Escapismos. Autor: Sandra Monteverde Ghuisolfi

Los viajes eran una forma de escaparse de su dura e insatisfactoria rutina. Un trabajo que no le gustaba producto de una carrera impuesta por sus padres por aquello de seguir la tradición familiar; tener que vivir en una ciudad en la que no terminaba de encontrar su espacio personal; un matrimonio que al mes de celebrado resultó ser otro de los fracasos que engrosaban su lista de desilusiones y una serie de “amistades” (las de “él”) con las que se podía contar para armar una juerga en cinco minutos, pero no para que le prestaran un hombro donde llorar por tan solo treinta segundos.

Aquella cálida tarde de primavera su destino mental era la isla de Stromboli. Seguramente la culpa la tenía un documental que vio la noche anterior mientras tomaba un plato de sopa ya tibio, luego de convencerse de que esa vez también cenaría sola y tarde.

Al cerrar los ojos se vio rodeada de un mar muy azul y casitas blancas que remontaban las laderas del volcán que constituía el corazón de la isla. Sentía un cosquilleo especial sabiendo que el Stromboli era un ser inestable que podía montar en cólera en cualquier momento y hacer alguna de las suyas, pero esto solo le daba ánimos para seguir y arriesgarse. Solo en sus “escapes virtuales” era capaz de correr algún tipo de riesgo; por eso eran una necesidad y la única forma de romper ese magnífico orden de su perfecta vida “pour la galerié”.

Un italiano alto y muy buen mozo vestido de un blanco impoluto que contrastaba con el tostado de su piel se adelantó para tomarla del brazo y ayudarla a bajar del barco. Se dirigió a ella con un: ¡Benvenuta cara! que le sonó a música celestial. Tenía los ojos negrísimos y las pestañas brillantes de salitre.

El contacto con la mano masculina le produjo una reacción física que la turbó por un momento y le hizo dar un traspié; su “cavaliere” subsanó el incidente con un firme apretón y de inmediato la obsequió con una mirada inquisitiva y preocupada: ¿Va bene? le preguntó. Bene, tante grazie respondió automáticamente (aunque eran prácticamente las únicas palabras que conocía del idioma italiano).

Con las piernas flojas aún y sintiéndose tan torpe y patosa como una adolescente en su primer baile, elevó la vista y divisó las fumarolas eternas y algún que otro chispazo con el que la recibía el volcán. Felicitándose por la elección de su destino decidió caminar hasta el hotel. Le aseguraron que su equipaje llegaría indemne y el trayecto se presentaba muy atractivo: era dueña de su tiempo y tenía el mar Tirreno a sus pies.

Cuando apenas había dado unos pasos, una mano se posó en su hombro y el italiano que la recibiera le dijo al darse la vuelta: Il mío nombre es Pietro, ¿puedo acompañarla y practicar mi “povero” español?

No esperó respuesta porque su expresión la hizo innecesaria y siguieron juntos cuesta arriba, con Pietro explicándole mil detalles de lo que iban cruzándose por el camino y con ella sin enterarse prácticamente de nada, no porque su español fuera “pobre”, sino porque estaba perdida en la profundidad de su mirada.

En la puerta del hotel él le pidió ser su “cicerone” en el ascenso al volcán y cuando ella aceptó encantada y le preguntó cuánto le costaría contratarlo como su guía particular, él se negó a cobrarle: esto es “per piacere” no por trabajo, le aclaró en su particular mezcla de idiomas que ella comprendía con una inexplicable naturalidad; se citaron para empezar a subir inmediatamente después de comer.

Comenzaron a andar lentamente por indicación de Piero para que no agotara sus fuerzas y él la invitó a desviarse varias veces del camino con el fin de mostrarle ciertos lugares desde donde las vistas realmente quitaban el aliento. Tomarse de la mano fue un gesto auténticamente espontáneo y cuando unieron sus labios, ella sintió todo el poder del volcán en sus entrañas.

Un gruñido la hizo reaccionar, abrir los ojos y volver a la realidad. En ese instante su marido la liberó de su abrazo, rodó sobre su costado izquierdo y casi antes de apoyar la cabeza en la almohada se quedó dormido.

Con una sonrisa en los labios, la primera en mucho tiempo, se levantó, pasó por el baño con el fin de darse una breve ducha y quitarse los restos de “amor marital” y se sentó frente al ordenador. Minutos después, al apretar la tecla enter luego de introducir los números de su tarjeta de crédito, se notó libre y feliz, dos sensaciones que desde hacía muchísimo tiempo le resultaban esquivas, tanto juntas como separadas.

Mañana al mediodía salía su avión rumbo a Italia; intentaría llevarse un pequeño equipaje pero si tenía que irse con lo puesto para no llamar la atención, le daba exactamente igual. El pasaje estaba abierto así que habría tiempo de sobra para pensar en qué hacer con su vida.

Y no importaba si ningún Pietro se cruzaba en su camino que era lo más probable; lo que sí tenía claro era que a partir de ese preciso instante desterraba para siempre las utopías de su vida y comenzaba a construir algo real, tangible y disfrutable. Algo de lo que nunca más necesitara escapar de ninguna manera.

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