Tiempo libre. Autor: Antonio Ortuño Casas

Los trabajos que he tenido, desde que prácticamente ingresé en el mundo laboral, me permiten viajar y vivir unos años en diferentes países, conocer sus culturas, compartir experiencias con mi familia, que arrastro y me empuja a la vez a seguir explorando mundo. Ya mis hijos están iniciando sus propios caminos y también con ellos hay que seguir sus pasos, para no perder sus rumbos y poder seguir compartiendo de su mano otras experiencias.

Tendría probablemente innumerables historias para escribir un enorme libro, quizá exageraría algunas y otras, sobre todo las comprometidas, las trascribiría con alguna ficción. Por algo soy un amante de ese género, cuando es bueno, y la valoración en mi caso es muy exigente; es por lo que un porcentaje muy pequeño de esas películas y libros engrosan la lista de candidaturas al primer premio.

La historia que me ha tocado vivir hoy la puedo considerar totalmente real, aunque la podría suponer también comprometida, pero a pesar de ello y por eso mismo realidad real y esta vez sin ficción. 

El continente, único, mayúsculo, crudo, vulnerable, increíble, diverso: África. El país, representando ampliamente todos esos mismos adjetivos: Kenia. El lugar, personificando lo salvaje y espectacular de la naturaleza, que lo hemos empapado de la televisión y de los libros de aventuras: la tierra de los Masai.

Lo colorido de sus ropas, donde el rojo es el que predomina, me dicen que es para espantar a los animales salvajes y porque también es el color más bonito. Lo espectacular de sus danzas, quién no conoce esos saltos de sus bravos guerreros que casi los multiplica por dos en altura. Sus tradiciones ancestrales, que nos dejan perplejos como la de otros muchos pueblos del mundo que se enfrentan al del nuestro, que es avasallador, artificial, que está en el polo opuesto, en el otro extremo de todo. Todo es real.

Quedaba tiempo libre después de haber visto animales salvajes muy temprano en la mañana y el guía que nos acompañaba, quizá al habernos visto aun con ganas de pasear, nos sugirió que fuéramos a visitar un pequeño poblado Masai que quedaba en la misma reserva natural. Después en la tarde, tras la comida, seguiríamos viendo más animales y entre ellos al león, al que temen pero para el que están preparados para enfrentarlo con sus medios.

Y a su medio fuimos, esperando ver lo que los documentales de la televisión nos muestran con todo lujo de detalles. No faltó pagar la correspondiente entrada, unos dólares que el jefe del poblado guardó cuidadosamente en su bolsa, y que nos permitiría  tomar las fotos que quisiésemos y preguntáramos todo aquello que se nos antojara.

Tal como en la tele; las vacas cuidadas por niños y muchachos, las mujeres preparando la comida y cuidando de los pequeños, los jóvenes luciendo sus coloridos trajes, bravos guerreros que conocen los extraños nombres de jugadores de fútbol de equipos extranjeros. En el poblado no había un atisbo de modernidad, salvo ese conocimiento internacional y en ese momento nosotros en pantalones cortos.

Nos encendieron fuego como lo han hecho durante toda su vida, nos enseñaron sus chozas en las que es difícil de explicar la existencia de la palabra comodidad, que probablemente no existe para ellos, cuando nosotros, que hemos olvidado nuestro propio origen, que hasta lo negamos, nos dejamos llevar hacia lo inexplicable.

Al salir de la vivienda, construida con tierra y excrementos de sus vacas, del joven Masai que nos iba acompañando durante el recorrido, me volví a reconciliar con mis antepasados, con mi propia existencia.

La oscuridad de la luz, el olor de dentro de la Tierra, el espacio en un minúsculo laberinto, y el tiempo que no pasa, afortunadamente.

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