Demba. Autor: Andrea Amosson

Cuando mamá me dijo que nos íbamos a África, a ser misioneras, no entendí lo que quería decir. Pero ahora ya lo sé: ser misionero es que te duelan las manos porque has estado todo el día cavando un pozo para sacar agua o regando un huerto, plantando rábanos, alimentando a las gallinas, comiendo arroz con frijoles y también jugando. Es divertido ser misionera, eso creo yo, aunque cuando llegamos estuve enojada porque no había luz eléctrica, peor aún, no había televisión. Mamá dijo que hay ciudades grandes con electricidad, pero a nosotras nos enviaron a este pueblo pequeño, de unas treinta casas, todas con huerto y algunos animales. Mamá dice que tenemos suerte, porque esto sí que es misionar. Y yo la entiendo, no creo posible que se puedan plantar lechugas en la ciudad, donde todo es de cemento. Así es que estoy feliz.

La casa donde vivimos parece una alcachofa y el techo es como el antiguo pelo de mamá, que era tieso, áspero, partido. Es una casa chica, sí, pero nuestro dormitorio es de buen tamaño. Tú entras por la puerta principal y debes doblarte un poco; si no, te golpeas la frente. O más bien eso hace mi mamá. Yo no, yo entro bien derecha y no me pasa nada. Tampoco a Demba, mi amigo, que debe ser mayor que yo porque es más alto. Ellos viven en la otra pieza. Su mamá es de piel morena y ojos café con negro muy profundo.  Los dos tienen los dientes brillantes, no como los de mamá, que están manchados porque antes fumaba mucho y siempre olía a cebollas en escabeche. En ese tiempo mamá estaba triste, pero le cambiaba la cara cuando decía “seremos misioneras y vamos a estar bien”.

Recuerdo que cuando dijo “África” por primera vez, me imaginé que vendríamos a un lugar con leones, elefantes, jirafas y muchos árboles, pero hasta el momento no he visto nada de eso, y como siempre hace calor, no llueve nunca y el sol te pega fuerte, pienso que todos, incluso el bosque, se han ido a un lugar más fresco.  Aún así, me gusta porque Demba me enseñó a cazar lagartijas y hacemos competencias de salto que él siempre gana por sus piernas tan largas. Nuestras mamás cocinan juntas, pican las verduras cantando, mientras Demba y yo damos palmas. Y fue cierto: desde que llegamos, estamos bien y mamá huele a patatas frescas. Así, cada día, hasta ayer. Porque ayer fue distinto.

Demba llegó corriendo y agitando los brazos cuando mamá y yo estábamos en el patio, lavando ropa. Como no le entendíamos, empezó a empujar a mamá hacia la puerta de entrada. Al parecer mamá comprendió qué pasaba y aunque me pidió que me quedara allí, yo los seguí. Entonces oí algo que pensé eran truenos. Pero no, eran balazos, sonaban igual que en las películas. Me asusté y me quedé quieta, sin poder caminar. Vi que mamá se arrodillaba bajo la ventana y sujetaba a Demba, que pataleaba y peleaba por soltarse.

Oí gritos. Llantos. Desde donde yo estaba, al ponerme en punta de pie, podía ver a través de la ventana. Polvo, humo, sonaron más balas, habían hombres forzudos con armas, obligando a las mujeres a subir a unas jaulas con ruedas. No sé si Demba vio que se llevaban a su madre. Luego todos desaparecieron. Y afuera hubo silencio.

Eso fue ayer.

Ahora tengo un zumbido pegado a las orejas, las manos mojadas y el corazón me late en la garganta. Mamá me preguntó si estoy nerviosa, porque tiemblo. Le dije que no, que sólo tengo frío, desde ayer.  Estamos frente a la casa.  Mamá mira el mapa. Demba está con nosotros, no habla, no sonríe, no levanta la cabeza. El pueblo está como vacío, pero siento que nos miran. A lo lejos viene el camión con la bandera blanca, el mismo que nos trajo. Mamá nos abraza a los dos, muy fuerte, y dice que pronto vamos a estar bien, que vamos a estar bien.

 

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