Teresa recuerda. Autor: Alejandra Gutiérrez

Teresa dejó el telegrama por unos segundos frente a su rostro, aunque había desviado la mirada hacia la ventana y observaba la calle casi vacía aquella mañana. Sólo se oía el tintineo del móvil de peces de vidrio azul que se movía al compás de una suave brisa.

Se dirigió a la habitación y sacó la maleta de cuero gastado de debajo de la cama, prometiéndose comprarse cuanto antes una nueva, de las que tiene rueditas para mayor comodidad. Un par de blusas, una bata de dormir, un pantalón negro, no, negro no, beige, algo de ropa interior… iba murmurando al tiempo que lanzaba las cosas dentro de la maleta. El telegrama lo arrugó y lo lanzó en la papelera pensando que probablemente el Dr. Ochoa era el único que aún enviaba telegramas en este mundo de teléfonos, móviles e internet. Pero luego pensó que era adecuado recibir la noticia de la muerte de Elvira en un telegrama, porque ese pedazo de papel era como un sombrío puente entre su mundo y aquel sepultado en un pasado remoto.

En la estación de autobuses la esperaba el Dr. Ochoa, quien la recibió cordialmente, mas sin embargo no le ofreció ninguna condolencia. En el camino a la casa le explicó que Elvira había dejado todo dispuesto, que solo necesitaban su firma para echar a andar todos los trámites. También agregó, como si fuera parte de su trabajo de abogado,  las condiciones de la muerte de Elvira.

−Falleció durante el sueño. El médico asegura que ni siquiera se dio cuenta.

Teresa se preguntó qué clase de relación habría entre el viejo abogado y su hermana. Al menos una amistad debió existir entre los dos, porque Ochoa era quien se había encargado de los asuntos de la familia desde que tenía memoria.

Pasaron primero por el despacho donde Teresa firmó algunos documentos y luego la dejó en la vieja casona. Teresa se detuvo frente a la puerta verde oscuro con la maleta en la mano. Miró a su derecha y la plaza al final de la calle le pareció mucho más cerca que en sus recuerdos.

Fue directamente a la cocina y puso agua para un té. No tuvo dificultad en encontrar nada en los desteñidos pero pulcros gabinetes grises. Era como si en algún lugar guardado de su memoria estuvieran las instrucciones para conducirse por la casa.

Se sentó en el silencio de la cocina y bebió el té con concentración.

−Elvira, Elvira, cara de gorila…

La niñita de pelo rojizo asomó la cabeza por la puerta de la cocina el tiempo suficiente para cantar su consigna y luego desapareció.

−Mamá, Teresa…−protestó cabizbaja la niña sentada a la mesa.

−No le hagas caso. Simplemente ignórala. No sé cuándo esta niña va a aprender modales.

Teresa sonrió y apuró la taza de té.

Lentamente fue recorriendo la casa. Todo permanecía en su mismo sitio, pero ajado por los años. Los mismos muebles de tapicería morada que habían sido un regalo de boda de sus padres. El mismo aparador con las copas, platos y tazas que con los años habían adquirido una apariencia casi irreal. El mismo reloj pesado de madera oscura, que aún seguía dando la media hora con una sola campanada. Se dirigió al que había sido su antiguo cuarto y le sorprendió que allí el estado de las cosa sí se hubiese alterado. Aún estaba su antigua cama con el espaldar azul y las rosas dibujadas en el centro y la mesita de noche del mismo color. Pero fuera de eso, todo lo demás había desaparecido.

Teresa dejó la maleta sobre la mesita y se recostó en la cama.

−Todo es posible, toma mi mano, te doy mi vida, todo es posible… −La voz sin melodía de la vieja Antonia sonaba por los pasillos de la casa, su voz ronca de beata.− Todo es posible…

Teresa cerró los ojos y la imaginó plumero en mano arrancando un polvo invisible. El ruido del teléfono la despertó con un sobresalto. El sonido le pareció incongruente con la casa, no recordaba que hubiera habido un teléfono. Guiada por el ruido llegó hasta la sala y ubicó el aparato casi escondido en una mesita en un rincón.

−Buenas tarde, señora Elvira. Quería saber si quiere que pase este jueves a recoger la donación de la parroquia −dijo con viveza la mujer al otro lado de la línea.

−No es Elvira, es Teresa, su hermana.

−Ah, lo siento. ¿Estará la señora Elvira por ahí?

−Elvira… pues ella ha muerto, lo siento −se oyó decir Teresa.

−¿Muerto? Pero, si yo la vi hace dos días… ¿cómo…?

Colgó y se sentó en el sofá y abrazó el cojín de bordados en punto de cruz naranja que Elvira le había regalado una vez a la madre por Navidad.

Te mueres y el teléfono suena, te mueres y siguen dando tu programa favorito, te mueres y el periódico sigue llegando puntual a tu puerta todos los días…todo sigue, solo que ya tú no estás, Elvira, Elvira, cara de…

Teresa miró el reloj y se dio cuenta de que apenas tenía tiempo para ir a la funeraria. Se cambió rápidamente y salió a la calle. Miró las casas vecinas y nada de lo que vio le resultó familiar. Seguramente los vecinos de antes habrían muerto ya. Otra gente viviría en esas casas que lucía remodeladas, modernas, como su propia casa, que tanto le había costado arreglar a su gusto.

Al funeral asistió poca gente. Según le explicó el Dr. Ochoa, Elvira había dispuesto que así fuera, que no se publicara ninguna esquela en el periódico ni se hiciera anuncio alguno. A la breve ceremonia en la funeraria asistieron solo Ochoa, un par de señoras que Teresa supuso eran de la iglesia a la que iba Elvira y una muchacha que resultó ser una vecina. Teresa hubiese querido ver el rostro de su hermana, pero también había dispuesto Elvira que el ataúd se mantuviera cerrado. De todas formas, ¿quién era ella para pretender siquiera verla ahora, de esa forma, cuando hacía tanto tiempo que había desechado la posibilidad de ver cara a cara a su hermana otra vez? Verla muerta, era una indecencia, era prohibirle el derecho a que le devolviera su mirada, ¿resentida? ¿de odio Elvira?, ¿ o solo de decepción?

En el cementerio junto al nicho de sus padres, del padre al que apenas recuerda, de la madre a la que sí recuerda, esta niña cuándo va a aprender modales, esta muchacha cuándo va a comportarse como una señorita, esta mujer en quién se ha convertido. Allí, frente a la tumba de la madre, había visto a Elvira por última vez. Pero esta sí que era la última vez, solo que no podía ver el rostro de Elvira, solo que ella le negaba su semblante. Por eso solo le quedaría su última mirada hosca de reclamo ante su ausencia, frente a las flores todavía frescas de la tumba materna.

−Amén −recitó el breve coro y todos fueron desapareciendo en la tarde plomiza.

−Ya le haré llegar las instrucciones que dejó Elvira con respecto a sus pertenencias−le dijo Ochoa a modo de despedida. Y Teresa sintió un incoherente deseo de  reírse de su aire circunspecto y de su pajarita torcida y de sus ojos de becerro abandonado. La querías hombre, seguro que la querías, ¿te quería Elvira también?

El Dr. Ochoa se alejaba ya y su imagen estirada resaltaba sobre las tumbas chatas.

Teresa entró en la casa y fue directamente a la habitación de Elvira. Había un leve olor a jazmín y a encerrado, como si en los pocos días transcurridos el tiempo hubiese empezado a hacer su trabajo. La cama desecha era lo único que revelaba algún vestigio de vida reciente. Abrió el armario y observó la ropa. Sólo había vestidos, opacos, planchados  y perfectamente alineados. Los tres pares de zapatos lustrosos se juntaban bajo los vestidos. En el joyero del peinador encontró las antiguas prendas de la abuela, que luego habían sido de su madre y luego de Elvira. ¿Alguna vez usaste estos pendientes de rubíes o el anillo de zafiros de la abuela? ¿El collar de pequeñas perlas cobrizas adornó tu cuello alguna vez? No es mi culpa Elvira, no es mi culpa si nunca tuviste la ocasión de lucirlos. Yo no quería estas joyas, ni nada de esa vida ajada que tan bien sobrellevaron todas ustedes. Esta muchacha, ¿a quién habrá salido así? Gracias a Dios que su padre no vive para ver en lo que se ha convertido.

Teresa puso todo en su lugar, guardó las joyas cuidadosamente, tendió la cama, sacudió el polvo, en un vano intento de volver las cosas a su estado original.

Abrió su maleta de cuero y empacó sus pocas pertenencias. Buscó en la casa algo que quisiera llevarse consigo, algo que le recordara el olor de la casa, el sonido de sus cimientos, algo vivo.

Recorrió lentamente cada habitación y repasó cada objeto, corroborando su precaria existencia con una última mirada.

Parada ante la puerta verde, Teresa.

Adiós Elvira, Elvira…

Nada, nada que llevarse comprende Teresa.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s