La mano de Dios. Autor: Luis Antonio Beauxis Cónsul

A poco de haber obtenido, con Honores, mi Bachillerato en Salamanca, vino a ocurrírseme la muy peregrina idea de aventurarme en una solitaria excursión por tierras de Galicia hasta Santiago de Compostela. Allí me esperaba cierto pariente materno dispuesto a emplear mis recientemente adquiridos conocimientos.

Mi inveterada pasión por la Botánica me condujo, en primer término, a Los Ancares. Allí me extasié en la reverente contemplación de sus carballos centenarios. Persistía aún en la muda adoración de los majestuosos robles cuando comenzó a nevar. El mes de enero se presentaba con toda su crudeza descarnada. El gélido viento me flagelaba el rostro, hube de apresurarme y reanudar mi camino.

El invierno estaba resultando un obstáculo mucho más serio de lo que, en un primer momento, yo había considerado. Al cabo de caminar, con no pocos esfuerzos, durante toda una jornada me vi en la imperiosa necesidad de desistir de mi intención original: que había sido llegar a Piornedo antes de la caída de la tarde.

Para mi fortuna, tras una bifurcación del sendero de tierra y piedras sueltas que seguía, alcancé a divisar dos columnas de humo que ascendían entrelazadas. No podían sino corresponder a otras tantas casas, frente a las que me di, de manos a boca, apenas rebasado el cerco protector de eucaliptos y coníferas.  Un par de casas y una iglesia ¡he ahí una aldea gallega! ¿Para qué más?

Mis ateridos nudillos se hicieron escuchar en la primera puerta que me vino a la mano. Una anciana robusta, con el colorado rostro enmarcado por un pañuelo negro, me invitó a entrar:

– Pase usted. ¡Debe estar aterido!

– Gracias. ¡Muchas gracias! – exclamé, con toda la vehemencia que mi lengua entumecida me permitía.

Al calor de la estufa de hierro se congregaba el resto de la familia: un anciano magro de carnes, un hombretón de espesas cejas negras, su mujer, dos críos, la vaca y el perro.

Apenas verme, aquella menuda mujer abandonó presurosa su sitial y colocó un plato más sobre la basta mesa a la que se disponían a sentarse.

– ¡Adelante! – me animaron los niños y el viejo.

El hombrón y el perro demostraron cierto recelo; la vaca, apenas indiferencia.

Un agradable calorcillo comenzó a emanar de mi interior, al influjo del suculento caldo de grelos y tocino, acompañado por el consabido pan de centeno. Ya me había amodorrado en mi asiento cuando ocurrió algo que casi interrumpe mi digestión.

– Ya ha comido – dijo el hombre – Ahora, váyase.

Mis ojos se abrieron como dos platos soperos: ¡era imposible que existiera alguien tan inhumano como para echarme al camino, en medio de la noche, y con semejante frío!

– Disculpe a mi hijo – sonrió la anciana – Ha querido decir que no tenemos un lugar para que usted duerma aquí.

Miré a mi alrededor y comprendí que les asistía razón: la casa entera se reducía a aquella única habitación, en la que convivían todos los anteriormente mencionados.

– Me hago cargo – expresé – Pero… ¿dónde puedo ir a estas horas?

– No a la otra casa – replicaron los niños – Allí ocurre lo mismo que en ésta.

– Vaya a la iglesia – aconsejó el viejo – El padre cura no tendrá problema en que pase la noche allá.

Agradecí una vez más y salí a hacer lo que se me indicaba.

La puerta de la iglesia estaba sin cerrojo. El techo bajo, contra el que se acumulaba el humo de los cirios encendidos, cobijaba dos hileras de bancos toscamente tallados. Frente al altar, postrado de hinojos, el sacerdote murmuraba sus oraciones. Elevé la mirada hacia el crucifijo… ¡cuál no habrá sido mi sorpresa al ver ese Cristo! El brazo derecho no estaba clavado al madero, al contrario, pendía libre a lo largo de su cuerpo.

Aunque hice todo lo posible por reprimir una exclamación, aquello fue suficiente para turbar las devociones del sacerdote.

– ¿En qué puedo servirte, hijo mío?

– Padre – hube de confesar, asaz avergonzado por tamaña osadía – En primer lugar, solicito albergue para esta noche. También hay algo que me intriga sobremanera: ¿por qué razón Jesús tiene libre una de sus manos? ¿Es que ha pasado por aquí alguno de esos andaluces que, en sus saetas de Semana Santa, andan pidiendo escaleras para desenclavar al Nazareno?

– No, hijo mío. Nada de eso – sonrió el cura, bonachón – Se trata de una vieja y larga historia. Podría contártela, si no te molesta velar junto conmigo…

– ¡Sería un honor poder hacerlo, padre!

– Te lo agradezco. ¿Has cenado?

– Sí, gracias. Acabo de hacerlo en una de las casas vecinas. Esas buenas gentes me han enviado a usted.

– Han obrado bien, por cierto – aprobó calurosamente – ¿Todavía deseas averiguar por qué motivo nuestro Salvador no está completamente clavado a su cruz? Entonces ven, siéntate a mi lado, y abre tus oídos.

Nos acomodamos sobre uno de los bancos. A la luz vacilante de los cirios, el rostro del sacerdote aparecía macilento. Tras una profunda inspiración, dio inicio a su relato:

“Has de saber, hijo mío, que los feligreses de esta parroquia no se reducen a tan sólo a las familias que habitan esas casas que has visto. En las montañas y bosques aledaños hay cabañas de pastores, agricultores y leñadores para quiénes ésta es la única iglesia en muchas leguas a la redonda. Lo que vas a escuchar se refiere a uno de ellos: cierto leñador que solía tener su morada a media jornada de aquí, ocurrió hace muchos años ya.

Este hombre que te digo había contraído matrimonio, ante este mismo altar, con una doncella que conociera en uno de sus viajes a Piornedo. Vivían felices ambos, en la cabaña que él había construido con sus propias manos, hasta que el demonio de los celos se apoderó del alma de ese desdichado.

Cierta tarde, mientras el párroco barría el pórtico de la iglesia, se le apersonó el leñador de que te hablo.

  • ¡Padre! – imploró – ¡Confesión, por piedad!
  • ¿Qué pecado has cometido, hijo?
  • He calumniado a mi esposa. La he acusado de cometer adulterio mientras me encuentro ausente. Ni sé de de dónde pude haber sacado semejante idea, pues muy bien me doy cuenta de que no es verdad pero, cuando ella obviamente lo negó, me pareció que mentía y la insulté y la maldije…
  • ¿Estás arrepentido?
  • ¡Profundamente!
  • Entonces – sentenció el religioso – yo te absuelvo. Debes demandar el perdón de tu esposa y orar fervientemente para que Dios, en Su infinita sabiduría, aparte de ti los celos y la ira.
  • ¡Gracias, padre! Así lo haré – prometió el penitente.
  • Ve en paz, hijo mío.

Acaba el sacerdote de oficiar la misa dominical, cuando volvió a presentarse ante él el mismo feligrés.

  • Perdóneme, padre. He pecado.
  • ¿Qué ha ocurrido esta vez, hijo mío?
  • Nuevamente estos malditos celos, padre – respondió el otro, visiblemente atormentado – Volví a reñir a mi esposa y, cuando ella intentó defender su buen nombre y honor (que no son otros que los míos) la golpeé… – un sollozó ahogó su voz – ¡como un salvaje la golpeé! ¡El Cielo es testigo de mi arrepentimiento!
  • Siendo así como dices – aceptó el cura – yo te absuelvo. Deberás hacer un buen acto de contrición. Además, es necesario que te haga una advertencia: no persistas con tu iracundia, que a nada bueno puede conducirte. Te digo más aún, acaso llegue un día en que no pueda yo absolverte, por la gravedad de los pecados que te abrumen.

El cuitado se retiró cabizbajo, sin sospechar que aquellas palabras resultarían cuasi proféticas.

Una noche fría y oscura, como la presente, el religioso fue arrancado del sueño por un par de puños aporreando frenéticamente la puerta. Candelero en mano, pudo reconocer al mismo parroquiano de las veces anteriores.

  • ¡Por piedad, confesión!
  • Aguarda, hijo – replicó el somnoliento sacerdote – Estaré contigo apenas me vista.

El pecador aguardó de rodillas, en la iglesia, retorciéndose las manos y con lágrimas en los ojos.

  • ¡Perdóneme, padre! ¡He pecado!
  • ¿Cuál ha sido tu pecado en esta ocasión? – el cura frunció el entrecejo.
  • ¡Uno terrible, padre! ¡Algo que me atormentará mientras viva! Regresé a casa, al anochecer, venía de talar árboles en Ancares. Mi esposa no estaba en la cabaña. Furioso, enloquecido, salí en su búsqueda. Poco demoré en encontrarla; retornaba, según sus palabras, de procurar un poco de leche fresca para mi próximo desayuno. De más está decir que no creí nada de lo que decía. Enceguecido por los celos y la cólera, descargué sobre ella el hacha que todavía traía en la mano… El cántaro de barro se partió, igual que la cabeza de la desdichada, su sangre y la leche se mezclaron ¡ambas manchan aún mis manos! ¡La he matado! ¡La he matado!
  • No puedo absolverte ya, hijo mío – musitó el párroco – Te previne al respecto ¿lo recuerdas?
  • ¡Misericordia! – suplicaba el homicida, arrastrándose por el suelo de la iglesia.
  • ¡Es imposible! No insistas.
  • ¿No será que estás demandándole la absolución a alguien que no está en condiciones de proporcionártela? – terció una voz profunda.

La nave entera se iluminó con una claridad más potente que la del mediodía, sus rayos emanaban del crucifijo.

  • Yo, que vine a este mundo a morir para redimir los pecados de todos los hombres – continuó diciendo el Rey de Reyes – te absuelvo a ti…

A medida que pronunciaba esas palabras, su mano derecha fue desprendiéndose del madero para trazar, en el aire, diciendo:

  • … en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
  • ¡Amén! – respondieron ambos, ministro y penitente, sumidos en un éxtasis místico indescriptible.
  • También tienes el perdón de ella – la diestra del Salvador se extendió señalando el alma de la difunta que, con dirigiendo una beatífica sonrisa a su matador, ascendió a los Cielos mientras sonaba un coro de ángeles.”
  • ¿Y todo eso ocurrió aquí? – inquirí con cierta incredulidad.
  • Así es – fue la respuesta – el sacerdote se hallaba sentado sobre este mismo banco. Desde entonces, la mano de Cristo ha permanecido tal cuál la vez ahora.
  • Pero ¡padre! – exclamé – ¿Cómo ha sido capaz de violar el secreto de confesión tan sólo para satisfacer mi curiosidad?
  • Nada de eso he hecho, hijo mío.
  • ¿No es usted, entonces, el cura párroco de la historia?
  • Muy por el contrario – replicó avergonzado – yo soy ese empedernido pecador…
  • Y Yo – dijo el Señor –  soy la Resurrección y la Vida.

 

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