Diarios de viaje. Autor: Eduardo Berzosa Sastre

Todas las mañanas eran iguales. Se levantaba con la salida del sol, se aseaba y tomaba un vaso de leche caliente, un trozo de pan con aceite y una manzana. Después recogía los restos del desayuno, iba junto a la terraza y se dejaba caer sobre un sillón orejero de felpa. En invierno, si todavía había poca luz, encendía su lámpara favorita, aquella que trajo de su viaje a Marruecos cuando conoció a la que sería la persona más importante en su vida. En verano, aunque no hiciera falta, a veces también la encendía solo por el placer de ver cómo se iluminaba la tulipa desde el interior, proyectando ligeramente sobre la pared aquel estampado que años atrás le pareció de tan mal gusto.

Mientras se acomoda en el sillón siempre tose tres veces. Una vez muy fuerte y dos veces más ligeras y seguidas. No tenía por qué significar que se encontrara mal, ya era una costumbre más, como el girar el pomo de la puerta al lado contrario la primera vez del día en que va al cuarto de baño. Mientras tose se inclina a recoger el diario apoyado en la mesita donde está la lámpara, junto a un bolígrafo casi seco y una hoja desgastada arrancada de una vieja guía telefónica. Solía quejarse mientras se recostaba en el sillón colocándose las vértebras que habían crujido al acercarse el cuaderno a sus manos.

Cada día estaba más débil. Podía sentir las arrugas cada vez que tocaba su piel. Los surcos que dibujaba con el roce de sus dedos no eran más que los signos de aquello que había vivido. Decenas de aventuras, cientos de anécdotas cabían en aquel desgastado cuero. Entre las hojas cosidas a su lomo se podía leer la historia más grande que jamás vivió.

Hoy esas palabras escritas a mano sobre cualquier piedra en cada parada del camino son leídas a diario. Puede que no recuerde a veces qué ha comido o si se ha dejado el fuego encendido, puede que cada vez le resulte más difícil reconocer a su gente y puede que pronto no recuerde quién es, pero día a día recuerda leer esas palabras. Esas palabras que escribió hace ya más de cincuenta años. Esas palabras que iniciaron su camino. Esas palabras que guardan lo más importante de lo vivido. Y es ahora, cuando siente que pronto llegará el fin, cuando más necesita saber cómo empezó el viaje, aquél que se inició en Casablanca y acabará, más pronto que tarde, en la periferia de Madrid.

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