Bali Berbahagia. Autor: Eda Sofía Correa Bernini

Regreso hace menos de 10 minutos del volcán y lago Batur. Mareada, con unas inmensas ganas de mear, hambre y el cuerpo mojado como el agua que desee todo el camino. Después de tres horas sin alto de carretera. Después de tres horas de contarles en mi cabeza sobre este lugar, sobre mi alegría y el verde. Regreso a abrir la computadora para escribir. Muevo los dedos vertiginosamente porque temo olvidar, pero más que nada, porque temo que no entiendan. Aun así mis dedos no huelen a campo ni están teñidos de violeta como el atardecer. Llevo días, meses (no puedo creer que sea once)… pensando en como comunicarles Bali. Videos, fotos, narrativas, llamadas. No lo sé. No lo sé y me duele saber que ustedes tampoco lo sabrán. Pero desde aquí, desde mi terraza escribo lo que puedo. Lo que se como poner en palabras. Hasta el sudor que recorre mi espalda desnuda y nuestro perro adoptado que duerme a mis pies. Mi casa pueden imaginarla como quieran que igual es bella. Cuando la vayan irguiendo en su mente pónganle paredes blancas y ventanas negras de madera. Un pequeño templo afuera que ahora esta derrumbado. Un templo caído como irresponsabilidad máxima de “los polacos”. Esos cuatro amigos risueños y apestosos que albergamos en la casa una semana. Un templo que ahora llama a ceremonias y ofrendas diarias. Mi casa está siempre abierta. Los ventiladores zumban como los mosquitos de noche antes de que se los coman los geckos y “guenda” el gigante animal-misterio que vive en nuestro techo y por las noches hace pensar en fantasmas y dioses . Hace calor. Panas sekali. Un calor que nos obliga a pegarnos a las sillas y a cualquier objeto sobre el cual recarguemos o posemos nuestro cuerpo. Un calor ser que te posee por completo, inutilizándote, enamorándote y probablemente no me deje olvidarlo jamás. Tomo café… sin colar. Un café negro y amargo que te pasa por la garganta como arena fina. Comeré nasi campur (arroz mixto)… Un bufete de sabores de los cuales eliges lo que quieras (hoy incluye tempe, coco frito, arroz blanco, fruta hervida, verdura con chile y tofu) y lo llevas a casa o lo comer ahí por 7,000 rupias. 70c de dólar. Cuando hablas indonesio es más barato. Cuando te reconocen en el lugar, es más rico. La playa a 1 km es gris y violenta, el mar baila con la gente diminuto color chocolate a sus orillas. Yo la extraño cuando estoy apenas partiendo después de horas tumbada a sus orillas.

Las carreteras aun me espantan… sus curvas pronunciadas de montaña me recuerdan la caída y el cuerpo se me tensa tanto que recuerdo rocas. 120kmen dos nuevos días.  Cuando vas por la montaña las curvas son pronunciadas y como por asalto, la carretera se mina de agujeros y grava que hace bailar a la moto en todas direcciones. Pienso en el miedo que es blanco como la nieve que no hay. En el silencio de la caída y en los segundos que a diferencia de todo pronostico, no se piensa en nada. Entonces los veo a ellos. Familias de cuatro bajando a mi lado mientras uno de ellos contesta un mensaje por el celular y la madre sostiene a un bebe medio apretujado en el medio. Mi miedo ríe. Ríe de mí, de mis hábitos y mi extranjería con estas tierras que cada día quiero más. Después de la montaña están los lagos y el volcán que subí hoy a las cuatro de la mañana entre cólicos y mareos. Desde donde vi salir el sol de Bali con sus cielos naranjas y su lago al centro de una tierra minada por lava y piedras que no asemeja en nada a la isla que hace meses hábito. De nuevo abajo, logré deshacerme por fin de mis tenis que hace dos años aprietan los diez dedos de mis pies cada vez que los calzo. Pero lindos ellos. Siempre creí que cederían. El sol salió entre nubes y montañas. Recorrimos sus cráteres, sus cimas y sus resbaladillas de arena volcánica entre dos pendientes de piedra y camino directo al desastre. Mil setecientos diecisiete metros de altura. Después de la montaña están los pueblos salpicados por templos. Las calles te cierran el paso como religiosas, con sus letreros brillantes “hati-hati ada upacara” con cuidado que hay ceremonia; cinco, seis veces al día. Bajo la velocidad y paseo junto a viejillas arrugadas y curtidas como frutos. Niños-señores de blanco y pareo, que cargan canastas con ofrendas y caminan rumbo al templo. La gente en Bali no tiene dinero porque tiene ceremonias. La gente en Bali aún recuerda que le debemos todo a la tierra, al volcán y a los árboles, a quienes agradecen y respetan. Recuerdan que vivimos en comunidad, que no hay tiempo que no pueda esperar. Saben que es mejor un momento de risa en compañía que el salarió entero de una jornada.

Bajo de la montaña y llego a las calles ríos de Denpasar. El tráfico me golpea así como el sudor frío en la espalda. Esquivo coches y camiones, esquivo motos al son de alguna canción que ya me tiene cansada de mi celular. Encuentro poco a poco el rumbo a casa. A veces olvido que manejo una moto hasta que volteo a ver mi cuerpo tan desprotegido sentado en ese pequeño asiento-chiste. Cuerpo mitad piel mitad metal colorido que nada entre bandadas de peces ruidosos entre ríos de arena y asfalto. Nos comunicamos a gritos, con bocinazos que asemejan alaridos de terror. Cada quien en su propia prisa. Cada uno en un Bali distinto que no es el mío. Mi Bali nada conmigo, sobre mi moto, entre los pliegues de mi barriga. Acelero para pasar la ciudad y sus lluvias de polvo que me bañan la cara. Cara hollín que descubro siempre asquerosamente negra al volver a casa. Como un suspiro, encuentro de nuevo el verde. Los campos de arroz que no han sido cortados. Mi ropa colgada afuera de la lavandería de Ketut en la esquina. Llego a casa. Esta casa sauna que me llora por las tardes de alegría.

Me gustaría poder contarles el olor del mar y el sabor del arroz frito que como a diario. Contarles, explicarles, como cada día me siento un centímetro menos extranjera. Menos Bule. Contarles lo empinado de las calles y el calor de mi cuerpo. Hablarles de ellos. De está gente que hacen de una isla cualquiera, uno de los lugares más bellos sobre la tierra. Adopto palabras e invento unas cuantas otras. Quizá si pudiera contárselos en indonesio. Quizá así, leyéndome como sueno cuando río con las señoras del mercado que quieren casarme con sus nietos; puedan entonces saborear el Gado-Gado que prepara Ayu y sentir la sal aglutinándose en los vellos de sus brazos. Quizá si escuchan de ellos el Gayatri Mantra, que  yo ya cantaba en México como sabiendo que llegando a aquí lo reconocería en todos lados y me recordaría casa, quizá entonces entiendan las flores y las pequeñas ofrendas hechas con palma, llenas de comida y detalles que inundan las calles y los mercados. Las montañas y las carreteras. Quizá si les digo a gritos “aku bahagia, berbahagia disini” entonces entiendan. Quizá lo entiendan todo, porque aquí se invento una palabra para decir que uno es más que feliz. Que eres feliz de corazón. Feliz del alma.

 

Aku berbahagia disini. Senang untuk hati aku

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