El viaje del gitano. Autor: Gustavo Lobig Martínez

No nació bajo el toldo de la carreta, sino a la luz de la fogata, sobre la tierra verde cercana al lago donde los gitanos habían levantado su campamento multicolor. Al minuto de haber llegado al mundo se encontró arropado por el aire fresco, el calor del fuego y las voces de las guitarras, las panderetas y los gritos alegres que animaban esa nochebuena. La abuela consultó a los cuatro elementos, a los astros visibles, a las cartas sabias, y pronosticó al recién nacido una vida feliz, larga e inquieta si lograba evitar la trampa de la seguridad, tan dada a respirar el mismo aire y conformarse cada jornada con ver las luces de siempre, beber un agua idéntica y acumular un polvo semejante al del día anterior. Pero, advirtió con voz agrietada a la madre del pequeño, si se dejaba atrapar por el hábito de lo seguro, enemigo de la libertad, olvidaría quién era, traicionaría a su sangre y un aullido se lo llevaría. Después de una breve pausa, la anciana levantó tres dedos sarmentosos, trazó con ellos un signo curveado sobre la frente del infante, musitó algo ininteligible, pidió un trago, lo bebió regándose de paso los pelos de la barbilla y se unió al jolgorio.

Como todo niño gitano, este creció al tanto de su sino. Sus constantes travesuras le fueron toleradas debido a la profecía, y a lo largo de treinta años y pico gozó en efecto de una vida razonablemente feliz y bastante movida. Durante ese lapso recorrió con la tribu más lugares que la mayoría de las personas, atravesando muchas de las tantas fronteras inventadas por el hombre y haciendo suyo el mundo, mientras la gente errante mermaba, asfixiada por la civilización. Pasado ese tiempo se convirtió en el último de los suyos, y las circunstancias lo forzaron a elegir entre la cárcel para vagabundos y el trabajo en una agencia de viajes terrestres. Esta pasó a ser su prisión durante la siguiente década, aunque durante el día la mente se le iba de aquí para allá con cada pasaje que vendía, y al terminar la jornada tampoco descansaba, imaginando las aventuras y sitios que se perdía por vivir al margen de la libertad. Entre la tibia penumbra que era su monótona vida, una noche salió gritando de la pesadilla recurrente en la que un monstruo fofo y apolillado intentaba estrangularlo, y del que siempre logró escapar hasta esa vez que no pudo zafarse de sus viscosos tentáculos.

Habiendo despertado con palpitaciones y bañado en sudor de un sueño de diez años, cogió sus ahorros, hizo la maleta, se vendió un pasaje en el próximo tren y, haciéndose pasar por viajante de comercio, llegó hasta una población lejana elogiada por muchos folletos. Recorrió sus calles principales, visitó sus lugares turísticos y los que preferían los lugareños, y después continuó hasta llegar a la ciudad más próxima, luego visitó otra que no tardó en cambiar por la siguiente, y siguió de esa manera huyendo del augurio que recibió al nacer, buscándose a sí mismo por tierras desconocidas, cobijado con frecuencia por la intemperie y sin detenerse mucho tiempo en ninguna parte. Cada vistazo que daba a un sitio nuevo era también el último. Sin embargo, aunque la pesadilla no volvió, el prolongado sedentarismo lo había cambiado por dentro y por fuera.

Ahora, después de su larga detención, mientras más mundo veía menos soñaba y más le costaba recordar cuanto no favoreciese su impostura laboral. No se daba cuenta del cumplimiento de la profecía. De tanto fingir ser quien no era, terminó por olvidarla junto con sus orígenes y la mayor parte de lo vivido. Un sábado después de mediodía, a los tres años justos de haber evadido la rutina inmóvil para retomar la del cambio constante, llegó caminando a un parque de diversiones construido en las inmediaciones de una estación de trenes, con la entrada adornada por anuncios publicitarios que exageraban las atracciones del lugar. Un cartel fijado a una estaca mostraba el dibujo de la típica vieja gitana invitando al paseante a conocer el porvenir. Algo se agitó en su interior y lo obligó a tomar asiento en la calle, frente al aviso, en la orilla izquierda del río humano que fluía desde el tren de esa hora hacia la diversión. Una pareja de risueños visitantes, al verlo decentemente vestido y ubicado en la puerta del parque como un mendigo, le arrojó en broma una moneda que rebotó en el polvo. Era el importe exacto de la consulta adivinatoria.

Entretanto, el hombre sentado permaneció absorto y extrañamente conmovido, observando la cara de la anciana vidente, cuyos labios parecían querer decirle algo. El ruidoso pasar de los minutos, llenos de niños y adultos, le impidió entender el mensaje. A pesar de agobiarlo un cansancio inmenso, se pasó casi toda la tarde contemplando el cartel, hasta que lo distrajo un colibrí ocupado en cortar el aire en innumerables fragmentos mientras libaba aquí y allá. Encontrando atractiva la inquieta vida del ave, se recostó contra el anuncio y cerró los ojos. De pronto, un destello explotó en la oscuridad y miles de imágenes, rápidas como el pensamiento y con la duración de un pestañeo, acribillaron sucesivamente el espacio detrás de sus párpados mostrándole sin pausa las aventuras corridas y los sitios visitados desde la infancia, cada visión anulando la anterior antes de ser borrada por la siguiente. La ojeada a la oficina de viajes no duró más que las otras y precedió la fugaz aparición de las vivencias acumuladas desde su huida hasta verse sentado sobre el polvo. La cara triunfal de la bruja del cartel acompañó la brusca despedida de ese recuerdo postrero.

Agotada la memoria, el viajero dio unas vueltas dentro del vacío de su cabeza y de nuevo abrió los ojos frente al reclamo de la gitana. La moneda había desaparecido con su pasado, sin mostrarle nada del futuro, aunque él jamás lo supo. Mareado y confundido, sin poder reconocer nada de sí o del entorno, logró ponerse de pie con dificultad, esquivó la multitud cansada y feliz que salía del parque para regresar a casa con el último tren del día y se detuvo en medio de los rieles. Se agachó para tocarlos, mas no supo qué eran ni porqué vibraban. Tampoco identificó la mole creciente ni el sonido aullante que precedió al impacto. Con la profecía y toda su vida, a excepción del presente, también había olvidado el miedo.

Anuncios

Un Comentario

  1. Carolina Tirado Hernández

    Magnífico el cuento de El viaje del gitano. Tiene de todo, suspenso, mensaje, excelente redacción, está muy bien, me encantó, pero no pude dejar el “me gusta” por wordpress. Por si alguien puede hacerlo por mí, dejo mi nombre y mi dirección de correos: carolinatiradoh@gmail.com

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s