Bienvenido a Odeimville. Autor: Patricia Odriozola

Si está pensando en viajar a Odeimville, lo primero que debe saber es que en esa ciudad pràcticamente nadie hace el amor. Okey, usted dirá: demasiados años de ortodoxia freudiana, demasiadas teorías sospechosamente nacidas en la tradición judeocristiana sobre aquello de la eterna lucha de Eros Vs. Tánatos. Muy bien, no puedo negárselo: pero el tema es que, justamente, en Odeimville hasta las teorías más azarosas se convierten en tenebrosa realidad. ¿Empezamos por el principio? Muy bien, es lo que más conviene a mi amor por la historia bien contada aunque no tanto a los improbables folletos turísticos que alguna vez, quizás, alguien decida escribir sobre Odeimville. Y es que, a diferencia de tantas otras ciudades de origen conocido -o cuanto menos muy bien fabulado-, en Odeimville nadie sabe a ciencia cierta quién ni cuándo ni por qué la fundó. Pero no crea usted que el desconocimiento del propio devenir afecta en modo alguno a sus poco más de cuatro mil habitantes. Muy por el contrario, cada una de esas millares de almas que pueblan una ciudad con reminiscencias de ninguna parte goza elaborando su propia fábula del origen, uno de los temas de discusión favoritos de los hombres que cada mediodía se reúnen en el bar del club socialdeportivo  -el Odeimville Orden y Progreso- frente a un burbujeante fernet con vermut. Las mujeres, mientras tanto, lanzan sus lucubraciones sobre la mesa de canasta y las extienden en inacabables conjeturas regadas por litros de licor de café bebido en unas copitas de cristal amarronado como no volví a ver en ninguna otra parte del mundo. Permítame contarle sólo dos de esas improbabilísimas teorías, para que pueda usted darse una idea de lo que encontrará en Odeimville en lugar de parejas copulando y fugaces noches de éxtasis tras las persianas entreabiertas. La más audaz de las que me tocó oir: la pergeñada por el boticario, uno de los seres más adustos que vi en mi vida: que Odeimville surgió así, con las mismas calles y las mismas casas que hoy usted puede encontrar si decide, a pesar de todo, visitarla, con sus monumentos a ilustres personajes que nadie conoce, sus hamburgueserías ganadas por un humo chisporroteante de exceso de grasa, sus tristes carteles de neón donde siempre falta alguna letra, así, como se la ve hoy, con su fisonomía de ciudad que no es, de una falla del terreno y un tardío movimiento geológico provocado por la luna apenas un siglo atrás -de allí se explica la falta de próceres que se remonten a la conquista-, y que de la misma manera un día de estos -tal vez en diez lustros, tal vez el año que viene, tal vez hoy- desaparecerá sepultando edificaciones, mascotas y habitantes por un nuevo capricho lunar. La otra versión: la del único forastero que alguna vez eligió quedarse en Odeimville. Como se imaginará, para los odeimvillenses el pueblo es ni más ni menos que su propia casa, el lugar donde nacieron padres y abuelos, el lugar donde desde aún antes de su concepción están condenando a toda su descendencia a una existencia oscura, tejida sobre una urdimbre de miedo y de desdicha: este hombre en cambio era un viajante sin procedencia conocida que, enamorado de la más bella del pueblo, decidió primero postergar la partida por unos días y después por una semana y más tarde por un mes más, hasta finalmente olvidar el tiempo y contratar por el audaz término de diez años la pieza número 55 del hotel de la calle principal -estimo que aquí cabe aclararle que la numeración de las habitaciones comienza por el número 50, de manera tal que un residencial de mala muerte con no más de 10 cuartos tiene la osadía de publicitarse como un cuatro estrellas internacional-. Volviendo a lo nuestro, quizás usted piense que esta versión está en desventaja con respecto a la del boticario, distribuidor de remedios pasajeros para los inidentificables males que aquejan a los odeimvillenses y por lo tanto algo así como un dios de corbata oscura y guardapolvo blanco que con sólo consultar el vademecum encuentra la panacea justa para cada dolencia en gotas, en grageas o en incomodísimos sellos que él mismo se encarga de preparar. Pero a favor del viajante obra una pretendida objetividad basada en su vasto conocimiento del mundo más allá de los invisibles muros de Odeimville, el cual, lamentablemente, sospecho se limita a su ciudad natal y a ese triste pueblo donde al menos tiene la gloria de ser alguien que quizás ni siquiera sea. Decía que la versión del viajante -algo más colorida que la del boticario pero no por ello menos estremecedora- es que los padres fundadores de la ciudad no fueron indígenas nacidos en la zona como sostiene la parte más rancia de la sociedad odeimvillense -esa que a falta de prosapia extranjera se aferra a la idea de una descendencia en línea directa de la casta gobernante de los Ohdé-, sino que los padres fundadores habrían sido los miembros de un circo fantástico que, expulsados de países limítrofes por su afición a la zoofilia con cachorros de león y perros amaestrados, habrían fundado la colonia de Odeimville para practicar a su antojo una forma de sexualidad que el resto del universo no estaba dispuesto a comprender. Sin embargo, a partir de la llegada de un enviado de la gobernación central se habría operado una suerte de beatificación repentina: según el viajante el funcionario en cuestión supo hacer gala de sus magníficas dotes de pastor evangélico para borrar de un plumazo semejantes osadías, hecho que coincidió con el accidente fatal del mejor payaso del circo quien, harto de retozar con pequeños canes y cachorros juguetones, eligió para una noche de éxtasis la majestuosidad del león más grande y aguerrido de la arena.

Figúrese usted que estas son sólo dos de las teorías sobre el nacimiento del pueblo: el resto de los odeimvillenses comparten y/o se enfrentan por cientos de otras versiones tan disímiles como una persona de la otra, pero aún así unidas, en todos o al menos uno de sus puntos, por un andamiaje profundo que parece escrito en los propios genes de los odeimvillenses, y que quizás sea razón suficiente para explicar estas y tantas otras cosas que hacen a la atmósfera enrarecida de ese pueblo y a la indecible sensación de angustia que, salvo el extrañísimo caso del viajante, experimenta cualquiera que no haya nacido en el hospital de Odeimville. Si no está dispuesto a oírme, si el coraje es para usted una moneda demasiado preciada y si es de los que se jactan de desconocer todo lo que no sea sometido a las falacias de su propia experiencia, podrá vivirlo por sí mismo. Entonces en cuanto baje del tren se dará cuenta de que la desconfianza en las miradas no sólo de la gente que espera -nadie sabe qué- sentada en los bancos del andén sino también en el maletero que lo ayudará con el camino que debe tomar, en el empleado de la estación que le pedirá su pasaje, en el dueño del kiosco que vende los diarios de la capital de una semana atrás, y hasta en el mendigo que duerme en lo que queda de la Sala de Señoras y que, como cualquier mendigo, debería ser ajeno tanto a las alegrías como a las miserias del mundo en general, es una desconfianza no hacia usted -nuevo, forastero, casi entusiasta, un increíble buscador de cosas buenas que jamás podrá encontrar en Odeimville-, sino una desconfianza plantada en los ojos por derecho de nacimiento y por herencia, cualquiera sea el origen cierto de la ciudad. Y probablemente ahora sí esté llegando al punto que explica el por qué nadie hace el amor si no es por un conciente y estudiado deseo de reproducción; el por qué le resultará prácticamente imposible encontrar a alguien que, cuando le hable, lo mire directamente a los ojos; el por qué los odeimvillenses caminan como agazapados unos centímetros más rápido que la gente de cualquier otra ciudad que usted haya visitado, dándose vuelta apenas de tanto en tanto -no de manera franca, sino en una suerte de disimulo ante un temible perseguidor- y acelerándose aún más cuando tienen otro poblador a la vista, para ir a reunirse con él e inmediatamente acercar las cabezas en un cuchicheo estremecedor. Claro, estarán hablando de los otros, dirá usted. Todos se conocen, todos se critican entre sí, todos siguen saludándose con sonrisas a flor de piel, todos se ubican y reubican continuamente en alianzas tan inestables como el mercurio donde el bueno de hoy puede ser el malo de mañana y el santo de pasado mañana y así hasta la eternidad. Pueblo chico infierno grande se dirá usted, para sintetizar y terminar. Pero lo que usted no puede siquiera imaginar es el tipo de Infierno que representa Odeimville: a su lado, una ciudad de provincias que hace de la crítica y la maledicencia su pan de todos los días no es más que una inocente nursery. Y eso es porque, aunque le cueste creerlo, en Odeimville nadie se ocupa de la vida de los demás en su concepción más genérica: se ocupa sólo de sus desgracias, reales o imaginarias, que crecen en el boca a boca hasta convertirse en verdaderas gestas del horror que los odeimvillenses comparten, difunden y se intercambian como una exquisita golosina sin la cual pierde sentido toda forma de existencia. ¡Ay qué hermosa su beba, señora…! -escuchará que le dice una mujer a otra en la cola del mercado- …Pero tenga cuidado… ¡Mucho cuidado…! Cuando alguien se acerque con cualquier excusa, como decirle esto mismo que yo ahora le estoy diciendo, cuídela con toda su alma, por favor, que están pasando tantas cosas… Yo no sé qué haría si mis hijas fueran pequeñas en este momento, en un santiamén le roban los bebés y con suerte se los venden a los extranjeros, si no los mandan al Asia para hacerles cosas raras. Pero por supuesto señora -dice la otra- aunque yo, la verdad, me pondría muchísimo más nerviosa si la nena fuera de la edad de las suyas en estos tiempos que nos tocan vivir. Las violaciones están a la orden del día, me imagino que sabrá por los diarios, y cuando no las asesinan a las chicas o las dejan directamente para la trata de blancas descuídese que encima les hacen un hijo y las dejan deshonradas para toda la vida. Sí, lo sé: usted dirá que las mujeres son más débiles y más sugestionables, en todas partes del mundo: pero en este caso, en el preciso caso de esta ciudad que deseará no haber pisado jamás, los hombres no les van a la zaga en fantasía y en terror, y casi me atrevería a decir que más de una vez las historias y advertencias que los señores del pueblo intercambian en la ferretería hacen quedar a las de las mujeres como simples fábulas de niños. Un ejemplo: mediodía en el Odeimville Orden y Progreso, donde uno apostaría a que la charla se constituye como un árbol inútil que crece, frondoso, alrededor del tronco del fútbol o la política o los siempre cambiantes rumbos de la economía regional. Nada más alejado de la realidad. Nada más alejado de Odeimville. Porque mientras empuña los palitos grasientos que ofrece el plato de lata uno de los hombres abunda en los detalles de un asesinato a sangre fría cometido unas noches atrás

-el nivel de escabrosidad me impide reproducírselos-, que el resto de los comensales saborea con placer indisimulable. Entonces el que está enfrente, acercando hacia sí el triolé para concentrarse en la deglución de los maníes, relata con igual puntillosidad el ataque al corazón que sufrió un hombre mientras viajaba en ascensor; un hombre joven, deportista, que acababa de casarse con la mujer de sus sueños, con el agravante de que al morir en el acto por el infarto se recostó contra la botonera causando tal caos al cerebro mecánico de la máquina que esta se precipitó matando en el acto a las diez personas que viajaban con él. Pero eso no es nada -introduce con voz ronca otro de la mesa, mientras vuelve a echarse fernet en el vaso alto de borde biselado- verdadera desgracia fue la del hombre que estaba de lo más tranquilo durmiendo en su casa, una casa magnífica, de dos pisos, con todos los adelantos de la vida moderna, cuando fue al baño y se encontró a la mujer degollada por el jardinero -hombre de confianza de toda la vida, por supuesto- quien, luego de obligarlo a punta de guadaña a asistir a un espantoso acto de necrofilia le cortó el garguero también a él y roció con su sangre todos los artefactos importados de los que el pobre hombre había estado tan orgulloso. Pavadas… -dirá otro incorporándose para sobarse la bragueta encantado con su propio relato-, grave pero realmente grave de verdad fue lo del carnicero de la otra cuadra, que el día que la convenció a la esposa de sacar al crío de tres meses de la habitación conyugal a ver si de una vez por todas se finiquitaba con la cuarentena, este se le ahogó durante la noche con su propia flemita, a lo que la mujer respondió con un ataque de locura que la llevó a acuchillar fatalmente a los otros hijos de cuatro y cinco años respectivamente, para después rociar al marido con el querosén de la lámpara de camping y proceder a encenderlo con una caja de fósforos de cera.

  • ¿Y ella…? -preguntará extasiado otro comensal, la lengua bailoteando en la captura de una cascarita de maní.
  • Imaginesé -dirá el relator acomodándose nuevamente los testículos, seguro y ufano de tener en su boca la mejor historia de todas. – Loca. Loca como una cabra y con el instinto asesino intacto, después de estar no más de una semana en el hospicio y ser liberada por inimputable. Ahora anda suelta por la calle, así que hay que andar con sumo cuidado… Si ayer nomás parece que a esos dos pibes que desaparecieron la semana pasada de la puerta de la Escuela Cinco los encontraron despedazados en el basural -el pedazo más grande cabía en una cajita de cigarrillos box, me contó mi amigo el bombero-, y todo indica que fue la mujer del carnicero que anda por la calle con una bolsa llena de las herramientas del marido para despacharse a gusto la bronca que le quedó de la muerte del chico.

¿Y los niños, pobrecitos…?, dirá usted. ¡Esos angelitos cuya inocencia inmaculada se resiste, en todas partes del globo, a los oscuros vaivenes de la mente adulta? tal vez se pregunte, angustiado. Pero antes de ensombrecer el ceño en una preocupación inútil, permítame advertirle que los pequeños odeimvillenses son tan propensos como sus padres y sus tíos y sus abuelos y sus padrinos a la espantosa comidilla que degustan con placer todos los habitantes del pueblo, a la que suman ese exacerbado morbo infantil que hace del imberbe en general un fanático admirador de calaveras, vómitos, arañas y excrementos. Entonces notará que si se acerca a una encantadora ronda de chicos en el recreo de la escuela no los encontrará cantando La Farolera sino recitando, cada uno a su turno y con sumo respeto mutuo, las alternativas de un horroroso choque en la ruta del que no sobrevivió ninguno de los ocupantes de los ómnibus que lo protagonizaron, o el desarrollo del tumor asesino que fulminó en tres días justos al niño que vivía cerca de la Municipalidad y al que medio pueblo admiraba porque estaba siempre bronceado y vendía salud. Y si es la plaza, y usted se confunde por un instante pensando que de uno a otro tobogán, de uno a otro columpio, los niños conversan sobre el último dibujo animado lanzado por una cadena de TV internacional, reúna lo que aún le quede de coraje y acérquese como quien no quiere la cosa para enterarse con pelos y señas de la forma en que acaba de ser violada por todos los orificios corporales la mejor deportista odeimvillense justo el día en que se desarrolló, y la manera en que su victimario, luego de satisfacer a sus anchas sus tenebrosos instintos, le pegó un tiro de calibre 22 en todos y cada uno de los lugares donde acababa de regodear su horrible sexualidad. Pruebe también la hamburguesería pletórica de escolares con sus mochilas y carpetas, o el minúsculo parque de juegos con esa patética calesita cuyo repertorio se reduce a Barrilito de Cerveza y La Vaca Lechera en versiones orquestadas, o la cola para el cine cuando en el Damas y Damitas reflotan a Tyrone Power rodeado de piratas, e incluso a la salida del Jardín de Infantes, donde los sonrientes chiquitos de la salita de tres comparten, en su casi media lengua, el despanzurramiento de un encantador cachorro de San Bernardo bajo las ruedas de un último modelo y el festival de gusanos convocado por los gatitos recién nacidos que abandonaron en la quinta de la otra cuadra y que, como es obvio, no pudieron sobrevivir sin la mamá.

¿Y…? ¿Qué le parece…? ¿Se va convenciendo de no pisar jamás Odeimville…? Porque si esto no le es todavía suficiente, me veo en la honesta obligación de explicarle que no estoy haciendo más que narrar lo que alguna vez he escuchado en el clamor indigno de ese pueblo, eso sí, censurado por las normas de las buenas costumbres: porque aunque usted no lo crea, mi querido amigo, las historias que le he contado no son las peores a las que me ha tocado asistir en Odeimville, y debo confesar que, asqueado yo mismo por semejante monto de pavor e iniquidad, me he permitido cercenar los relatos originales ahorrándole a usted y, sobre todo a mí mismo, los detalles más escalofriantes. Claro que si todo esto no le alcanza, y si insiste -falsamente cobijado en las medallas y crucifijos que veo asomar bajo su camisa- en abordar de todos modos el ómnibus hacia ese pueblo de nadie, quiero también advertirle que las religiones tal como usted y yo las conocemos y desconocemos no existen en Odeimville, y que el espacio que en nuestro ajedrez español se reserva para la Iglesia está aquí ocupado por un gran galpón donde los odeimvillenses se reúnen, a manera de Asamblea popular, para contarse sus fábulas desesperadas todos los domingos, cuando el mercado y el club y hasta la boletería de la estación cierran sus puertas y es imperiosamente necesario echar nuevas palabras negras en el terrorífico caldo de cultivo que es el hábitat natural de ese lugar; hechos jurados y perjurados que, aunque se resistan con fruición a todo criterio de verosimilitud, son sin embargo creídos a pies juntillas por los pobladores con ese rictus mezcla de escalofrío y regocijo que a esta altura constituye la marca inconfundible de un odeimvillense, aunque usted -situación a todas luces imposible- alguna vez viera paseando, a alguno de ellos, por una avenida de la Capital. Por supuesto que usted es libre de hacer lo que le plazca, y de llegarse hasta allá a través de la ruta de tierra que termina en Odeimville y no sigue hacia ninguna otra parte, y de quedarse todo el tiempo que desee hasta sentir cómo por sus oídos penetra algo tan fatuo e inaprensible como palabras que, indetenibles, se abren paso hasta taladrar con fuerza sobre el lugar donde uno suele ubicar a la razón.

Si acepta mi consejo, mejor no vaya. Y si persiste en hacer del peligro un desafío y de la temeridad una virtud, sepa al menos que, sin darse cuenta, un día cualquiera terminará creyendo que el mundo se condensa como un quásar cuyos únicos límites ciertos son los inmateriales muros de Odeimville.

 

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