En el país de los Baka. Autor: Enrique Vaquerizo Domínguez

Recuerda a un jugador de ajedrez, inclinado sobre las piezas dispersas. Las tantea con cuidado como si manejase palillos chinos, tan absorto que apenas repara en las gotas de sudor que bajan por el tobogán de su frente enredándose en las pestañas, tampoco  parece importarle el hecho que el banco sobre el que hace equilibrios haya empezado a astillarse peligrosamente en dos de sus patas. De vez en cuando levanta la vista y me sonríe. Desde que estoy en Djoum ha llegado puntual todos los días. Siempre es igual, desdobla la bata blanca colgada tras la puerta, ordena el equipo con el mismo ritual minucioso y esperaba a que alguien ocupe ese gigantesco sillón de ski azul. Pueden pasar días sin que aparezca nadie, nunca lo he escuchado quejarse. Esta mañana ha tenido suerte, se apoya un poco más sobre las puntas de sus pies y mira hacia el interior satisfecho. -Creo que ya estás listo ¡Escupe! Con un saltito baja del taburete y se quita la mascarilla y los guantes, nos dedica  una sonrisa que eclipsa las dentaduras impecables que decoran las paredes de la consulta. Todas advierten sobre la importancia de lavarse la boca dos o tres veces al día. Sansón es el mejor higienista dental de Djoun, probablemente también el único de todo Camerún que mida menos de 1,50.

Djoun apenas representa una esquirla más en la alfombra de jade que es la selva ecuatorial centroafricana y que ocupa casi la mitad del país. Tardamos unas ocho horas en recorrer desde Yaundé este camino tortuoso sobre el que la vegetación se cierra cada vez más descargando chubascos y árboles muertos. Estamos al final de la estación de lluvias y los surcos de barro forman piscinas que el todoterreno atraviesa con dificultad, levantando pequeños surtidores marrones. Pero esto pronto va a cambiar.

Paralela al sendero y separada tan sólo por un cordón umbilical de vegetación rala se despliega otra ruta de tierra y acero. Se trata de la carretera que comunicará la capital con las lejanas regiones selváticas del este del país y que avanza a gran velocidad. La presencia china es fuerte en la zona, buscan petróleo y minerales, a cambio financian infraestructuras que contribuirán al “desarrollo nacional” y que de paso les ayudarán a trasladar el botín con  rapidez. Gigantescas grúas de un  amarillo estridente  trajinan entre las tradicionales casas bantúes levantadas a base de cañas y adobe. Hasta los niños de las aldeas paran sus juegos para contemplar boquiabiertos a ese ejército de  figuritas vestidas con un mono azul  que se esfuerzan por desbrozarlo todo. Desde el badén donde estamos atascados recuerdan a muñecos de Lego, comen terreno a la selva mientras encajan de forma implacable un sendero de piezas de asfalto.

Finalmente logramos avanzar, sorprende la intensidad del tráfico, a lo largo de  todo el camino no dejamos de cruzarnos con camiones cargados de troncos descomunales, de una anchura aproximada de una rueda de tractor. Según datos de la FAO del 2008 cerca del 40% de la superficie selvática de Camerún estaba en manos de 9 países extranjeros, la madera se ha convertido en estrella de las exportaciones del país durante los últimos años.

De vez en cuando en algún claro que deja ver el bosque o en los mercados de las aldeas vislumbramos siluetas oscuras y recortadas. –Bakas- advierte Javi. Cuando giro la cabeza, ya han desaparecido, y su lugar lo ocupan orondas  mujeres bantúes con sus vestidos color pastel.

Javi llegó a Camerún 10 años más joven destinado a una de las primeras congregaciones de la región, su intención era ser sacerdote. Ha pasado una década y metido hasta el cuello en los cuarenta ejerce de mecánico, chófer, profesor, padre y psicólogo, de poli bueno y de poli malo. Coordina junto a “los chicos” una ONG en el terreno y está pensando en colgar los hábitos. De momento es un cura en vaqueros y camiseta, los campesinos que recogemos  haciendo autostop en el camino aún le llaman padre. Escondido tras una barba parda me cuenta sus viajes en moto hasta el Congo o alguna experiencia reciente con gorilas en la cercana reserva del Dja, con cada sonrisa achina los ojos y descuelga doscientas arrugas que le atigran su cara de aventurero pillo. De vez en cuando el coche patina en la pista cada vez más resbaladiza y masculla maldiciones entre dientes. Se podría decir que Javi es un tipo duro, contaminado ya de forma irremediable por la adicción al continente. He venido a conocer su proyecto en este rincón perdido de Camerún, pero sobre todo para he venido para conocer a los Baka.

Atardece cuando llegamos al pueblo, Djoun es mucho más grande de lo que esperaba, abundan las casas de cemento, propiedad de  madereros y empleados de alguna empresa francesa que busca uranio en la zona. La congregación está a las afueras y ocupa una amplia explanada con la hierba alta, una iglesia, la escuela y un puñado de barracones acostados a su alrededor. Es entonces aparecen las primeras figuras achaparradas y Sansón se adelanta para estrecharme la mano.

Un pigmeo baka mide aproximadamente 1,40 como máximo, las mujeres un poco menos. Ademásde su corta estatura lo primero que llama la atención de ellos son sus ojos saltones, la nariz chata y aplastada y esos pómulos protuberantes que parecen traspasar la piel. Recuerdan a adultos encallados en una pubertad deslavazada. En la actualidad su presencia  se reduce al Este de Camerún, algunas zonas de Gabón y el Congo, apenas quedan  300.000 representantes de uno de los últimos pueblos de cazadores y recolectores del mundo. Hoy ya sólo practican de forma parcial la caza, su forma de vida desaparece poco a poco mientras la mayoría se ven abocados a la marginación y el alcoholismo.

Porque en Camerún hasta hace poco el pigmeo vivía en la selva, en lo más recóndito de la reserva del Djá para ser más preciso. Se trasladaban en campamentos itinerantes construidos con hojas de palmera salvaje que levantaban en función de la abundancia de caza. En 1994 el Gobierno consideró que el hecho de cobijar a un pueblo vagabundo y  en estado semiprimitivo no ofrecía la imagen adecuada de un “país moderno”, declaró el Djá parque natural y les obligó a instalarse en sus márgenes. Ahí comenzarían sus problemas.

Javi conoce bastante bien a los baka, no obstante su ONG se dedica a mejorar a mejorar proyectos de salud y educación de esta etnia desde hace seis años. Cada día conduce  en todoterreno o su adorada motocicleta si el camino está impracticable y recorre una aldea tras otra ofreciendo servicios médicos o  vigilando que los profesores no se ausenten de clase y se larguen a la selva a cazar. No lo hace solo, lo ayudan” los chicos”, voluntarios sobre el terreno que vienen a Djoum a echar una mano en los proyectos que la ONG tiene en el país, la mayoría sólo por unos meses, aunque muchos se quedan  un año, a veces más. Estarán entre los veinticinco y los treinta, Se supone que tendrían que estar capeando el temporal refugiados en cualquier máster o gastando sus mañanas en la cola del INEM, lanzando currículos como monedas esperanzadas a cualquier fuente. Pero de momento están  en este rincón de África; Médicos, enfermeros, profesores, farmacéuticos  algún filósofo… todos lejos de casa, la mayoría  buscando algo. Dani, veinticuatro años, enfangado en pleno MIR viene los dos meses de verano desde hace cinco años, Javi me cuenta orgulloso que será un gran médico y que está intentando engañarlo para que se quede más tiempo, aunque él sueña con viajar a México, quiere ver más mundo. Marc, un catalán correcto y mesurado, clavado a Buenafuente, es enfermero y se ocupa del dispensario, abre mucho los ojos  y escucha todo con  mucha atención, es su primera experiencia en África, también María, profesora de Córdoba que se mueve muy lentamente, convaleciente aún del último ataque de malaria.

La Misión cuenta con unos bonitos barracones llenos de dormitorios, una biblioteca en la que releo después de muchos años El Corazón de las Tinieblas y la cocina. Este es el territorio de Geraldine y de su hijo Richard. Todos coinciden en que Geraldine es una cocinera excelente y esta noche hay bastante expectación porque tenemos antílope para cenar. Richard es el juguete de todos, un showman de ocho años que cabalga de brazo en brazo y de broma en broma, mientras regala un repertorio inagotable de imitaciones, cuentos y chistes con los que robar toda nuestra atención. Cenamos con velas, la corriente no aparece desde hace dos días. Somos diez a la mesa y todos tenemos los pies sucios y el pelo empapado por la lluvia. Abrimos unas cervezas, le digo a Javi que  Djoum parece un lugar excelente para ser feliz.

Sansón no para de bromear con Perfect el coordinador de profesores, un bantú de unos treinta años, socarrón y con pinta de caradura. Entre los dos hacen  un pack extraño, aunque parecen llevarse bien, recuerdan a un dúo cómico con las maneras de matrimonio hastiado que lucía “el dúo sacapuntas”, aunque en este caso ambos interpreten el papel atolondrado y tarambana de El Pulga. Miguel me cuenta que cada noche se emborrachan juntos en la Misión y me advierte que no se me ocurra prestarles dinero si me lo piden, todos han sufrido sus sablazos. Sansón protesta entre risa, me pide que no le haga caso y me promete que mañana me enseñará su consulta. De vez en cuando, se asoma tímidamente por la cocina algún baka, simplemente para saludar o pedir medicinas para sus hijos. El primer campamento se encuentra a apenas un centenar de metros.

Casi podemos imaginar al pigmeo el día después de  su expulsión del Edén. Familias enteras en la linde de la selva. Desconocedoras de su pecado original intentan averiguar quién ha tapiado el paraíso. Reina el desconcierto hasta que resignados se dan la vuelta y en pequeños grupos comienzan a andar por la carretera. No tienen a dónde ir, no poseen  tierras, ni casa, ni saben cómo subsistir fuera de la selva. El gobierno tampoco parece dispuesto a proporcionarles una alternativa ni a compensarlos de cualquier otra forma por la expropiación. Y cuando parecen condenadas a refugiarse en los arrabales de cualquier ciudad como vagabundos o mendigos aparece el bantú. Porque el bantú si sabe cultivar y  tiene parcelas para las que necesita mano de obra, les ofrece trabajo a cambio de garantizarles su subsistencia y permitirles montar las tiendas dentro de su propiedad, Detrás de cada pigmeo siempre hay un bantú y así comienza esta extraña relación cuasi feudal.  El baka no es un gran agricultor, pero puede trabajar duro y además sabe cazar, puede acudir  a la selva  y volver con piezas que completen el aporte proteico de la dieta o con una piel valiosa con la que el bantú obtendrá unos ingresos extras.

Es la hora del desayuno y Sansón  me espera ya detrás de  una sonrisa orgullosa,  enfundado en una bata blanca y con el maletín que contiene su equipo. No tiene clientes pero me ofrece llamar a un amigo para hacerle la limpieza gratis, así podré hacerle fotos para el reportaje.

¿Cómo se hizo higienista dental?

  • Javi daba formaciones en el campamento, y a mí me interesaba la limpieza bucal. Les pedí hacer un curso y en dos o tres meses era higienista, aprendo  rápido. Tener los dientes limpios es muy importante.

¿Y te gusta tu trabajo?

  • Claro que me gusta,  sobre todo algunas cosas,  el sonido que hace el torno, “ñiiii, ñiiiiiiiii” o cuando les pido que abran mucho la boca para  manejar dentro todos los aparatos. Todos dicen que soy bastante bueno, la gente se va contenta, el problema es que no tienen dinero y a veces tardan mucho en  pagarte.

“Mi baka”, de esta manera se refieren muchos bantúes a sus nuevos aparceros, la mayoría consideran que han firmado un contrato de por vida y no permiten que el pigmeo abandone sus cultivos fácilmente. Este contrato se va extendiendo de padres a hijos perpetuándose a través de las generaciones, y así el pigmeo se convierte en una propiedad más asociada a la tierra.

Y cuando ha sido expulsado de su selva y vive en un régimen de semiesclavitud, y trabaja  en una plantación de cacao durante jornadas enteras, sin apenas dinero y despreciado por su patrón ¿Qué alternativa le queda al pigmeo para escapar de esa  situación o al menos olvidarla? El alcohol, normalmente el pigmeo bebe y además bebe mucho y para colmo parece que su pequeño hígado no procesa bien la bebida, así que suelen pasar mucho tiempo completamente borrachos. Frecuentemente gastan los pocos ingresos extra que consigue en bebida. En ocasiones es el propio bantú el que les paga en especies en vez de dinero; garrafas de vino de palma, cerveza y aguardiente en cantidades suficientes para mantenerlos ocupados durante días. Los abuelos macilentos y tendidos a la sombra exhalando un aroma a alcohol que marearía hasta a un gorila, las trifulcas solucionadas a gritos y empujones cruzados  con arrebatos repentinos de cariño, el andar vacilante de adolescentes entre eructos sofocados… son escenas frecuentes de cualquier campamento baka. Una vez visité un poblado de otra etnia pigmea del país que habita en Kribi una bonita zona costera, los bagdeli. Cuando llegué,   la aldea estaba en silencio, tan sólo dos ancianas discutían a arañazos por una olla oxidada, el resto dormía. El jefe hizo un esfuerzo sobrehumano y se levantó para informarme de que si quería hacer fotos al menos debería obsequiarle con una botella de whisky tal y como habían hecho unos turistas americanos la semana anterior.

Sansón era apenas un niño cuando expulsaron a su familia de la reserva del Djá, aún sabe cómo manejarse en el bosque, podemos ir un día a cazar si quiero. Él es un cazador terriblemente bueno aunque no me garantiza que capturemos nada, los blancos hacemos mucho ruido al andar y espantamos a los animales. Él a diferencia de su familia no quiere volver a la selva, tiene claro que quiere prosperar como higienista , aunque aún no tenga muchos clientes, la gente aquí se sigue limpiando los dientes con raíces de árboles, a él le encantaría venderles cepillos, ¿Podría enviarle algunos desde España, o dejarle dinero para comprarlos…? En ese momento llega un hombre sujetándose el carrillo con  expresión dolorida. Un cliente, Sansón está de suerte. Aprovecho para acercarme a charlar con Javi que ya revisa los neumáticos del Range Rover, dejo a Sansón recriminándole a su cliente con una dureza quizás exagerada  algo sobre el cuidado de sus encías, el hombre no puede replicar nada porque tiene ya tres instrumentos metálicos dentro de su boca. Sansón será sin duda un gran dentista. Regreso veinte minutos después, cuando ya  está terminando y con el tiempo justo para retomar el comienzo de este relato. Creo que ya estás listo, ¡Escupe!

Antes el jefe de los pigmeos bakas solía ser el mejor cazador de elefantes, hoy sin embargo se elige al que demuestra una mayor habilidad para negociar con los bantúes. A pesar de que está prohibido los pigmeos aún realizan incursiones en el parque natural para abatir ocasionalmente algún elefante u otro animal grande, se enfrentan a penas bastantes duras que incluyen años de cárcel. Pero ni todas las leyes del mundo han logrado aplacar ese instinto enquistado en los genes de unos cazadores irredentos como los baka,con fusiles o incluso a la manera tradicional con arcos y flechas, sus hileras de pies letales y sigilosos continúan siendo una escena habitual de la selva. También son unos reconocidos curanderos, preparan sus remedios y medicinas con lianas, raíces y hojas medicinales extraídas del bosque. Javi me cuenta que es un secreto a voces que hasta el propio presidente del país acude de vez en cuando a los alrededores de Djoum para solicitar los servicios de una anciana con fama de infalible para que le trate los sus frecuentes problemas estomacales. Así, para los baka la selva constituye su supermercado y su farmacia. Desterrados a las zonas cultivables y a los territorios fronterizos del bosque, se ven obligados a coexistir con furtivos y compañías madereras, muchas dedicadas a la tala ilegal. Cada año se desbrozan unas 200.000 hectáreas de bosque en Camerún según la FAO.

Hoy vamos a hacer el recorrido completo, Perfect, se retrasa así que decidimos salir a buscarlo. Sansón también se apunta a última hora quiere visitar a su madre que vive en una de las aldeas del camino, cierra la consulta, sube y se instala junto  los “chicos” que ya completan dos filas de asientos de atrás. La casa de Perfect está junto a la de su suegra, las dos construidas a la manera tradicional bantú con una base adobe y un entramado de cañas, lo que da a sus fachadas una impresión de colmenas inacabadas. Su mujer nos recibe sentada en la puerta sobre una esterilla mientras come tajadas de una papaya y  da de mamar a un crío recién nacido. Sí, Perfect ha vuelto a quedarse dormido. Bajamos del coche mientras un  rosario de niños sale a recibirnos desde todos los rincones del vecindario, parecen conocerse bien. Finalmente aparece Perfect en calzoncillos con síntomas evidentes de resaca, frotándose los ojos y con una media sonrisa culpable. Javi le lanza una mirada interrogante. No, hoy no ha ido a los colegios, de todas formas las profesoras están enfermas y le dijeron que no pensaban ir a clase, y además a su mujer no le ha dado tiempo a lavar su único boubou y si vas sucio a las escuelas baka no puedes transmitir autoridad, si le pagaran un poco más tal vez podría comprarse otro…

Paramos en el primer poblado, parece que aquí si hay profesores, las chozas de adobe y uralita han sustituido a los tradicionales ungulus, a esas horas de la mañana apenas quedan unas ancianas que hierven arroz. Los hombres se han marchado a los cultivos de cacao y los niños están en el recreo, a lo lejos en la floresta se escucha un murmullo de risas. Me presentan a María Louise, la primera profesora pigmea, resultado de años de formación por parte del proyecto de la organización. Hasta hace unos años los niños baka no acudían a la escuela, los pocos que lo hacían eran marginados por sus compañeros bantúes que les acusaban  de oler mal. Javi me cuenta que han montado una red de escuelas en las que de momento sólo imparten clase profesores bantúes, el objetivo es que con el tiempo puedan ocuparse de la formación los propios pigmeos.

Marie Louise tendrá unos 20 años y un cuerpo enjuto pero proporcionado  de muñeca de azabache, que se mueve todo el tiempo y desprende  energía y decisión en cada mirada, en cada gesto. Enseña francés y matemáticas a los pequeños. Nos cuenta que cuesta mucho que acudan a la escuela regularmente, muchos tienen que echar una mano a sus padres en los cultivos o se marchan a recoger frutos al bosque. Aunque este año los niños acuden a clase muchos días y están progresando muy rápido.

Seguimos toda la mañana de escuela en escuela, desfilando entre grandes carteles azules que advierten  sobre “Proyecto construcción de carretera nacional, finalización prevista para 2015” todos con su correspondiente traducción en rígidos caracteres chinos. En un recodo del camino un puñado de niños corre hacia nosotros  y se aprietan contra la ventanilla,  ocultan algo, al acercarse descubrimos una víbora gorda y amarillenta. Nos observan con timidez,  otra vez esos ojos enormes encharcados de asombro. Javi discute el precio y acaba comprándola, “la carne es deliciosa, como el pollo, Geraldine la cuece con verduras y está de muerte”. El cuerpo del reptil se retuerce inerte en el asiento de atrás entre  las piernas de los chicos que se la pasan entre risas. De repente recuerdo  Zínder, y mis primeros días  en aquella  ciudad polvorienta y luminosa, tan diferente a esa espiral de vegetación opresiva que no deja ver más que un pedazo de cielo. Atrás siguen las carcajadas y contengo un picotazo de nostalgia. Pienso en lo rápido que desfilan tres años si los vives con la mirada puesta en el espejo retrovisor y echas de menos algo.

Quiero ver un poblado pigmeo tradicional y me quedo con Simón y Perfect mientras los demás continúan hasta el pueblo más cercano. Acaban de recibir  por teléfono el aviso de una emergencia. Estamos casi en los límites de la reserva y aquí la vegetación se vuelve más espesa, algunos árboles alcanzan los veinte metros. El campamento se encuentra oculto tras la maleza. Son apenas una decena de chozas, de forma ovoide y el tamaño aproximado con el que imagino un iglú, en lugar de bloques de hielo los huecos los rellenan hojas de palmera. Aquí la mayoría de hombres también se han marchado a los cultivos, sólo quedan un par de ancianos. Algunos perros escarban entre los restos humeantes de una hoguera, las chozas están abiertas y podemos curiosear; machetes, andrajos empapados, botellas, y algunas latas de sardinas vacías evidencian que el campamento suele estar habitado. Todo huele a enfermedad y pobreza.

Sansón me presenta a los dos ancianos, uno  de ellos es un lejano familiar suyo.

  • Los pigmeos son casi todos familia,sobre todo Sansón que tiene un montón de hijos repartidos por todas las aldeas.
  • Puede que alguno esté en tu casa… Perfect tiene justo el tiempo de apartase entre risas para esquivar un pedazo de madera.

La única edificación de ladrillo de los alrededores es la escuela, los ancianos me la enseñan con orgullo, tampoco hay niños, en este momento  todos  están fuera, ayudan a sus padres en el bosque. Entro con cuidado y contemplo 10 filas de diminutos banquitos de madera y una pizarra. Los pupitres parecen de juguete, como esos que utilizan los niños de pocos años en España cuando aún son demasiado pequeños para ir al colegio. A lo lejos se escucha el ronroneo de los bulldozers y las excavadoras, contemplo la pizarra durante unos minutos, luego salgo y cierro la puerta con cuidado. Javi y los chicos acaban de regresar, Perfect habla con ellos. No han llegado a tiempo, Dani ha visto como moría en sus brazos una anciana a causa de  una infección de estómago, le noto afectado, me cuenta que no es su primer muerto.

Regresamos en silencio, demasiado agotados como para que nos importen los baches que estrellan nuestras cabezas contra las ventanillas. Una y otra vez repiquetean contra el cristal como pelotas de ping pong.

En abril 1987 Derer Mbuling vecino de la localidad de Bengbis, asesinó de un disparo a uno de sus aparceros pigmeos, después lo descuartizó en trozos pequeños y lo asó para invitar a toda su familia a comer. Fue condenado a veinte años de cárcel.  En el juicio declaró que no entendía el porqué de tanto revuelo, después de todo comerse un Baka no era tan diferente a comerse un mono. En realidad los dos tenían un sabor muy parecido.

En la pizarra aparecía dibujada la lección del día anterior con tizas de colores. Un grupo de cazadores amarillos rodeaban con lanzas a un elefante de grandes colmillos violetas. Más abajo, en la esquina izquierda, en rojo, estaban alineados diferentes árboles desproporcionadamente grandes en comparación a las figuritas que recogían sus frutos. Al lado de cada uno de ellos con una caligrafía redonda e infantil,  casi ilegible en algunos trazos  a causa de  los borrones, estaban escritos sus nombres;  Capoquier, Okoumé, Moabí.

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