La selva. Autor: Adrián Ortega Iturriaga

Es un domingo de Junio cuando parten con rumbo a la selva.

Ella mayor de treinta.

Él menor de treinta.

Los neumáticos avanzan planchando las piedritas sueltas del pavimento. Trituran las hojas secas sin miran atrás a contemplar sus diminutos crímenes. Devoran el horizonte. A los añicos de hoja se les impregna una esencia de risas.

Tienen como misión documentar a una gente lejana. La ciencia paga más por investigar sitios ajenos que por los colindantes a la misma academia. “Mientras más extraño, más novedoso, más interesante, más importante” dicen. La verdadera razón es una cuestión de conveniencia, ocultar los problemas cercanos y curar los lejanos, porque los lejanos no son ocasionados por ellos, o lo son en menor grado. El disfraz de héroes sienta mejor, y, aunque hipócrita, funciona como una especie de redención. Los astrónomos lo viven de lo lindo.

Ella: bióloga de estudio. Fotógrafa de profesión.

Él: estudiante.

El arte se paga aún menos que la ciencia. Combinarlos es casi una locura. Por eso deben de ir lejos, muy lejos. O eso creen.

La selva está lejos.

El viento entra por las ventanillas del auto golpeando con fuerza los oídos. La música es indistinguible. Bien podría sonar un rock o un jazz o un blues. No se escucha más que el viento. Los cabellos revolotean arrítmicos al igual que las hojas de los árboles que en segundos quedan atrás. Ella conduce. Empujando a la camioneta con el pie a fondo en el acelerador. El motor rugiendo a tope. Incluso las nubes parecen moverse rápidamente. Los nervios experimentados por llegar a tan desconocido lugar se escurren por la palanca de velocidades, la cual, aunque inconforme, ha llegado ya a su límite.

Él mira el paisaje con los ojos apenas abiertos, acuchillados por un viento frío. Mira unos árboles borrosos y unos maíces amorfos que no distingue realmente como maíces, pero Ella le especifica su naturaleza.

-Son maíces –dice.

Los lentes aguardan sentados en sus muslos. Inhala profundamente y siente la humedad entrarle hasta los pulmones. Cierra la ventana.

-Va a llover –dice Él.

En seguida una gota golpea el parabrisas.

Llueve.

Una intensa neblina los rodea. Sumadas las explosiones de agua, el camino queda indistinguible. Aminoran la marcha hasta casi andar conforme al viento. La noche comienza a caer y no han probado bocado en todo el día. Un hotel de paso a luces fluorescentes rosas aparece como sacado de un sombrero, atrayéndolos cual bicharracos hambrientos.

El hotelero es un hombre joven de bigote delgado y escaso y piel morena. Su voz, sin embargo, parece haber vivido mucho más tiempo.

-¡Bienvenidos! ¿Forasteros, eh? Rara vez se dejan aparecer cabelleras claras por estos rumbos. Créanme, aquí no pasarán desapercibidos. Por supuesto no tienen de qué preocuparse, no encontrarán lugar mejor. Contamos con agua caliente. También, si gustan, podemos prepararles unos sándwiches. ¿Qué dicen?

La llave inscrita con el número 17 es dorada como todas las demás.

Tras la puerta que da al baño Ella se desviste. Las llaves de la regadera silban. El agua caliente brota.

Al otro lado unas manos construyen un catre improvisado con almohadas y cobijas. La mente, embriagada por un húmedo calor, fabrica unas imágenes arrebatadoras. Cerrando los ojos puede atravesar los muros y ver unas manos de jabón deslizándose por un cuerpo de mujer, los cabellos escurridos como cascadas sobre unos pechos cubiertos por nubes esponjadas de azúcar, la piel sonrosada por cada gota ardiente que recorre su cuerpo.

Sacude la cabeza en un intento fallido por limpiar su imaginación. Cuando le toque su turno de bañarse, ¿lo pensará Ella de la misma forma?, se pregunta.

Seguro que no.

Llaman a la puerta.

-Buenas noches, he traído la cena.

Envuelta en una bata seca de algodón se recuesta en la cama. Junto a Ella aguarda una cena láctica. Entre pan y pan un confeti de diversos quesos.

Él toma su ducha.

Ella enciende el televisor. Intenta apaciguar su promiscua imaginación. Cerrando los ojos puede atravesar los muros y ver unas manos de jabón deslizándose por un cuerpo de hombre. Con la lengua degusta los diferentes quesos como si fueran los sabores de aquella tierna piel.

Sacude la cabeza.

Momentos antes, cuando Ella había tomado su ducha ¿La había imaginado Él de la misma forma?, se pregunta.

Seguro que no.

Se queda dormida.

Sueña con un hombre de queso. Un hombre joven. Un hombre joven de queso con el que hace el amor y luego devora. Miembro por miembro borra la evidencia.

El teléfono suena a las seis en punto como lo han solicitado. Les espera otro largo día de horizontes de asfalto. El sol se guarda todavía. La lluvia ha quedado condensada en una espesa neblina. Al parecer podrán huir de aquél sitio sin problemas.

-Buenos días –los saluda el joven hotelero-. ¿Durmieron bien? Les hice preparar unos huevos con queso para el camino. En este pueblo hay mucho queso, ya lo verán. Las montañas carecen de árboles. Las montañas están cubiertas por vacas. Son blancas y son negras. Por cada hombre hay una centena de vacas.

El comentario evoca el sueño. Lo recuerda: el queso. Se sonroja.

Habla el hombre cuando los viajeros atisban una ventana que han confundido por cuadro. Dentro del marco una montaña se disfraza de vaca. Las montañas bicolor existen tal cual las describe el campesino. Fotografían el lugar.

-¿Para qué quieren las fotografías? –indaga el hotelero.

-Para recordar. El pueblo de queso. Las montañas de vaca. El amistoso hotelero –mienten. No dicen que es por un trabajo. Por dinero. No lo dicen. Callan.

-Pensaba que teníamos memoria para eso.

-Cierto, pero hay personas con mala memoria. Nosotros fotografiamos. Otros pueden darse el lujo de hacer quesos –continúan la mentira.

-Y, ¿por qué vienen tan lejos a recordar?

-Venimos a conocer para luego tener algo que recordar –consuman el engaño.

Al día siguiente, el hotelero viajará a la ciudad a conocer. No tomará fotografías. Regresará a su pueblo de quesos a cuidar de su hotel.

Es hombre de buena memoria.

La carretera es un mercado, un túnel de vendedores de queso. Todos apiñados a las orillas con sus canastas rebosantes de lácteos. El sol parece obstinado en permanecer oculto. Las colinas de vaca los rodean. Un murmullo rumiante resuena.

-Nunca había olido a tantas vacas juntas, tanto excremento de tantas vacas, tanta leche –dice Él.

Ella sonríe.

Comienzan a estar lejos.

Los jóvenes citadinos crecen cada vez más ajenos al exterior. Sentados todo el tiempo frente a pantallas cibernéticas, navegando en sus sillones entre paisajes artificiales creados para satisfacer las curiosidades del ojo a lo desconocido, reprimiendo a los demás sentidos;  narices abandonadas, lenguas menospreciadas, orejas y manos oxidadas. Las vacas pululan en los supermercados ilustradas en empaques de mantequilla y queso, en cartones de leche y nada más. Ninguna vaca transita las calles. La fauna urbana puede reducirse a palomas, lagartijas, hormigas y cucarachas. Si el campo se presenta como un lugar ignoto, la selva habrá de ser un mundo totalmente nuevo.

Pasan la última montaña blanca y negra y se sumergen en un bosque de abundante dosel.

Encienden las luces y la calefacción, apenas unos delgados rayos solares consiguen abrirse paso por el manto de clorofila. Los altos troncos se esconden bajo unas túnicas negras.

Abies religiosa, son oyameles, una especie de abeto. Antes coexistían dentro de la ciudad, luego fueron desplazados a la periferia, ahora hay que venir hasta acá para encontrarlos. El uso más común que se les daba era como árboles de navidad, seguro alguna vez tuviste uno en tu casa.

Cuando era chico sus padres preferían comprar árboles naturales para la navidad, después, cuando el precio se fue a las cimas y conseguir uno era opción sólo para los ricos, optaron por comprar uno sintético y reusarlo. Incluso la imitación en plástico era similar.

-¡Mira! –grita Ella.

Un venado pequeñito y de orejas verticales cruza rápidamente frente a ellos. Para el momento en que se pone los anteojos, el animal ha sido ya engullido por la profunda cobertura de hojas.

-¿Qué era?

-¿No viste? ¡Un venado!

-Vi una mancha, si la mancha era un venado, entonces sí, sí lo vi. ¡Vi un venado!

Ríen.

Estacionan frente a una cabaña de una madera clara. Cae la noche. La recepcionista, con sus cortas y regordetas manos, juega con un lapicero al que hace girar como rehilete. Entra Ella. Él se encarga del equipaje.

-Deme su peor habitación, en la que abunden goteras y el suelo se encharque, la más vieja y crujiente, en donde habiten arañas y escarabajos. Y que cuente con una cama y nada más.

La mujer sentada suelta una risilla estridente y toma una llave al azar.

-Acaba de hacer una descripción de cualquiera de nuestras habitaciones –dice al momento en que le entrega la llave–. Tal vez vayan a necesitar esto –agrega tendiéndole una manta descolorida.

La puerta es de una arrugada madera tan hinchada por años de humedad que entorpece el acceso al cuarto. Aun así cede, se abre tras un empujón que arroja una polvareda rancia que les golpea las caras. Hay una cama y nada más. Una cama estrecha y una frazada y un cojín. La alfombra está empapada, y como caminar sobre una esponja, a cada paso vomita un agua añeja que enseguida vuelve a deglutir.

-Creo que necesitaremos otra habitación –dice Él.

-No hay presupuesto para más –miente Ella.

-Puedo dormir en la camioneta –sugiere Él.

-No –sentencia Ella-. Dormiremos aquí. Podemos compartir la cama.

Hay una cama y un baño. El baño, aunque carece de puerta, se oculta en un pequeño laberinto de cortos muros trazado tiempo atrás por algún ocioso arquitecto. Perdida en la obscuridad, Ella cambia sus ropas por las de dormir. Él mira el techo recostado en la reducida cama mordiéndose unas largas uñas, y aunque cubierto por un par de pesados cobertores tirita de frío, de nervios. El cuerpo desnudo está ahí otra vez. Tiembla.

Los dos cuerpos caben exactos mientras no haya movimiento alguno, ésa, sin embargo, no es la situación, o lo es sólo a medias. Él cumple, petrificado como roca de hielo, despierto aún, sin quitar la vista del techo, aterrado por el roce de sus cuerpos. Ella, más parece una gimnasta, boca arriba, boca abajo, de lado, piernas encogidas, alargadas. Parece no preocuparle la presencia de Él. Lo cierto es que sólo cierra los ojos, realmente disfruta la fricción, finge que duerme. Se mueve otra vez.

Súbitamente, en medio de la noche, Ella le pide que la abrace.

-Abrázame, tengo frío –dice.

Las barreras parecen desmoronarse. Él obedece.

Y sólo así, con Ella entre sus brazos, logra conciliar el sueño.

La camioneta ruge por tercera ocasión. Cruzan el inmóvil ejército de árboles rebasando uno por uno a los iguales soldados de sombreros verdes. Suben por una montaña que parece esconderse entre las nubes y descienden cuidando de no impactarse con las camufladas aves blancas que se lanzan colina abajo a toda velocidad. Llegan a un río de agua cristalina que se extiende sin fin, y avanzan por la línea divisoria que arroja el agua a la derecha y a la izquierda y deja el camino libre hacia el frente. La temperatura ha subido hasta escurrirse por el cuero cabelludo empapándoles las ropas, además, el viento levanta unas partículas de agua, pequeñas, pero suficientes para mojar los rostros al entrar al auto. El agua les refresca.

Aparece a lo lejos. Él mira fascinado a los enormes pájaros de largos picos amarillos que planean tan cerca que siente que si saca una mano recibirá un picotazo, levitan con las alas extendidas en el aire denso, luego las juntan al cuerpo y se dejan caer al agua y salen deglutiendo un infortunado pescado que tragan de un solo bocado. Así lo hacen todas. Comparten el lago como una mesa recién servida. Respetan la presa en la que cada quien pone sus diminutos ojos. Es una de aquellas aves primitivas que se va volando lejos la que le conduce la vista a una creciente muralla verde. Se asombra. Han llegado.

-¡La selva! –grita.

El ecosistema rebasa toda imaginación, fotografías de libros y de ciberespacios. Huele a vainilla y a canela y a café. Las hojas del sotobosque parecen cultivadas por gigantes. El suelo es suave y acolchado. De pronto, los changos sueltan unos aullidos como de lobos que ponen a los desacostumbrados vellos erizados cuales pelos de gato, y las mariposas, asustadas también, se desprenden de los árboles como hojas sueltas de colores que vuelan mostrando su verdadera identidad.

Avanzan sin mapa alguno, conducidos por un camino serpentino en el que no queda más que depositar confianza plena. Siguen porque no hay marcha atrás, volver significa renunciar, voltear las caras a un sueño reforzado metro tras metro, noches tras noche, aceptar una debilidad que no están dispuestos a experimentar. No hay opción. La gente aguarda al frente. La cámara en el asiento trasero. Las fotografías en un insoportable limbo en espera de un anzuelo que las baje a la realidad.

Llega nuevamente la noche y el pie en el acelerador tan sólo cambia de sexo y de tamaño. Ella se desmorona tan sólo deja el volante rendida por un exceso físico. Él no está dispuesto a pegar el ojo.

Y entonces aparece: el pueblo. No es repentino, más bien suave, tranquilo. Tan lento cambia el escenario que es difícil caer en la cuenta de que en realidad cambia, es una homogeneidad que se disuelve paulatinamente. Quizás influye el cansancio de días de viaje. Los sentidos pueden no responderle adecuadamente por la noche. ¿Cavila y conduce distraídamente?

Aparecen las casas de cantera y los faroles antiguos de luces amarillas, los perros vagabundos acechadores de gatos distraídos, la farmacia y el barbero y la lavandería. El hotel. Aparece el pueblo dormido bajo una luna casi llena.

Despierta en un cuarto pequeño pero acogedor, decorado con cuadros de algún pintor local. Reconoce la plaza central y el estilo de las edificaciones  con el que todo el pueblo vestía en la noche, por supuesto de día es diferente, más detallado, la cantera es rosada, está atestado de vendedores ambulantes. No hay nadie más en la habitación. Ella lo habrá dejado dormir. Se viste rápidamente y sale. El día está en su cenit, el ruido lo enmarca, le da vida, automóviles, pasos de gente presurosa y calmada y de niños jugando, voces, risas, intercambios comerciales. Sonidos, no obstante, para él comunes: humanos.

Hay un pequeño restauran antes de salir del hotel, o después de entrar, según sea el caso. Ahí está Ella, desayunando. Él se sienta.

-El mediodía es lo peor para la fotografía, pero lo mejor para comer y descansar.

Algo está mal, si no mal, algo no encaja. No es el hecho de que Ella esté allí tomando el desayuno, pero la forma en la que lo hace, tranquila, con naturalidad, como lo haría en cualquier otra parte. El café lo sorbe idénticamente que cualquier café, y el mango lo ingiere sin mayor preocupación. La frase. ¿Es la frase que se esperaría de alguien que ha llegado a un sitio enteramente nuevo y maravilloso? ¿Comer y descansar? Tampoco es la decoración del hotel ni la comida, sino la existencia misma del hotel ¿Por qué hay un hotel en un sitio tan lejano? ¿Recibe clientes frecuentemente? ¿Quién visita ese lugar? Cuando entró al pueblo no experimentó sorpresa alguna, ¿Por qué? ¿De dónde viene ese sentimiento de familiaridad, de sentirse como en casa?

La iglesia está que desborda impuntuales. Si los perros fueran admitidos hasta ellos intentarían entrar a escuchar, sentados en sus tres patas mientras con la restante se persignarían. Él está de pie camuflado entre los lugareños y de pronto le abofetea. ¿El aire? La respuesta: La gente. Es la gente, su uniformidad. Todos, sentados, escuchan, miran al frente y asienten cuando deben hacerlo. Lo hacen de la misma forma, como las aves blancas cuando se alimentaban en el lago, como las vacas devoradoras de pasto. Ninguno se levanta. Nadie baila. No hay gritos. Ahora se hincan ¿Por qué se ven tan diferentes entonces? Son las máscaras: independientes, únicas, extrañas, hermosas, maravillosas. Pero adentro, en el fondo de aquellos disfraces, bajo la mentirosa epidermis, ¿no son todos idénticos? Sí, uno y todos. Los idénticos cerebros se levantan. ¿La lejanía es un artificio? Los kilómetros, la gente lejana, el mundo nuevo. ¿En dónde quedó todo eso? “La gente está lejos de ser lejana” piensa.

Y si todos allí son tan semejantes, ¿no lo es Él también? ¿Y Ella y toda la ciudad? ¿No lo son todos?

-Las fotografías plasman el exterior, la superficie, la única capa que nos hace únicos, diferenciables –dice al oído de Ella. –Por eso estamos aquí. Para documentar esa única parte ajena, extraña. Porque cuando los vean en la ciudad, les sentirán lejanos y maravillosos. Les verán las caras y les inventarán historias. Se divertirán jugando con ellos. La gente paga por divertirse. Y eso, eso al final es lo que veníamos buscando.

Él toma la cámara y captura su primera fotografía. El pueblo entero ya nunca escapará de sus redes, de su cámara de pescar.

-Ahora reza porque eso suceda. –dice Ella satisfecha.

Y en la iglesia, rezan.

Al parecer el trabajo terminará antes de lo pensado. Hay escasez de gente, de fotografías.

-La gente huye del pueblo. Todos sueñan con ir a la ciudad. Yo también quiero ir a la ciudad –dice una joven. Es la séptima que dice las mismas palabras.

Aprovechan el día retratando a cuanto se pone enfrente. Los siete jóvenes, el boticario, el sacerdote, las maestras, el vendedor de algodones de azúcar, el lustrador de zapatos, el carnicero, las amas de casa, los niños, los viejos amantes del periódico. Van y vienen andando por el pueblo, sin dirección, esperando encontrar caras nuevas, atrapando los reflejos de las máscaras como cazadores de mariposas, cazadores de luz, de colores.

El sol empieza a perder brillantez, a fermentarse. En la taberna están los que faltan de ser enmarcados. El tabernero y su rebaño de borrachos, la prostituta que espera sentada con las piernas cruzadas la mejor oferta.

Justo en el medio de la plaza central del pueblo hay una torre de agua. Las escaleras parecen subir al cielo. No suben al cielo, suben a una puerta, la que da al agua.

-Ven, vamos a fotografiar al pueblo desde arriba –dice Ella iniciando el trayecto vertical.

¿Las casas? ¿Las luces? El pueblo ronca en silencio. La sugerencia es evidente.

Él la sigue.

Ella está arriba cuando Él termina de escalar el último peldaño. Ella está desnuda. La luna también. Las dos son blancas. Se iluminan mutuamente. El cuerpo es mejor de lo que había imaginado. Es incapaz de formular un cuerpo perfecto, pero el que está al frente es mejor que el de sus fantasías. No sabe qué hacer. Ella está de pie, recargada contra el frío barandal que rodea la torre. Inmutable. Lo mira. Al fin Él se decide, se quita los zapatos, se desnuda también. No se siente muy cómodo. Cualquiera podría echar un vistazo y verlo. El pueblo queda abajo. El suelo rasposo se le clava en los pies. El viento lo empuja suavemente hacia Ella. Tiembla. Se acerca. Ella le extiende una mano. Él la recibe. La mano aferra la mano extraña en su cintura. Los cuerpos ya están juntos. Los labios se enganchan como bocas de peces. No se sueltan. No respiran. Se besan prolongadamente.

La luna parece esconderse de pronto. Tapa sus ojos con un velo de nubes translucidas. Se asoma. Se esconde. Juega. La pareja ya no se recarga en el barandal. Ahora se recuestan sobre la filosa superficie. Ella está arriba. Sus rodillas sangran. Se despellejan al moverse. No se detienen. Sangran. Ella gime.

Una fiesta de luces blancas inunda la noche. La torre se ilumina, las luces giran. La torre parece un faro. Gritan. Luego se apaga.

Duermen.

Las primeras luces solares impactan lo alto de la torre. El pueblo ronca. Falta poco para su despertar. Él se viste. Ella se viste. Descienden seguidos por unas luces que maduran. El pueblo despierta cuando el sol está ya casi dorado. Se refugian en el hotel, en su cuarto. Las maletas aguardan junto a la puerta, cerradas. El espejo cobrizo refleja sus rostros, sus cabellos enmarañados y sus ropas bañadas por el rocío de la mañana. No avanzan. El cuarto está limpio. Toman las maletas. La puerta se cierra.

Otra vez las aves blancas, el bosque, las montañas de vaca.

La ciudad.

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