Berlin dentro, Berlín fuera. Autor: Luis Cadenas Borges

Berlín es el recuerdo del Muro, una gran cicatriz que los cirujanos plásticos del urbanismo han hecho desaparecer para siempre bajo plazas, calles y edificios. No es bueno olvidar para vivir, pero paradójicamente es indispensable. Es el aire desenfadado y ocupado a un tiempo. Berlín son los clubes nocturnos que se pueblan de europeos atraídos por el vago recuerdo de lo que debió ser la vieja ciudad de entreguerras. Hay lugares que se pueden contar, otros que se pueden describir, y algunos sólo pueden pintarse a trazos, a pequeños detalles que encajan como piezas de un puzzle que sólo se puede asimilar desde la distancia. Berlín es un cuadro hecho de trazos con principio y fin desconocido, perdido en la historia, o en los errores, una urbe de finísimo humor negro que vio pasar y caminar al diablo por sus calles; ciudad de brochazos gordos y finos, de color o en blanco y negro, tristes, irónicos, ácidos, casi siempre nostálgicos, una bruma de pintura humana que no se deja atrapar.

Berlín son los ojos aguamarina que me miran desde la entrada de una sala de un museo que fue fábrica. Berlín es la melena dorada y rizada que se mueve frente al gran retrato de Mao pintado por Andy Warhol. Berlín son un montón de pecas que motean un rostro blanco y anguloso. Cuadros de pop art aislados entre esculturas con forma de escombros y cuyo precio es mejor ni imaginarse para no enfurecer. Es el “polvo de diamantes” que convierte otro cuadro de Warhol en un icono imposible de obviar al pasar por delante, con las luces tenues a propósito para crear un efecto llamada cuando lo ves.

Berlín son los agujeros de bala de la guerra en muchos edificios antiguos, dejados así por pereza, por falta de dinero o como recordatorio vivo de los errores del pasado. Es la cara nerviosa de una guía de museo que me mira de soslayo mientras hablo con los demás del grupo; apenas recuerdo nada que no sean sus labios de un rojo excesivo. Berlín es un paseo con María, en la distancia y la cercanía, un leve susurro húmedo y cálido de vida dorada que sólo se deja probar una vez para esfumarse para siempre como arena en las manos.

Berlín es la ciudad de las grúas, de los grajos y urracas apostados por cientos, quizás por miles, sobre los cables y brazos de las esas mismas grúas, en una pesadilla casi diseñada por Hitchcock al atardecer. Son las hamacas a orillas del Spree, viendo pasar barcos llenos de turistas, cerveza en mano y disfrutando de un sol inocuo que parece bañar pero que en realidad quema con ganas; el sol del norte. Es una ciudad en obras, en cuerpo y alma, que no parece terminar de resucitar de las cenizas de la Historia y que en ese trayecto es precisamente cuando más atractiva y encantadora es.

Berlín son los desayunos entre una jauría de voces en diez idiomas, uno en silencio y el resto en continua excitación pensando qué van a ver, cómo lo van a ver y si realmente merece la pena todo. Claro que la merece. Es la necesidad de caminar y comprender, pararse en cada esquina, escuchar el ladrido gutural y metálico de la lengua alemana. Berlín es el pequeño ángel moreno, nariz chata y ojos azules rasgados que mira desde la sala de espera del aeropuerto. Es la mirada profunda, acuosa, fría y dominante de las berlinesas, inigualable e imposible de hallar en cualquier otra del mundo; son los abrazos tiernos y fuertes de las que descubren que nadie conoce a nadie y que los silencios ocultan lo mejor del mundo, también las miradas húmedas que se despiden.

Berlín es la lluvia tamizada de las tardes donde el sol se vuelve bola gris luminosa, en las que las nubes barren el cielo como una mano divina. Es una cerveza apoyada en un balcón desde donde se ven las torres de las iglesias, de los edificios. Berlín son sábanas blancas empapadas en sudor almizcleño, es un cigarrillo liado con tranquilidad, como si el mundo no fuera a acabarse nunca. Es el ritual de fogg and beer en una azotea cualquiera en el corazón de la ciudad.

Berlín es la invasión de españoles en pleno mes de agosto, todos en bicicleta, todos perdidos plano en mano y con la palabra “strasse” repetida una y otra vez en la cabeza. Es el Tacheles tronando en plena noche en el Mitte, el último rincón libre y anárquicamente controlado del continente. Lo vi antes de que lo matara la avaricia. Es un hombre desastrado en un mercadillo de las afueras que imita a Hendrix cantando ‘All along de watchtower’. Es la torre de la televisión, un faro de luz de día y de noche que no para de centellear y que es visible desde cualquier punto de la ciudad, una gran cruz que se enseñorea de la ciudad menos religiosa imaginable.

Berlín son los polizei de verde y caqui que se pasean por parejas entre la gente sin que nadie les preste atención alguna, al menos en apariencia. Salvo un par de turistas americanos que les ruegan hacerse una foto con ellos. La urbe es la fila de jarras vacías de gross bier de las terrazas de cara al Spree o las grandes plazas, las casas multicolor de Kreuzberg, conquistadas a golpe de pragmatismo y salario por la jovencísima clase media berlinesa; ahora es el lugar donde vivir, poblado de tiendas, cafeterías y delicatessen.

Berlín es una isla neoclásica sobre el Spree que atesora obras de arte sin posible precio y que de poder venderse podría permitir a Alemania comprar algún país más del este de Europa. Es el Tiergarten, el inmenso bosque con lagos del corazón de la ciudad, imposible de recorrer en un día y que engulle el ruido hasta hacerlo desaparecer; son los recuerdos captados a través del objetivo de una cámara. Allí donde los ojos no miran, lo hacen las máquinas. Más de 2.300 veces, por cierto. Son las bicicletas, descubrir que las normas, si se cumplen, funcionan. Y Berlín es descubrir que efectivamente montar en bicicleta no se olvida. Igual que no se la puede olvidar a ella, igual que se sueña a sí mismo el viajero, deseoso de regresar una y otra vez. Tus ojos aguamarina.

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