Las jirafas de Waza. Autor: Enrique Vaquerizo Domínguez

Todo  el mundo me ha dicho que no vaya a Waza, que no es la época, que la hierba está alta, que hay agua por todas partes  y los animales no salen de sus lodazales ocultos, que los elefantes en esta época emigran hacia el Norte y que el parque está semicerrado. Me lo han dicho los guías, los gerentes de los hoteles, los expatriados de la ciudad,  el ilustrísimo lamido de Oudjilah, y hasta una ancianita que vendía cacahuetes en la calle me hizo un comentario experto  sobre por qué a su juicio los leones en esta época del año se muestran  un poco adormilados por las mañanas.

Como los consejos de todo el mundo me suelen parecer  idioteces, y a pesar de haberme autoconvencido de que vale, de que ya está bien de animales, de que por esta vez en Camerún nos vamos a limitar a los descubrimientos étnicos,  a África y sus culturas milenarias… a cotorrear con la gente vamos. No puedo evitarlo y cada vez que oigo hablar de un parque natural las pupilas se me dilatan con el brillo febril de un ludópata. Y aquí estamos, me he gastado una pasta, la que llevaba acumulando las semanas anteriores, con minúsculas raciones de pollo a la brasa y durmiendo en los autobuses para no coger hoteles. Me lo juego a un golpe de ruleta, todo al rojo, el parque de Waza espera.

Al parecer Waza situado en el Extremo Norte de Camerún en sus meses razonables acredita una bien merecida fama de ser uno de los parques más completos de África Occidental. De hecho acoge a los cinco grandes. ”Nada que envidiar a los parques de África  Oriental”, afirma de forma  bastante pomposa  mi guía. Tengo chofer, 4×4 y una mañana entera a mi disposición para probar suerte en las pistas que no están impracticables a causa de la estación lluviosa. El trayecto desde Maroua  son cinco horas, por una carretera plagada de socavones que podrían devorar a un tráiler. Como vamos a ver montones de animales salimos temprano, a las dos de la madrugada. El trayecto se convierte en una eterna partida de videojuegos esquivando, ovejas, bicicletas y agujeros. Abdou que es mi chofer, está contento, y entre bache y bache me va contando retazos de su vida.

Antes era chofer en Douala y trabajaba para una abogada rica, pero Abdou es musulmán y necesita rezar cinco veces al día, su jefa un día le dio a elegir entre las plegarias y su trabajo, Abdou eligió a Alá y pasar los lunes al sol. Pero antes,  tras el despido a pesar de que su jefa le había estado pagando casa, comida y un generoso sueldo durante años se aseguró de sacarle hasta el último franco extorsionándola con los negocios sucios que él suponía  que realizaba con los clientes. Con la indemnización se compró un coche en  Maroua, y envió a su madre a La Meca un mes, la ilusión de su vida, me asegura que  el año que viene irá él. Se muestra convencido de que no veremos absolutamente nada en Waza. Abdou es un tipo simpático además de un gran chofer.

Cuando llegamos al parque Waza tengo la columna vertebral como una alcayata y la temperatura a pesar de ser las siete de la mañana ronda ya los 35 grados. A la entrada hay unos bungalows cerrados a cal y canto, Abdou se hurga los dientes con un palillo, su cara trasluce una molesta actitud de “te lo dije” y yo empiezo a escamarme de veras. Finalmente tras golpear las puertas de la oficina, el gerente del parque nos recibe efusivo y me asegura que voy a ver grandes cosas en Waza…¡Si tengo suerte!añade juguetón. Después se pone a batir palmas y de las profundidades de su mesa, como si viviese  en un cajón entre la grapadora y los archivadores emerge un viejecito, al parecer estaba durmiendo en el suelo, se sacude las legañas y le pregunta al encargado que quiere. Este me lo presenta como Mansiour, toda una institución en el parque, el anciano bosteza, se pasa la lengua por los labios y me sonríe, al parecer es mi guía.

Y bueno aquí estamos, rumbo a la ventura, Abdou, Mansiour y yo, los hermanos Marx dispuestos a explorar el parque. Me asomo ansioso a la ventanilla del coche y babeo como un cachorro, pero ellos se encargan pronto de rebajarme el entusiasmo. En su opinión no hemos salido lo suficientemente temprano y los animales deben estar ya escondidos, dudan seriamente que veamos nada.

No se si están escondidos o no porque con la altura  de la hierba  podríamos estar cruzando Times Square sin saberlo, el coche se bambolea arrollando a su paso todos los matojos que encuentra mientras nos internamos en una jungla de forraje. No se si hay elefantes, búfalos o leones en Waza pero en el caso de que los hubiese, los atropellaríamos sin enterarnos. Ni rastro de los grandes mamíferos africanos, a cambio cada vez que abrimos la ventana suben a bordo todos los insectos de la sabana; mantis religiosas, moscas de la malaria y avispas color leopardo revolotean a nuestro alrededor mientras Abdou las espanta a manotazos. Cuando  estoy pensando seriamente la posibilidad de arrancarle la cabeza a una gigantesca hormiga para colgarla en mi salón como trofeo, recuerdo del parque, llegamos al único mirador practicable en Waza. El panorama ahí es desolador, una torre vigila a un lago que en algún otro momento debió ser un hervidero de vida pero que en estos momentos es el páramo más absoluto.

Las siguientes dos horas transcurren como un  bucle infinito. Matojos, calor,  insectos, desencanto  y más calor. No se si el lector  ha experimentado alguna vez la sensación de recorrer un parque sin animales.  Por mucho que hayamos escuchado que nadie te asegura verla vida salvaje, que la naturaleza es impredecible, bla, bla, bla, a medida que va pasando el tiempo la sensación de frustración va en aumento, uno pega la nariz a la ventanilla del coche, escudriñando hasta la nausea la maleza. Confunde rocas con elefantes y  ramas  movidas por el viento con leones furtivos. Un parque natural sin animales es como tener entradas para una final de Copa de Europa y llegar al minuto 89 con 0 a 0. Hay algo de la infancia anhelante, esa que dejaba agua a los camellos el  día de Reyes en el acto de visitar un parque. Yo por mi parte, durante siete años estuve persiguiendo  de forma infructuosa sombras de jorobas en las noches de enero.

Tras tres horas de vueltas en círculo decido que ya es suficiente y enfilamos el camino de salida. Reflexiono sobre mi testarudez, las ocasiones perdidas y los consejos desatendidos cuando Mansiour vuelve a hacernos una seña para que nos callemos. Aburridos ralentizamos un poco el motor, y él nos ordena que paremos el coche. Me gira la cabeza y la pega al cristal, al principio no veo nada, solo el mismo follaje desvaído de toda la mañana pero…de repente algo se mueve y parece que no es el viento, una diminuta cabecita perdida entre la maleza. ¡Jirafas!, mi corazón vuelve a latir a mil por hora, ¡Nunca he visto jirafas!

Con cuidado avanzamos con el coche procurando no hacer mucho ruido. Y si, indiscutiblemente ahí están, aparecen y desaparecen como aletas de cetáceos en el océano, pero…. Una, dos, tres, cuatro todo un bosque de cuellos alargados que nos miran con curiosidad. Salgo del coche bailando, casi borracho y me subo a un montículo de piedras. Un millar de cabezas coronadas emergen desafiantes entre la inmensidad de la sabana.

África es así, uno desespera días, semanas, sudas, tragas polvo, sufres esperas interminables hasta sentir el tic-tac de tu propio corazón envejeciendo, todo para rastrear una  gema inigualable, un momento mágico que te deje sin aliento. Y este invariablemente llega, fiel a la cita aparece el gol en el último minuto, ese que te hace quitarte la camiseta y saludar a la tribuna sabiendo que al final ha merecido pagar el dinero de la entrada;  los atardeceres furiosos, las conversaciones disparatadas, los estallidos de color…momentos inesperados que brillarán  aún más en el futuro aquilatados por el tiempo. Sé que me hallo ante uno de esos instantes y lo paladeo. Bajo del montículo y las persigo  ignorando las advertencias de Philipe, aunque no se vean hay leones ente las matas. Pasan a mi alrededor elegantes y majestuosas, hay abundantes crías, ramonean con parsimonia las ramas altas de los árboles, en estos momentos me parecen el animal más bello del continente.

Vuelvo con Abdou y Philippe, me reciben con una sonrisa, las contemplamos un rato más en silencio y de repente me siento bien en Waza. Intuyo que en los safaris como en la vida ser feliz es cuestión de expectativas. Subimos al coche y emprendemos el camino de regreso mientras las jirafas se pierden bajo el sol ardiente, lejos, muy lejos a través de  la sabana.

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