Marruecos, postcards enamorados. Autor: Davi Carneiro

Postcard no 1 – Fez, 20/06/2012

Estaba esperando para entrar en la Sinagoga del barrio judío de Fez, cuando ella se aproximó llena de curiosidad. Era una hermosa niña marroquí llamada Kenza.

– ¿Puede sacarme una fotografía? – me preguntó en francés y, sin perder tiempo, fui haciendo pose y compartiendo sonrisas.

Kenza tenía aproximadamente siete años, se comunicaba con una inflexión segura; movía los labios finos, abriendo bien la boca al hablar y mirando al rostro del interlocutor. Su cabello era castaño y un poco ondulado; agitaba los pequeños ojos negros de manera atenta, demostrando su entusiasmo; tenía los dos dientes delanteros separados y eso evidenciaba su sonrisa. Su piel era bien morena, quemada por el sol, como una auténtica brasileña.

Había un grupo de niñas como ellas, todas mayores, algunas vestidas con ropas típicas. Se quedaron observando de lejos, con expresiones avergonzadas y tímidas. Sin embargo, Kenza, la más lista de todas, todavía tenía una última petición antes de despedirse:

– Bisou, mon ami. Bisou.⁠

Y me dio dos besos en la mejilla.

Nos invitaron a entrar y visitamos la Sinagoga junto con el rabino … pero yo no conseguí prestar mucha atención. Mi corazón se había quedado afuera, derretido, bajo el efecto de los besos de aquella pequeña niña marroquí. 

Postcard no 2 – Cordillera de los Atlas, 22/06/2012

En algún momento del trayecto logré quedarme dormido. El autobús cruzaba la cordillera de los Atlas y yo tenía asiento en una clase económica, con poco espacio, pegado a la ventana y sin conseguir estirar bien las piernas.

Era domingo por la tarde. La carretera serpenteaba montaña arriba; abrupta y peligrosa. El bus paraba cada diez minutos; de pueblo en pueblo. Éramos pocos pasajeros. Recuerdo una señora con la cara arrugada y manos callosas; recuerdo los hombres barbudos empapados de sudor; recuerdo las mujeres beréberes con su ropa colorida y de la confusión creada por un chico que ha subido con, por lo menos, una docena de gallinas.

Por la ventana se veían grandes nubes que se propagaban lentamente. Había una cierta luz dominical en el aire y el cielo, muy alto y despejado, era de un azul profundo. El sol iluminaba las montañas alrededor y ellas parecían brillar. Me he puesto los auriculares y conseguí abrir un pelín más la ventana. Me quedé dormido apoyado en la poltrona vecina.

Cuando desperté, un nuevo pasajero se había sentado a mi lado: debía tener unos siete años, era delgado, morenito y me miraba con una expresión entre la timidez y la curiosidad. Su madre estaba en el sillón de atrás distribuyendo un paquete de galletas entre los hermanos, cuatro en total; todos más jóvenes que él. Cada uno tuvo derecho al mismísimo número de golosinas.

Mi vecino se quedó estático por unos instantes, mirándome; los ojos grandes y oscuros, como dos pequeñas canicas; después dio un mordisco y masticó con ganas. Yo hice un señal de positivo, le di una sonrisa. Él continuó mirándome, reservado, hasta que pareció tomar coraje, extendió la mano y me ofreció una de las galletas que le tocaba.

Le agradecí, sorprendido. En cambio, cogí la cámara y saqué un registro. A él le gustó: quiso otra fotografía. La madre, que vestía un turbante azul, lo reprochó en árabe. Yo hice un gesto con la cabeza: “no hay ningún problema, a mi no me molesta”. Y, poco a poco, el chico fue abandonando la timidez; quiso ver todas mis fotos, hizo poses y muecas, sacó un retrato mío, de la madre y de los hermanos. Durante la próxima hora, yo y aquel chico fuimos los mejores amigos, sin al menos decir una palabra en común.

Viajar es poner a prueba nuestra confianza hacia el ser humano. Somos obligados a creer en la honestidad de personas que no conocemos; estar sujetos a su amabilidad y decencia, muchas veces sin un idioma u otro trazo cultural en común. Y muchas veces, nosotros, los viajeros, somos menospreciados y engañados. El viaje, como la vida, está llena de mentiras e ilusiones.

Pero, al mismo tiempo, el acto de viajar es un tipo de optimismo en movimiento. Nosotros seguimos adelante. Nos hospedamos en la casa de extranjeros. Vivimos entre ellos. Comemos su comida. Escuchamos sus opiniones. Somos optimistas por naturaleza, de otra manera nunca saliéremos de casa. El desplazamiento implica esperanza y seguir un viaje, por sí solo, es renovar la creencia en las cualidades humanas.

El paquete no era grande, se acabo en un instante; pero el niño había guardado un último mordisco. Me miró de reojo. Fingió comerlo todo. Pero, acabó sonriendo y ofreciéndome una nueva galleta. Acepté el acto generoso; no antes de repartirlo por la mitad. En aquel momento, no había diferencias entre el que daba, el que recibía y el regalo propiamente dicho. Comimos juntos el último pedazo.

El bus se paró, un rato después, en uno de los muchos pueblecitos al pie de la montaña. Era el momento para que la familia bajase. La madre se levantó, intercambiamos miradas y ella dijo algo, esta vez con la voz llena y dulce. El niño se quedó el último, nos erguimos y nos abrazamos. Una luz suave cubría el conjunto de casas pobres hechas de barro. Ellos caminaron lentamente por una senda de polvo y de tierra. El conductor cogió una curva y empezamos a subir por la montaña. Y yo me quedé a agitar las manos hasta el autobús que volviera a la carretera en dirección a Marrakech.

Postcard no 3 – Desierto del Sahara, 23/06/2012

Era una aldea pequeña cerca del desierto. Y cuando digo pequeña, quiero decir realmente pequeña: había una docena de casas, una mezquita, un solo mercadillo y la calle principal; más o menos un kilómetro – o diez minutos a pie – y se llegaba a su fin.

Allí todo olía a tierra porque todo en aquel lugar estaba hecho de tierra. Se pisaba sobre calles de tierra; se comía cuscús en ollas de tierra; las paredes eran cubiertas con tierra; había que sentarse y dormir sobre suelos de tierra. ¿Era aquella una aldea pequeña o un gran hormiguero humano?

Para llegar hasta allí, atravesé un paisaje desértico que era un valle rojo rodeado cactus y piedras. Kilómetros y más kilómetros de polvo, calor y escenarios de arena. La única cosa que parecía viva era el motor de nuestro autobús viejo que golpeaba con un fuerte tac-tac-tac sordo e insistente.

El conductor era un árabe gordo y quemado por el sol. Sacó un pañuelo del bolsillo y, sin quitarse el cigarro de la boca, se secó la frente y la nariz. La radio a pilas gritaba algo que recordaba a Elvis Presley, sólo que en árabe. Éramos pocos pasajeros. Todos estaban tranquilos, en un estado de somnolencia. Yo parecía ser el único preocupado con aquella combinación entre lugar-aislado-en-medio-del-desierto más barullo-extraño-en-el-motor-de-un-autobús-viejo.

Mi estómago rugía cuando entramos en aquella aldea de tierra. Vi, entre sus escasas casa, algo que parecía un restaurante. Hice una señal para que parase. El conductor refunfuñó algo parecido al gruñido de Patán, el perro malhumorado de los dibujos animados. Bajé del autobús allí mismo. Me quedé parado en la calle de arena batida viendo cómo el chófer conducía sin la mínima pericia y llevaba el autobús de vuelta a la carretera. Desapareció unos minutos después bajo una cortina espesa de polvo.

El sol del desierto comenzó a arder en mi cara cuando me giré en frente de una mezquita de camino hacia el restaurante. El viento elevaba el polvo de la tierra y el aire llagaba al rostro como una bocanada de horno caliente.

El local, que cumplía las funciones de mercadillo y restaurante, se resumía a una pequeña habitación rectangular con una puerta estrecha y con cuatro agujeros que servían de ventanas. La luz entraba por una de ellas e iluminaba la mesa color ocre y las altas paredes revestidas de arcilla. El dueño era un señor bajito de piel morena, bigote y expresión simpática. Yo dije “Salaam Aleikum” arrastrando cada letra en el intento de la pronunciación correcta. Él me respondió con una sonrisa afectuosa.

Había pedido una ensalada justo cuando el Jeep 4×4 pasó por la ventana. Unos minutos después a puerta del restaurante se abrió y entró una pareja de ingleses. Miraron con desconfianza, saludaron al dueño, sentaron en la mesa de al lado y pidieron cuscús con pollo. Éramos los únicos en el local; yo dije “hi⁠⁠1” y pronto empezamos una charla.

Ella se llamaba Susan, tenía veintinueve años y pecas por todo el rostro. Era rubia y llevaba gafas de aviador con lentes brillantes. El nombre del muchacho era Wilson, treinta y dos años, alto y muy delgado. Tenía una nariz que parecía una aleta de tiburón. Ellos me dijeron que eran médicos, vivían en Manchester y se casaron hacía unas pocas semanas. Se hospedarían en un spa termal en medio del desierto.

El dueño del restaurante se acercó. “Bienvenidos, es un placer recibirlos”, dijo con una sonrisa mientras me servía la ensalada. Él se llamaba Hassan, hablaba inglés con fluidez, era cordial y atencioso. Nos quedamos, los cuatro, conversando sobre temas variados; los juegos olímpicos que irán a tener lugar en Brasil, los encantos del desierto y sobre algunos escritores de viajes británicos que admiro, como Patrick Leigh Fermor, Bruce Chatwin y Jan Morris.

Hassan nos contó que venía de una familia de abogados y que había realizado parte de sus estudios en París. Él tenía una vida próspera en la capital, pero no se sentía feliz. Abandonó las comodidades de la gran ciudad y se mudó para aquella pequeña aldea. Él y su mujer, Fadilah, comenzaron a trabajar con los turistas por el desierto. Él sacó una tarjeta de visita que, junto al dibujo de un camello, había escrito:

 Hassan and Fadilah Adventure- Sáhara Tours

Normalmente los podemos encontrar en el desierto, organizando expediciones. Pero cuando no aparecen muchos turistas, ayudan a lo padres de Fadilah en este pequeño restaurante.

Un anciano con una barba larga y blanca entró por la puerta principal y se acercó a la barra. Murmuró algo; Hassan se levantó y caminó hasta la cocina, volvió con un plato de sopa. El viejo ordenó su delgadez en la mesa de al lado y fue tomando el caldo a grandes cucharadas. Hassan recibió el dinero, le dio el cambio, se volvió a la barra que daba a la cocina.

Las calles de arena continuaban en silencio. El viento silbó por la ventana despeinando el cabello rubio de Susan. “No entiendo la actitud de las personas como él, dijo ella en un susurro. Yo nunca podría renunciar a la vida en una capital para vivir en un lugar tan aislado”. 

El chico inglés se quitó las gafas y las limpió en la blusa. “Cierto”, dijo él, “sólo por una propuesta millonaria, algunos millones de dólares, quizá”. Yo no estuve de acuerdo, pero al mismo tiempo, entendía su punto de vista. Aquella era una aldea perdida del mundo, donde ir al supermercado significaba un trayecto de más de una hora por una calle llena de baches. Hacía falta coraje para realizar una mudanza así, incluso con la posibilidad de trabajar con el turismo. Antes de abrir la boca para dar mi opinión, me di cuenta de que afuera el sol comenzaba a esconderse. Les propuse que saliésemos para verlo.

Algunas aves volaban a lo lejos y el cielo del desierto fue tomando centenas de tonos – naranja, púrpura, rojo, dorado – con proporciones increíbles, pues no había ningún obstáculo en los muchos kilómetros de desierto que separasen el horizonte de nosotros. Fue una de las puestas de sol más intensas que he visto.

Entonces empezó a anochecer, y junto con la oscuridad, vinieron las primeras estrellas. Todavía las casas no habían encendido las luces, y en pocos minutos, la oscuridad sobre nosotros era total. La noche en el desierto ha venido deprisa y el cielo, inmenso, se expandía sobre la tierra apagada. Y, de repente, aparecieron nuevos puntos luminosos, muchos, chispeantes; un imperio de astros paralizados en el tiempo. En tan pocos minutos, había tantas estrellas que yo, prácticamente, podía sentir la Tierra moviéndose a través de ellas.

Hassan se acercó al vernos contemplar la noche. “Cuando vine aquí la primera vez”, dijo como si adivinase el comentario, “no esperaba quedarme. A veces el dinero aprieta y yo pienso en volver a mi antiguo trabajo. Pero, me siento feliz aquí. El desierto me cautivó. Me costaría mucho dejar de ver esta puesta de sol … o renunciar a la posibilidad de acostarme, todas las noches, bajo un cielo con tantas estrellas”, concluyó señalando hacia arriba.

Media hora después nos despedimos de Hassan y de aquella aldea. Quedamos en vernos al día siguiente en el desierto, así podríamos conversar más. Seguí delante de Jeep, bajo la mirada de mil estrellas, por el camino de arena que nos llevaría hasta la próxima ciudad.

Postcard no 4 – Desierto del Sahara, 25/06/2012

Estábamos inmersos en una oscuridad profunda. El Jeep 4×4 seguía a treinta kilómetros por hora; yo en el asiento de atrás y Said al volante. Él iba conduciendo de forma impasible y tranquila a pesar de la negrura de nuestro alrededor. No se podía ver absolutamente nada. Era una noche total, asustadiza, cósmica.

Mi reloj de pulsera marcaba las ocho de la tarde e íbamos atravesando las dunas del Sáhara. Said, el guía de la excursión, era un hombre simpático y conversador. Era alto y tenía un rostro estrecho, tan delgado que parecía estar siempre de perfil. Llevaba bata y una túnica azul. Sonreía en abundancia y hablaba muy bien el castellano. Estaba acostumbrado a guiar a los viajeros por el desierto.

Habíamos recorrido aquel mismo camino el día anterior, sólo que en sentido contrario, en grupo y montados sobre la joroba de los camellos. Vimos el amanecer por encima de una duna inmensa.

Era el final de nuestro segundo día cuando Said nos informó de que necesitaba volver al hotel; una lluvia inesperada (¡sí, había llovido en el desierto!) mojara algunas de las tiendas y era necesario buscar unas mantas y colchones más. Yo pregunté si podría ir con él. Sería una oportunidad para hacerle una pequeña entrevista. Él aceptó y subimos en el 4×4 en dirección al norte del Sáhara.

El hotel estaba a pocos kilómetros de donde habíamos acampado. A unos cuarenta cinco minutos, tal vez; el tiempo suficiente para una buena conversación. Pero, la noche cayó rápida en el desierto. El día nublado pronto dio lugar a una penumbra densa, únicamente profanada por los potentes faros del Jeep.

En algún lugar del trayecto Said tuvo que apagar las luces delanteras. Estamos cerca de la frontera con Argelia, dijo él, es una precaución de seguridad. No se preocupe, más adelante las encendemos de nuevo.

Fue entonces que las sombras, que ya eran inmensas, se ocuparon de todo; parecían absorbernos como un agujero negro. Miré hacia afuera, por una rendija de la ventanilla: no se distinguían nada. El motor rugía alto. El coche subía y bajaba por las dunas. Un viento frío invadió el Jeep. Y me dolía la vista de tanto mirar sin ver. Era posible sentir el magnetismo que nacía de la inmensidad ausente. El desierto nunca había sido tan misterioso, absoluto y existencial como en aquel momento.

Ya había pasado unos veinte minutos cuando le pregunté a Said con voz ansiosa: “¿Cómo es posible saber el camino en medio de tamaña oscuridad?”

Él sonrió. “Son dos los secretos. Primero el conocimiento total del terreno. Recorro estos caminos de arena desde que era pequeño, los sé tan bien como la palma de mi mano”.

“Ok. ¿Pero … cuál es el segundo secreto?”, pregunté.

Said no dijo nada. Apenas abrió la ventanilla y señaló la cima.

Yo seguí el movimiento con la cabeza. Era una hermosa noche estrellada: millares de puntos luminosos y, en evidencia, la Osa Mayor; inmensa y majestosa.

“Éste es mi mejor mapa”, añadió el guía.

Mantener los pies firmes en el suelo y los ojos atentos al cielo. A partir de este día, yo llevo esta frase como un pequeño amuleto de viajes. También se convirtió en una buena definición para las veces cuando uno me pide para definir lo que significa “viajar con profundidad”.

Said finalmente encendió los faros, ya estábamos cerca del hotel. Agradecí al desierto por el momento: a veces, si apagas todas las luces, la oscuridad puede hacerte ver mejor las estrellas.

Postcard no 5 – De vuelta a Fez, 27/06/2012

Bajo la luz de las lámparas coloridas, en una plaza amurallada, los niños juguetean. Las oraciones del Ramadán dan lugar a los gritos excitados, a los juegos y a las animaciones. Un parque de atracciones llegó a la antigua ciudad de Fez. No era un parque grande o moderno, todo lo contrario; se reducía a algunos juguetes viejos y pocas tiendas esparcidas sobre el suelo de cemento. Incluso así, acabó haciendo la alegría de los niños de la Medina, en aquella noche cálida, luminosa y de un cielo sin estrellas.

Camino entre los marroquíes. Ya no hay más turistas, ni la agitación de aquella ciudad exótica. Escucho el ir y venir de los muchachos, las conversaciones entre amigos, el murmullo de las familias. Un grupo de chicos pasa corriendo por mi lado. Luego vienen las madres con elegantes caftanes⁠ y djellabas⁠ coloridas: rosas, naranja, verdes y lilas. Siento una grata inocencia … como la reacción de las personas al cine hace muchos años atrás. Compré un zumo de naranja y me quedé observando las luces que brillaban en el carrusel.

Hace menos de una hora, yo estaba en la terraza del hotel tomando un té de menta y observando el movimiento de la Medina. Me acompañaba el dueño del local: un simpático marroquí de mediana edad, bajo y con una notable panza, llamado Samir. Aquella era mi segunda noche en la ciudad; la habitación en el Hotel El Bali había costado menos de cinco euros y la panorámica desde la terraza, en frente del Bab Bajouloud, era espléndida. Samir llenó cuidadosamente mi taza de té y asistimos juntos la agitación de los artesanos en cuanto el sol se escondía por detrás de las colinas de Fez.

Me sentía cansado. Había pasado el día explorando la ciudad amurallada: un laberinto de callejuelas, plazas y vías sin salida; en medio de un flujo intenso de personas, carretas y burros; en un universo medieval, misterioso, sucio, confuso, bello y aromático. Llegué a la conclusión de que no existía un camino lógico para el descubrimiento de la Medina de Fez – el único camino era la intuición. El mapa más coherente que tuve fue la memoria sensorial: los sonidos, el tacto, los sabores y los olores. Un ejercicio que resultó agotador, desde luego, pero que me ofreció también gratas recompensas. Pasó un viento cálido y la luna apareció detrás de una nube. Samir se había ido y yo me quedé allí, en aquella terraza, presenciando la ascensión de los colores del parque de atracciones. Decidí ver de cerca las luces del carrusel.

Seguí mi camino entre familias marroquíes. Las figuras que andaban frente a la muralla se movían como siluetas. El inmenso portal azul era el testigo mudo de la alegría de los niños. Sentado en un banco, a mi derecha, había un grupo de ancianos; la conversación era animada, como si fuesen amigos de toda la vida.

En el centro del parque, toda la atención se centraba en un carrusel antiguo y descolorido. Su edad estaba inscrita en la pintura desgasta y en los caballos de palo estropeados. Era un juguete tan modesto que dos señores árabes con cara de pocos amigos tenían que empujarlo con fuerza hasta que el viejo motor cogiese el paso.

La fila era grande. Cuando el carrusel paraba de girar, los niños corrían, apresurados, queriendo coger un sitio. Uno de los muchachos, el menor de todos, no encontró lugar y se quedó con una carita desilusionada, suspirando impaciencias, hasta que llegó su turno. Pocos minutos después, el carrusel se detuvo. Uno de los niños intentó colarse en la fila y fue preciso que uno de los señores malhumorados lo agarrase por el brazo y le dijese algo en árabe que imaginé que fue: “¡Cálmate, chico!, ¡Despacio! ¿No ves que hay otro niño delante?”

El carrusel volvió a girar. Y fue girando y girando. Y la niña con un vestido rosa abrió los ojos como quien busca ver mejor. Otro niño negro, dentudo como Ronaldinho, dio una risotada larga y se agarró con fuerza para no caerse del caballo blanco. Y aquellas madres, siempre cubiertas por decenas de velos y telas, reían juntas de entusiasmo. Era la primera vez que veía a mujeres musulmanas riendo tan abiertamente. La verdad es que ellas estaban divirtiéndose tanto como sus hijos.

Yo creo que viajar es ver la vida bajo una perspectiva distinta. Un viaje nos despierta de una bofetada y no tarda en recordarnos algo aparentemente simple y evidente: todos, sin excepciones, sonreímos, lloramos, comemos, amamos y morimos. A pesar de todo lo que desconocemos uno de los otros; mismo con el misterio y el distanciamiento; aquellas madres y yo teníamos más cosas en común que diferencias propiamente dichas. Éramos hechos de las mismas partículas de sueños, alegrías, deseos, dolores e ilusiones.

“Son muchos mundos y cada uno es único. Y hay que conocerlos porque sus respectivas culturas no son sino espejos en los que vemos reflejada la nuestra. Gracias a estos otros mundos nos comprendemos mejor a nosotros mismos, puesto que no podemos definir nuestra identidad hasta que no la confrontamos con otros”, escribió Ryszard Kapuściński y yo concuerdo con sus palabras.

Admito que éstas son algunas prerrogativas obvias, pero hay ciertas obviedades que tienen que ser vividas para que el viajero pare y las reconozcan, sobre todo cuando estas reflexiones están ocultas, literalmente, debajo de tantas batas, telas y velos.

Más allá del carrusel, habían otras atracciones: los coches de choque, un tobogán hinchable, una pequeña rueda gigante y un show con el globo de la muerte, el más pequeño e improvisado globo de la muerte que he visto en mi vida. Había también una subasta de platos antiguos, un señor que contaba historias, otro que encantaba serpientes y uno más con aparatos ingeniosos hechos de chatarra que no me atrevería a intentar describir.

Caminé sin prisa entre ellos, compré un segundo zumo de naranja y observé a un chico barbudo que vendía churrascos de algo que parecían ser pequeños hígados. Antes de seguir hacia el hotel, he retornado al punto central. Las luces del carrusel continuaban brillando: azul, verde, amarillo y rojo. Otros niños estaban allí, riendo y jugando, y otras madres quedaban en el lado de fuera, riendo y divirtiéndose.

Fueron muchas las cosas que recuerdo haber visto aquel día: la multitud de turistas, los comerciantes y sus mercancías, los trabajos de los artesanos, los fieles rezando para el Ramadán… Pero, por encima de todo, me acuerdo le las sonrisas de aquello niños y madres iluminados por las lámparas coloridas que brillaban en la noche cálida de la Medina de Fez.

Estos son mis cinco postales de una semana en Marruecos,

Con mucho cariño,

Davi Carneiro

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