Lectura caliente. Autor: Elsa Levy

“La vi desde hace rato. ¡Cómo no me voy a fijar en ella si es un cuerazo de vieja! Ojos negros, piel apiñonada, cabello rizado y  largo como a mí me gusta.  Además, ¡qué piernas!, por más que se jala la falda le alcanzo a ver desde los tobillos, pasando por los chamorros, hasta la mitad de los muslos; tendré que  imaginar lo que ella tiene más arriba. Ya escucho el aviso”.

⎯Pasajeros con destino a Ciudad Guzmán, Colima y Manzanillo, favor de abordar el tren.

“Ella se levanta; yo, a propósito me quedo sentado para poder repasarla a mi antojo ¡Qué trasero! Esas nalgas merecen ser vistas, y no solo vistas, apapachadas, estrujadas y demás. Me voy resollando a buscar mi lugar en el tren. Carro número dos, asiento número catorce. Casi se me cae el maletín por la sorpresa, el número trece lo ocupa el cuerazo de vieja”.

⎯Con su permiso⎯ “digo, y al pasar restriego mis rodillas con las de ella. Siento un ejercito de hormigas subiéndome entre las piernas”.

⎯¡Vaamonoos!

“Me acomodo en el asiento y me volteo para la ventana fingiendo que veo el paisaje, pero lo que realmente hago es idear la forma de comenzar mi ataque: voy a decirle  buenas tardes, me va a contestar: buenas. Entonces  voy a preguntarle que a dónde va. Ojalá y sea hasta Colima que es a donde yo voy. Luego le preguntaré su nombre y me lo va a decir; yo me presentaré: Luis Pérez, para servirle. Con seguridad va a sonreír. Quisiera saber si es casada. Si dice que sí  ¡ya la chingué!, me chiflan las casadas; la emoción de lo prohibido, el demostrarles a las matrimoniadas de lo que se perdieron casándose con otro que no es este papucho de papuchos. Si me dice que es divorciada, de todos modos ya la hice, a lo mejor hasta tiene su propio departamento y así no gastaré en hotel. Si me contesta que es soltera ¡mama mía! ¿será virgen? Lo dudo, ya no hay de esas; pero si lo es,  ¡bingo! hace mucho que no estreno. Es emocionante ser el primero. También corro el riesgo de que me conteste que qué me importa; entonces mejor le ofreceré un cigarro,  pero es probable que  sea de las que no fuman, mejor no le ofrezco nada. Bueno, basta de planes, comenzaré por saludarla.

“Volteo hacia ella con la expresión cachonda tipo galán de cine, que practico todas las mañanas en el espejo antes de rasurarme, y que me ha dado tanto pegue con las nenorras de la oficina: ceja en alto, mirada hambrienta, medio perfil (el lado derecho es mi mejor ángulo), sonrisa entre tímida y picarona; ¡maldita mi suerte!, en este preciso momento ella saca un libro de su bolsa y sin importarle un pito, como si yo fuera el hombre invisible, se pone a leer.

“Meto freno a mis proyectos, me hago charamusca en el asiento, saco los anteojos oscuros y me los pongo para poder comérmela a gusto sin que se note tanto. Con los ojos a media asta y con esas pestañotas, se ve guapérrima. También observo que el color de su boca es natural, no embarrada del color rojo-morado, ese que se ponen todas las chavas, que luego sólo sirve  para comprometernos a los hombres. Ella, sin pelarme, sigue leyendo. El tren frena de repente y el libro se le cae al suelo. Con la rapidez de un pugilista me agacho a recogerlo, puedo leer el título: Cuentos eróticos, y veo en la pasta la fotografía de una mujer sentada sobre una piel de oso blanco, con las piernas encueradas y un conejito de peluche negro entre ellas”.

⎯Gracias, no se hubiera molestado

“Me encanta su tono de voz. De esas voces que se meten dentro y hacen que el cuerpo se llene de ñañaras”.

⎯No es molestia⎯ “le respondo con una sonrisa de oreja a oreja, entregándole el libro.

“Inmediatamente ella vuelve a su pinche lectura; yo sigo observándola: la expresión de su cara cambia mientras sus ojos recorren los renglones. Veo cómo le tiemblan las orillas de  la nariz, también su boca se entreabre como lo hacen las modelos que anuncian pinturas para los labios; pasa su lengua sobre de ellos, luego los muerde uno a uno. ¡Mamacita!, casi siento sus labios besando suavecito mi verga. Respira hondo, se le ve en el subir y bajar del pecho. Se me antoja pegármele a esos pechos. Ojalá y mis ojos fueran  aparatos de rayos X. Es tanta mi calentura que tengo que detener una mano con la otra para que no se le dejen ir a los botones de su blusa.

“Tranquilo, no comas ansias, me digo. Me pongo un poco en paz y vuelvo a acomodarme lo más cerca de ella. ¿Qué será lo que está leyendo?, me pica la curiosidad. De lado y con trabajo, puedo leer la página que comienza”.

Era incapaz de articular palabra, Jaime le había puesto la rodilla entre las piernas, encima del pubis, y apretaba fuerte oscilando de derecha a izquierda”.

¡Pa su mecha!, eso no se me había ocurrido con ninguna de mis chavas; les ha de gustar porque vi que mi vecina se movió de la cintura para abajo y me llegó hasta el cachete el aire de su suspiro”.

“Una descarga de adrenalina la sacudió toda entera, de los pies a la cabeza. Pero en esa sensación, ahora más que nunca, había ira y placer anudados en caótica armonía”.                                                       

¡Adrenalina! ¡Caótica!,  no sé que chingaderas son esas, lo que sí se, es  que me  gustaría ser Jaime, el del cuento, y  hacerla suspirar así. Y nada de armonía, pura acción, como la que se trae este que ya se me alborotó. No voy a disimularlo tapándome con la chamarra, quiero que ella note el bultote y vea como me ha puesto y lo que le espera. No creo que no se haya dado cuenta que también yo estoy leyendo su libro, bueno, a pedazos, porque con tanta calentura hasta se me mueven los renglones”.

“Ana intentó pellizcarlo, clavarle las uñas en las mejillas: llegó a hacerlo un instante, pero él cogió su mano con fuerza y empezó a chuparle los dedos de un modo compulsivo, uno a uno, y después todos juntos”.

¡Qué bonitas sus manos! tiene dedos largos y aprieta el libro con ganas. Mejor me apretara otra cosa a mí. Se me figura que sus dedos saben a mango, me gustaría probarlos. Como no me va dejar chupárselos, mejor sigo leyendo”.

“Simultáneamente la lengua de Jaime descendió con lentitud arrasando cuanto encontraba a su paso, hasta el final de la entrada de su vagina”.

¡Ay chirrión!, en mi vida había leído cosas así de jariosas. Seguro que ella está pensando que quiere que alguien le haga lo mismo  que a esa Ana. Ya debía estar enterada que yo me encuentro dispuesto a eso y más, porque estoy sentado a su lado y la escucho cómo respira y veo cómo se le hacen grandes  los ojos, y ella también debe de oír cómo se me atraganta la respiración a mí”.

La sensación de placer iba haciéndose cada vez mayor y tenía ganas de gritar, de pedir que la lamiese con más fuerza. La lengua de Jame era un azote, un río de agua hirviendo que producía auténticas descargas eléctricas en sus venas”.                                             

“¡Qué mamón! Necesito ir al baño, hasta parezco chavo de quince que moja los pantalones. La verdad ya me está entrando coraje, porque pienso que ella está haciendo esto de la lectura y los suspiros a propósito. Ya estuvo bueno, le arrebataré el libro, la abrazaré bien apretado y la besaré. Estoy seguro de que me va a corresponder. Después le preguntaré su nombre y domicilio y haremos una cita. Esta noche será mía; le voy hacer todo lo que leí, y otras cosas que yo se y que ella ni se imagina. Ahora, le arrebataré el  libro…”.

⎯Señores pasajeros, estamos  llegando a Ciudad Guzmán⎯ “escucho la voz en que sale de  las  bocinas.  Me detengo como chivo en el aire.  Escucho otra voz”.

⎯Adiós señor, que tenga un  buen viaje.  Como noté que le interesó mucho mi libro, aquí se lo dejo para que termine de leerlo con tranquilidad.  ¡Que lo disfrute!, buenas tardes.

“Me siento derretir como una bola de nieve en el sol, mis idem comienzan a dolerme por la interrupción tan brusca. Me muevo al asiento que ocupaba la infame mujer,  agarro el libro y  con el puño cerrado le doy un chingadazo a la  fotografía que está en la portada, quiero creer que a la que le sueno la cachetada es a mi ex compañera de viaje. En eso, escucho una voz que me hace  levantar la mirada”.

⎯Buenas tardes, con permiso.

“¡Qué muñecona! Al pasar a ocupar el lugar cerca a la ventanilla, sus rodillas rozan las mías. Se acomoda y mira hacia mí con una sonrisa cachonda.  Yo, abro el libro y parezco concentrado en su lectura… y faltan dos horas para llegar a Colima”.

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