Justicia poética. Autor: Pedro Ferrer Gómez

Había estado arrastrando la puñetera maletita por tres aeropuertos. «Cógela tú un rato, Vero, mientras llamo a Elisenda. A ver si me dice ya qué citas nos ha confirmado para el primer día». Es lo que me dijo mi jefe nada más llegar a Barajas, mientras se alejaba nervioso, móvil en mano, hacia el quiosco de prensa.

Cuando regresó ya traía la otra mano ocupada con tres periódicos, así que supe al momento que me tocaría cargar con el dichoso bulto hasta destino. Mira que le dije luego que la facturáramos con el resto del equipaje para ir más cómodos, pero no. Que en veterinaria las muestras son muy importantes, que son nuestra única carta de presentación frente a los clientes y no podemos arriesgarnos a que nos las pierdan. Que cómo se me podían pasar esos detalles llevando tanto tiempo en la empresa y con tantas ferias a cuestas… Otra perorata más para añadir a mi colección.

Pues sí, ya llevaba cuatro años y medio en aquella compañía tan estimulante. Entré como asistente de exportación. Me pasaba el tiempo contestando los correos de mi santo jefe en tres idiomas, porque, aunque a labia hispana no le ganaba nadie, para el resto de lenguas era más que negado. Eso y todas las ideas peregrinas que se le ocurrieran al cabo de la jornada. Igual le hacía una comparativa de colegios privados para sus gemelos –con club de tenis, por favor– que le organizaba un sarao nocturno para que los clientes guiris se llevaran un magnífico recuerdo de él. Y una noche casi me incluye en el lote como un souvenir más: «Mira, Verónica, no tiene nada de malo ser complaciente con nuestros distribuidores, tú ya me entiendes».

Un buen día me encargó que hiciese un informe de nuestras posibles oportunidades de negocio en el mercado asiático. «Lo más completito posible, ¿eh? Mira, aquí te dejo los datos de la competencia. Ya sabes los productos que tenemos, así que le echas un poco de imaginación y me preparas una presentación cojonuda para la directora, con pijadillas de esas que se te dan tan bien, ya sabes, mucho porcentaje, mucha cuota de mercado sin explotar, lo que podemos crecer en poco tiempo y tal. Tú sé creativa, que ella no va a comprobar nada». Joder si fui creativa, a la fuerza; con esos datos que me dio de hacía diez años le preparé un dossier que venía a decir que éramos tontos si no nos lanzábamos ya a por nuestro trozo del pastel oriental.

Y allí estábamos ahora, en el aeropuerto de Pekín –yo ya como comercial de pleno derecho (léase chica para todo)–, con la maletita de las narices hasta arriba de productos veterinarios. Y con sus dichosas ruedas de diseño que no paraban de mordisquearme los tobillos, qué cruz. Después de recoger el resto del equipaje de la cinta transportadora, enfilamos junto a cientos de chinos y occidentales el pasillo hacia la salida. Yo no veía el momento de tumbarme en la cama del hotel. No había podido ni echar una cabezada desde que despegamos del Charles de Gaulle. Las diez horas de trayecto París-Pekín se las había pasado mi jefe dándome conferencias magistrales mientras se asomaba a mi escote. Un colega suyo del campo de golf con inversiones en China le había dado un curso acelerado de costumbres orientales entre hoyo y hoyo, y él creyó que sería un bonito detalle compartir la experiencia palabra por palabra. Además, me había ido leyendo párrafos enteros del libro “101 historias para que los extranjeros entiendan al pueblo chino”, de una tal Yi S. Ellis, una especie de guía ilustrada que le había comprado a todo correr Elisenda, mi sustituta como asistente. Al aterrizar en Pekín («no, no digas Pekín, es Beijing») ya me sabía de memoria el grado exacto de inclinación de cabeza para cada ocasión, los temas tabú de conversación, los gestos y regalos a evitar, cómo tomar un té verde sin tragar las hojas flotantes y hasta unas cuantas palabras en mandarín.

Aquel inmenso pasillo de la terminal parecía no acabar nunca, y mi carga extra, por supuesto, no paraba de engancharse en el equipaje de los demás. La había intentado domar endosándole unas cuantas patadas en un aseo de París, pero la jodida se revolvió y me hizo un carrerón en los pantis, que iba exhibiendo ya por dos continentes. Ganas me dieron de dejármela olvidada allí mismo.

Al tomar el último giro a la derecha, nos topamos con una doble fila enorme. Mi jefe, previsor, decidió que nos pusiéramos uno en cada cola. Al fondo, varios funcionarios del aeropuerto pedían la documentación y se afanaban para que el tráfico fuera fluido, pero con escaso éxito. La aparición de varios policías con perros husmeando tampoco ayudó a mejorar el ambiente. Después de diez minutos, mi fila había avanzado considerablemente y ya vislumbraba el exterior del aeropuerto, con sus hileras de coches en acción. La libertad a tan solo unos metros.

Me volví y divisé cómo mi asesor en costumbres orientales, sudoroso y lúbrico, se entretenía columpiando la mirada por los culos y escotes de sus vecinas. No pude más. Decidí que me divorciaba de aquel bulto para siempre. Lo agarré con decisión, le dije en inglés a mi compañera de fila que volvía enseguida y retrocedí hasta la altura de mi jefe. «Mejor que la lleves tú ahora y así puedo buscar rápido un taxi nada más superar el control». Le pareció una idea estupenda porque quería salir de allí lo antes posible, así que le encasqueté el fardo con placer por debajo de la catenaria que separaba ya las filas y seguí mi camino. Cuando el agente me devolvió el pasaporte, me giré y lo miré eufórica. No se dio ni cuenta. Estaba ya muy nervioso, americana en mano, abanicándose con lo que quedaba de la tarjeta de embarque.

Fue la última vez que lo vi. Al regresar con el taxi ya apalabrado no había ni rastro de él. Según me contó al día siguiente el consejero de la embajada, uno de los perros policía que recorrían las filas se quedó inmóvil al lado de nuestra maleta, así que los funcionarios obligaron a mi jefe a abrirla. Para sorpresa de todos ellos, estaba llena de viales con líquido y bolsitas de plástico repletas de polvo de varios colores. Lástima que no me hubiese dejado etiquetar nada en la empresa («no quiero que las pille la competencia», me dijo). La policía le rodeó de inmediato, pidiéndole explicaciones –en chino e inglés, claro– ante lo cual solo se le ocurrió forcejear y gritar sin parar mi nombre hacia la salida, lo que interpretaron como una alerta hacia un posible cómplice. Esposado y perplejo, desapareció en unos segundos por una puerta lateral del pasillo.

Unas semanas más tarde me enteré de que varios de los productos estaban incluidos en una lista de sustancias prohibidas por la legislación china y, como la cantidad total era considerable, no está del todo claro cuánto le puede caer a mi jefe. Creo que le haré una visita en mi próximo viaje como jefa de ventas… por si tarda la extradición.

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