Por la suiza manchega. Autor: Mariano Velasco Lizcano

“Amanece, que no es poco” fue el primer largo  que el consabido director, José Luis Cuerda, rodó en su tierra natal. Con él logró un importantísimo triunfo que también le consagró como realizador. Se estreno en enero de 1989, y fue un rotundo éxito de crítica y taquilla. De ella dijo el propio Director que “…puesto a rodar en su tierra, quería dar la imagen que más le beneficiara; sorprender al tuerto que sólo ve llanuras en Albacete, por no hablar de aquel que la confunde con un inmenso y anchuroso retrete donde aliviarse y seguir camino”. Algo muy habitual, por cierto entre tanto viajero como la atraviesa en sus escapadas desde el centro al mar.

José Luis Cuerda quiso, así, homenajear a su tierra natal y supo hacerlo con todo el acierto de su genialidad. Y aunque no conocía aquellos pueblos de la Sierra del Segura –Ayna, Liétor, Molinicos- donde rodó, al elegirlos logró destacar la variedad fisiográfica, cultural y etnográfica que en La Mancha es consustancial. Consustancial y desconocida, pues muchas veces parece como que fuera de su aura quijotesca, en ella no pudiera encontrarse nada más. De modo que no lo pensé: yo quería recorrer aquellos lugares, aquellos escenarios donde se rodara tan adorable mito; así que tomé el mapa, tracé la ruta y partí.

Desde el corazón de La Mancha hasta Ayna existen varias formas de viajar, aunque por esta vez quise escoger el trazado que desde Tomelloso y por Argamasilla de Alba, me llevaría a Ruidera donde podría visitar su famoso Parque Natural. Una vez allí tendría que tomar la N 430 hasta sobrepasar Munera, desviarme por la CM 313 hacia Peñas de San Pedro, y desde aquí, bastaría seguir la CM 3203 hasta llegar.

Ya sé que Ruidera no es algo nuevo para mí, que de ella ya he escrito en otros sitios y en otros medios casi hasta la saciedad. Pero es que de Ruidera siempre encuentro algo nuevo que contar, algo digno que escribir, y eso es algo a lo que no me siento capaz de renunciar.

El día de hoy es el típico otoñal. Solloza el viento entre los pinos como queriendo demostrar su dominio natural, y ello hace que mis sentidos permanezcan alerta, que pueda insistir en la disciplina de mirar lo que siempre se ha de ver. Porque a la vida hay que darle un amplio margen: hay días en los que no hay que hacer nada; contemplar el sol, respirar el aire, enseñorearse en la soledad hasta alcanzar una calma completa. Henry David Thoreau decía que estos son los días en los que se madura, pues nunca se trata de un tiempo sustraído a la vida, sino de uno de un valor muy superior al que normalmente solemos ocupar en las monótonas rutinas: es el espíritu oriental de la contemplación. Quizá por ello, en este momento, me siento consciente de todo aquello que he venido a ver. Y lo que hoy debo ver se concreta en la soledad que enseñorea el paraje, en las calmas aguas y la amarillenta vegetación, en el sonoro silencio de la tierra y el atisbo de telúrica comunicación… Un día perfecto para bajar hasta ese otro lugar…

Aún no sé por qué he venido. No lo suelo hacer. Pero aquí estoy, ante la famosa Cueva de Montesinos, aquella en la que Don Quijote escuchara narrar del propio Montesinos, como el mago Merlín le tenía encantado, al igual que al caballero Durandarte y a su dama Belerma, y aún en la que había convertido en sendas lagunas a la dama Ruidera, a sus siete hijas y a sus dos sobrinas, y a su escudero Guadiana en río al que llamó con su mismo nombre, y el cual, al alcanzar la superficie y ver el sol, fue tanto el pesar que sintió que de nuevo se sumergió en las entrañas de la tierra, aunque como no era posible dejar de acudir a su natural corriente, de nuevo salió para mostrarse donde el sol y las gentes lo pudieran ver. Magnífica, sí, tamaña ensoñación, porque magnifica es esta cueva, que aún sin ser muy grande, sin embargo es todo corazón: el palpitante corazón del acuífero de Montiel.

De la Cueva de Montesinos lo primero que cabría decir es que se encuentra enclavada en la parte albaceteña del Parque Natural, en el término municipal de Ossa de Montiel, en una finca de propiedad particular denominada “San Pedro Alto”. Se puede visitar con facilidad, porque su uso turístico fue cedido por su propietario al ayuntamiento de Ossa de Montiel. Por tanto el acceso a la misma suele estar libre durante la mayor parte del año. Aunque parece que en los últimos tiempos y durante la época estival se está exigiendo el pago de una entrada por la visita, acompañada, eso sí, del correspondiente guía. Algo que de ser así permitiría controlar tanto el número de visitantes como su correcto comportamiento en la visita interior.

La cueva tiene unos ochenta metros de longitud, dos o tres de altura según la zona, y unos cincuent de anchura en la parte más amplia. Con un perfil inclinado y un suelo arcilloso de escasa potencia, suele tornarse muy resbaladizo según el grado de humedad. Posee algunas estalactitas y estalagmitas de poco porte que se encuentran aproximadamente en el centro de la cavidad, en lo que se conoce como “Gran Sala”. Bajando un poco más, y a través de una pronunciada pendiente muy resbaladiza se puede llegar hasta el agua clara del acuífero de Montiel, aquella que con su resurgir dará forma y vida al conjunto lagunar ¿Estamos o no en el corazón del Parque Natural?

Pero el viaje tiene que continuar porque a pesar de los pesares este es un tiempo de  prisas y velocidad que al final a todos nos consigue atenazar. A través del cristal las primeras gotas de lluvia han comenzado a caer, mientras en el horizonte se suceden pequeños pueblecitos de pardos tejados y blancas paredes. Semejan enclaves olvidados, silenciosos, anónimos y callados, como rémoras de hastío. Y sin embargo tras los muros de estas casas se ocultan las mismas pasiones que en cualquier otro lugar: creo que a todos nos iría mejor si los asuntos que nos ocupara fueran siempre dos o tres, en lugar de un centenar.

Avanzamos camino de las sierras de Segura y Alcaraz. Bajo esta denominación se engloba el conjunto montañoso que ocupa buena parte del sur de la provincia de Albacete. Forma una gran continuidad, tanto desde el punto de vista geográfico, como etnográfico y cultural. Ocupadas desde muy antiguo, como demuestran las abundantes muestras de arte rupestre, estas tierras formaron frontera con las taifas musulmanas, hasta que en 1213, reconquistada la zona, Alcaraz se convirtiese en cabeza de un extenso alfoz.

El paisaje, definido por vigorosas alineaciones montañosas, llega a rebasar los 2.000 metros de altitud en la Sierra de las Cabras. Incontables son los ríos y arroyos que nacen en estas tierras y que en su discurrir labran profundos valles y cañones, algo que infunde a la zona su especial peculiaridad.

La visión de Ayna desde el parador del Diablo, nos muestra la imagen de una población quizá empequeñecida por lo abrupto del terreno que la viene a rodear. La serpenteante carretera entre los rocosos farallones nos presenta un paisaje sorprendente e inusual, distinto a la tradicional visión que de La Mancha se puede tener. Por algo Ayna es conocida con el sobrenombre de “La Suiza manchega”; verde, montañosa, nevada en invierno, soleada y calurosa en verano, un paraíso para los amantes del deporte de naturaleza y la escalada, un escenario genial para fotógrafos y observadores de la flora y fauna en particular.

Esta situada en la ladera de una de las profundas hoces que labra el río Mundo en su discurrir. Este río nace en el calar del mismo nombre mediante una impresionante cascada surgida de una gruta formada por el kart. Su curso discurre paralelo al del río Segura, con una orientación de oeste a este hasta que pasado el embalse del Talave se une con él. De modo que el agreste medio físico ha condicionado siempre la forma de vida tradicional. La presencia de calizas y carniolas del Jurásico conformó suelos esqueléticos, y los condicionantes climáticos -inviernos rigurosos y elevadas temperaturas en los meses estivales-  imponen muy serias limitaciones al desarrollo de cultivos agrarios, tanto como al resto de la vegetación. Así que a lo largo de la historia el hombre ha tenido que adaptarse a estas condiciones, aunque la propia dureza de las mismas ha impedido que su propia actuación haya modificado el medio de forma sustancial. Incluso el asentamiento del caserío tuvo que efectuarse sobre la misma ladera a fin de no arrebatar espacios de terrazgo aptos para el cultivo.

La presencia humana, pese a todo ello, es constatable desde el Paleolítico Inferior (15.000 años a. de c.) gracias a las pinturas rupestres que se encuentran situadas en la Cueva del Niño. Son de las denominadas “arte rupestre levantino”. Este tipo de manifestación artística esta situada siempre en abrigos rocosos o en oquedades naturales al aire libre. Emplean el color rojo, negro y blanco sin mezclar, por lo que carecen de policromía. Sus protagonistas son figuras humanas en actitudes dinámicas que representan escenas guerreras o relacionadas con la caza o la vida cotidiana. El hombre se pinta desnudo con arco y flechas. La mujer, con tronco desnudo y falda acampanada. También los animales forman parte de las escenas. Pero después poco más se llega a constatar hasta las manifestaciones históricas que corresponden a la presencia musulmana y que se concretan en la presencia del abigarrado sistema de regadío que nutre a la región.

En 1213, Alfonso VIII conquistó Alcaraz, expandiendo el dominio cristiano a través de una comunidad de villas y aldeas que formaron el Concejo de su nombre. Ayna, con su castillo de la Yedra conformó frontera con Liétor, lo que la abocó a una permanente situación de conflictividad militar. En 1565 obtuvo el título de Villa, independiente de Alcaraz, por privilegio del rey Felipe II. De ella dependían los actuales municipios de Molinicos y Elche de la Sierra, pueblos que se independizarían a lo largo del siglo XVIII.

En la actualidad en Ayna habitan poco más de 800 personas durante todo el año. Y si bien es cierto que en los meses de verano esta población se puede triplicar, nosotros hemos llegado en noviembre, hace frío y la población presenta un aspecto de vacío humano muy difícil de superar. Y aunque es hermoso el paseo, con la gran disimetría vegetal que existe entre la umbría y la solana, poblada de pinares la primera, deforestada y ocupada por espartizales la segunda, y el sotobosque de coscojas, enebros, lentiscos, genista, tomillo y romero, pese a todo ello, insisto,  condiciona mucho la soledad. Dura, pues, es la vida diaria en este acontecer. Duros son los inviernos, solitarias quedan las empinadas y estrechas callejas, encendidos los fuegos de aromáticos humos que son tragados por la noche en mitad de la inmensidad.

¡Cómo me evoca aquella lejana vida! Las tardes en clase eran tediosas y monótonas, apelmazados por aquella brumosa penumbra que dimanaba de la escasa luz que penetraba a través de los ventanales. Los cielos permanecían encapotados y los nubarrones presentaban un terrible y oscuro color gris. Y llovía, Dios, cómo llovía…

Las goteras inundaban las aulas y pasillos, y al salir para ir a casa era impensable evitar llegar hecho “una sopa” pese a los impermeables y las botas que usábamos con profusión: el agua te calaba por todas partes, sin que hubiera forma de poderlo evitar.

En las casas hombres y gañanes permanecían en sus cocinillas junto a las cuadras de los animales, siempre en un extremo del corral, dejando lo más diáfano posible el espacio libre en el corralón. Eran cuadras y corrales hechas con paredes de adobes, el suelo de tierra, como las calles, y blancas por el enjalbiego que se aplicaba en las primaveras. Las lluvias arrastraban la cal y dejaban al desnudo hastiales y murallones, empapados, desconchados, transmitiendo una sensación sorda, apagada, como de tristeza. La gente, del color de la tierra, apencada contra el quicio de la puerta, con las manos en los bolsillos, observaba el tiempo entregado a un fatalismo tradicional. Los carros en las puertas, chorreando, con el agua corriendo silenciosa por los arroyos que se iba labrando al caminar; y los hombres, abstraídos en su contemplación, llegando a ensimismarse por completo hasta que algo les hacía despertar. Entonces entraban, encogidos por la frialdad que antes no sintieron.

Recuerdo aquellos días de temporal. Sí, los recuerdo con nostalgia, al igual que recuerdo aquellas fotografías que alguien nos trajera de la carretera de Manzanares, cerca ya del río Záncara, allí donde tenía sus cuadras y ganados. Era algo espectacular, el río Viejo y el Záncara desbordados, anegando kilómetros y kilómetros de superficie como en un gran pantanal. Y la finca entre ambos, haciendo bueno el aquél de su nombre: “La cárcel de los ríos”. Con la carretera cortada y el agua alcanzando hasta los bajos de la furgoneta, durante varios días le fue imposible llegar. Allí quedaron aislados hombres y animales.

Nunca olvidé aquella feroz imagen de cuando pudimos pasar. Algunos terneros se habían ahogado incapaces de superar la fuerza del torrente  ¡Ahogados en La Mancha, en mitad de un secarral! ¿Cómo era posible? Entonces sabíamos poco de aguas subterráneas y de enormes acuíferos llenos a reventar: imposible absorber ni una gota más de aquellos ríos que, sin atisbo de corriente por lo llano del terreno, eran incapaces de evacuar tanta agua como les podía llegar. Se trataba de un sistema ecológico que apenas unos años después comenzaría a desaparecer modificado por las actuaciones que los hombres pudieron realizar: una auténtica debacle medioambiental. Pero entonces sólo alcanzábamos a considerar lo tremebundo de las fuerzas de la naturaleza y de que todo aquello nos parecía un castigo superior al que los sufridos y esforzados manchegos parecían ser capaces de soportar ¿Para qué quedarse en estas tierras? ¿Para qué tanto sufrir? La salida en busca de un mejor vivir sólo podía venir de la mano de la emigración. Y ésta llegó a tomar caracteres de epidemia general. De los predios manchegos escapaba todo el mundo. Y es que en estos pueblos, donde abundaban las penurias y resultaba ausente cualquier atisbo de bienestar, se vivía mal, francamente mal. Lo que ocurría es que acostumbrados a ello, a nosotros tanta escasez nos parecía de lo más normal. Así que no quedaba otra que vivir con lo que había, aprovechando cualquier recurso natural, tarea en la que desde luego llegamos a ser de los mejores, algo que nos proporcionaba algún que otro momento de algo parecido a lo que hoy podríamos llamar simple felicidad.

Pero es la hora de comer y nos acercamos hasta el hotel. El comedor se encuentra tan vacío como el resto de la ciudad, pero nos atienden espléndidamente, con muchas ganas de agradar. Allí nos corroboran que efectivamente no hemos escogido el mejor momento, que la Sierra del Segura es cosa de primavera y verano, que es cuando todo el campo toma su color. Así que nos recomiendan la visita a los pueblos próximos como modo de llevarnos una más completa impresión. De modo que nada mas acabar, nos ponemos en marcha: nuestro destino, Letur.

De Letur decían las Relaciones Topográficas de Felipe II (1578) que era pueblo fresco y deleitable, alegre, de mucha agua y frescura. Mantiene un intrincado trazado urbano que ha permanecido casi intacto, lo que ha posibilitado su declaración como conjunto histórico-artístico en el momento actual. Naturalmente su recorrido es uno de los mayores atractivos que presenta la localidad.

Cuenta también con interesantes pinturas rupestres del ya citado “Arte Levantino” y con restos propios de la época de romanización. Durante el siglo XII se fortificó el cerro donde se asienta con la construcción de un castillo. Después fue donada por el rey Fernando III a la Orden de Santiago, y a ella perteneció hasta mediados del siglo XIX. Es el conjunto árabe más importante de la zona.

El camino a pie por las calles de Letur ha de llevarnos hasta la Plaza Mayor, donde se encuentra la iglesia parroquial de Santa María de la Asunción. De estilo gótico con portada renacentista, tiene una sola nave con dos capillas laterales que forman la clásica planta de cruz latina. Bajo la ventana de cabecera y a ambos lados del crucifijo frontal se encuentra cuatro tablas pictóricas que se atribuyen al Maestro de Albacete, procedentes de un viejo retablo del siglo XVI. Un conjunto artístico fenomenal. Después, desplazándonos por esas callejas, puedo sentir como una sensación de plenitud: es como si en ese momento me sintiera afortunado y tuviera la suerte de ser consciente de ello.

Ante la piscina de canales, frente al murmullo del agua, la tarde comienza a caer. Y evoco aquellas otras calles, aquellas de mi niñez. Y me acuerdo, si,  me acuerdo de aquel inmenso barrizal que era la calle Castellanos, de sus inacabables charcos, como lagunas, de sus labriegas casonas con portadas, de su oscuridad nocturna apenas mitigada por la tenue luz de aquellas dos bombillas del alumbrado público, una a cada extremo. Y me acuerdo de los partidos de fútbol que en ella echábamos durante las primaveras y veranos. Y recuerdo también el terror que nos imponían los guardias urbanos siempre dispuestos a requisar balones y a multar.

En la confluencia de las calles de Castellanos, Tirso de Molina y Pozo Cardona, el chaflán de la bodeguilla nos permitía un atisbo de expansión. A modo de plazoleta, era el verdadero lugar de encuentro, auténtico centro neurálgico de nuestra trayectoria vital. Allí nos reuníamos, allí cavilábamos, allí nos moríamos de frío en invierno y nos asábamos con el calor. Allí aprendimos de boca de cada cual todo lo que los “hombres” debían saber, allí fumamos por primera vez, planeamos deshonestas intenciones de arrimo a las chavalas, allí nos peleábamos, nos dividíamos según las filias y fobias del momento, y por fin, allí nos reconciliábamos y volvíamos a empezar, día tras día, año tras año, dejando pasar un tiempo que avanzaba lentamente. Los cambios eran ínfimos y se realizaban muy, pero que muy a largo plazo. Por eso, quizá, uno de los que más nos entusiasmó fue el de la acometida del alcantarillado. De pronto las calles se llenaron de zanjas incompletas que sólo pudieron concluirse a fuerza de barrenos: chapas y traviesas para controlar la fuerza expansiva de la explosión. Fue un mundo de nuevas posibilidades que estimuló al máximo nuestra imaginación: picos y palas, galerías, refugios, verdaderamente aquel acontecimiento nos cambió. Pero luego, cuando las zanjas se taparon todo volvió a su ser. Bueno, todo no, porque ya la mayor parte de la pandilla había empezado a trabajar. Así que ahora las calles estaban mucho más solas y más tristes también.

Pero ya tenemos que volver. La noche comienza a caer, la carretera se muestra oscura y profunda, y una cena reparadora nos espera en el hotel.

Amanece que no es poco, y el sol radiante penetra a través de la ventana en esta mañana invernal, radiantes los farallones en su gran magnitud. Viajero de noches y días, asiduo de hoteles y ciudades provincianas por obligación laboral, de comidas solitarias y pensamientos perdidos, asiduo de recuerdos de las cosas que fueron y ya no son, percibo el pasar de la vida con profunda nostalgia y dejadez. Parece que fue ayer y sin embargo ha transcurrido toda la vida, crecieron nuestros hijos, envejecimos nosotros, y sin embargo aún pienso que me falta por descubrir el verdadero sentido de la vida. Cuanto me sugiere este silencio, esta agradable mañana invernal. Pero ya hemos de partir, en pos de cumplir nuestro itinerario oficial. Hoy vamos a visitar Liétor, y con ello daremos por acabado el recorrido a través de esta ruta turística por la “Suiza manchega” a través de los lugares de rodaje de la película que la inmortalizó.

Liétor es una ciudad eminentemente árabe, y aunque no se conoce bien la fecha de su fundación, se estima que lo fue durante el transcurso del siglo X. Fronteriza con las tierras del señorío de Alcaraz, sufrió permanentes escaramuzas bélicas hasta que a  comienzos del siglo XIII, y tras su conquista, el monarca Fernando III la donara a la Orden de Santiago, dependencia administrativa que conservaría hasta mediados del siglo XIX. Así, pues, su vocación fronteriza perduraría a pesar de la reconquista, pues si antes lo fue entre musulmanes y cristianos, después lo sería, además, entre santiaguistas y Alcaraz, lo cual haría todo, menos fácil, la vida en la población. Tanto que en fecha tan avanzada como 1480, todavía el maestre de la Orden, Alonso de Cárdenas, reconocía en carta que dirigió al Concejo del lugar que “…por estar junto a la frontera de los moros vevis todos los de dicha villa en grandes fatigas e mengua de mantenimientos”. Situación que incidiría en una tendencia al despoblamiento, contando a finales del siglo XV con sólo 160 vecinos. Aparecieron entonces los caballeros de cuantía, a cuyo linaje se deben muchas de las hermosas casas que aún permanecen. Su única misión era guerrear y controlar la frontera. A cambio estaban exentos de buena parte de los impuestos, hombres, por tanto, con dos únicos pensamientos, hacer fortuna y vivir para ellos mismos, su corazón empequeñecido entre el espíritu y el comercio.

Liétor es un lugar perfecto para pasear. Y la vista del paisaje desde la ciudad, con el impresionante farallón, el valle y el río a sus pies, ofrece una perspectiva espectacular. Al igual que el resto de esta comarca natural.

Las calles de Liétor son estrechas, difíciles e inclinadas, muchas de ellas conformando escalinatas a fin de facilitar el tránsito al andar. Al recorrerlas tendremos que abocar ante la iglesia parroquial de Santiago Apóstol. Fundada en 1669 por Juan de Vandelvira y su esposa, Mariana de Tovara, destaca el gran espacio cerrado con cúpula y el retablo de 1720, obra del italiano Paolo Sistori, y un buen órgano barroco realizado en 1787 por el maestro Joseph Lopis. Otro de los elementos arquitectónicos destacables lo constituye la ermita de Nuestra Señora de Belén, dotada de un interesante grupo de pinturas populares realizadas a la altura de los años de 1734/35. Están dotadas de encantadores arcaísmos e imperfecciones, pero quizá sea esa misma cualidad la que les confiere un encanto especial.

Así, pues, el entramado callejero de Liétor, con los siglos de historia acumulados, sus importantes edificios religiosos, sus miradores y las blasonadas fachadas van a cerrar este nuevo viaje que hemos querido narrar. Y en su Plaza Mayor, ante la bellísima fuente alicatada de mosaicos, sentimos que este es un buen sitio donde poder cerrar estas pequeñas notas que luego nos servirán para poder escribir sobre los recuerdos y bondades de esta pequeña escapada cultural

 

 

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