La leyenda de Petra. Autor: Estefanía Asensio Tato

“Existen dos clases de hombres: aquellos que duermen y sueñan de noche y aquellos que sueñan despiertos y de día… Esos son peligrosos, porque no cederán hasta ver sus sueños convertidos en realidad.”

Thomas Edward Lawrence, mejor conocido como Lawrence de Arabia

PRÓLOGO

Con estas palabras del autor de “Los siete pilares de la sabiduría” en mente me sumerjo en Petra, la joya de Oriente Medio, con la férrea voluntad de aquellos que no descansan hasta lograr vivir sus sueños, pues el Reino hashemita es la meca de muchos viajeros que, como yo, buscan entre sus increíbles yacimientos y sus maravillosos paisajes trazar el camino más apasionante de sus vidas. Lejos quedaron los tiempos en los que Johan Ludwig Burckhardt tuvo que disfrazarse de musulmán para penetrar en la Ciudad Eterna de los Nabateos y rescatarla de quince siglos de letargo. Tras tanto tiempo de espera, ahora soy yo la que no ve el momento de despertar de un sueño que va a tornarse realidad.

 

CAPÍTULO 1: UN SUEÑO PASO A PASO

“Podéis estar seguros de que hasta que no lo hayáis visto con vuestros propios ojos, no podréis tener la más mínima idea de hasta qué punto puede ser maravilloso este lugar”, afirmaba Lawrence. Yo he soñado durante meses –si no durante toda mi vida- con la llegada de este momento; el momento de poder contemplar delante de mí esos templos que parecen directamente nacidos de la roca. Anoche los nervios y la emoción me impidieron dormir. Iba a madrugar mucho para poder saborear de principio a fin todas las horas que permanece abierto el acceso a los visitantes, pero ayer muchas de ellas me sobraban y sólo pensaba en que el sol asomase por las montañas para poder poner rumbo a Petra.

Tras mucho tiempo en vela se acerca el momento, y después de devorar el desayuno y superar el corto e interminable camino hacia la entrada, por fin pongo pie en el recinto. La hermosa Petra pétrea está a punto de abrirse a mí, pero antes tengo que sortear burros y camellos y, cómo no, a sus insistentes propietarios que tan amablemente me ofrecen aligerarme el trayecto. Pero prefiero caminar. Caminar por el Siq, la majestuosa entrada a Petra, serpenteando por sus paredes de arenisca, tan altas que parecen querer acariciar el cielo. Noto una extraña sensación al verme engullida por esta enorme garganta de ochenta metros de alto, en la que sus inmensas rocas cambian caprichosamente de color y entre las que yo no soy más que una pequeña hormiga correteando, ínfima e infatigable.

Lo primero que veo es una enorme roca cuadrada, el Nicho de Exedra, un pequeño santuario clásico que contiene dos de los llamados bloques de djinn. Se cree que eran torres de tumbas, en cuyo interior habitaban espíritus que custodiaban la entrada a la ciudad. Veintiséis de ellos acompañan el camino al Siq, como si vigilasen el paso de los viajeros. Me cuesta despegar los ojos del cielo, pero en una de las pocas veces que bajo la mirada observo el ingenioso sistema de canalizaciones de terracota gracias al cual la ciudad estaba abastecida de agua. Una ínfima muestra del colosal ingenio arquitectónico de los Nabateos. A mi izquierda, incrustada en la roca, reconozco la Tumba de los Obeliscos y el triclinio de Bab el-Siq. La primera parece haber venido hasta aquí de alguna otra parte, con sus formas egipcias y sus puntiagudos capiteles, mientras que la imponente puerta que precede la entrada de la segunda es tan oscura e inquietante que me hace vacilar. Quizás sea esta la morada de los yinud, demonios invisibles que, según cuentan, habitan el desierto asustando a los humanos imprudentes que osan adentrarse en la ciudad. Imagino que no me molestarían si cruzo su umbral, pero prefiero la compañía del sol. Como todos los triclinios, este era un punto de encuentro de adinerados familiares en el que se comía y se celebraban los aniversarios del óbito. Avanzo observando cómo las tonalidades de las rocas se mecen entre el ocre y el rosado, mientras los gatos, surgidos de todas partes, se pasean entre mis piernas en este inmenso desfiladero. A mi derecha, antes de llegar a la parte más estrecha del camino, observo una gran roca en forma de elefante, tan real que parece poder mover en cualquier momento su enorme trompa.

Camino durante unos instantes más por el silencioso sendero del Siq, siempre alerta y preparada ante lo que va a venir. Mis seis sentidos están más que despiertos, pues quiero vivirlo todo; deseo ver, ansío escuchar, necesito respirar Petra entera. Es curioso pensar de qué forma un lugar puede hacernos felices incluso antes de haber estado en él. A mi Petra me había hecho dichosa desde el momento en que la conocí, muchos años atrás, en una de mis clases. ¿Quién habría imaginado que pudiese existir algo tan hermoso, y que yo fuese a verlo algún día? Tan sólo unos pocos segundos me separan de un lugar que hasta ahora había concebido imposible, y la emoción me hace cerrar los ojos inconscientemente asustada ante lo que estoy a punto de ver. ¿Será que es más preciado el soñar que el vivir? ¿Qué pasará después de haber contemplado al fin con mis propios ojos el secreto mejor guardado de los Nabateos? ¿No podré imaginarlo nunca más, no podré desearlo nunca más?

En unos pocos pasos acaba de dibujarse el perfil de mi destino. La oscuridad de las paredes del Siq resalta aún más, si cabe, la figura que empiezo a divisar al final del estrecho túnel. Mis piernas se relajan y les cuesta dar los últimos pasos, como queriendo alargar la llegada de este último y efímero instante. Cuántos años de espera terminan en un par de pasos… Por fin, ahí está: el Tesoro de Petra, dominando la entrada a este paraíso de roca, inexpugnable pese al paso de los siglos. La suave luz de la mañana se refleja en sus piedras rojizas, otorgándole aún más solemnidad a su excepcional fachada. Y entonces recuerdo de nuevo las certeras palabras de Lawrence de Arabia: ninguna foto, ningún relato, ningún sueño pueden reflejar de forma absoluta la infinita belleza de este lugar.

Me doy cuenta de que necesito parar un momento para asimilar este nuevo mundo; a mi derecha encuentro un tranquilo escondite en el que refugiarme, alejada de los beduinos y de los camellos que campan en la extensa explanada de tierra que precede al Tesoro. Aquí sentada, por un momento, tengo la sensación de haber viajado cuatro años atrás hasta el enmudecedor techo de la Capilla Sixtina; quizás porque me he quedado sin habla y sin aliento por segunda vez en mi vida, o quizás, simplemente, porque este lugar no tiene parangón entre todos mis recuerdos.

Observo el agujerado tholos de la fachada, codiciado durante siglos, y me pregunto si sería cierta la leyenda que afirmaba que Ramsés II escondió allí sus riquezas; pero lo único que sé es que este tesoro -regalo de los nabateos de hace más de 2.000 años- es lo más bello que he visto nunca, y agradezco que haya visto la luz después de permanecer tantos siglos celosamente escondido. Pienso en el imperioso silencio que reinó sobre Petra durante tantos siglos, cuando había llegado a ser una importante ciudad de paso de la Ruta de la Seda hacia el mundo, además de un punto clave en el transporte de otras mercancías. Cuántas extraordinarias civilizaciones habían caído en el olvido tras siglos y siglos de esplendor…

CAPÍTULO 2: CIUDAD DE VIVOS, CIUDAD DE MUERTOS

No consigo apartar los ojos de este lugar, pero me fuerzo a levantarme y comienzo a avanzar. Aún me quedan muchas más maravillas por ver y quiero exprimir, gota a gota, todo el tiempo del que dispongo. En este punto del recinto el camino se bifurca, y he de decidir qué dirección tomar. Resuelvo que el oeste es la opción más acertada para llegar a ver todos los puntos interesantes de la ciudad, así que sigo por el sendero de Jabal Madhbah -dejando a mi izquierda dos grandes obeliscos que representan a dos divinidades llamadas Dushares y AlUzza– antes de empezar a escalar una pequeña montaña bajo un cada vez más aplastante calor. Tras unos minutos, un asombroso lagarto azul me da la bienvenida al Alto Lugar del Sacrificio. Aquí arriba mi vista se pierde en el horizonte de rocas de Wadi Musa, cuya línea parece estar dibujada a voluntad en la infinidad del cielo. Me cuesta creer que estoy en el lugar más siniestro de toda Petra.

Cuenta la leyenda que ser una mujer bella tenía un alto precio en la Ciudad Rosada. Las muchachas se infligían cortes en el rostro para pasar desapercibidas pues las más bonitas eran las elegidas por los Nabateos para los sacrificios humanos, realizados una o dos veces al año con el fin de contentar a los dioses. Un enorme círculo en el suelo recuerda el destino de aquellas condenadas a cumplir los designios divinos siendo arrojadas al vacío. Miro delante de mí y me digo que esta es una aterradora bella imagen antes de morir… Desde aquí arriba puedo contemplar todo el esplendor de Wadi Musa– Valle de Moisés-, lugar en el que se cree que el profeta hizo surgir agua de la roca maciza durante el Éxodo. Algunos rincones le recuerdan aún hoy en día, así como a su hermano, Aarón, enterrado en el santuario de la cumbre más alta de Petra, Jebel Haroun, pero desde donde me encuentro tan sólo logro divisar su solitaria cúpula blanca.

En la otra punta del altar, ataviada con la tradicional kufiyya, me topo con una beduina que me insta a acercarme. Acaba de terminar un largo collar rojo y me lo ofrece como regalo justo antes de empezar a tocar una flauta de caña. No parece tener idea de música y se dedica a juguetear con sus dedos mientras lanza pequeños soplidos por la boquilla. Una premeditada función en este espectáculo turístico del que, muy a pesar mío, también formo parte. No me da tiempo a decir nada cuando ella ya se ha levantado con prisa para enseñarme el resto de sus trabajos y proponerme un buen precio, como siempre, exclusivamente para mí.

Consigo continuar con mi ruta y, cuando quiero darme cuenta, me veo rodeada por un sinfín de montículos de piedras apiladas que se pierden mucho más allá de donde alcanza mi vista; esconden pequeños y grandes deseos de viajeros que un día pasaron por la legendaria Petra pidiendo, quizás, poder volver a vagar por sus colosales caminos de tierra. Por un momento me siento tentada a hacer un alto en mi camino para sumarme a esta tradición y que esta no sea la única vez que pise el Valle de la Aravá.

A unos pocos metros veo una de las muchas tiendecitas esparcidas a lo largo del recinto. Llevo ya un largo rato caminando, así que decido parar en busca de un poco de sombra y de unos cuantos regalos. Oigo decir a una voz tras el toldo que quizás quiera comprar algo. “Quizás” le respondo tras haber dado un pequeño brinco, sobresaltada. Enseguida veo aparecer a una mujer de mediana edad con un semblante serio. Tan sólo unas finas líneas doradas a ambos lados de sus largas mangas contrastan con el color negro de su atuendo. Me dice que parezco cansada y me invita a tomar té antes de conducirme a la parte trasera de la tienda, donde me desconcierta encontrar a más gente en un lugar tan reducido. Una mujer de la misma edad me saluda levemente con la cabeza, vestida de pies a cabeza del mismo color y con un gran sombrero beige. Otra, más mayor, probablemente su madre, sostiene a un bebé que refleja una expresión muy triste en el rostro, y me impacta ver cómo las moscas entran y salen de su diminuta nariz. Otro niño, de unos cuatro o cinco años, corretea feliz y juega con un perrito negro de manchas blancas. Lleva un jersey grueso debajo de su gastada camisa de rayas rojas y azules. Apenas se inmuta de mi presencia aquí; de hecho, nadie lo hace. Me digo que hasta los más pequeños deben de estar más que acostumbrados a la visita de muchos turistas despistados y agotados como yo. Por último, amarrado a uno de los postes de la tienda, descansa un pobre burro lleno de heridas causadas por el roce de sus bridas bajo el sol.

Colocan ante mí un oxidado cuenco de metal. Es una pequeña tacita de té abrasador, tan caliente que soy incapaz de sostenerla con las manos. Me temo que esto es lo último que necesito para luchar con este asfixiante calor, pero me veo incapaz de rechazarla. Maldigo para mis adentros la hospitalidad de los beduinos, y me decido a acabar con ella cuando antes. Doy un pequeño sorbido y, a medida que bebo, noto un ardor en el estómago que me quema por dentro. Sorprendo a la abuela mirándome, y me fuerzo a poner buena cara para no ofenderles. Me inquieta la idea de que me sirvan otro al ver que termino tan pronto el primero, así que finalmente resuelvo alargar mi tortura y tomarme lentamente la taza a medida que charle con ellos. Espero poder compensarlo después con un buen trago de agua fresca antes de seguir con la ruta. A duras penas consigo que me cuenten algunas pinceladas de su día a día, pero logro descubrir que a veces, al anochecer, buscan cualquier rincón al aire libre en el que instalarse para dormir. Les pregunto cuánto tiempo hace que viven en este lugar, y me responden que han nacido en Petra, que siempre han vivido aquí.

No resultan muy habladoras; supongo que están cansadas de oír las mismas preguntas o, quizás, de esbozar siempre las mismas respuestas. Sin embargo, me inquieren ellas mismas si aún no tengo guía que me lleve por la ciudad. Les digo que no, que prefiero ir sola y, al notar su insistencia, decido que ya es hora de acabar mi té.

Esta vez he de desviar mi camino hacia al este. Tras un largo rato, llego a la Calle de las Fachadas, una larga avenida de tumbas más someras en decoración y formas que todo lo que he visto hasta ahora. Corresponden, en su mayoría, a lugares de reposo de los más prósperos comerciantes y nobles que competían en un intento de alardear de sus fortunas ante el pueblo, y que ahora conforman un desmesurado dominó fúnebre. A mi derecha aparece el Teatro, perfectamente encajado en la roca, en cuya entrada sus cuatro únicos capiteles me transportan a este espectáculo del pasado. A lo largo de mis viajes he podido ver otros muchos como este, pero me maravilla la tonalidad rosa de sus piedras: sin duda, este es un teatro único en el mundo. A pesar de parecer una construcción romana, fueron los Nabateos los que, en el siglo I d.C, edificaron este espacio con una capacidad de 3000 espectadores, ampliado más tarde para 8000 por los romanos en su conquista de la ciudad. Una de las bóvedas de acceso a las gradas permanece intacta, revestida de mármol en su interior. Me impacta observar otra larga fila de tumbas ubicada en su parte alta, en forma de media luna: todo en Petra es una reminiscencia de la muerte.

Muy pronto observo las impresionantes Tumbas Reales, esculpidas y apiladas en la base de la montaña ElKhubtha. Los reyes también batallaban entre sí para lograr fachadas cada vez más espectaculares entre las paredes rocosas, como si quisieran pelear con los dioses por la suntuosidad de sus moradas. Mi mirada no abarca a contemplar de un solo vistazo esta bella y larga avenida de muerte. Me dirijo allí y paseo lentamente sobre los arcos de la tumba de la Urna, que se me antojan parecidos a los templos griegos, pero mi atención se ve pronto atraída por los fascinantes colores de la tumba de la Seda, en la que sus preciosas vetas grises y amarillas parecen haber sido pintadas con dedicación por las manos de algún pintor. Aquí arriba soy del todo consciente de hasta qué punto Petra fue una ciudad de vivos. Y una ciudad de muertos…

CAPÍTULO 3: EL “ATARDECER CARMESÍ”

Miro el reloj por primera vez hoy y descubro que ya han pasado siete horas desde que puse pie en este lugar, pero aún me queda por saborear el largo camino a El-Deir, otro de los lugares más maravillosos de Petra. Se encuentra en uno de los puntos más alejados, al que se accede a través de un camino de más de ochocientos escalones y tortuosos barrancos, razón para que muchos otros antes se hayan echado atrás, derrotados por el calor y el cansancio.

Melancólica ante un final ya más que próximo, emprendo este último viaje y, de repente, parece que haya recuperado toda la energía de la mañana y que estos fueran mis primeros pasos en la ciudad perdida. Asciendo con entusiasmo este empinado sendero, en el que los escalones se desdibujan por tramos a medida que zigzaguean por la sinuosa montaña. El camino me está resultando más corto de lo que pensaba. De vez en cuando, lanzo pequeñas ojeadas hacia atrás, y las vistas se vuelven cada vez más extraordinarias a medida que asciendo.

Las rocas son más grandes en este punto de la ciudad, como un segundo y amplio Siq que trepa hacia la montaña. Algunas de ellas parecen haberse derretido por el calor, pero lo cierto es que han sido las minúsculas gotas de agua las que, siglo tras siglo, han ido creando formas imposibles: un gran chaparrón de pintura caído desde el cielo. Arcos sacados de algún sueño preceden la entrada de numerosas cuevas excavadas en la roca, como si de pequeños pórticos se tratara. Muchas de ellas las ocupan beduinos, como tantas otras chabolas que he ido observando durante el día. Unas duras condiciones de vida que los Bedul, los últimos nabateos, han soportado hasta 1980, año en el que los moradores de Petra abandonaron sus casas. Sin embargo muchos de ellos siguen viviendo aquí clandestinamente, como las mujeres que conocí este mediodía. Todos ellos son ahora infatigables guías o comerciantes, siempre alerta para captar turistas.

Escalones, escalones y más escalones. Tan sólo un par de cientos más y ya habré llegado. El camino se vuelve angosto a medida que llega el final, bordeado por acantilados que intento no mirar. Al fin, giro a mano derecha, dejando atrás un peñasco, y lo veo. Me da la impresión de que mis ojos han viajado al pasado y que lo que se encuentra enfrente de mí no es más que una de las muchas fotografías que solía contemplar antes de iniciar este viaje, cuando soñaba con él, cuando me imaginaba en él, y que ahora no es otra cosa que mi presente, rodeada de este “atardecer carmesí” del que hablaba Lawrence. Y entonces entiendo qué es lo mejor que puedo hacer en este lugar: el silencio. ¿Qué podría aportar yo sino calma absoluta frente a la inmensidad?

Parece que haya contemplado por segunda vez el asombroso Tesoro de Petra, en esta ocasión prolijo en detalles, pero más amplio e imponente. Observo el gigantesco tholos de su fachada, y desearía poder subir a él para tumbarme durante horas, a medida que la noche cayese sobre Wadi Musa. Por fin me decido a entrar. Tardo un poco en superar el enorme escalón de la puerta de entrada pero, una vez dentro, agradezco la suave penumbra del interior, que me ofrece un pequeño reposo tras tantas horas bajo el sol ardiente. Aquí dentro una bella austeridad contrasta con la majestuosidad del exterior. Cuatro paredes desnudas y cinco escaleras que llevan a un pequeño altar coronado por una eterna inscripción es todo lo que encuentro. Me planto en el centro y observo a mi alrededor la sobria hermosura de Al-Deir. Desde la puerta, en la que sus cuatro bordes parecen estar dibujados por una fina línea dorada, veo cómo el astro rey baña el horizonte e intenta colarse dentro.

Queda ya poco sol entre las eternas rocas de Wadi Musa. El camino más difícil es aquél que se desanda, y a mí aún me faltan muchos pasos que deshacer hasta el camino de vuelta al Siq. Intento retener en mi memoria todos y cada uno de los detalles con los que me topo en mi camino, esculpiendo a fuego en mi mente el recuerdo que llevaré conmigo. El descenso me está resultando aún más duro que la subida, y necesito más escalones que bajar en esta costosa despedida. Atravieso una a una todas las maravillas que he disfrutado durante el día, diciéndoles adiós en secreto.

La luz del sol ya apenas baña la radiante fachada que descubrí esta mañana. El día ha pasado incluso más rápido de lo que había asumido, y necesito otro pequeño momento para darle la espalda a Al Kazneh antes de volver a perderme por el desfiladero. Admiro su cara rosada preguntándome cuándo volveré a estar frente a ella. Me está costando despedirme aún más de lo que había imaginado, pero intento pensar en la próxima vez que respire este lugar, al que regresará otra persona distinta de la que estoy a punto de dejar aquí. Me consuela pensar que no todo acaba ahora, pues seguiré sintiendo Petra pese a tener que alejarme de ella.

Miro una última vez hacia atrás, y entonces lo entiendo: hay lugares en los que decir adiós duele al alma.

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