Me llevo su sonrisa. Autor: Enrique Vaquerizo Domínguez

Bailaba sola, y la luz intermitente de las antorchas revelaba fogonazos de su cara concentrada y los ojos cerrados. Bailaba sola y bailaba bien, con los hombros hacia atrás y los brazos extendidos. Sus pies ágiles y veloces dibujando sombras chinescas que  hormigueaban en  la pared al redoblar el sonido de los djembes. Discreta, en un segundo plano, alejada del círculo principal donde los muchachos senegaleses fingían enseñar a una excusión de adolescentes francesas. Bailaba sólo para sí misma, enérgica pero cuidadosa, como si cumpliese un ritual privado que parecía trascender a la propia música. Me gustaba verla bailar.

Estábamos  en la isla de Carabane, en plena  región de la Casamance al sur de Senegal y estábamos en una fiesta improvisada donde los turistas con los ojos abiertos como vampiros intentábamos absorber lo que pudiésemos de aquella oportunidad. Queríamos  disfrutar del Genuino y Espontáneo Sabor Africano. Sin luz eléctrica, los bailarines, unos pescadores locales hacían piruetas imposibles y se retaban. De vez en cuando alguno tomaba de la mano a una alemana cincuentona, que se ruborizaba y hacía amagos de volver a sus cervezas antes de componer un gesto entre divertido y resignado,  y dar unos tímidos saltitos mientras el fragor de la percusión acentuaba las sonrisas insinuantes de sus nuevas parejas de baile. Como muchos espectáculos entre locales y turistas aquello no tardó en convertirse en un circo.

La única barca de regreso hacia Zinguinchour sale alrededor de las nueve. Aquella mañana en el espigón esperaban un par de soldados aburridos,  adolescentes con camisetas de fútbol de equipos europeos y un grupo de mujeres que llevan corderos atados a sus espaldas, nos encontrábamos en las proximidades de la gran fiesta musulmana del Tabaski. También estaba ella, a la luz del día pude observarla mejor. Rondaría los cuarenta, aunque sus movimientos eran enérgicos y juveniles,  también la rejuvenecía esa apariencia aniñada; cinta en la cabeza, los pantalones anchos y uno de esos bolsos multicolores donde igual puedes guardar el pintalabios que un cadáver. Kit prototípico y polivalente del mochilero desenfadado que viaja con los ojos y la conciencia muy abiertos. Paseaba en círculos distraída y al mismo tiempo concentrada en sus zapatillas, de vez en cuando miraba hacia el sol,  y sonreía desperezándose. Era española y resultaba evidente que estaba disfrutando de la mañana y de sus vacaciones.

Muchas veces cuando dos extranjeros se encuentran en África, desencadenan el mismo ritual, como un cortejo tímido, oscilando  entre  la vergüenza que en ocasiones produce entablar conversación con alguien sólo por compartir el mismo tono de piel,  y la tentación y curiosidad que supone el intercambio de información. ¿Habrá disfrutado de este lugar tanto como nosotros? ¿Hacía donde se dirige ahora?, ¿Puede darme algún consejo  interesante sobre mi próximo destino? Tal vez ya haya estado, y sobre todo…¿Qué piensa sobre África? Momentos de complicidad, compartir un alto en el camino, intercambiar postales y asombros mutuos para reafirmarnos en nuestro amor, odio o perplejidad antes lo que estamos viendo. No estamos solos…¿Verdad?

También es frecuente encontrar por África al viajero renegado, ese que rehúye cualquier conversación con otro blanco. Ese que después de unos días y un par de experiencias místicas en el continente se siente tan integrado que todo lo que huela a Europa le provoca un rechazo instintivo. Él ha venido aquí a relacionarse con AFRICANOS y a disfrutar  vivencias AUTÉNTICAS,  sus congéneres pertenecen a una especie que le avergüenza profundamente. Como si llevasen tatuados en la frente  la palabra CULPABLE, culpable por  setenta años de colonización y el siglo posterior de explotación económica encubierta. Profundamente airados fingen  ignorar la presencia del otro europeo y miran hacia el horizonte o se enfrascan en conversaciones ensimismadas con su guía local que perplejo intenta presentarle a su compatriota. Para un africano es impensable encontrarse a un paisano en tierra extranjera y no establecer un intercambio interminable sobre procedencia, familia costumbres y propósitos. Ella no era de esas y me observó con una media sonrisa, dudando si romper el hielo. ¡Hola!

Es valenciana y tiene exactamente cuarenta y cuatro años, nos vemos obligado a rellenar un cuaderno con nuestro nombre y fecha de nacimiento al subir al bote, justo después de ponernos el chaleco salvavidas. Uno de los adolescentes, el de la camiseta del Arsenal le ayuda a hacerlo y se sienta a su lado. Es su primera vez en África y lleva exactamente dos semanas, desde que aterrizó en Dakar ha recorrido gran parte del país. Empezó por Saint Louis donde tuvo una mala experiencia.

“Una ciudad muy pobre, además está bastante deteriorada, intenté darme un paseo por Gndar el barrio de pescadores, me asaltaron unos chiquillos que empezaron a meterme mano por todos lados. Imagino que sólo estarían jugando pero la verdad es que me asusté un poco y no me atreví a seguir… el acoso sexual parece ser bastante habitual aquí”.

  • Sí, Senegal tiene bastante fama en ese sentido.

No he conseguido quitarme moscones prácticamente desde que llegué, te asaltan en cualquier esquina, aunque a veces es divertido puede llegar a hacerse muy pesado… No entienden que una mujer pueda viajar sola y sobre todo querer estar sola…sola Conocí a una hace unos diez días en Cap Skirring .. .guapo y…¿Por qué no?… terminé invitándolo a hacer una excursión conmigo, a la mañana siguiente ya me estaba organizando la vida, … el matrimonio. Tuve que pararle los pies y no entendía que quisiese  seguir mi viaje sola… He viajado antes por Centroamérica y no es nada parecido”.

“No es que yo no quiera relacionarme con la gente, la mayoría son encantadores, aprendes un montón de cosas… Al fin y al cabo a África vienes un poco a eso, a conocer la cultura… hay otras formas de vida…  pero llega a ser un coñazo. Acabas por necesitar un poco de tranquilidad, esta isla es una maravilla para eso. Este respiro de tres días ha sido genial”.

Un cordero ha empezado a balar probablemente mareado por el oleaje, el sol pica con fuerza a esa hora del mediodía y la mayoría de la tripulación vacía los cubos de plástico donde guardan sus mercancías y se cubren la cabeza con ellos. El chico de la camiseta del Arsenal nos ofrece un poco de agua. Definitivamente parece contenta de estar aquí, los ojos verdes brillan alegres, aunque  se vuelven duros si el derrotero de la conversación no le satisface.

“¿Sólo has estado un día? Una pena, es un sitio especial, no me voy a olvidar en mucho tiempo… Como te decía lo de los tíos aquí es cultural, están acostumbrados a organizarnos la vida y a que se haga lo que ellos quieran… Dakar…me he quedado unos  días en casa de una familia, ves algunas cosas desde dentro y claro, alucinas”.

“¿Qué si me gusta África? Claro, es otro mundo, pero llega a saturar… imagino que necesito volver y sedimentar un poco todo esto,… interiorizarlo… Creo que el año que viene iré a América Latina otra vez. Tengo suerte y me dejan cogerme un mes entero de vacaciones, lo dedico a estas cosas” me guiña un ojo “Hay que cuidarse un poco”.

¿Y en España?

Hasta las narices tal y como se está poniendo el asunto con estos e irá a peor… yo soy funcionaria y tengo mi plaza asegurada… a veces me dan ganas de dejarlo todo, vienes a  sitios así y dices mira podía montar un hotelito, no se algo así… dedicarme a pintar, escribir, cualquier cosa…vivir la vida. A veces me aburro mucho, menos mal que me da tiempo a hacer otras cosas…algo que te realice. Un doctorado…si, sobre género también, si, sobre las prostitutas de mi ciudad, tengo otra pequeña ONG además”…, un proyecto para ofrecerles opciones si quieren dejar la prostitución… enseñarles la legislación, ofrecerles la posibilidad de asociarse… tenemos un montón de ideas, de momento funciona”.

El trayecto apenas dura cuarenta minutos y ya estamos llegando a Elinkine, los dos soldados me advierten que deje de hacer fotos, hay otra base militar cerca. Las mujeres vuelven a ordenar sus mercancías y los adolescentes alborotan y nos miran entre risitas, bromean. Sólo el que se sienta a nuestro lado permanece serio, tal vez un poco triste, no debe tener más de quince años.

“Así está el mundo, yo hace tiempo que dejé de creer en la cooperación al desarrollo… he tenido experiencias sobre el terreno…decepcionantes, Guatemala… mucha burocracia, terminas de olvidarte por quién estás trabajando… turismo sexual, no les  hemos preguntado realmente que quieren ellos… seguimos explotándoles…P.I.B, globalización, cayucos, manos que se entrelazan, preservar culturas, sonrisas tímidas y avergonzadas, petróleo, presencia china en la zona , ojos que brillan como los de una quinceañera, empoderamiento, los acuerdos de Breton Woods, un beso furtivo, ¿Qué quieren ellos? el gesto serio y orgulloso del que debe aparentar una hombría incipiente vistiendo  una camiseta del Arsenal”.

Te ves obligada elegir, mejor uno que cien… los demás te dejan en paz… creo que esta vez me he pasado.. No sé si la policía tendría que decir algo de esto…fue ayer, me siento un poco su mami… insisten mucho,  yo no quería buscar nada…Se vuelve y le acaricia el mentón, dibujando con sus dedos una mueca…al final me llevo su sonrisa”.

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