Los últimos nómadas del Sahel. Autor: Enrique Vaquerizo Domínguez

Riskoi

La primera vez que vi a Riskoi estaba en un momento difícil de mi vida. Digamos que vivía peligrosamente y cada noche las lagartijas que rasgaban el tejado de uralita alimentaban mis pesadillas, encarnadas en réplicas de Bin Laden que venían a por mí a pedir rescate. Ingenuos, repetía yo, parapetado tras la mosquitera. ¡A pedir rescate!, si una vez que llamé a una exnovia en estado lamentable para que acudiese a recogerme, me colgó indignada, preguntándome si sabía a cuanto salía la hora de parking nocturno en el centro. ¡Terroristitas a mí!, y entonces los reptiles encanallados volvían a empezar su maldita orgía en el techo de casa, y yo intuyendo de repente a siete barbudos a lomos de Nazguls que  se aproximaban recitando el Corán, de un salto volvía a esconderme bajo la cama. La valentía es un vicio que a veces sólo tiene sentido practicado en público.

La primera vez que vi a Riskoi lo saludé distraído, como sin verlo, casi pensando en otra cosa. Rápidamente se encargaría de hacerme ver la inutilidad de mi actitud. Para él la indiferencia  no pasaba de ser un artificio irresistible e inequívoco para que él redoblase sus esfuerzos. Riskoi concebía  como los buenos generales la amistad desde  la rendición y el agotamiento. No teniendo recursos para ponerme un piso, prefirió empezar por poner cerco a mis excusas y sentarse a esperar tranquilamente frente a mi puerta a que apareciese el cadáver de su nuevo mejor amigo.

Antes hizo un intento para comprobar mi grado de obstinación y llamó a casa. -“Hola soy el de antes”-“Ya veo ya”. –“¿Cómo va la familia?” .Le informé que tras haber hablado con mi madre y mi novia en una conversación entrecortada por Skype la noche anterior no muy bien, de hecho las cosas estaban algo tensas, las dos pensaban que estaba  mal de la cabeza y tras los recientes secuestros en Níger me urgían a volver a casa. Mi respuesta no pareció conmoverlo lo más mínimo. “¿Y el trabajo?, ¿Cómo iba el trabajo?” Achiqué los ojos y empecé a pensar si aquel interrogatorio obedecía a órdenes precisas de Al-Quaeda para conocer mis sentimientos cuando se decidiesen a empezar la fiesta. ¡Bien!, contesté secamente, cerrando la puerta unos centímetros más. ¿Y el calor? Aquello llegaba ya a límites insoportables y cuando me preguntó por las piedras, los árboles y el polvo del camino, la rendija era apenas un hilillo que le cerró a Riskoi de un portazo la entrada a mi casa y a mi existencia de una  manera que esperé definitiva.

Distraído por la agotadora tarea en la que me hallaba enfrascado, la de lograr algo parecido a una vida social en Zinder, una ciudad de la que  todo el mundo había huido como alma que lleva el diablo, olvidé a Riskoi e inicié una romería de peregrinación por las sedes desiertas de la mayoría de ONGs. Enviaba botellas vacías con mensajes encriptados en forma de proposiciones; cenas, salidas y planes sociales varios. A cambio coseché carcajadas, maletas a medio hacer, recomendaciones para irme de allí  lo antes posible y a veces tan sólo el ulular del viento por respuesta. Cada vez que volvía a casa pegándole puntapiés a mi malhumor, me encontraba a Riskoi, sonriente y confiado tras aquella maraña de rastas y colgantes. “¡Hey mec ça va!, ¿Cómo va la familia?, ¿Y el trabajo?, ¡Hace calor eh!, ¿Por qué no tomamos un té?” Yo revolcándome gustoso en mi psicosis ignoraba disciplinado las invitaciones de aquel malvado emisario de AQMI, y esprintando como Bolt, lo ametrallaba con excusas disparatadas antes de cerrar la puerta de casa y refugiarme en la confortable compañía de mis lagartijas.

Tras varios libros devorados a golpes de insomnio, una exhaustiva clasificación entomológica de los insectos del baño y unas elecciones locales y su correspondiente toque de queda, emergí al mundo exterior dos semanas después. Al otro lado, por supuesto  con su paciencia de hurón me aguardaba Riskoi. Mientras me mesaba una barba recién estrenada de náufrago apesadumbrado, se lanzó sobre mí, ¿Qué tal, y la familia? Echándome en brazos de la paciencia, suspiré y decidí enfrascarme en una conversación disparatada. Riskoi inasequible al desaliento, preguntaba por primos, tíos, abuelos y toda mi parentela que el juzgaba inagotable. La saga de los Vaquerizo Domínguez no especialmente prolífica pareció decepcionarle y la conversación languidecía por momentos.

Sin embargo en aquel momento algo se encendió dentro de él cuando le pregunté  dónde vivía su familia. ¡Sallaga!, exclamó inflamado como un fanático. Inmediatamente se puso a palmotear a mi alrededor encantado. ¡Si, Sallaga!, definitivamente yo tenía que conocer Sallaga, tenía que ir allí con su familia, me iba a encantar Sallaga a mí. Ni Babilonia con sus jardines, la antigua Roma o los enamorados de Nueva York han encontrado un cronista más animoso que Riskoi mientras me desgranaba uno a uno los atractivos asombrosos de un conjunto de chozas desmadejadas en mitad de la sabana. Hasta consiguió insuflarme un poco de entusiasmo, aferrándome a  él  nos pusimos a hacer planes. Pero… ¿Y dónde estaba Sallaga? A kilómetros de Zinder, cerca de Tanout un pueblucho misérrimo de Níger en pleno Sahel.

Porque Riskoi, entre los rasgos más excéntricos y caprichosos de su personalidad  poseía el de ser peul, peul bororo además. Yo, sumergido en mi ignorancia y temores absurdos aún no había comprendido que bajo esa  apariencia de rapero a lo Snoopy Dog se ocultaba la raza milenaria de una de las etnias más interesantes de África. Los bororos llevan siglos subsistiendo de la misma forma, la única que saben, siguiendo a sus rebaños por todo el Sahel. Con el cielo como sombrero y la libertad aguijoneándoles los talones han sobrevivido a los continuos intentos de gobiernos y ONGs por sedentarizarlos. Para ellos sólo existen las reglas que marcan sus vacas y el surco que dejan en el escaso y humeante pasto de la sabana. Aún no sabía que los bororos poseían muchas más peculiaridades, que descubriría a lo largo de los meses siguientes y los convierten en el pueblo más apasionante que hasta el momento haya conocido. Pero volvamos a Riskoi, sentado en una mecedora del patio y mascando con flema un pomelo mientras me va desgranando los secretos de su familia.

Poco a poco entraba en mi vida, a medida que me aventuraba por las calles de Zinder y dejaba el corazón en cada esquina en la que encontraba un turbante. Como una Sherezade rastafari venía a visitarme al caer la noche y me retaba con señuelos que como piedrecitas iban construyendo un sendero hacia mi locura. ¿Sabía yo que en la fiesta del  Gereworld las mujeres elegían a los hombres más guapos en un gran baile en medio de la sabana y les ofrecían una espléndida luna de miel entre los baobabs?, ¿Qué alguno de sus parientes había llegado conduciendo una piara de 30 camellos hasta las profundidades del Gran Sáhara?, ¿Que los tuaregs se reunían con ellos en las noches de luna llena  para improvisar conciertos junto a las fogatas? Ahora me doy cuenta de  que fue fácil para él percibir el brillo fascinado de mis pupilas. Las tornas cambiaron con rapidez y de repente era yo el que acosaba y perseguía a Riskoi con mi curiosidad. “Pronto iremos a Sallaga, me repetía una y otra vez, pronto iremos”. Y Sallaga para mí era ya una entelequia, una arcadia feliz, poblada de forajidos y aventuras que invadía mis pensamientos. ¡Sallaga! aullaba a mis lagartijas cuando estas seguían tratando inútilmente de amargarme la existencia. Decepcionadas se rascaban el cogote antes de huir a sus escondrijos estupefactas ante el estado de ensoñación en que me encontraba.

El objetivo estaba claro, el problema es que había que salir de Zinder y sus alrededores eran considerados por la Embajada como zona roja. Temía que al doblar la última chabola de la ciudad un sin fin de sirenas se pusiesen a ulular y el suelo se encrespase en un mar de alambradas de espinos y empezasen a repartir descargas en las plantas de los pies como si no hubiese un mañana. Decidí  jugarme la vida e incluso el despido, pero  hacía falta un plan. Fingí una enfermedad que me mantendría K.O todo el fin de semana y me disfracé de tuareg dejando tan sólo la nariz y los ojos visibles. Riskoi me trataba con la condescendencia con la que se mima a un psicótico. Para él por supuesto Aqmi no existía y yo estaba absolutamente zumbado, pero al fin y al cabo no era la mayor extravagancia que había soportado en un blanco y se entregó al arte del disfraz con entusiasmo. Un viernes, me convertí en una sombra esquiva con turbante en la madrugada de Zinder, haciendo cola para llenar un furgón y contestando con indicaciones de cabeza a las preguntas de tuaregs y peuls, extrañados ante aquel blanco que se obstinaba en fingirse mudo y disfrazarse de africano, aunque su aspecto cantase a kilómetros de distancia.

Durante las dos horas y media en que el alba tardó en llegar, recorrimos caminos polvorientos y pasamos dos controles del ejército que observaron mi pasaporte con curiosidad. Al llegar a Tanout a las siete de la mañana, el suelo ya burbujeaba como un geiser. Entre las rendijas de mi turbante me asomaba a la vida en cinemascope, las escasas viviendas de barro del mercado del pueblo se aferraban al suelo luchando por soportar un sol despiadado. Entre ellas bullía un hervidero de animación. No me quejo de lo que he podido viajar en mi vida, aún espero viajar mucho más. Soy un buscador fanático de lo diferente, lo extraño, obseso del concepto difuso, equívoco y casi siempre absurdo de “lo autentico”. En ocasiones buscar eso  te aboca a  rastrear sombras, en una persecución imposible al pasado, en cada lugar donde aterrizo busco una realidad que desapareció cincuenta años antes. Sin embargo estoy convencido que jamás ningún lugar  podrá provocarme la misma impresión que sufrí en aquellas primeras horas de Tanout, espoleado por la paranoia y el miedo.

La escuela

El pueblo  en su día de mercado está ocupado por una turba de nómadas vomitados desde el interior del desierto. Peuls, tuaregs y bellas a lomos de camellos, portan espadas y carcajs repletos de flechas mientras martillean una retahíla de saludos interminables. En una explanada junto al mercado de ganado se suceden entre apuestas las carreras de camellos. Los puestos son apenas  troncos raquíticos entre las que se desparraman los exiguos productos que el desierto puede ofrecer. El olor a bosta de ganado y a especias lo inunda todo, contemplo el espectáculo alucinado, inquieto por evitar las miradas inquisitivas de los tuaregs.

Aunque sólo me vean los ojos, mi forma de andar me delata. Riskoi me presenta a toda su familia, entre risas me adoptan y nos dedicamos a un peregrinar confuso saludando al infinito clan de los bororos. Los rostros son de una belleza pura, avasalladora,  maquillados con gena en su mayoría. Son conscientes y orgullosos de sus atributos físicos, en los meses siguientes más de una vez sorprenderé a alguno maquillándose a hurtadillas con kohl frente a un espejito. Cada segundo en Tanout  regala una instantánea única que devorar. De vez en cuando me palpo con glotonería la cámara escondida bajo la túnica, sin atreverme a sacarla, tengo miedo a llamar demasiado la atención.

Caen las horas como la lluvia sentados a la sombra de una choza mientras observamos el bullicio del mercado. De vez en cuando Riskoi, desaparece, hace gestiones para buscar una moto con la que cruzar el desierto, el trayecto en camello podría llevarnos una noche entera. Me quedo solo, la gente me saluda, contesto con signos, me hago el sordomudo. Rápidamente despierto la curiosidad de un gentío que me identifica como blanco y me insta a quitarme el turbante, al hacerlo recibo sonrisas y gestos de asentimiento. No puedo evitar un estremecimiento,  os rumores de colaboración entre tuaregs y AQMI para el secuestro de extranjeros son constantes. Los hausas que alquilan a la familia de Riskoi el cuartito lleno de sacos de cereales tampoco contribuye a tranquilizarme, tengo que tener cuidado con los peuls, “mala gente” dicen, “ni siquiera se han dignado nunca a dejarles una propina, ¿No podría hacerlo yo por casualidad?”.

Baja el sol cuando dejamos la ciudad  a lomos de un ciclomotor herrumbroso y nos dirigimos al campamento. Sorteamos un goteo interminable de familias que regresan de nuevo a las profundidades de la sabana. Los saludamos a toda velocidad, entre risas mientras la motocicleta amenaza con despedazarse en cada duna y la luz del sol pinta un lienzo irreal, fastuoso, de sombras alargadas, de animales, de niños y viejecitos mustios. De miradas que se clavan en el corazón y carcajadas que desarman la desnudez hiriente del paisaje.En muchos lugares de África el atardecer se desploma sobre la tierra, concediendo apenas unos instantes de luz mágica antes de que el cielo apague el interruptor y descargue una catarata de estrellas. El Sahel en esos momentos alcanza una belleza turbadora, un territorio de nadie que desbarata las horas ardientes y justifica los días. Aquella tarde el desierto fue generoso con nosotros y pareció regalarnos casi una hora de ruta iluminada por neones incandescentes que ya no nos abandonarían hasta alcanzar las primeras chozas de Sallaga.

Sallaga,  aquí estábamos por fin. Una explanada reseca a mitad de camino entre la sabana y el desierto, un puñado de tiendas y camastros diseminados entre grupos de niños que corretean tras sus madres. La mayoría son hermanos de Riskoi y este es su clan. Las mujeres acuden rápidamente, reclaman los suculentos manjares traídos del mercado y comienzan la preparación de la cena. Una papilla de leche, mijo y hojas de baobab que constituye la única comida del día, si sobra algo se repetirá mañana. Sus rostros son huesudos y altivos, decorados con  tatuajes de gena y brazaletes de metal sobre sus paños oscuros, un tupé rizado asoma bajos sus túnicas y acentúan graciosamente sus rasgos marcados y sus ojos profundos de  muchachos asombrados. La vestimenta de los hombres es más sencilla, llevan  las tradicionales túnicas y turbantes. Muchos ocultan bajo ellas una enredadera de rastas rizadas, todos están extremadamente delgados. En algún momento se escucha a lo lejos mugidos que sobrevuelan la polvareda  levantada por el ganado que regresa. Los gigantescos cebúes  se acomodan en el suelo cerca del fuego como perros domésticos mientras se sirve la cena. Todo se hace por riguroso turno, primero se sirve las calabazas humeantes a los hombres, cuando estos han terminado es el turno de las mujeres y los niños, todos comparten el plato pasándose la cuchara o extendiendo la mano hacia su parcela delimitada dentro del recipiente. En unos minutos apenas se distinguen las caras apiñadas junto a las hogueras encendidas mientras el aire se impregna de olor a mijo hervido. El menú es el de siempre, “bouile” de  mijo.

La sequía es el enemigo más temido para los bororos, cada lustro diezma de forma dramática su única forma de vida. El año pasado fue uno de esos años malditos, el rebaño de Riskoi y su familia pasó de 40 a 15 reses, y todos tuvieron que ir dejando entre los pozos resecos los cadáveres de  sus  mejores animales. Los bororo viven por y para sus vacas, ellas son su sustento, su orgullo y su ilusión. Les proporcionan la leche de la que se alimentan y que poder vender y cambiar por otros víveres en el  mercado, les sirven de dote en sus enlaces y de ellas obtienen las escasa carne con que regalarse en sus festividades. Su vida es dura como suele serla en este entorno reseco y hostil, las osamentas de ganado que siembran el camino son la prueba de cómo el Sahel deja los colmillos marcados en los únicos habitantes que se atreven a amarlo y desafiarlo a partes iguales. El hambre, las sequías y las epidemias van limando a dentelladas la forma de vida de un pueblo nómada que pese a todo aún conserva intacto su orgullo. Porque si  algo comprendí en aquella primera de las múltiples visitas que haría a Sallaga durante  los siguientes  meses, es que el patrimonio más valioso de los bororos reside a partes iguales en su  hospitalidad y orgullo. Entre las tiendas misérrimas y las bandadas de moscas feroces, flotaba una dignidad casi estrepitosa en medio de aquella noche africana. La noche en que dormí en la escuela.

Porque en todo el campamento tan sólo había un edificio, si es que podía  llamarse así a una diminuta choza de ramas y a ese tejado de paja acribillado de agujeros que dejaban ver las estrellas. Como  mobiliario un pizarrín que colgaba de una de las paredes y el suelo de tierra reseca barrida con mimo. Ahí acampamos la noche en que Riskoi me fue contando entre tés ardientes y los mugidos de los camellos el nacimiento del primer proyecto de escuela en los alrededores de Tanout. La escuela nómada de Sallaga.

Sallaga se extiende en una distancia que abarca unos 40 kilómetros cuadrados de sabana inhóspita y desierto. Los bororos se dividen en clanes, separados en ocasiones por distancias enormes, cada clan suele agruparse en torno al cabeza de familia, sus hermanos y su primera esposa e hijos.Son polígamos y en ocasiones tienen varios clanes diseminados por la sabana recorriendo grandes distancias para atenderlos a todos. Esa estructura es mutable, ya que siempre está supeditada  al rastro de hierba que su ganado necesita para alimentarse.

Cada mañana es igual, en apenas una hora levanta el campamento y los diminutos borriquitos se aplastan contra la polvareda, atestados de calabazas, ollas, vestidos, espadas y abalorios.  Todo para recorrer apenas unos kilómetros la noche siguiente como una maraña que se desplaza en un peregrinar continuo por los confines del Sahel, desde Níger, a Mali, pasando por Burkina o Camerún. En esas condiciones las hordas de chiquillos que acompañan cada campamento no tienen ninguna posibilidad de acudir a la escuela, su destino es vagar por “la brousse” o vivir en los arrabales de las ciudades marginados como analfabetos y salvajes por la mayoritaria etnia hausa.

Un día Malam y Gado el padre y el tío de Riskoi decidieron abrir el primer proyecto de escuela nómada en Sallaga, entre los escasos recursos de los diferentes clanes lograron reunir  cuatro meses de sueldo de un profesor y levantaron una techumbre bajo la que guarecer a los alumnos los diez días de lluvia al año que el Sahel concede en Níger. Pactaron dejar a los más pequeños en un campamento fijo y liberarlos de salir cada día a acompañar a las vacas. En aquellos momentos entre la sequía y las muertes de ganado el curso seguía sin iniciarse y la escuela lucía como un esbozo inconcluso, vestigio ilusionante de tiempos mejores.

Al día siguiente despertamos temprano, el sol descarga con furia sobre las tiendas y ya está encendido el fuego con las sobras recalentadas de la noche anterior. Bebemos un sorbo de agua y orinamos en la tierra. Nuestra casa es una alfombra kilométrica de yerbajos y arena. En este medio hostil todo adquiere la categoría de ritual, de ceremonia, y alcanza su máxima expresión con la preparación del té. Riskoi lo prepara ardiente y espeso, un reconstituyente perfecto para combatir el calor, uno de los  mayores placeres de la vida en El Sahel. Un saquito de té, agua, abundante azucar, una pequeña tetera y un diminuto vasito de cristal. Dos veces de la tetera al vaso, y vuelta a empezar. Los dedos expertos de Riskoi repiten el movimiento con la precisión de un metrónomo, las miradas anhelantes se agolpan a su alrededor con embeleso. Delicioso y reconfortante.

Desayunamos con calma, arrancando con las manos gruesas porciones de la ”patte de mil”, una mezcla granulada de mijo, arena y hojas de baobab. No es fácil habituarse, incluso después de varios meses en África, mareo la comida con el cucharón que me han ofrecido, mastico muy lentamente y trago como puedo. En algún momento saco un par de latas de sardinas de la mochila y las repartimos, los niños engullen hasta la última brizna y gota de aceite. Conozco a Kitty tiene ochenta años y es el abuelo del clan, me cuenta que no conoce otra forma de vida, aunque duda que los Bororo puedan continuar mucho tiempo manteniendo la suya. Cada vez es más difícil alimentar a los rebaños a causa de la sequía, además muchos jóvenes pasan cada vez más tiempo en la ciudad, llevan móviles y escuchan música extraña se lamenta.

Todo lo que hacen y fabrican  está marcado por la belleza. Este culto a la estética alcanza su máxima expresión durante el Gereworld, un festival que se celebra  entre los meses de Agosto y Septiembre y donde los hombres se pintan la cara y se engalanan con turbantes y plumas de avestruz. Danzan  hasta la extenuación mientras las mujeres los juzgan y escogen al más guapo. El afortunado tendrá el privilegio de ser “probado” por las mujeres solteras del clan. Hace unos años le tocó a uno de los tíos más jóvenes de Riskoi. No puedo evitar preguntarle qué tal lo pasó.

  • ¡Resulta un poco cansado!

Hoy recuerdo aquellosdías en Sallaga como un torbellino de sensaciones y descubrimientos. Días de desconcierto, en los que las sonrisas y los gestos de afecto alcanzaban donde perdidas en la traducción, las palabras no llegan. Recuerdo los atardeceres maravillosos y los mediodías opresivos que deshacían hasta la tela de los turbantes. Unos días salvajes, plagados de horas muertas e instantes inolvidables. Recuerdo el miedo cada vez que se acercaba un jeep con cabezas cubiertas en la sabana, recuerdo las risas y las conversaciones entre susurros junto a las fogatas nocturnas, las manecillas del reloj olvidadas, la sensación de sentirme el testigo privilegiado de una forma de vida que desaparece.

Las semanas siguientes son tan sólo una breve elipsis. Nos veo de nuevo  surcando las dunas a las afueras de Tanout haciendo de paquete con Riskoi en una moto que amenaza con convertirse en chatarra a cada instante. Pero esta vez no vamos solos, llevamos un botín valioso.  En mi espalda se clava un pizarrón enorme, sobre el tubular alforjas cargadas de pizarrines, lápices, y tizas y gomas y una gigantesca alfombra, en los bolsillos 8 meses de sueldo para un profesor asegurados. Tras negociaciones con mi ONG y la promesa de no hacer locuras, la primera escuela nómada rodante  del Sahel, vuela a toda velocidad hacia Sallaga.

“Un, deux, trois…” gritan cuarenta voces infantiles, mientras Karim el profesor señala los números en la pizarra y se pasea bajo la gigantesca acacia desesperado,  intentando poner orden. Una alfombra, la pizarra colgada en el tronco del árbol y un pizarrín y tiza por alumno, mimbres suficientes para construir una escuela si hay ilusión y ganas. Al frente bajo la antigua escuela un grupo de ancianos bororos contemplan divertidos el espectáculo entre tés humeantes. Tras décadas de recorrer el Sahel, de rastrear las huellas de sus animales en el polvo, de escaramuzas con  ladrones de ganado, de ganar mil batallas a la sed y al desierto, finalizan sus días acompañando a sus nietos a la escuela, asegurándose de que acudan y esperando pacientemente a que acaben las clases, para llevárselos de vuelta. “

Un, deux, trois…” se mezclan las edades, vuelan las collejas y los lapiceros rotos, los ojos brillantes y los nervios del primer día de clase…el primer día de clase en plena sabana.  Miro a Riskoi que acerca de la mano a uno de sus hermanos pequeños hasta la alfombra, me guiña un ojo. “Un, deux, trois….”  las voces suben y se enredan  entre los nudos de la acacia, y siguen elevándose sin límite hacia el sol de África.

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