Los rincones de Florencia. Autor: Nahuel Pinto Cavilla

Al salir de aquel lugar volví a la realidad: estaba en Florencia, en via Corso, y acababa de comer pizza en un bar que llevaba más de medio siglo ahí, aguardando a los turistas que fueran a deleitarse con su comida típica italiana. Mi acompañante giró la primera esquina que había, casi inmediatamente nos topamos con una iglesia (tan pequeña que podía ser una parroquia), mi amiga no lo pensó dos veces y entró allí. Ella, debido a su crianza católica y a su gusto por el arte eclesiástico, se maravillaba con todas y cada una de las antiguas iglesias con las que nos chocábamos en aquella toscana ciudad. Mi prudente ateísmo rechazó entrar en aquel templo por miedo a que el altísimo se introdujera dentro de mí. Tanto era mi desinterés que ni tan siquiera me paré a leer el cartel de la entrada, informando sobre la historia y relevancia de la iglesia. Tras varios minutos esperando en la puerta a que mi compañera de viaje acabara con el ritual al que estaba acostumbrada, decidí leer el cartel informativo; fue un gran asombro descubrir que aquella era la iglesia donde Beatriz Portinari (el amor platónico de Dante Alighieri) había sido sepultada. Cuando aún no había acabado de leer el cartel mi amiga salió por la puerta con intención de continuar nuestro paseo, y se llevó una grata sorpresa al verme entrar en aquel templo de Dios.

Para mí la iglesia era lo de menos: una construcción de piedra decorada con cuadros y solo con valor para los creyentes, pero en ese sitio yo era otro creyente más, no un ferviente cristiano, sino un escritor y amante de la literatura. Observé con incredulidad el altar dedicado a esta musa, ya que, entre otras cosas, había una cesta llena de cartas escritas a Beatriz, quizás de cientos de hombres y mujeres maravillados con el personaje, quizás de simples turistas que vagamente recuerdan la relevancia de la obra dedicada a este; en aquel momento comprendí por primera vez una noción artística de la que yo me consideraba un escéptico: la inmortalidad de la persona mediante la obra; no era a Beatriz Portinari a quien escribían, sino al personaje y a la grandeza con que este había sido plasmado: Dante había logrado tanto su inmortalidad como la de su amada.

Tras observar con detalle todos los carteles y rincones de la iglesia, sentía que aún me faltaba algo por hacer en aquel simbólico lugar, e hice una de esas cosas que pensaba que nunca haría: me senté por un momento en los bancos de aquella vieja iglesia y, no dispuesto a marcharme, busqué entre mis cosas una libreta y un bolígrafo para escribir una carta, casi un conjuro de que podría dedicarme a la literatura en un futuro, con mis apresuradas y poco meditadas palabras para Beatriz:

“Allí donde yace Beatriz nacen las esperanzas de todos nosotros, poetas, por encontrar la verdadera belleza”

-A Beatriz, cuerpo y alma de la Divina Comedia

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