver a pintar —dijo con voz cantarina.

—¿Estás enamorada?

Hizo un prolongado silencio antes de responder.

—No, no necesito de ningún hombre.

—¿Qué ha sucedido, por qué tienes tanto entusiasmo?

—Pasó algo maravilloso, que me ha liberado de tantos años de odio y espera para vengarme… Ayer me encontré con Pedro en la calle, frente a frente… Apenas lo vi, abrí mi cartera y saqué la sevillana para cumplir mi venganza.

El corazón de mi hermana se paralizó temiendo escuchar el trágico final.

—Al verme, el rostro de Pedro se contrajo y las profundas arrugas que ya le surcan la frente se inundaron de transpiración —continuó Micaela—. Abrí la sevillana con mano firme, pronta a usarla, mientras fijaba la mirada en un lugar de su cuello donde daría mi primera estocada. Pedro, comprendiendo la situación, comenzó a temblar. En ese preciso instante, recordé los fríos que soporté para cuidar a mi hija, apretando la mandíbula para no parecer una débil mujer y disimular mi soledad… Vinieron a mi mente, como en un torbellino, los permisos que solicitaba en Galerías Lafayette cuando Rocío enfermaba. Con pulso firme, decidida a vengarme, levante el puñal… Lo sostuve en el aire unos segundos que me parecieron eternos… Y lo devolví a mi cartera, agradeciéndole a Dios por haberme permitido que el amor de mi hija haya sido sólo para mí. Sí, Pedro había muerto mucho tiempo atrás, desde el mismo momento que se marchó de París.

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