La vejez entra por la boca. Autor: Xenia García Domínguez

En la ciudad de Sebas, los males de amor se sanan en el hotel balneario Formentor, alojamiento levantado en la cima del último risco. Dicen las malas lenguas que la cimentación duró casi tres décadas y  fue obra del arduo trabajo de todos aquellos varones infieles, que a golpe de ladrillo, cumplían penitencia. Yo nunca pude comprobarlo, porque las únicas mujeres de mi familia que lloraron las traiciones al calor de las paredes del hotel Formentor volvieron con una sonrisa permanente en sus labios y una insondable mirada repleta de finísima arena blanca.

Por eso, en la ciudad de Sebas cada primavera, las damas traicionadas emprenden su camino hacia la cima del acantilado con suma lentitud. Afirman que no hay deslealtad que permanezca íntegra y sin titubeos al finalizar la peregrinación. Que los gruesos muros decoloran cualquier memoria dolorosa hasta dejarla en blanco y negro y del grosor del papel de fumar. Y un día, cuando las imágenes al borde del abismo son ya de un grisáceo insípido y desdibujado, una se da cuenta de que es imposible olvidar lo que no se recuerda.

Este año, con el florecer del azahar, he decidido sumarme a este periplo. A nadie he confesado las verdaderas razones de tal osadía, ya que mi causa no es haber padecido un engaño en sentido estricto, sino haber huido de la cotidianidad hace años. Y claro, de tanto perseguir sueños imposibles, Arturo acabó marchándose, angustiado como estaba por intentar parecerse a mi ideal.

Se marchó con su pelambrera desatada y sus achinados ojos grises, donde las mujeres veían el reflejo de la estabilidad y yo del hastío. Siempre he sostenido que la vida es redonda y que, tarde o temprano, volvería a ponerlo en mi camino.

Pero el tiempo se ha dilatado y Arturo no vuelve. Eso me inquieta. Me paso las tardes rememorando aquellos instantes que desprecié. “¿Por qué lees tanto, Irina? ¿Qué tiene un libro?”, me preguntaba.  “Leo porque no sé volar de otra manera. Son las únicas alas que me dieron”.

Así que me he maquillado los labios (“Irina, la vejez entra por la boca”, decía mi abuela), he atrapado mi bolso y calzado mis sandalias de medio tacón, por si el destino fuera tan sarcástico como para ponerlo en mi camino justo cuando emprendiera el sendero irrenunciable para olvidarme de él.

De esta forma llegué, tras todo un día de travesía, a las puertas del castillo que prometía el olvido.

Aquí llevo más de una semana y los recuerdos, lejos de desvanecerse, se hacen más presentes. Es cierto que escucho lamentos entrecortados vagando por los pasillos. Pero ninguno es de Arturo. Mato el tiempo ayudando a construir un nuevo aposento con la espalda entumecida. Debes darte prisa, me dicen mis compañeras. Hay que dejarlo todo listo para el primer hombre que se alojará en nuestros muros. El primer varón que quiere olvidar que fue olvidado. Pero por más que pregunto, ninguna me quiere desvelar su nombre.

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