El tren. Autor: Helia Mariño Méndez

Desde que puso en pie en la estación y vio  el tren allí, tan majestuoso, calentando motores con un runrún empalagoso y soltando humo de forma hasta casi ordenada… Se sintió totalmente perdida, enamorada y excitada a la par por semejante invento del hombre, deseosa de dejarse llevar a fin de viaje, sabedora de que pasarían cosas excepcionales sobre esos raíles en las siguientes 12 horas.

Se acercó al vagón temblando, conteniendo las ganas obscenas de tocar la barandilla de metal dorado que le invitaba a subir. Lo hizo: la tocó, subió, encontró su asiento y se dejó caer en el mullido cojín que le acariciaría el trasero durante 12h. A cada pasajero que se subía, le llamaba la atención esa chica, con cara de despiste casi dulce, con rizos salvajes y ojos claros, cuyos labios no podían de dejar sonreír aunque quisiera, y que miraba por la ventana  murmurando un poema silencioso de despedida del antes, y una mirada esperanzadora en el después.

La primera hora no le llegó para memorizar cada detalle del tren, y necesitó otra hora extra para conocerse a todos las personas que compartían su viaje. Logró descubrir los grados de parentesco entre ellos, las relaciones personales que había entre el personal de abordo,  las vidas pasadas de la pareja que había enfrente de su asiento…

Y llegó a extasiarse, a caer rendida con la cabeza sonando contra el cristal, marcando el ritmo de descenso hacía el sueño profundo. Fue entonces, en la tercera hora del viaje, cuando lo conoció.

Paseando de nuevo por los pasillos de su tren, mirando por la ventana entre el vagón 13 y el 12, hubo una sombra que le resultó poco familiar. Se giró y siguió a la espalda del hombre que no conocía, impulsada por la curiosidad y el disgusto de que hubiera alguien en ese suelo móvil que no tuviera fichado. Desde luego, esa camisa de lunares no podría habérsele pasado… ¿Dónde iba? ¿Dónde había estado en las horas iniciales? ¿Se habría subido en algún punto? Qué tontería…

Aceleró el paso, se pegó a sus talones, no quería estar a menos de un metro de él. Llegaron al vagón cafetería. Sin girarse, Él se pidió un cortado. Ella miró a Leo, el camarero, y sin gesto alguno, ya le estaba preparando su café solo habitual.  Entonces le tocó en el hombro, sin disimulo ni dudas, casi enfadada, decidida a pedirle explicaciones a ese extraño de lunares que osaba pasearse por su tren sin presentarse.

– Oye ¿tú de quién eres?

Se giró él, lentamente, con sus ojos oscuros riéndose y sus labios mirando a su boca.

– Tuyo.

No pudo si no enrojecer, era la mejor respuesta que se le ocurría podía haber tenido.

  • No te tenía fichado…no te conocía.
  • No te habrás fijado. Siempre he estado aquí.
  • ¿Cómo no me iba a fijar con semejante camisa que llevas?

Volvió a reír con los ojos, solo con los ojos, y se acarició el pecho bajo la camisa como si acariciara los de ella. Ella se acercó y puso las manos sobre las de él, los cafés en la barra fríos.

No les hacía falta hablar mucho. Los dos conocían perfectamente cada rincón del tren, cada rincón del otro, a cada persona que se cruzaban, solo necesitaban cambiar besos y robar alguna caricia para seguir dejando pasar las horas en marcha.

Fue un golpe a traición que le dolió más de la cuenta la que la despertó bruscamente, con humedad en su comisura izquierda, y los rizos aplastados contra su oreja. El tren había parado a las 12h de haber iniciado su baile erótico.

Fuera era de noche, no se veía más allá del resplandor de la luz interior, que le devolvía su cara perdida y la de todos los del vagón mirándola con compasión.

Se levantó apresurada y echó a correr al vagón 13, buscando 12 lunares, buscando 12 horas de su vida.

Se bajó todo el mundo entre las tinieblas de la noche, casi se podía oír el silencio de la multitudinaria familia que ordenadamente iba abandonándola, a Ella. Se quedó en la cafetería, con sus rizos aplastados, oliendo aun cada hueco de Él, mirando las dos tazas de café vacías en la barra.

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