La sangre y la huida. Autor: Andrea Amosson

A Terésè

VICENTE ME DIJO que no me ponga los zapatos hasta que llegue a la estación. Que si llego con zapatos sucios van a sospechar. Que en primera clase iré tranquila. Y que tire el hábito a la basura. Si no, van a sospechar. Estoy cansada y está tan oscuro, casi no veo nada. Sólo las sombras de los árboles bajo la Luna. Ya me duelen los pies. Caminar sin zapatos, como las monjas, pero sobre roca, ramas, lodo. Me falta tanto. Vicente dijo que al cabo de una hora llegaré. Seguro. Y al otro lado estaré bien, sí, porque allá la vida es diferente y las mujeres hacen lo que quieren. Viven su vida, nadie las vigila. Y nadie las declara locas. Y no renuncian. ¡A nada! Ni a sus hijas. Ni a su libertad. Aunque yo no me perdonaría si mi hija creciera bastarda. Lloró tanto. Yo aguanté las lágrimas. “Mamá no está loca, sólo se va por un tiempo” le repetí cuando fueron a buscarme, mientras el bulto de mi marido la sujetaba firme para que no corriera donde mí. Era lo mejor. Si no me iba, el bulto me repudiaría y la declararía bastarda. Y no puede crecer sin apellido. No. Aquí no se puede, por eso la entregué, me entregué, porque este país es tan minúsculo que ella debe conservar el apellido para crecer segura, casarse bien y que no le falte nada.  Me siguen sangrando los pies, qué dolor, claro, sin zapatos. Oí al “bulto” decirle que yo estaba muy enferma, que debía ir al hospital…

El riachuelo… deben faltar unos cuarenta minutos.

Seguir caminando. Le rogué al “bulto” que me la llevara al convento, que me visitara, pero no quiso. Tampoco me dejó escribirle. Me metieron en una celda de paredes sin ventanas, sólo el espacio para la cama y el fogón para el invierno, la puerta de rejas, sin privacidad. Pero no me importó porque pude escribirle a mi hija, en secreto, con el papel, tinta y pluma que me trajo mi amiga la novicia, luego de mucho rogarle. Del otro lado le enviaré todas estas cartas, mi hija estará feliz. Verá que su madre no está enferma como le dijeron y que pronto volverá por ella. Ahora a seguir caminando. Olvidar el dolor en el tobillo. La mirada oscura del “bulto” gritándome que la niña ya me olvidó. La sangre, me sangran los talones.

El molino de agua… deben faltar unos veinte minutos, nada más.

Seguir caminando. En la última visita el “bulto” me encontró alegre. Era por las cartas que le escribo a mi hija, pero no quise decirle. “¿¡Qué has estado haciendo!?” me gritó indignado. “Nada” le respondí, “no ves que aquí no hay nada, ni libros ni nada”. Pero él pensó que era por Vicente y volvió a enloquecer, igual que cuando encontró mis cuadernos escondidos en el baúl de los juguetes y a pesar de que peleé por quitárselos, no pude. Se encerró en el estudio y escuché cómo arrancaba las páginas y creo que las tiraba a la chimenea. Salió del estudio sin mirarme, cerró la puerta otra vez con llave. Se acababa de enterar de mi escritura y de Vicente y enseguida planeó mi destierro. A la mañana siguiente me llevaron al convento. Seguir caminando. Después de la visita del “bulto” me prohibieron hablar con nadie. A mi amiga la novicia la expulsaron y ninguna monja me hablaba. Sólo las otras locas, las que sí lo están, venían a mí, a peinarme, a cantarme, a tratar de que jugara con ellas. Entonces reapareció Vicente, cuando ya no lo esperaba, cuando ya me había secado de tanto llorar. Después de meses sin saber de él, allí estaba. No hagas caso a la sangre, claro que debe doler…

El cruce del sendero… debe faltar poco. Diez minutos. Seguir caminando.

Mi Vicente. No lo reconocí vestido de sacerdote. “Tenemos poco tiempo”, me dijo, lo encontré serio. “Póntelo”; dijo mientras me entregaba un paquete. Había un traje de vestir y un hábito de monja en el paquete. Me puse el traje y luego el hábito, uno encima del otro, frente a Vicente. No quitó la vista. Me miró todo el tiempo. Luego me pidió que lo siguiera, la cabeza gacha. Así lo hice. Avanzamos por el corredor central, las ventanas daban al patio interior. Allí estaban las monjas trabajando en la huerta. Luego hacia la capilla vacía a esa hora del día; y de la capilla, a la calle. No lo podía creer. ¡Era libre, al fin! Afuera había una carreta con heno. Subimos y Vicente partió rápido. Quise decirle tantas cosas, pero no pude. Estaba muda. Traté de agradecerle, pero sólo lo observé, iba concentrado dirigiendo el caballo. Hasta que paramos a la entrada de este camino, que yo ya conocía porque aquí nos reuníamos antes. Nos bajamos y me dijo que me fuera derecho, por una hora, sin salirme del camino, que pasado el cruce estaría muy cerca de la estación y el tren a Buenos Aires estaría a punto de salir. Me dio un par de zapatos y un boleto de primera clase. Me dijo que no hablara con nadie. Que no mirara a nadie. “Aunque ellos te miren, Teresita”, me dijo sonriendo, un poco triste. Le pedí que se fuera conmigo. “No puedo”, respondió. Le pedí que cuide de mi hija. “No puedo”, repitió. Entonces le di la espalda, esta vez para siempre. Empecé a caminar y lloré, creo que por mi hija. La pena se me fue a los talones y sangraron. Seguir caminando. Ya debo estar cerca. Ya…

¡Sí!, ¡la estación!

VICENTE

No tuve tiempo de explicarle nada. De todos modos no lo hubiera comprendido. Ya la habían declarado insana. No había nada más que hacer. Fue difícil acercarme al convento. Me tenían vigilado. A la puerta de mi casa, siempre un carruaje con dos hombres, a la mañana, a la noche, inamovibles. Estuve algunos meses planeando la huida. Lo más difícil fue conseguir el hábito. Pero ella no lo entenderá, no sabrá lo que significa ayudarle a escapar. Todo lo que yo arriesgo, lo que yo puedo perder. ¡Que es mucho! Me molesta aún la mirada que me dio, como implicando que yo era un cobarde. ¡Cobarde!, ¿yo?

Héroe sería mejor. Pero no hay cómo hacerla entender. En realidad ya perdió la chaveta. Desde el día en que decidió escribir, el mismísimo minuto en que agarró la pluma y se puso a garabatear. Traté de detenerla. “Esto no es oficio de damas, Teresita”, le dije. Me miró furiosa, me arrojó el tintero y se mantuvo en el silencio más gélido que he percibido. “¡Imbécil!” me dije a mí mismo…Creo que nunca la entendí. Una mujer con todo lo que las mujeres siempre han querido tener. Un esposo acaudalado, belleza, educación, una buena casa, un futuro asegurado. Pero no, esta mujer era líquida, se diluía entre la poesía propia y la de otros. Se extraviaba en las páginas de ese diario que no mostraba a nadie, ni siquiera a mí, con todo el amor que decía sentir.

Debería estar agradecida…

TERESA

¡Sí, es la estación de trenes! Mi Vicente no me defraudó. Sé que siempre estuvo organizando mi escape. Lo sé, por eso no le dije nada. Yo sé cuánto él me ama. Aunque nunca me lo confesó. Pobre, se ponía rojo cada vez que yo le miraba. Mi pobre Vicente y sus escritos maravillosos. Me hubiera gustado estar con él, que nos fuéramos juntos, cruzáramos las montañas de la mano. “¿Sus boletos?” diría el inspector. Y él abriría su maletín y entregaría dos brillantes y blanquísimos pasajes a Buenos Aires. Entonces le apretaría aún más el brazo, para sentirme viva y protegida y querida y… ¡Un momento!

¿Cuánto tiempo estuve en el convento? No recuerdo, cada día es igual al otro, excepto por el frío y el calor… ¿Cuántos fríos pasé? ¿Cuántos calores? ¿Habrán sido tres? ¡Tres! ¡Tres años! O sea que mi hija ya tiene cinco años…y yo veinticuatro. ¡Un momento! ¿Qué tengo que agradecer a Vicente? ¿Qué viniera al cabo de tres años? ¡Y que ni siquiera me acompañara hasta la estación de trenes! Que me dejara cruzar el descampado sola y sin zapatos. Que no pensara en la sangre de los tobillos, ni toda la sangre estancada que llevo dentro. Ni todas las lágrimas podridas, todo lo que lloré por mi niña y por él. ¡Por él! Porque esa tarde no fue capaz de enfrentarse al “bulto”. Bajó la mirada. Guardó silencio. Se encogió de hombros. Se hizo cómplice para salvarse él y su maldita escritura. Tanto más fácil condenar a la despistada, a la que tararea por la casa, la que borronea en papeles sueltos. ¡Cuánto más fácil!

¿A quién ayudas, Vicente? Porque a mí, no. Lo más seguro es que te ayudas a ti mismo. Soy un obstáculo ahora para ti y tu carrera literaria. Claro… ¿qué otra razón? El “bulto” me manda al convento y tú me mandas a Argentina…La mejor solución.  Tanto te incomoda una loca reclusa con los dedos manchados con tinta. Tanto te molesta esta mujer que sólo quiere escribir poesía…

Esa soy yo. Pero no un paquete que se manda a un convento, a otro país… Una mujer. ¡Buenos Aires mis cuernos! Yo me vuelvo. Pero no al convento, no. Yo me voy a buscar a mi hija. Me la llevaré al norte. Yo sé que allá no hay ley.

VICENTE

Recibí un telegrama de que nunca llegó. Tal vez murió en el camino. No tengo ahora cómo saber. Tal vez debí haberla acompañado, ¿era tan arriesgado llevarla en la carreta, hasta la estación? Pero si alguien me veía… Hubiera sido mi fin…no, nadie es más valioso que mi carrera de escritor. Es posible que se haya equivocado de tren, o haberse bajado antes. No haber esperado hasta Buenos Aires. Teresa siempre fue impredecible. Nunca sabías lo que iba a hacer. Y eso era parte de su encanto. ¡Ay, Teresa! ¿Y ahora dónde estás? ¿Te habrás muerto en el camino? No quiero pensar que se haya tirado a las vías. Mi Teresa, tan dada a las grandes novelas románticas. Las heroínas siempre mueren, me reclamabas. Tienes razón. O mueren o se vuelven locas. O terminan en un convento.

Teresa, ¿dónde estás? No te atrevas a volver, ahora que todo el mundo me mira con desconfianza. Todos piensan que tuve que ver con tu partida. El editor ha parado el manuscrito hasta que “las aguas se calmen”, así me dijo mientras apuntaba tu fotografía en el periódico local, reportándote perdida. ¿Cómo has logrado aparecer en el diario, Teresita? Si lo que más deseaba tu familia era enterrarte en vida…

TERESA

Con cuidado y en silencio. En punta de pies. Los perros me conocen y no ladrarán. Me iré por detrás, a la entrada de los criados. Si alguien me puede ayudar, es Rosaura. Siempre la noté poco inteligente. Avanzando en punta de pies. Es mi casa, la conozco bien. Esta es la ventana de Rosaura.

Le golpeo suave el vidrio. Escucho ruidos adentro. Alguien se asoma por la ventana. ¡Es Rosaura!

–¡Señora! ¡Está viva!, lo sabía, ¡vi su foto en el diario!

–Claro que estoy viva, Rosaura, pero baja la voz…

–Nos habían dicho que usted murió, sabe, hace tres años… –y se persigna.

–No, estoy más viva que nunca. Necesito pedirte un favor, no hay mucho tiempo. Ayúdame a ver a mi hija. Nada más, es lo único que te pido, luego me iré para no volver. No le diré a nadie que me ayudaste.

–Está bien, venga. Pero no haga ruido –dice con duda.

Rosaura abre la puerta y yo la sigo. Subimos la escalera con cuidado. El rechinar de la madera me eriza la piel.

–El Señor no está, quédese tranquila. Ha ido a Santiago, a buscarla. Él piensa que usted se arrancó para allá… –dice Rosaura.

Ahí está la puerta de mi hija. Abro despacio. Mi niña está más larga, casi ocupa toda la cama. Duerme plácida. En el velador, una foto mía, con una cinta negra. Ella también cree que he muerto. Me siento a sus pies, la observo y la escucho respirar. Suave y en compás. La piel blanquísima, perfecta, el cabello rizado, color miel. Y esas pestañas que ha sacado de su abuela. Mi nena duerme y no puedo despertarla. Le doy a beber las gotas que me daban en el convento, las que me ponían borracha y no despertaba en días…Apenas abre la boca, se traga las gotas…

VICENTE

La busqué camino de la estación. Recorrí a pie lo mismo que ella debió avanzar. Había muchas piedras filudas y ramas de árboles bloqueando la ruta. Teresa. Teresa. No sé ahora por qué no te acompañé. Supongo que sí soy cobarde. Algunas ramas le rasgaron el hábito, había trozos de tela colgando de ellas. Y algunas manchas rojas, cerca de allí. ¿Sangre? Prefiero pensar que no…

Cerca de la estación, encontré tu hábito, roto. ¿Te lo quitaste tú o alguien te forzó? Teresa. Teresa. Debí haberte acompañado…

TERESA ESCRITA

Aquella noche Rosaura me ofreció los pocos ahorros que tenía. No los acepté, pero le agradecí su buen corazón. En cambio, tomé todas mis joyas. Con el “bulto” en Santiago, tuve tiempo de sobra para tomar un baño, comer y cambiarme de ropa. Rosaura me ayudó a vendarme los tobillos y ponerme los botines. El sombrero con un velo sobre el rostro era ideal. Rosaura se consiguió con su familia una carreta que me llevara a la estación de trenes. Salimos de casa al amanecer, mi niña en su antiguo cochecito, casi no cabía, durmiendo por las gotas del convento. Nadie me reconoció, incluso a la luz del día. A fin de cuentas, buscaban a una loca descalza, vistiendo hábito de monja, que antes habían dado por muerta.

Compré los boletos para abordar el tren que me llevaría al ferrocarril Longitudinal Norte, el famoso Longino; y el Longino me llevaría a Iquique. Pagué con un anillo de rubí, el boletero lo aceptó porque le pagué a él con uno de esmeraldas. Dos boletos en primera clase. El inspector me ayudó a subir el cochecito y mi baúl. Por el pasillo del vagón avancé con cuidado para que mi niña no se despertara. Fui saludando a los pasajeros con una sonrisa y un movimiento de cabeza. No había mucha gente. Cuando alguien me habló, respondí en inglés, una de mis cuatro lenguas. Creyéndome extranjera, me dejaron tranquila.

No permití que mi niña despertara, cuando la veía despabilarse, le daba un par de gotas más. La gente pensó pronto que la niña estaba enferma, así es que guardaron todavía más distancia. Al llegar a Santiago cambiamos de tren. Abordamos el Longino. Los rostros eran diferentes, había muchos extranjeros de habla inglesa. Entonces yo cambié al francés, así me aseguré un viaje discreto.

El recorrido duraba tres días. Al cabo del segundo, comenzamos a cruzar el espacio más seco y caliente que había visto en mi vida. Era el desierto de Atacama. Kilómetros y kilómetros de nada. Fue la porción más desesperante del viaje, incluso peor que la reclusión en el convento o la caminata sin zapatos hacia el tren a Buenos Aires.

Al final del tercer día llegamos a la ciudad. Era todo polvo y arena. Pero tenía una calle amplia con casas de tablón. Iquique. Sonaba melódico. Sería nuestro hogar.

Me conseguí ayuda en la estación para acarrear mi baúl, mi hija en su cochecito, ya estaba pálida y yo muy preocupada porque había dormido todo el viaje, apenas había bebido algo de leche caliente que le daba en una botella cuando no estaba ni despierta ni aturdida. El ayudante me habló de la casa de huéspedes. Dijo que era respetable, para “señoras bien, como usted” agregó. Le pedí que me llevara. La casa quedaba en la calle Balmaceda, estaba pintada de color verde claro, tenía dos pisos y un balcón. Golpeé y abrió la puerta una mujer morena, hermosa, de piel moteada. Me saludó en inglés, le respondí en alemán. Así me aseguré de mantenerla lejos de nosotras. Cuando le mostré el collar de oro blanco y diamantes, cogió el cochecito de mi hija y me guió al dormitorio al fondo de la casa. Era amplio, de ventanas altas, con cortinajes de terciopelo, la madera brillante; dos habitaciones, la primera con una sala de estar, muebles tapizados en azul, una mesa réplica de Luis XVI. La segunda, dos camas, el catre de fierro forjado, las cubiertas bordadas a mano. Un pequeño lavamanos, con su jarra. Una gran ventana con vista al mar.  Me senté agotada, al borde de la cama. Traté de contener una ridícula lágrima.

–¿Está bien, señora? –preguntó la mujer, en español.

–Sí, todo bien. Por favor tráigame fruta –respondí yo, en español también, decidiendo implícitamente que aquella continuaría siendo nuestra lengua.

–¿Para la niña?

–Sí…

–Le traeré algo de leche, también… –agregó.

Aprecié su diligencia. Cerré la puerta y me acerqué al cochecito. Mi hija respiraba largo por el efecto del láudano. La saqué del coche y la puse en la cama. Y me preparé. Para cuando ella comenzara a despertar y viera, sentada a los pies de la cama, el fantasma de su madre muerta.

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