Tuli y yo. Autor: Andrea Amosson

Mi madre me llevó a África cuando cumplí diecisiete años e ignoró todos mis intentos de desquiciarla para que me mandara de vuelta a España. Mi madre era una mujer menuda, pero con voluntad de hierro; y al ver que en Burgos yo no me enderezaba, me obligó a quedarme con ella y completar la misión de enseñar primeros auxilios en una villa insignificante.

Nos instalamos a vivir con Tuli y su familia. Ella era alta, espigada, de piel color aceituno y unos ojos de un negro espeso que te miraban hasta el alma. Al comienzo me pareció una presumida, pero con los meses nos fuimos acercando. Ella me enseñó el río seco donde alguna vez corrió agua fresca y me explicó que aquellas pisadas chiquitas que me daban miedo, no eran de duendes sino de lagartijas. Tuli también estuvo conmigo cuando yo sufría por no tener qué fumar y me encubrió cuando me bebí en pequeñas dosis la última botella de alcohol que mi madre guardaba en el botiquín. Por su determinación y sin sermones, nos fuimos hermanando en una camaradería en la que sin darme cuenta, me limpié de todo vicio.

Como consecuencia, me acerqué a mi madre y aprendí de ella a plantar patatas y pude colaborar en el pequeño huerto familiar. Tuli tenía un hermano de doce años, un travieso que le gustaba espiarme cuando me bañaba en el patio con un balde de agua, por lo que Tuli y su madre lo regañaban.

Por fin tenía una vida más o menos normal, hasta la mañana en que se acabaron las provisiones y organizamos un viaje a la capital para hacer compras. Yo invité a Tuli y nos fuimos alegres, aunque el paseo resultara breve y rápido porque mi madre quería volver antes del anochecer.

Cuando arribamos al pueblo, noté que las vecinas se asomaban asustadas desde las ventanas. La madre de Tuli nos abrió la puerta llorando y dijo que hombres armados se habían llevado a los varones. “¿Y mi hermano?”, preguntó Tuli. “A él también”, concluyó la madre.

Esa noche casi no dormí por una fiebre muy alta, por temor a que los hombres regresaran para raptarnos. Al amanecer recibí la noticia de que nos iríamos. Una vez montadas en la camioneta, Tuli guardó silencio y no despegó la vista del piso. Ya en la capital, Tuli y su  madre se despidieron. ¡Eso era parte del plan! Ella se quedaría para organizar la búsqueda de su hijo. Días después, con los documentos apropiados, una Tuli muy triste abordó con nosotras el avión con destino a España.

En Burgos me reencontré con mis amigos y volví a las andanzas, como si lo de África jamás hubiera ocurrido. Mi madre se cansó de ayudarme; pero Tuli, por el contrario, me cuidó con más ahínco. Fue por la obstinación de Tuli, reconozco ahora, que dejé los malos hábitos por segunda vez y para siempre.

Siguiendo el ejemplo de mi madre, cursé Asistencia Social y después me mudé a la costa. Tuli no me consultó, pero vino conmigo; supongo que no se convencía de que yo me hubiera reformado y se volvió la intérprete de los inmigrantes que llegaban a las playas españolas. Si no fuera por ella, yo no hubiese podido escribir ni la mitad de sus historias en búsqueda de una vida mejor.

Recuerdo las primeras mañanas en la oficina, cuando nos avisaban que venía una embarcación y Tuli, al oír la noticia, se iluminaba. En el puerto hacíamos nuestras labores y me daba cuenta de que ella observaba con mucha atención a los recién llegados. Sé que Tuli ha hecho en secreto un mapa del origen de los inmigrantes, intentando saber qué ha sido de su familia; y a pesar de que no quiere hablar del tema, sé que tiene la esperanza de encontrarles en una de las barcazas algún día.

Tras cada nueva jornada, nos vamos de vuelta a nuestro piso caminando con calma por las calles del puerto, sin temores, pero respirando un aire de derrota. A veces, al atardecer, Tuli me toma de la mano y rompe su silencio habitual para darme las gracias. “¿De qué?”, le pregunto, pero ella no contesta. Hasta ayer, en que me miró a los ojos y me dijo “por salvarme” y yo solté las lágrimas, porque ella no sabe, no tiene cómo saber, que ha sido ella quien me ha salvado a mí.

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  1. Noemi Mechali

    No se que magia pusiste en este cuento, pero se me saltaron las lagrimas al final. Me encanto!!!

  2. Adriana Orozco Rocha

    Lo leí. Y esta muy bueno. Me gusto mucho como se desarrolló la amistad y el desenlace. Me encanto el narrador.

  3. Norma

    es un cuento que puede ser situado hace quince, diez años o en la época actual. y que merece ser leído. y deja una enseñanza de por qué suceden estas cosas todavía.

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