Aquí, dentro de un año. Autor: Marta Guglieri Viñuales

Era la primera noche del año. Las calles de Figueras se veían cubiertas por un cálido manto blanco y el viento gélido le recordaba a uno que el invierno acababa de llegar no hacía mucho. Las luces de colores iluminaban la noche y dibujaban en el ambiente una sonrisa navideña llena de olores y sonidos familiares que llenaban de esperanza el corazón. Andando por la acera veía pasar los coches de viajeros que estaban de paso, al igual que yo. Aunque solo fuese a pasar la noche allí antes de continuar rumbo a las altas montañas de los Alpes, mi destino en aquel momento era llegar a la entrada principal del museo Dalí. En ese mismo lugar, la primera noche del año pasado, tuvo lugar nuestro encuentro. Apenas sabíamos nada el uno del otro, pero ambos compartíamos algo especial, algo que surgió aquella noche hace un año.

Yo estaba de paso, como cada año, en aquella localidad, grande para ser un pueblo pero pequeño para ser ciudad, cercana a la gran frontera que divide España, el hogar, de la hermosa Francia, espíritu de amor y fantasías, ahora fría y hostil por la llegada de la estación más fría del año. El trayecto de Madrid a los Alpes era largo y pesado, por lo que parar a pasar la noche era siempre la mejor opción. Figueras nos acogía con los brazos abiertos y, aquella vez, aparte de cobijo y alimento, me regaló un sueño que podría volver a repetir al año siguiente.

Me encontraba deambulando por los alrededores del museo Dalí, tratando de asomarme a alguna pequeña ventana para intentar percibir la belleza surrealista y peculiar del artista, sin éxito. Deseaba ansiosamente poder entrar algún día a empapar mis ojos de originalidad y color, pero siempre que pasábamos por Figueras, el museo estaba cerrado. Al ver que mis esfuerzos por convertir el deseo en una realidad de ensueño eran en vano, contemplé el edificio de tal psicodélico diseño por última vez para despedirme y me di media vuelta para iniciar el camino de regreso al hotel. Pero ese regreso tuvo que aplazarse por mi apetito de curiosidad al observar tan inusual presencia.

Una silueta se alzaba firme y esbelta contemplándome bajo la luz de una farola. El humo del cigarrillo flotaba sobre una cúpula de copos de nieve. Era como un ángel caído del cielo, la luz del infinito aún resaltando su belleza, su figura, su misterio, y aquel ángel había clavado su profunda mirada en mí. El silencio, las calles desiertas exceptuando aquel curioso merodeador nocturno, ahora inmóvil como si el tiempo se hubiera parado. Por un instante me pregunté si sería una estatua. Su rostro permanecía oculto en el anonimato de una tenue sombra, pero pude apreciar que me sonreía cálida y amablemente. Dejó caer la colilla al suelo y la pisó mientras soplaba el humo de la última calada que, en una noche como aquella podría haber pasado por simple vaho. De sus labios surgieron suavemente unas palabras:

-¿Te gusta Dalí?

Me pregunté si aquella pregunta iba dirigida a mí, pero era obvio que sí, puesto que no había nadie más allí.

-S..sí, es mi preferido.-Me costaba articular cada sílaba. Balbuceaba como una estúpida, hasta para soltar una frase de cuatro insignificantes palabras.

-Conozco un sitio desde el que se puede algún cuadro, aunque sea solo a través de la ventana. – Se hacía el interesante con un tono de voz cómico y algo arrogante que me retaba con rabia y curiosidad.

-¿Me llevarías hasta allí?

-¿Quieres que te lleve? – Su voz adquirió esta vez un matiz serio pero cariñoso. Su sonrisa juguetona me incitaba a irme con él, a pesar de ser un desconocido. De todos modos, su edad dejaba mucho que desear en cuanto a tratarse de  un hombre peligroso. No era más que un chaval al que no echaba yo más de 15 años, lo cual me tranquilizaba.

-Sí, eso es exactamente lo que he dicho. – Respondí con postura interpretable como desafiante. Tras un tenso silencio retador y provocante, le pudo la risa y se acercó, seguro y confiado, y me tendió la mano.

-Me llamo Javi.

-Yo soy Carla.

No imaginé que fuera a ser tan alto. Me sacaba casi una cabeza. Un ligero aroma a tabaco roció el aire, tan solo un leve toque a quemado, agradable,  sutil. Un aroma que asociaría a partir de aquel momento con el olor de Javi, el olor de una sonrisa, el olor de una promesa.

Le seguí calle abajo. Sus pisadas sonaban firmes y seguras sobre la nieve. Rodeamos un edificio hasta parar bajo el balcón de un primer piso.

-No me mires así. Hay que subir por aquí.

-¿Me tomas el pelo? Vas a meternos en un lío…

-Accediste a que te trajera, consciente de todos los riesgos. Sube.

Le encaré con rabia, mirándole a los ojos profundamente, como queriendo que leyera mi mente a través de los míos. “Va a subir quien yo me sé…”, pensé. Pero no había llegado hasta allí para echarme atrás, así que aparte la nieve de la barandilla con los dedos antes de agarrarme a ella, impulsarme y subir. Tuve suerte y no hice el ridículo, aunque me costó un poco trepar por la piedra de la pared. Habría sido embarazoso que tuviera que ayudarme a subir.

Javi se alzó ligero como una pluma y antes de que pudiera darme cuenta ya estaba de pie a mi lado. Me sentí intimidada hacia tal ágil gigante, fuerte como un roble, raudo y sutil como un junco. Tomó mi mano y me guió a oscuras por el piso vacío, inerte de vida, abandonado por el tiempo y la soledad. Me temblaba todo el cuerpo, el corazón me latía con fuerza. Lo que en un principio había sido una liviana inquietud era  ahora una conmoción al borde de la histeria. Dónde acabaría todo aquello era una pregunta cuya respuesta no quería conocer.

Entramos en una habitación pequeña y sombría, cuyo único destello provenía de la iluminación de la calle, reflejando en las paredes un polvo de hada dorado eterno, una cortina de luz que parecía no llegar a desvanecerse nunca, como una llama infinita de esperanza. A través de la ventana, al otro lado de la plaza, la estructura del museo dejaba ver algunos cuadros tras sus cristaleras. Asombrada, me quedé observando el espectáculo de color y surrealismo, materializado, palpable, pero inalcanzable.

-Este es el único punto de este edificio desde el que se ven los cuadros. Probablemente esta es la mejor perspectiva de todo Figueras desde donde puedes contemplarlos sin entrar en el museo. No es lo mismo, pero creo que también esta bien, ¿no?

-Es perfecto. Me encanta. – Me quedé en silencio, presenciando aquel sueño hecho realidad. Se situó detrás de mí y enlazó sus brazos cuidadosamente alrededor de mi cintura. Permanecimos quietos, hipnotizados en un mismo hechizo, largo, incesante, como el oleaje de un mar absente de palabras, solo figuras y dibujos.

El pitido de su reloj nos arrancó bruscamente de aquella hermosa ilusión. Era medianoche.

-Se me hace tarde. Tengo que irme – Dije

-¿Quieres que te acompañe?

Serpenteando por las calles, cada paso con él se acercaba más al último. La tristeza se apoderó de mí. Me invadió la angustia de no volver a verlo nunca más, y deseé con todas mis fuerzas que aquel momento no acabara nunca, que nuestro último suspiro juntos fuera eterno como el vuelo de un pájaro inmortal volando por el infinito, los dos perdidos sin que la realidad pudiera encontrarnos para arrancarnos de los brazos del otro.

Llegamos a la puerta del hotel. Javi vio mi rostro desanimado.

-¿Estas bien?

-Sí…Es solo que se me hace raro que no vaya a volver a verte nunca.

-¿Lo das por hecho?

-¿A qué te refieres? – Me miró fijamente a los ojos y tomó mis manos.

-El nunca no existe. Solo el mañana.

-Tu misterio si que nunca acaba.

-No me creo ni que sea la primera vez que vienes por aquí, ni que vaya a ser la última.

-¿Y de dónde sacas esa deducción?

-Te sabes de memoria el camino del museo a hotel. Sólo callejeamos bien por este barrio los que hemos deambulado por aquí unas cuantas veces.

La idea que se coló por mi mente en ese instante era demasiado buena como para guardármela para mis adentros. Tenía que arriesgar, al fin y al cabo no perdía nada:

-Todas las Navidades voy a los Alpes. Siempre paro a dormir aquí la noche de año nuevo. ¿Estarás aquí el año que viene?

-Estoy aquí todo el año, menos en verano. Te espero aquí dentro de un año.

-En la  puerta del museo.

-En la puerta del museo – Su voz estaba llena de seguridad. Estaba convencido de que volveríamos a vernos. Antes de marcharme, le agarré del brazo y le dije:

-¡Prométemelo! Aquí, dentro de un año, prométemelo. No faltes.

Agachó la cabeza. Sus labios estaban tan cerca de los míos, pero tan lejos al mismo tiempo. Apenas un centímetro, parecía la distancia de un océano, un océano de deseo ardiente, pero imposible. Apenas un centímetro inalcanzable, como una maldición. Apenas un centímetro, tan inexistente como el beso que nunca surgió. Me abrazó y me susurró al oído: “Te lo prometo”. Me dio un beso en la mejilla, tan cerca de mi boca que durante todo el año siguiente me estaría preguntando si realmente sus labios y los míos llegaron a rozarse, aunque solo fuera de forma insignificante, o si fue una mera ilusión provocada por la chispa que en ese momento me hizo darme cuenta de que estaba enamorada.

Anuncios

Un Comentario

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s