La lucha de los Diola. Autor: Enrique Vaquerizo Domínguez

Morel  se despereza  con  una nueva sacudida, abro los ojos, creo que nos hemos parado. Los faros iluminan dos socavones enormes como un cráter y la selva que desborda las cunetas estrechando cada vez más el camino. El conductor baja del coche y examina las ruedas con nerviosismo. Son las tres de la madrugada y nos adentramos en la Baja Casamance al sur de Senegal a bordo de algo parecido a un coche, atestado con ocho pasajeros y que se cae a pedazos con cada frenada. En teoría la región  hace tiempo que debería estar  en calma, pero los rumores de asaltos en plena noche por parte de los rebeldes son constantes.

Pocos saben explicar a ciencia cierta cómo empezó exactamente de la Guerra de la Casamance, casi nadie se  atreve a certificar su final. En Senegal, probablemente el país más estable de la región, este conflicto supone una anomalía, un forúnculo extraño que infesta  su vida desde hace más de treinta años. Aquello comenzó  abril de  1982 cuando miles de manifestantes de Zinguinchour, capital de la Baja Casamance, la fértil región que constituye el granero del país, sustituyeron la bandera nacional del ayuntamiento por una sábana blanca. La policía no vaciló en abrir  fuego contra ellos. Después llegarían  la constitución de grupos guerrilleros, ataques contra Zinguinchour, los  atentados y los secuestros, la vida furtiva del maquis, el sufrimiento y la muerte. Una guerra de baja intensidad que se ha cobrado más de 5.000 bajas y que tiene su germen en el descontento de los diola,etnia predominante en la región con la mayoría wolof que acapara según ellos el poder político y económico del país. La mayor parte de Senegal es musulmana, sin embargo los diolas son animistas o católicos, están orgullosos de su singularidad y de una merecida fama de combatividad. Hace ya varios  años que no se registra ningún atentado y el MFDC, grupo rebelde parece haber optado por la vía democrática para cumplir sus ambiciones separatistas. Pero la amenaza del conflicto permanece ahí, y los secuestros y asesinatos aparecen ocasionalmente como una sombra que empaña una de las regiones más bellas de África.

Hace horas que un control de militar cerca de Kolda nos cerró el paso. Está prohibido circular de noche, no sólo existe el riesgo de ataques rebeldes, en la zona abundan los “¡coupeurs de route!” ladronzuelos con kalashnikov que siembran de alambre de espinos la carretera y provocan accidentes para desvalijar después  los cadáveres. Si por casualidad existe algún superviviente no dudan en rematar el trabajo. Estamos en las vísperas de la Fiesta del Tabasky y todo el país anda escaso de dinero y sobrado de histeria en busca de  un carnero lo suficientemente gordo que aportar a la familia. Todo indica que no es el mejor periodo para tentar a la suerte. Parece que tendremos que pasar la noche en el coche o en el patio del cuartel. Morel se marcha a preguntar si hay alguna habitación disponible en la aldea y un chico de gafas comparte amablemente sus restos de carne especiada conmigo. Me cuenta que trabaja para una minera canadiense desde hace un año y su sueño es acabar haciendo unas prácticas en la sede que la empresa tiene en Montreal. Tal vez encuentre a alguna canadiense bonita con la que casarse, aunque de hecho él ya está casado y tiene un hijo pequeño. Aprovecha esta semana de vacaciones para visitarlos en Zinguinchour. No, por supuesto que no hay problema, su mujer comprende.

¿Conozco a los diola?, ¿Aún no? Pues tengo que saber que los diola son tímidos y orgullosos, no hablan mucho pero después…cuando un diola te acepta como amigo…¡Uf, entonces!…  entonces jamás te olvida y puedes estar seguro que no va a abandonarte durante el resto de tu vida. Sopeso esta amenaza mientras el chico me pide mi número de teléfono, de repente no estoy seguro de si realmente este viaje es una buena idea. Me fijo en una de las chicas que se sentaban en el asiento de atrás,  grita irritada a su teléfono móvil. Mi nuevo amigo me cuenta que trabaja con él en la mina. “Está casada con un teniente del ejército de Dakar, lo ha llamado para que negocie con los soldados y nos dejen pasar.” Su estrategia de “persuasión” parece efectiva porque apenas veinte minutos después  su marido llama y  uno de los militares levanta la barrera y nos permite seguir, recalcándonos una y otra vez que lo hacemos “bajo nuestra responsabilidad”.

Morel se acomoda a mi lado y bajo esas expectativas nos hundimos en la noche. Miramos a los lados con aprensión como si un centenar de apaches nos siguiese con sigilo entre la espesura dispuestos a desatar de un momento a otro el diluvio de flechas. El coche avanza a veinte kilómetros por hora, y zigzaguea entre estertores y toses entrecortadas por este campo de topos. De vez en cuando tenemos que frenar y dar marcha atrás para esquivar algún agujero demasiado grande. Los faros averiados apenas iluminan tres metros de camino polvoriento. Si estamos pidiendo a gritos  que nos tiendan una emboscada este es el momento, tal vez deberíamos bajar, dejar los relojes y los móviles en el arcén y empezar a andar carretera adelante con las manos en alto. Y es entonces cuando abro los ojos y Morel se despereza, nos hemos parado.

Tardamos un buen rato en arrancar de nuevo, y cuando por fin lo hacemos nuestras expresiones se relajan y retornamos al confortable traqueteo que sólo interrumpen tres controles de policía. Ni rastro del ejército rebelde. El amanecer nos sorprende entre arrozales y bosques de anacardos, y ceibas que se deslizan junto a los meandros del río Casamance. La vegetación impone aquí su ley, en contraste con las áridas regiones del Norte del país. Los pasajeros nos sacudimos poco a poco con alivio las telarañas del sueño y la tensión acumulada durante la noche. En el asiento de delante la esposa del teniente y mi amigo el minero encienden dos portátiles y se dedican a comprobar sus sistemas operativos, a su lado un anciano ataviado  con una galabiya blanca murmura sus oraciones mientras toquetea con parsimonia las 99 cuentas de su sipaj. Nos detenemos ante una casa de adobe, de estructura cuadrangular, la primera que veo en África con dos  pisos. Hemos llegado a Mblon.“Nos bajamos aquí”, anuncia Morel.

Conocí a Morel hace un par de días, en Tambacounda, un chico serio, trabaja de camarero en un restaurante y estudia turismo, quiere montar una agencia de viajes, un chico listo.  En cinco minutos estamos hablando sobre fútbol y lucha senegalesa. Al enterarse de que me dirijo a la Casamance sus ojos brillan de orgullo. Tengo que conocer a los diola, él mismo es diola y puede enseñarme la Casamance y si quiero ver algo increíble definitivamente  tenemos que visitar su pueblo. Mañana es viernes y tal vez le den el día libre. Y aquí estamos tras una noche en “sept place” llena de angustia, frente a esta casa…el neoclásico tuneado con adobe y uralita y trasplantado a la sabana africana. ¡La hizo mi abuelo! Señala con orgullo. Y mientras paseamos entre los árboles descomunales Morel me cuenta la historia de Ferdinand.

Cuando la II Guerra Mundial estalló, Ferdinand estaba sirviendo en Dakar, era joven y quería ver mundo, sin pensarlo mucho se alistó al destacamento de tiradores senegaleses dispuesto a luchar para la Francia de la resistencia. Tras tres años de frío y combates en Europa finalmente fue capturado por los nazis en la batalla de las Ardenas. 1944 sorprendería al buen Ferdinand en un campo de concentración alemán echando de menos la Casamance y preguntándose por qué a vida le había escamoteado las ensortijadas raíces de sus queridas ceibas sustituyéndolas por aquel alambre de espino, el miedo y el hambre. Pero hasta las pesadillas tienen un final, y tras ser liberado Ferdinand regresó a casa. Volvió con algunas certezas sobre la guerra y los hombres pero sobre todo con un plan. Se había enamorado de los tejados de París y decidió que de ahora en adelante él también viviría en una casa europea. En 1950 comenzaría la edificación de su nueva casa, con dinteles y columnas, hecha a base de adobe, la primera casa de dos pisos de la Casamance. Morel se ríe imaginando las caras de sorpresa de los vecinos de Mbolom preguntándose qué le habría pasado a su abuelo en la Guerra de los blancos y por qué ya no quería vivir en una choza. Ferdinand murió el año pasado, ya anciano y tomándose un vaso de vino de “cajou” en el porche, contando historietas sobre Europa y en paz con su existencia.

Paseamos y aparecen más casas idénticas repartidas por el bosque. Las mujeres tienden su guardarropa en el piso de arriba como un caleidoscopio empapado y algún anciano fuma tranquilamente en una estera frente a la puerta. Mbolon me recuerda a una gigantesca urbanización  donde las casas están separadas por cientos de metros y ocultas en la floresta, como si a alguien se le ha olvidado cortar el césped. Y de repente se escucha un ruido…

Un redoble de tambores en medio del bosque, decenas de niños aparecen entre los árboles y se alejan corriendo en esa dirección. El pueblo parece haber cobrado vida, como un inmenso jardín de infancia lleno de pies descalzos. Y nos convertimos en ratas  siguiendo esa flauta que retumba a lo lejos, bajo la cúpula verde. Las madames ríen divertidas y un tanto indiferentes ante un espectáculo que ya han presenciado mil veces. De las chozas salen niñas armadas con palos largos que hacen sonar golpeándolos contra los árboles y borbotones de críos sonrientes con la cara cubierta de ceniza. El ruido se intensifica a medida que nos acercamos a un claro del bosque.

Todos danzan en círculos, alrededor de un enorme tantán acodado y grueso como el tronco de un árbol. Tres capas concéntricas y desordenadas de bailarines, carne humana, sudor y pintura preparándose para la lucha. Porque estamos en octubre y esto es lo que he venido a buscar. La otra lucha de los Diola. El espectáculo intimida, los rostros desencajados cantan, gritan, amenazan y gesticulan. En el centro los adultos, ninguno pasará de veinticinco años, cuerpos imponentes de músculos duros y nervudos, las venas del cuello hinchadas como oleoductos y las pupilas encendidas evidencian su estado de trance mientras se mueven al ritmo de la percusión. En las primeras filas se sitúan los niños, imitan la misma expresión agresiva y concentrada de sus mayores. Todos cantan una especie de himno que sube y baja de alturas, y más que cantar  murmuran y más que murmurar susurran esta especie de sinfonía salvaje  que parece salir de las entrañas de la aldea y llegar hasta nosotros amplificada por la selva.

La mayoría lleva machetes afilados que exhiben orgullosos al bailar, cada uno ha decidido improvisar el uniforme de guerra a su manera. Todo está permitido en esta especie de orgía kitch. Sombreros piratas o de cowboy, cartucheras, armas oxidadas de la II Guerra Mundial, bandoleras, varios fusiles de asalto con una apariencia quizás demasiado real, una guerrera de general napoleónico…la mayoría con el torso desnudo y tatuado de arabescos con genna. Los contemplo con el mismo respeto reverencial que si entrase a una iglesia, sintiéndome un intruso que intenta  no hablar alto, no molestar, hacerme invisible. Después de meses de viaje ya he aprendido a observar y a guardar silencio cuando África enseña los colmillos y ruge.

Cada otoño es igual, miles de chicos regresan desde Dakar, Thies o Saint Louis para las fiestas. Todas las aldeas y pueblos de la región se retan entre ellas, a veces sin previo aviso, sin hora ni lugar prefijado, en un ritual caótico y espontáneo que recorre la Casamance y se prolonga durante meses. De momento los guerreros han parado de danzar, hoy habrá lucha. En el camino encontramos un grupo de chicos sentado en sillas de plástico  bajo  las ramas  de un “capoquier”, beben vasitos de un barreño. Es vino de anacardo, sabe bien. Me advierte que tenga cuidado, sube rápido a la cabeza. Uno de ellos se pasea marcando bíceps, lleva colgada del cuello una foto de Myke Tyson recortada de alguna revista. Myke sonríe y levanta los brazos, con esa mueca medio sonada que componen algunos boxeadores después de bajar de la báscula o arrancar alguna oreja. El chico hace flexiones y me pide una fotografía. Se presenta como “León”, el mejor luchador del pueblo.

Morel y yo echamos a correr, hay que buscar una moto, un coche o algo que nos lleve al lugar elegido para el combate. De repente la carretera se ha llenado de gente, gente que corre, se atropella y ríe desaforada. Paramos una moto y nos subimos detrás. Somos 4  con los brazos y las piernas extendidos, haciendo equilibrios para no caernos, sorteamos a 10 por hora ese hormiguero enloquecido que crece cada vez más. Parece que realmente partimos hacia alguna guerra, y que todos tenemos mucha prisa por invadir algo. En cada aldea se incorpora una nueva turba, todos con la misma vestimenta carnavalesca e inclasificable, armados hasta los dientes y absolutamente borrachos.

A un lado de la carretera hay un claro y allí una razón para salir de casa cargado con una mochila y soportar la incomprensión de tus amigos. Cientos de luchadores congregados bajo el impresionante telón de fondo de los bosques de la Casamance. Y llegan más. Parece que hemos elegido un día grande y hasta diez aldeas han enviado a los chicos  más diestros para medir sus fuerzas. “Esta es la lucha Diola, ven, empezarán pronto”.  Y Morel saluda a un batallón de amigos y yo no sé  por dónde empezar a mirar. Y entonces empieza el diluvio.

No parece haber ningún orden lógico. Dos o tres chicos acuden lentamente al medio del descampado, se estudian, bailan en círculos, hasta que se enganchan como carneros intentando derribarse. En un instante hay más de treinta luchadores. El combate es fugaz, apenas unos segundos y rara vez uno de los contendientes cae, si se extiende durante mucho tiempo, una especie de árbitro  gesticulante y alcoholizado decide que ya es suficiente. El espectáculo tiene más de danza ritual y caótica que de competición, no existe ni tanteo ni aparentemente aldea vencedora. Si la acción en esta especie de tatami improvisado impresiona, lo verdaderamente suculento ocurre en sus orillas.  Decenas de niñas adornadas con pañuelos fosforescentes golpean sus palos contra el suelo levantando montoncitos de barro cada vez que un luchador triunfa. A nadie parece importarle el aguacero que descarga con violencia sobre la explanada, se abren decenas de paraguas, ninguno se mueve. Un par de tipos disfrazados de mujer, se deslizan en plancha sobre el barrizal, otros bailan y  la mayoría canta y celebra. Algún anciano ha abierto una silla plegable y contempla el espectáculo con ojos desganados  de experto.” Ese es Idrissa, mi primo, uno de los mejores luchadores de la Casamance”. Me dice Morel mientras me señala a un quinceañero que podría perfectamente ser campeón de halterofilia. No respondo, no puedo, durante la última media hora mi labio inferior se niega a unirse al superior, anestesiado se empeña una curva un tanto bobalicona por la que se deslizan lentamente gotitas de agua. De vez en cuando alguno de los contendientes  me invita a acudir al centro de la explanada. A pesar de que soy un luchador extraordinariamente bueno declino la invitación, en esos momentos no me parece una gran idea.

Un chico acaba de derribar a su rival a escasos metros de donde nos encontramos, nos pide calma  con los brazos a la manera de Cristiano Ronaldo y sale trotando de forma displicente fuera del círculo. El tipo vestido de mujer le va echando hojitas y hierba sobre su cabeza como una corona simbólica. El coro de niñas vuelve a cantar y a aporrear el suelo y un relámpago despedaza las nubes, como una señal para que redoblen los chubascos. Estamos empapados y eufóricos. Es inevitable no dejarse arrastrar por una sensación de irrealidad, casi de delirio. En algún momento alguien emprende un cántico contra los wolof y el gobierno, y poco a poco se van apagando los combates mientras la tormenta zarandea la Casamance.

El final tiene aroma de fiesta, todos los contendientes se saludan y abrazan, muchos son compañeros de escuela o de juegos desde la infancia. Algunos me piden fotografías y me preguntan si en España también luchamos, les respondo que no de esta manera. Emprendemos el camino de vuelta en coche, siete personas con las puertas abiertas. Los rostros satisfechos, todo el mundo se saluda. Con las botas empapadas nos bajamos cerca de la casa de Morel, oímos nuevos gritos proceden de un grupo de adolescentes que bailan mientras se pasan de mano en mano un trofeo brillante y diminuto. El equipo de fútbol del pueblo acaba de ganar el campeonato comarcal. Hoy parece que todos tienen algo que celebrar.

La casa de Morel; una estructura cuadrangular enorme, acurrucada bajo un tejado de uralita. Un porche con barrotes de metal donde su madre cocina el arroz sentada en el suelo y un gallo escarba codicioso algo que comer entre los charcos de lluvia. Dentro, apiladas a lo largo de una especie de corredor oscuro están las habitaciones. La mayoría pertenecen a  los niños de la casa, duermen en colchones tirados por el suelo, posters gastados de raperos y futbolistas decoran las paredes. Apenas hay muebles, la letrina está fuera. Morel me presenta a su familia: Primero Martín su primo, un poco mayor que él, vive en Dakar y está de visita, probablemente se case este verano, también Salomón su hermano ese que grita todo el tiempo, y al que tras darle la mano no puedes evitar preguntarte si habrá algún traumatólogo cerca. También están Luís, Gemma y Fernando, sus tres primos o hermanos no puedo estar seguro. A duras penas pueden mantenerse en pie con los mocos colgando y esos ojos sonrientes y grandes como acuarios. Su abuela que apenas puede moverse de su hamaca y se limita a asentir a todo  con una sonrisa. Y así hasta quince o  dieciséis personas, que entran y salen por las dinteles sin puerta que atraviesan la casa. Comemos del mismo barreño, formando bolas de arroz con las manos que luego mojamos en el caldo de gallina. Comemos en silencio, los chicos a un lado, las mujeres y los niños al otro. Después nos reunimos de nuevo. Cogemos jabón y aprovechamos la lluvia para ducharnos frente al porche. Es un placer calzarse las chanclas y sentir el contraste entre la asfixiante humedad y el agua que va graduando su intensidad. Se te clava en la piel erizada y repiquetea contra el bañador. Como si estuviésemos en un plato de ducha gigantesco con las cortinas descorridas por la maleza, y la radio sonando al lado con una canción de  Los Caños.

Porque sí,  me  parece que es  “El niña, dulce niña” lo que  escuchamos a lo lejos acelerado a ritmo de tecno cuando a  los hombres de la casa se les iluminan los ojos. “Ven vamos a la casa de la juventud”. Y correteo tras Morel hacia un edificio enorme de cemento sin lucir. Por el camino me cuentan que fue una ONG suiza e la que financió esta casa de la juventud que es el orgullo del pueblo. La mayoría de sus habitantes colaboraron en la construcción y lleva ya en pie tres años. Una construcción sólida, de tres plantas con un patio central repleto de ficus. Abajo una enorme pista de baile junto a  una  cantina y un almacén de víveres al fondo. Hay tres equipos de sonido retumbando por todo el edificio que a esas horas cuando comienza a caer la noche sólo está iluminado por faroles alógenos dispuestos por el suelo. Las escaleras están desconchadas y su barniz original color de nácar hoy luce inconcluso como una piel vacuna salpicada de manchas. Y juro que en esta descripción intento ser lo más comedido posible,  porque mientras arrastro las palabras, y me pierdo en  composiciones arquitectónicas y detalles insignificantes, de vez en cuando  intento taparme los ojos, pero cuando los abro a los pocos segundos, la muchedumbre aún sigue allí.

Son sólo unos niños, algunos de siete  otros de quince, muchos apenas pasarán de los tres o cuatro años encaramados sobre los hombros de sus hermanos. Decenas, cientos, corren, juegan y bailan enredados como lianas en la pernera de mis pantalones, danzando al ritmo de Los Caños o cualquier remix frenético de cualquier canción de moda. A oscuras sólo podemos vislumbrar diminutas sombras moviéndose, eléctricas como hormigas ciegas. Reconozco a alguno de los luchadores de esta mañana, de cerca sus rasgos son mucho más apacibles, juveniles, es evidente que la mayoría no pasa de los veinte años. Ellos gestionan la tienda y el almacén con bebidas y golosinas. Caigo en la cuenta de que desde que he llegado a Mbolon no he visto un solo hombre adulto.

Todos se conocen y parecen llevarse bien, cada saludo hace escocer las palmas de las manos. Me abrazan entre sonrisas, ninguno hace demasiadas preguntas sobre qué hace ese blanco allí. Es amigo de Morel, con eso basta para ser uno de ellos, al menos por esta noche. Corren de nuevo los barreños con el vino cajou, mientras los mayores alejan a manotazos a los críos que se acercan demasiado. La música deja paso a los mismos cánticos tribales que he presenciado esta mañana. A carcajadas vuelven a comenzar esta especie de trance  y de repente nos alejamos danzando en la selva. Morel, sus hermanos, otras tres chicas y yo, bailando descalzos al ritmo de las palmas y el golpeteo de los pies contra la arena. Así atravesamos patios y habitaciones, algunos chicos se unen y las mujeres ríen divertidas. Acabamos frente a la casa de Ferdinand,  intento imitarlos y me hacen un corro  mientras ríen y los mosquitos se ensañan con mis piernas. Bebemos de vez en cuando pero no parece ser el vino lo que impulse la fiesta, las chicas bailan pegadas pero tampoco percibo ningún tipo de malicia sexual. Más bien es el orgullo de saberse juntos y encontrarse justo donde y con quien les apetece estar. La alegría de volver a casa.

Desfila la noche en el Centro de Juventud convertido en  pista de baile. Hace tiempo que he perdido de vista a Morel, la última vez que lo vi entonaba eufórico algún canto diola arrastrado por la multitud. Me rindo ante los insectos y  el cansancio acumulado del día y emprendo a oscuras el camino hasta la barraca. La madre de Morel descansa en la entrada tumbada en un camastro, aguardando en la vigilia el regreso improbable del resto de la familia. Me siento un rato con ella mientras habla de sus hijos.

– Salomón está estudiando derecho en Dakar, viene en esta época porque  recogemos el arroz y hay que ayudar  a la familia, como Luí que estudia turismo, en unos años podrá encargarse del museo animista que se abrimos el año pasado en el pueblo, enseñamos la cultura diola a los turistas. Morel cuando acabe podrá ayudarle. Ella y la abuela venden vino de cajou para ayudarles a pagar las matrículas. ¿Quiero llevarme un bidón?

– ¿Y dónde están  los hombres?

Se encoge de hombros y sonríe. Mira al cielo repleto de luces intermitentes.

– En esta época siempre hay luciérnagas- Son los mejores meses aquí, apenas hace calor. Hace unos días tuvimos luna llena.

Pensé  un momento en las luciérnagas, en minas de oro y emboscadas en el camino, en cien luchadores bajo el diluvio, las cervezas que me acababa de tomar y en la guerra invisible. Desde allí veíamos los tejados de aquellas extrañas casas de dos pisos sosteniendo la noche inmensa. Llamé a Madrid, eran las cuatro de la mañana.

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