Reportaje. Autor: Andrea Amosson

AÚN ESTABA INCRÉDULA. ¡Cómo podía tener tanta suerte! Dos meses atrás había cruzado la mitad del país para postular a ese trabajo sin conocer a nadie. Sí, todavía era mi dulce patria del mecenazgo y yo, en esa época, no tenía benefactores. Apenas un apellido sonoro que causaba risa. Pese a todo, lo había conseguido, flacuchenta y un poco asustada. Aunque al cabo de sesenta días seguía buscando en la guía telefónica las direcciones de las oficinas que debía ir a entrevistar porque, por supuesto, la ciudad era una reverenda desconocida para mí. Fue entonces en que me promovieron. Doble fortuna. Pasé de la sección Crónicas al departamento de Reportajes. Fue casi como que me leyeran la mente o me hubieran escuchado los pregones universitarios: “quiero hacer algo más que correr de un lado a otro metiendo el micrófono en la boca de alguien, para luego repetir palabra por palabra lo que fulano dijo…”

Mis horarios horribles de Crónicas se redujeron al cómodo y elegante lunes a viernes, nueve am a seis pm de la élite de Reportajes. Pensé que estaba en otra categoría, más alta que la de mis colegas que cubrían noticias como el desborde de los pozos sépticos o el asesinato de un marinero sin nombre, con intestino y sesos afuera.

Encima de todo, mi primera investigación había aparecido en portada. Domingo glorioso. Me levanté temprano, me zampé dos panes batidos y un poco de café que me causó diarrea, como era usual; y salí del apartamento a comprar el diario.

Julio estaba alegre, barriendo la esquina alrededor de su puesto de revistas. Los pajaritos cantaban más fuerte y más lindo, me pareció a mí. En la plaza frente a mi piso había palmeras. Arriba de cada palmera, un jote. Abajo, un jubilado leyendo el diario. Mi diario.

–Buenos días, Julio, ¿cómo está?

–Bien, señorita, ¿y usted?

–¡Excelente!… ¿ha vendido muchos diarios? –le pregunté, tanteando terreno. Quería saber si Julio había notado el nombre bajo el artículo destacado en la primera plana.

–Bastantes… –respondió, echando una mirada a la plaza salpicada de lectores seniles.

–¿Y usted ya lo leyó?

–No… me la he llevado barriendo… Como que hay más polvo esta mañana…

El hombre tenía razón, el aire estaba espeso, pero no de polvo; sino de partículas de cacao que a veces se escapaban de la fábrica, a dos cuadras de allí.

–Me lo llevo…anótemelo… –le dije, tomando un ejemplar.

–No hay problema, señorita. Que le vaya bien…

Me aguanté las ganas de correr al apartamento con mi botín. Subí la escalera, metí la llave, forcejeé con la chapa que se trababa, hasta que pude abrir la puerta. Corrí a mi dormitorio, me tiré en la cama y busqué la página cinco. Las carillas me parecieron gigantes, como si durante la noche hubieran crecido y ahora sí pudieran cubrir cadáveres, como rezaba la clásica burla deportiva: “¡tápenlo con diarios!”.

Las fotos de los trapecistas, el oso ucraniano y el gran mago Sultini me saludaron a todo color. Marcos había capturado la esencia de los artistas en sus fotografías. Él era el reportero gráfico estrella del diario, moreno, un poco regordete y seguro de sí mismo. Decía que nunca una mujer se le había resistido. Al parecer yo venía siendo la primera. Y como tal, se había empeñado en enamorarme antes de que el verano terminara.

–¿Qué pasa si no te resulta? –le dije un día, provocándolo.

–Claro que va a resultar –respondió con irritante calma.

Desde mi ventana podía ver el campanario de la iglesia que quedaba detrás de mi edificio, aquel que tañía toda la noche. Marcaron las diez de la mañana y me dispuse a leer por décima vez mi reportaje, felicitarme, darme besitos en las manos y luego prepararme para “La calle de los niños”, un carnaval en la principal avenida del puerto. Quería disfrutar el calor veraniego, del paseo alegre de las familias y de mi nuevo prestigio; ya podía considerarme una adulta con un trabajo serio.

Esa noche casi no dormí, pensando en las fanfarrias celestiales que me esperaban. Me la pasé contando los repiques gruesos de las campanas religiosas. Hasta que amaneció. Otra vez me alabé frente al espejo, recordé mi llegada a la ciudad, dos meses antes y encontré que la cara de pájaro nuevo se me había borrado un poco.

“Está nublado, pero va a abrir” pensé, mirando desde el tragaluz del baño las nubes que cubrían el cielo. Me di cuenta de que hablaba como porteña. En mi tierra diríamos “se va a despejar”. Me sentí menos rara, entonces. Y consideré quedarme en Valparaíso para siempre.

Aquella mañana salí con el pecho inflado, el pelo ondulado flotando al viento marino, las faldas coquetas amenazando con volarse más arriba de la rodilla. Me gustaba caminar hasta el edificio del periódico. Su fachada azulina se alzaba al centro de la cuadra. La cuadra, una hilera de construcciones antiguas, todas decoradas como tortas de novia. Una misma calle, que se curvaba y estiraba siguiendo la caprichosa línea de la costa, paraba en aquel edificio con que el que yo tanto había soñado: El Mercurio de Valparaíso. Y en el techo, al centro, la estatua pequeña del mensajero de los dioses, en bronce, vigilando el horizonte.

El aire matutino del puerto llenaba cada pedacito orgulloso de mi ser. Sería una jornada épica, estaba convencida. Mi editor me felicitaría. “Bien hecho, muchacha, buen trabajo” me imaginé que diría con su voz afeminada.

Antes de salir de casa el dueño del circo me había llamado por teléfono para agradecerme por la cobertura. “Anoche estuvimos a tope, todo por su reportaje” dijo. “Tuvimos que dar una función extra”, había agregado.

Cuando llegué a la redacción, la recepcionista me saludó de buena gana. “Qué raro”, pensé, porque si había algo con que podía contar, era con el mal humor de la mujer pelucona, de mechas amarillentas y gastadas, al mejor estilo león agobiado, que comandaba la entrada del diario. “Te felicito”, añadió en una movida tan inesperada que tartamudeé antes de decirle “gracias”.

–Qué nervios cuando cuentas eso, de que ‘los acróbatas se cruzan en el aire como afilados cuchillos’ –me dijo, llevando la mirada desde el diario hasta la pared del frente, como si estuviera viendo una película, proyectada en el espacio sombrío y húmedo de la recepción.

–¡Qué guapos Los Morales! –había añadido, guiñándome el ojo, en un gesto cómplice.

–Sí, son atléticos –le respondí.

La recepcionista, tal vez la persona más antipática del diario, había leído (¡y le había gustado!) el reportaje de una “simple periodista asociada de primer año” como solía referirse a mí; y no necesariamente a mis espaldas.

Luego de aquella bienvenida inusual, tomé el viejo ascensor de hierro. Sí, el diario era tan antiguo que tenía al centro, un elevador de rejas en que las cadenas y poleas estaban a la vista. Tan viejo que se averiaba casi todas las semanas, pero según decían, no lo iban a reemplazar porque muchas celebridades lo habían tomado para subir a las oficinas del director. Llámese políticos, artistas, científicos e incluso los Bee Gees. Por razones desconocidas para mí, el grupo australiano había causado más revuelo en su visita al diario que el último presidente americano.

El ascensor era un acertijo. Y no todos teníamos la clave para hacerlo funcionar. No obstante Peñita, el chico del aseo, me había contado la solución a modo de agradecimiento por haber ayudado a su hija con las tareas. Peñita me había explicado que debía subirme, apretar el botón del tercer piso y entonces cerrar la pesada puerta de rejas. El ascensor subiría derecho sin detenerse. Porque las paradas tomaban una eternidad. Y yo tenía la mala costumbre de estar siempre al filo del reloj. No tarde, pero con los minutos contados. Así es que me había aprendido el truco de memoria; y me hacía la despistada ante los reclamos de la gente que esperaba en cada nivel.

Había pocas personas con quienes me llevaba bien. Peñita era una de ellas. Me alegré de encontrármelo a la salida del elevador. El hombre menudo dejó de fregar el suelo para decirme que, según “sus fuentes” como le decía él a sus colegas del aseo, a la “Fiera” también le había gustado mi reportaje.

La “Fiera” era la editora general del diario, una cincuentona olor a queso rancio que insistía en llamarme “niña”; legendaria por su olfato periodístico así como por sus berrinches, que le habían costado el puesto a más de alguno y que el director obedecía a ojos cerrados por el hecho de que sus titulares mantenían al diario en el primer lugar de ventas.

–¿En serio? –le pregunté con falsa humildad.

–¡Sí!, la felicito, señorita. Eso no pasa seguido…

–Parece que no… –le respondí, sabiendo que la “Fiera” era difícil de complacer.

La “Fiera” era un espécimen que inspiraba temor a la vez que admiración. Sus entrevistas a senadores vitalicios sacaban roncha. Y a militares activos también. Ella había sido la única que se atrevió a preguntar por los detenidos desaparecidos a Pinochet. Y dicen que cuando el villano no quiso responder, ella le dijo que “el silencio otorga”. Dicen que luego la seguían dos individuos armados dondequiera que ella fuera. Pero que no se amedrentó. “No tengo nada que perder, más que mi credibilidad como periodista”, dicen que dijo…

Sin embargo, la “Fiera” no era sólo conocida por su valentía. Sino también porque tenía un apetito carnal que dicen la mantenía en la constante cacería de hombres. Según Peñita, sus conquistas se comentaban incluso en las reuniones de pauta. Y en la última, se había murmurado que tenía un nuevo amante, pero su identidad era un misterio.

Yo pensaba que todo era parte de una campaña para desacreditarla. No puede haber mujer profesional, valiente y efectiva que no sea, a la vez, una devoradora. El trabajo duro no se considera la razón de un ascenso. No, en mi país de mecenazgos, o tienes conexiones o tienes el poto suelto. No hay de otra.

–Encontré buena su historia –continuó Peñita–, me gustó esa parte del oso, que hace todo lo que el ucraniano le pide: “párate en dos patas, juega con esta pelotita, abre la boca” y no le comió la cabeza, ¿ah? –se rio, perdiéndose en la escena que se dibujada en su mente y que yo le había regalado a través de mis palabras.

–Gracias, Peñita…

–Yo no tenía idea de que los osos hablaban ucraniano –me dijo serio y prosiguió limpiando el parqué.

Continué por el pasillo que olía a tinta china, un olor agrio que yo adoraba, hasta mi despacho. Mis colegas no habían llegado, me alegré porque así yo podría elegir la música. Tal vez esa mañana me salvaría de los corridos que Sol, la secretaria de Reportajes, amaba escuchar tomándose el café. Una cosa que no entendía era cómo la rubia, clasista de tomo y lomo, amaba los corridos. Me gustaba espiar debajo de su escritorio. Las sandalias asomando dedos perfectos, las uñas manicuriadas a la moda, los pies dando saltitos breves a cada Ayayay de la canción.

Pero a esa hora la oficina era toda para mí. Encendí el radio y la voz de Nat King Cole me envolvió con la suavidad del terciopelo. Al cabo de media hora el jefe me llamó por teléfono. “Venga por favor” me dijo en un tono sin miel. Me levanté rápido, un poco nerviosa, tomé la libreta y el bolígrafo y partí a su oficina. De seguro me felicitaría por el éxito de mi primer trabajo y además, me asignaría el siguiente.

Si bien me encantaba trabajar en Reportajes, ir a su despacho era la parte menos favorita de la semana. Era un espacio pequeño donde sólo cabía su escritorio y apenas daba vuelta su silla giratoria. Lo peor era la peste a tabaco y un dejo de olor a gato castrado. Eso y los pelos blancos pegados a su chaqueta me indicaban la presencia de un felino en su vida. Yo debía permanecer de pie escuchándole divagar, porque tenía la costumbre de pensar en voz alta y decidir el tema de trabajo conmigo al frente. Así me había designado lo del circo, mirando al techo, revolviendo papeles, sacándose los pelos gatunos de la ropa.

–Buenos días –le dije tratando de sonar jovial.

–Paola, estás despedida… Lo lamento.

–¿Qué? –dije perpleja.

–Tienes que salir hoy mismo. Junta tus cosas, Contabilidad te va a mandar el cheque por correo.

–Pero ¿por qué? –me oí decir, mientras me temblaba la pera y ya sentía las lágrimas asomándose a los ojos.

–No puedo darte más información. De verdad que lo lamento.

–Pero… –dije, a lo cual mi jefe tomó el diario entre sus manos y lo levantó frente a sí, como para crear una barrera de letras entre nosotros.

Una vez más vi las fotos de mi reportaje, esta vez los acróbatas parecían mofarse de mí.

Me volví a la oficina. Peñita se había instalado a limpiar los escritorios.

–¿Qué le pasó? –me preguntó al verme un tanto llorosa.

–Nada, Peñita. Me voy… –respondí, intentando secarme las lágrimas con el dorso de la mano.

–Pucha, señorita… –me dijo tratando de consolarme, mientras cortaba un trozo de toalla de papel para mí. No estaba sorprendido.

–Gracias –le dije, sonándome los mocos que salieron más sonoros que de costumbre.

Él guardó silencio y yo junté fuerzas para tomar mi cartera, mi grabadora, las cuatro cintas que utilizaba una y otra vez, las libretas con todas mis anotaciones y la foto donde aparecíamos Marcos el gráfico, el oso ucraniano y yo, sujetando a la bestia por la cadena con cara de pánico. Una foto que yo le había pedido a Marcos, pensando que me retrataría junto al oso en una pose magistral. Lo que no esperaba era que él se colara en la foto y el entrenador del oso fuera quien hubiera disparado el obturador.

Pero con Marcos o sin Marcos, la foto era un acierto. Había pensado imprimir copias para enviarlas a mi familia en el norte. No lo podrían creer. Todas las discusiones sobre mi partida al sur de Chile quedarían resueltas por la evidencia de que tenía una vida glamorosa, rodeada de osos europeos.

Sin embargo, la vida en la alfombra roja había terminado demasiado pronto.

Al menos me quedaba la foto.

Seguí recogiendo mis pertenencias. Peñita me pasó una bolsa de plástico, donde guardé todo.

–Buena suerte –le oí decir.

Salí sin mirar atrás. Me sentí afortunada por no haberme topado con mis colegas. Bendita impuntualidad chilena. Tampoco quise mirar a Peñita, para no volver a berrear. Hacía tiempo que me había instruido para no llorar en público, no era el momento de romper el adiestramiento. En especial no quería ver a Marcos. En día normal era tan empalagoso que terminaba por darme dolor de estómago, así es que de verlo tal vez vomitaría. Mi única meta en ese momento era salir inadvertida.

Evité el ascensor y su posibilidad de vararse al centro del edificio. Corrí escaleras abajo. Cuando pasé por el departamento de Crónicas, vi a Marcos sentado en su escritorio, concentrado leyendo mi artículo. Imaginé que revivía lo que habíamos visto juntos, la semana anterior cuando fuimos a reportear. Seguí bajando, tratando de hacerme pequeña, ojalá invisible.

–¡Flaca!, espera… –era Marcos.

–No puedo, estoy atrasada –grité sin voltear.

–Lo lamento, flaca… –me dijo y me extrañó que él supiera. Idea que descarté por boba, a fin de cuentas todos nos ganábamos la vida traficando noticias. Y tomando en cuenta la reacción de Peñita, la única que no sabía de antemano era yo.

Me faltaba poco, tan poco para abandonar el edificio. Incluso la recepcionista no se encontraba en su puesto de trabajo. Un par de pasos más y estaría libre aunque con la moral rota, el orgullo pisoteado y la maleta llena de vuelta al norte del país. Pero una mano fría se posó en mi hombro. Era la “Fiera”.

–Niña, qué bueno que la encuentro –me dijo–, no quiero que se vaya con mal sabor en la boca…Usted escribió una historia muy sólida, niña. Creo que debe saberlo. Usted va a ser una buena reportera.

–Gracias, jefa –dije titubeante.

–La mejor parte es cuando habla del mago Sultini, de cómo el hombre convierte un tigre blanco en tres mujeres, a la vista de todos, qué buen truco… La semana pasada yo también fui al circo –continuó–. Usted no me vio, pero yo sí la vi, en el palco, sentada en primera fila, comiendo palomitas… La carpa no es tan grande…

–¿Verdad, jefa? –pregunté casi susurrando, con una súbita sensación de hormigueo en el buche.

–Verdad –respondió, enganchándome del brazo y dirigiéndome hacia la puerta.

Caminó conmigo hasta la calle, sujetándome firme; me pareció que sus uñas se clavaban en mi codo. Una vez afuera me arrebató la bolsa de plástico, el bulto de vagabunda con que yo me iba del diario. La vi registrar todo en su interior. Me pareció una gata rapaz en busca de algo. Hasta que la vi sonreír con aires triunfales. “Éste es mío, niña”, susurró, sonriendo, los dientes afilados más amenazantes que amistosos.

–¿La foto? –le pregunté sorprendida.

–La foto… –respondió ella–. Y todo su contenido…

Luego cortó con los dedos la parte donde yo estaba y la tiró al suelo. El resto, donde aparecían Marcos y el oso, se la metió al bolsillo del pantalón. Dio media vuelta y se fue. Me quedé parada en la calle, los pies pavimentados, inmóvil. La “Fiera” se alejaba meneando el rabo, cual leona que ha cazado y se relame la sangre. Por ella me habían despedido, por un romance imaginario cuya evidencia era una foto. Encima, se llevaba el retrato de Marcos y el oso. Esa imagen era preciada para mí, no por Marcos; sino por la bestia.

Envalentonada, tal vez por la innegable realidad de que acababa de perderlo todo, levanté la voz.

–¡Fiera! –le grité.

Se volteó y le vi el rostro enrojecido, las garras retráctiles asomándose en la punta de cada dedo, los colmillos largos listos para desgarrar mi carne, en cuatro patas, acechante. Me lancé a la carrera. Corrí como liebre, con la velocidad de los veinte años; mientras la Fiera gritaba a pulmón lleno que nadie le faltaba el respeto, que ya me las vería con ella. “¡Niña insolente!”, me pondría mal en todos los diarios del país y del mundo, vociferaba. “¡Ya vas a ver, niña!”, fue lo último que escuché.

Esa misma noche tomé el bus de vuelta a casa. Tenía veintisiete horas de viaje por delante. Así es que agarré mi reportaje y me dispuse a leerlo mil veces más, hasta llegar a mi destino. Esa única publicación sería la prueba de que no había perdido mi tiempo.

En el silencio de la noche, camino a Iquique, cuando lo único visible afuera era la Luna alumbrando el desierto de Atacama, los gritos de la Fiera me atormentaban. “¡Niña insolente!”… “¡Ya vas a ver, niña!”.

“¡Fiera!” gritaba yo una y otra vez, en mi cabeza, para conjurar su presencia. “¡Fiera!”, lo decía tantas veces hasta que me daba risa…Luego recordaba la huida, la carrera loca atravesando las calles con una bolsa de plástico y una falda coqueta.

La Fiera tenía razón, yo era una niña.

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  1. Norma

    en todo lugar de trabajo existe una “fiera”, personaje que ayuda a los trabajadores a reír un poco de la vida…

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