Retratos en el metro. Autor: Madame Layla

De no haberla visto, me habría bajado en la estación anterior. Está absorta en su dibujo. Puedo ver cómo reconoce su rostro. Exactamente. De memoria. Lo dibuja a la perfección sin estarse mirando. El ruido externo y el movimiento parecen ajenos a su mundo. Siguen pasando las estaciones. Una parte de mí pide que deje de perder el tiempo y retome mi camino. Otra, se resiste a bajarse antes de ver terminado el dibujo. No sé si busco el final del dibujo o el inicio de una historia con ella. Guardo la esperanza de que me vea y quizás sonría. En mi cabeza he ensayado mil intentos de conversación por si acaso ocurre. He imaginado su voz y para no hacerla del todo perfecta, le he inventado un leve tic en su ojo derecho.

Se acerca otra parada. La gente con su prisa citadina siempre deja adivinar su camino. Las señoras empiezan a tomar sus bolsos y a los niños de la mano para arrastrarlos a la salida. Los hombres, por su parte, adoptan una especie de postura que amenaza con ponerse de pie desde mucho antes de hacerlo. La miro. Sigue dibujando. Me pregunto a dónde irá. La mujer sentada a su lado se alista para salir. Me debato entre hacerme a su lado o quedarme donde estoy. Decido cambiarme, demasiado tarde. Las puertas se abren y el flujo de caminantes entrando y saliendo del metro me arrebata la visión por un instante. Entre los nuevos pasajeros, hay una mujer con un niño de brazos que está llorando. Ocupa el puesto a su lado. El llanto del niño la saca por un instante de su ensimismamiento. Mira al niño y sonríe. Consulta el reloj y guarda la agenda y el lápiz en un bolso negro, a juego con su vestido. Parece que se alista para bajar.

Sin pensarlo, estoy en esa posición que insinúa que me voy a poner de pie mucho antes de hacerlo. Las puertas se abren y la veo pararse. Espero a que salga y voy tras ella. Mi cerebro me pregunta a qué juego. Camino del otro lado de la calle en su misma dirección. Lo suficientemente rápido para no perderla, lo suficientemente despacio para no llamar su atención. La observo sacar de su bolso unas gafas negras y ponérselas mientras entra al cementerio. Se acerca a una tumba y se queda ahí un rato. Encuentro una banca oportunamente ubicada en un sitio con perfecta visibilidad y decido observar a la distancia.

La veo sentarse y hablar a la tumba. A veces, acerca su rostro a la lápida, como esperando que le respondan del otro lado. Mis piernas están inquietas, empiezo a zapatear una canción que suena en mi cabeza. Nuevamente, mi cerebro parece dividirse en partes. Una me pide que me vaya y retome el que era mi camino original. Otra, que me quede y la siga observando y una más, un tanto estúpida a mi parecer, me pide que me acerque e intente hablarle. En mi cabeza ha pasado una eternidad. Estoy tentado a obedecer a esa parte de mí que me pide irme.

Observo su mano hundirse en el bolso y recuperar la agenda. Su mano traza un par de líneas con el mismo lápiz. Me pregunto si termina el dibujo. Estira sus brazos sosteniendo la agenda, la observa de lejos y arranca la hoja. Se la lleva a la boca y parece plasmarle un beso. Saca algo más del bolso. No puedo saber qué, pero es algo pequeño. Puedo ver su mano empuñada mientras toma la hoja y la deja sobre la tumba sujetándola con el objeto que acaba de sacar. Sacude sus manos como quitándose el polvo, se pone de pie y se empieza a alejar.

Seguido por el mismo impulso que me tiene sentado ahora en el cementerio, me pongo de pie y camino tras ella. Al pasar frente a la tumba me detengo y la observo alejarse. Desde que he estado siguiéndola no la he visto mirar una sola vez hacia atrás. Confío firmemente en que no lo hará ahora. Me inclino y veo en la hoja el retrato. El objeto que la sostiene es una piedra que tiene tallada la frase “sigues viva”. Reviso la lápida y leo una inicial que no es clara, seguida por “Batllori 17 de enero de 1987 – 5 de mayo de 2015”. Anoto mentalmente el apellido y mi cerebro juega a intentar descifrar la inicial al ritmo que camino intentando no perderla de vista.

Retorna por las mismas cuadras a la estación y aborda el primer metro que va en el sentido contrario al de venida. Me subo tras ella y observo el asiento junto a ella libre. Ocupo la silla vacía y ella me sonríe mientras saca nuevamente la agenda y el lápiz. Debo esforzarme en no empezar a zapatear de nuevo, que no note mis nervios. Durante el viaje, cada vez que puedo miro de reojo lo que dibuja. Está repitiendo el retrato con una leve diferencia; esta vez  adiciona una cicatriz que nace en su frente y atraviesa el ojo izquierdo.

Albergo la esperanza de que firme el retrato. No me atrevo a preguntar su nombre. La siguiente, es la estación donde debí bajar hace rato. Esta vez si debo hacerlo. Las personas que van a bajarse empiezan a hacer decoro de los correspondientes protocolos. La velocidad comienza a disminuir. Ruego en silencio por esa firma en el retrato. Se abren las puertas, la gente empieza a salir. A la espera de una señal, estoy tentado a quedarme en el metro una vez más. Como si hubiera escuchado mis ruegos, de pronto firma el borde inferior derecho de la hoja como “L. Batllori”.

Salgo del metro y tomo mi celular. Agradezco a la tecnología por existir. Abro el buscador y escribo L Batllori. No veo ningún resultado cercano a lo que esperaba. No existe ninguna L Batllori en las redes sociales ni en otras páginas. El buscador me sugiere resultados para Batllori, sin la L. Doy un vistazo y encuentro un par de artículos de revistas y periódicos culturales de Croplanova anunciando exposiciones de la artista revelación, Nicole Batllori. Las fotos de la artista coinciden con la mujer del metro. Croplanova, la ciudad más alejada posible de esta.

Estoy en casa y sigo pensando en Nicole. Ahora tiene un nombre, es un poco más real. Me pregunto qué significa la L en su firma. Enciendo el computador y busco imágenes similares a las de los artículos que vi antes. Después de un buen rato, bastante refundida, encuentro la foto de dos gemelas. Sin duda, una de ellas es Nicole. En la foto, la gemela de la derecha está besando a su hermana en la mejilla, y solo se puede observar su perfil. A pesar de ver su ojo izquierdo cerrado, alcanzo a distinguir el final de la cicatriz del último retrato. Leo el pie de la foto que dice: Nicole, a la derecha, felicitando a su hermana Lisa tras el rotundo éxito en su reciente exposición. Repaso los rostros, los titulares anteriores y el pie de foto. En el rostro de Lisa no hay ninguna cicatriz. En la tumba de Nicole, una piedra tallada indica que sigue viva.

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