Copenhague. Autor: Andrea Amosson

LA MAÑANA ESTABA radiante, “como pocas” reflexionó mi tía, mientras me invitaba a tomar la bicicleta y visitar el “Lope”. Yo estaba dispuesta a todo, ya que Copenhague era una ciudad maravillosa, con puentes, ríos, árboles y bicicletas. Copenhague no era el reino de los vikingos, sino de las ruedas. Así es que acepté. Mis anfitriones guardaban un vehículo extra y estaban siempre esperando la oportunidad de ofrecérselo a alguien. Ese alguien era yo, la sobrina que había abordado doscientos aviones para llegar a verles.

–Hagas lo que hagas, no quites la vista del frente –había dicho mi tío.

–Los autos te van a dejar pasar primero –había agregado mi tía.

Pensé que esas instrucciones serían suficientes. Hacía años que no montaba el dichoso aparato, pero cuando niña era bastante buena. “¡Qué más da!, estoy en Dinamarca”, me dije, dispuesta a salir a pedalear y conocer el tan afamado “Lope”.

Bajamos de su departamento a la calle y yo esperé ahí afuera, mirando la gente pasar con semi sonrisas. Los daneses parecían buena gente, la mayoría vestía de negro en pleno verano (o lo que dura el verano allá, un par de semanas). Sopló el viento frío y recordé que mis huesos provenían de tierras más cálidas. Me subí el cierre de la chaqueta rabiosamente amarilla que mi tía me había facilitado y esperé con paciencia y con sonrisa completa, hasta que ellos vinieran de su bodega con las bicicletas.

–Listo –dijeron al unísono y me entregaron el vehículo con decoraciones rojas.

–¡Es muy alta! –dije, al intentar sentarme en el sillín que ahora parecía instalado arriba de un gran caballo.

–Así son las bicicletas aquí, pero ya te arreglo el asiento –dijo el tío.

Todavía me pellizcaba por estar allí, en la capital danesa, gracias a trabajo duro, ahorros y también una buena cuota de lágrimas, tema que yo lanzaba a los márgenes de mi mente para no dramatizar esa calle tan linda y plagada de gente tan guapa. Mi única gran aspiración era olvidar lo que había dejado atrás, al otro lado del océano, aquello que me había provocado alergias innúmeras y secado el alma.

–Está bien –les dije alegre– ¡Vamos!

Haciendo equilibrio sobre la bicicleta, apenas rozando el suelo con la punta del pie izquierdo, les esperé a que se acomodaran en las suyas. Ambos rondaban los cincuenta años, yo los treinta, pero contaban con una agilidad que los montó en las bicicletas más rápido de lo que yo había anticipado. Ambos, también, eran mucho más bajos de estatura que yo. Y sin embargo, con destreza, maniobraban volante y pedales para balancearse.

–Sígueme –dijo el tío.

–Y yo voy atrás –añadió la tía.

Siempre me consideré buena alumna. Si la psicóloga de turno me mandaba a llorar, así yo lo hacía. Si el jefe me pedía café para toda la comitiva, ahí yo malabareaba tazas y platos para satisfacerle. De tal modo que el “sígueme” y “voy atrás” me parecieron el documento notarial de mi seguridad. Olvidé los temores que aún me apretaban la garganta y partí.

La bicicleta se ladeaba incesantemente. Pensé que era mentira eso de que si aprendes una vez, no te olvidas nunca. Me puse a escribir un texto imaginario sobre el tema. Empezaba así: “Cuenta la voz popular que cuando un individuo aprende a usar la bicicleta, jamás lo olvidará…”

¡JONK!

El bocinazo me sacó de ese bosque mental lindo donde me estaba perdiendo. “¿Dónde estoy?”, pensé y claro, estaba a mitad de calle, había dado la luz roja y yo pedaleaba tan lento que tenía una buena fila de autos esperándome para continuar.

El hombre del Audi bajó la ventanilla. “Aquí vienen las palabrotas”, pensé. Pero, en cambio, él sólo quería saber si yo estaba bien. Y además me pedía disculpas por haberme asustado.

–Thank you –le dije. También agradecida de que me hablara en inglés, luego de interpelarme en danés y yo mirarle con cara de guarisapo despistado.

Terminé de cruzar la calle y al otro lado me reencontré con mis tíos. Los noté preocupados, aunque sonrientes. Tal vez habían soñado con esos momentos mucho tiempo atrás, cuando esperaban impacientes que alguien del país flaco y largo llegara. Tal vez por las tardes, cuando bebían mate, imaginaban la cantidad de veces que subirían a los parientes en bicicletas y les observarían hacer estupideces, como soñar despierto en mitad de la calzada.

En silencio retomamos el camino hacia el “Lope”. Tuve que cuidarme de no empezar a fantasear otra vez. No sabía, en realidad, qué era un “Lope”; pero al parecer era un espacio fantástico, inexplicable y una atracción turística del porte de Ni Haun o el castillo de Hamlet en Kroneborg. Cada vez que las imágenes del “Lope” me acechaban, las despedía con un sacudón de cabeza. Estaba claro que mi concentración no daba para imaginar historias y mover las piernas al mismo tiempo.

Al cabo de treinta minutos de andar, mi tío que siempre lideraba el grupo, dobló a la izquierda. Noté que los giros más difíciles para mí eran estos. A la derecha era más fácil; pero a lo contrario, solía inclinarme tanto que me daba susto acabar de panza en el pavimento. Mi tía gritó de atrás que ahí estaba el “Lope”.

Yo levanté la vista entusiasmada. “¡El Lope, por fin!”.

Nos bajamos de las bicicletas. Las estacionamos junto a una variada colección de velocípedos, algunos con canastitos y flores, otras con autoadhesivos, otras simples o elegantes.

–¿Dónde está el “Lope”? –pregunté, mientras miraba a mi alrededor y veía el estacionamiento de las bicicletas variopintas, junto a un espacio vacío donde los niños pateaban una pelota, más allá un par de dueños con sus mascotas y al centro, algo que parecía un bazar de baratijas.

–¡Éste es el “Lope”! –respondieron ambos al mismo tiempo.

Otra vez sentí ternura por ellos, se veía que eran una pareja unida, un par de chilenos aislados en medio del frío nórdico. Ellos pasaban juntos tantas horas que hasta coordinaban sus respuestas, sin real intención.

–¿Esto es? –dije, con evidente sorpresa.

–Sí, ¿qué te parece? –contestó ella, le brillaban los ojos.

–Está bonito… –mentí.

–Vamos, te va a gustar –dijo él.

–Claro… vamos…está bonito… –mentí otra vez.

Así empezamos a cruzar las callecitas temporales de aquel “lope”, sin mayúsculas. En los puestos vendían relojes vintage, ropa usada, algunos radios a baterías, collares de perlas falsas, tacitas para el té, música. Ellos amaban esa feria de monadas.

Pensé en los galpones del Persa Bío Bío, la gran feria de bagatelas de mi capital, en cómo me preparaba un fin de semana al mes, para ir a explorar sus grandes pasillos y maravillarme con los productos que ofrecían. En ese momento la lejanía me tiró de las orejas. Yo podía ir al Persa cuando quisiera, pero ¿y ellos? Llevaban mucho tiempo viviendo en Europa. Habían pasado bastantes años antes de que pudieran ir al polvoriento desierto de Atacama, de donde él provenía; o las fértiles tierras de Temuco, donde ella había nacido.

Entendí que el “Lope” era más que un bazar de baratijas. Era, en realidad, un pequeño pasaje al país perdido. Una conexión con ese trozo de república apaleada por la dictadura.

Con el correr de los años, la visita al “Lope” se había vuelto sagrada. Cada domingo tomaban sus bicicletas, pedaleaban con ahínco para llegar al único espacio desordenado y caótico que podían encontrar en la simetría límpida de Copenhague. Recorrían esas pocas hileras de tiendas hechizas como quien visita el Louvre. A la postre, todo se resumía a conjurar la nostalgia en una feria de las pulgas.

Con esa realización dentro de mí, me dispuse a recorrer el “Lope”, mayúscula y todo, con la mejor actitud disponible. Incluso intenté conversar con los vendedores. Obvio que no entendieron nada, pero el danés tiene una cualidad tibia, tan opuesta a su entorno, de acoger al extranjero. “Thank you!” repetía yo, mientras pagaba tres mil coronas por un reloj de correa naranja que no funcionaba.

El paseo al “Lope” llegó a su término. En un par de horas yo debía abordar un tren a Suiza. Y de Suiza, un avión a Santiago.

–¿Te gustó? –me preguntaron los tíos al unísono, como era habitual.

–¡Claro!, ¡qué lindo!, ¡muchas gracias! –respondí con entusiasmo de quinceañera, pero esta vez decía la verdad.

Regresamos por una vía distinta. Ellos querían que viera los monumentos, cruzara algunos puentes y atisbara parques por última vez. La brisa fresca del canal de Frederiksholm me acariciaba las mejillas. Les retribuí con la mirada esa última vuelta de verdaderas atracciones turísticas. Y valoré más la visita al almacén de chucherías.

Una vez en su calle, encadenamos las bicicletas al farol que estaba frente a la puerta del edificio. Mi tío subió y bajó tan rápido a su departamento, que no me dio tiempo de prepararme para las despedidas. Traía mi maleta, mi mochila y el bolso nuevo que debí comprar para guardar los regalos que ellos enviaban a Chile. El bolso era un universo de paquetitos multicolores, con lazos en cinta raso y seda. Habían pasado toda mi visita preparando los envoltorios. Cenábamos y la sobremesa se hacía entre papeles de regalo, ribetes y tarjetas. No me permitían ayudar y eso me molestaba. Eso fue antes de visitar el “Lope” y comprender el extrañamiento. Los paquetitos eran otro remedio a la soledad.

Nos fuimos a la estación de tren, en taxi esta vez. Había empezado a llover. Corrimos con los bultos, yo sudando, ellos ágiles, pero sombríos.

Mi tren ya estaba en el andén, aunque faltaban treinta minutos para la partida.

–Es mejor que te subas ahora –dijo él, los ojos enrojecidos.

–Pero queda tiempo –respondí.

–No, Emilia, súbete ahora mejor –insistió ella.

–Bueno… –dije con asombro.

Les agradecí por la hospitalidad, por las cenas con carne asada, las caminatas por el barrio de los inmigrantes, las visitas a palacios, jardines, castillos, la costa. Escuchaban mis palabras en silencio. Para animarles, mencioné los regalos que mandaban a Chile. Y, en especial, la visita al “Lope”.

La despedida fue más bien fría. No lo que yo anticipaba. No hubo abrazos, apenas un apretón de manos.

Me subí al vagón para buscar mi puesto, junto a la ventana. Acomodé la maleta en el espacio debajo del asiento y sobre mi falda dispuse el resto. Entonces los busqué. Afuera la gente se agolpaba entre convoyes que entraban y salían.

Al verlos, les hice señas. Sé que me veían, pero no respondieron.

Las gotas de lluvia corrían por la ventana y yo no podía distinguirles el rostro. Comenzaron a alejarse lento. Desde mi lugar les vi saliendo por la puerta, no se voltearon. Caminaban abrazados y con paso cansado, como arrastrando los cuerpos bajo esa lluvia que ahora golpeaba furiosa. Me quedé mirándoles fijo, hasta que la vista se me nubló, pestañeé y al abrir los ojos, ya se habían ido.

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