El túnel. Autor: Esther Domínguez Soto

-Atención, por favor. Viajeros con destino Santiago de Compostela, el convoy se encuentra estacionado en vía 10, andén 5. Efectuará su salida a las catorce y veintiocho.

La voz repitió su mensaje un par de veces y los altavoces enmudecieron. La multitud de ruidos que invadían la estación sonaron aún con más fuerza, libres de la dictadura de la megafonía. Elena consultó su reloj e hizo un gesto de contrariedad. Aquella algarabía le molestaba más de lo que quería reconocer. Le  impedía pensar con claridad. Y todavía faltaba más de una hora hasta la salida del tren. Se dirigió al kiosco y miró con calma revistas y periódicos. Al final se decidió por tres periódicos con sus dominicales y un par de novelas negras. Le gustaba leer algo truculento mientras el tren tragaba kilómetros durante las  horas que duraba el viaje.

El vagón, al igual que el tren, iba casi vacío. Se sentó junto a una ventanilla y dejó la carga de periódicos y libros en el asiento de al lado. Estiró las piernas y tuvo que hacer un esfuerzo por no estirar los brazos por encima de su cabeza. Bostezó sin disimulo. Bueno, después de comer los bocadillos que acababa de comprar, podía echar una siesta. En un viaje tan largo tendría tiempo para todo.

La estación se quedó atrás. Los polígonos industriales sustituyeron a los edificios de la ciudad y las estaciones de cercanías parecían asomarse al recorrido del tren, que seguía su marcha sin detenerse. Cuando empezaron a cruzar los túneles de Guadarrama, Elena comenzó a cabecear hasta quedarse profundamente dormida.

Se despertó sobresaltada. El convoy acababa de salir de un túnel y corría entre dos laderas cubiertas de árboles de follaje oscuro que parecían a punto de abalanzarse sobre la vía. Levantando mucho la cabeza pudo ver una estrecha tira de cielo azul. No le apetecía moverse, por eso dejó pasar los minutos mientras los árboles se sucedían ante la ventanilla a gran velocidad. Entraron en otro túnel. Elena vio su cara reflejada en el grueso cristal. No pudo evitar hacerse un par de muecas. Incluso sacó la lengua a lo Mick Jagger. Total nadie la veía. Podía hacer un poco el mono.  El ruido de una puerta al abrirse la sobresaltó. Lo único que le faltaba era que alguien la viera hacer mamarrachadas frente a la ventanilla. Ya no tenía edad para esas bobadas. Cogió un dominical y comenzó a hojearlo con gesto concentrado.

Tuvo la sensación de que algo anormal estaba sucediendo aunque, aparentemente, todo iba como debía. El tren continuaba su marcha en la oscuridad. ¡Eso era lo extraño! El túnel. ¿Cuánto tiempo hacía que habían entrado? Elena trató de recordar si había un túnel tan largo en esa línea. Juraría que no. Y eso que hacía el recorrido con bastante frecuencia, gracias a su pánico a viajar en avión.  Entonces ¿qué estaba sucediendo?

Miró a los escasos viajeros que viajaban en su mismo vagón. Un par de ellos seguían la película de vídeo, una sucesión de carreras, disparos de metralleta y coches saltando por los aires envueltos en llamas, una mujer ya mayor hacía un crucigrama y una pareja jugaba a las cartas. Su bebé dormía plácidamente. Todos parecían tranquilos. Elena hizo un gesto de duda. Serían figuraciones suyas pero se sentiría mucho mejor cuando volviera a ver la luz del sol.

La velocidad del convoy comenzó a disminuir hasta que se detuvo. Elena miró su reloj. Hacía más de veinticinco minutos que habían entrado en el túnel. Y allí seguían. Rodeados de oscuridad. Tenía la boca seca. Bebió un trago de Coca Cola. Estaba caliente y sin fuerza pero, al menos, dejó de sentir la boca como un trozo de estropajo.

Los demás viajeros se miraban unos a otros, interrogantes. La señora del crucigrama fue la primera en hablar para comentar que lo más probable era que la locomotora se hubiese averiado. No parecía alarmada. Elena escuchó la conversación que siguió entre sus compañeros de viaje, prefiriendo no intervenir. No era el momento de asustar a los demás. Tal vez la señora tuviera razón y todo se redujera a una avería. Sin embargo, algo en su interior le decía que había algo más. Demasiado tiempo dentro de aquel túnel.

Unas luces iluminaron las cabezas de tres hombres que caminaban al lado del tren. Eran los conductores y uno de los interventores. Todos los miraban, esperando un gesto tranquilizador  que explicara qué estaba pasando. Pero ninguno de los tres prestó atención a los viajeros. Con gesto serio, examinaron las paredes del túnel y desaparecieron en dirección a la cola del convoy, llevándose las luces. El vagón volvió a quedar envuelto en la oscuridad.

La espera se alargó durante muchos minutos. En el vídeo, la película continuaba ofreciendo disparos y explosiones, pero nadie la seguía. El nerviosismo era patente en los gestos preocupados, los dedos que jugueteaban con bolígrafos y gafas y el silencio que había acabado por instalarse en el vagón. El ruido de una de las puertas al abrirse, una especie de suspiro asmático,  los sobresaltó. Después todos suspiraron con alivio. Era uno de los  interventores. Por fin iban a saber qué ocurría y, lo más importante, cuánto tiempo iban a permanecer envueltos en la oscuridad.

-No se preocupen, no se preocupen –Elena sintió un escalofrío. Cuando alguien te dice que no te  preocupes antes de explicarte qué pasa, es que las noticias son malas. Y no se equivocó. –Ya sé que lo que voy a contarles parece extraño, yo diría que increíble. Pero es la verdad. Verán –tomó aire antes de seguir hablando. –el túnel no tiene salida.

-Eso es imposible –aseguró el padre del bebé, que continuaba beatíficamente dormido.

-Pues es la verdad. Uno de los conductores lo ha recorrido más de tres kilómetros y no ha encontrado la salida. Si tenemos en cuenta que este túnel tiene una longitud de cuatro kilómetros y que, desde que hemos entrado hasta ahora, hemos recorrido unos treinta, la única explicación es que estamos en un túnel ciego.

-¿Es posible que nos hayamos metido en un túnel en obras? Por aquí estaban trabajando para el AVE, ¿no? –La señora del crucigrama miraba esperanzada al interventor.

-Es imposible. Un tren no es un coche que cambia de carril cuando el conductor lo decide. Las vías no coinciden en ningún punto del trazado. Imposible que nos hayamos metido en la línea del AVE.

-¿Y qué vamos a hacer? –la madre del bebé se mordisqueaba los labios. Parecía a punto de empezar a gritar. O a llorar.

-La salida lógica es retroceder hasta la entrada. Allí nos pondremos en contacto con la estación más cercana y pediremos que envíen autocares para llevarles por carretera. Si me perdonan, tengo que informar a los demás viajeros. Permanezcan tranquilos. Saldremos de aquí cuanto antes.

Lo vieron alejarse, saliendo al encuentro de otro grupo de viajeros. Permanecieron callados unos instantes. Una ligera sacudida y el convoy comenzó a retroceder. Muy despacio al principio, a mayor velocidad después. El conductor también tenía prisa por abandonar aquella oscuridad opresiva. Elena miró su reloj. Dentro de veinte minutos tendrían que estar fuera del túnel. Veinticinco como más tarde. Todos se sentaron, pero ninguno retomó lo que había estado haciendo. Cuando no estaban fijos en los relojes, los ojos de los viajeros parecían mirar al vacío. La espera era angustiosa, excepto para el bebé que continuaba dormido, aunque ahora, se revolvía en su cochecito y se frotaba la carita, colorada y regordeta.

Media hora más tarde, el convoy continuaba dentro del túnel. Elena sentía una especie de vacío en el estómago. ¿Qué estaba pasando?  Cuarenta, cincuenta minutos. El convoy se detuvo bruscamente. El bebé se despertó con un quejido. Su madre lo cogió en brazos e intentó entretenerlo mostrándole las cartas de la baraja. Los demás viajeros miraban la oscuridad en busca de una luz que les indicara que la pesadilla había terminado. Pero fue inútil. Estaban rodeados de negrura.

Sin saber por qué  todos los pasajeros del tren fueron reuniéndose en el vagón de Elena. Como si una fuerza atávica los obligara a formar un rebaño que opusiera más resistencia a lo que fuera a pasar. Como ovejas esperando el ataque de los lobos. Los camareros y los cocineros del restaurante fueron los últimos en  sumarse a la reunión.  Se quedaron en el estribo del vagón, de pie, impacientes por saber algo concreto. Sus chaquetillas blancas le recordaron a Elena una colección de mortajas en medio de aquella oscuridad. Sintió un escalofrío y prefirió centrar su atención en los rostros de las personas que estaban allí, compartiendo miedo e incertidumbre. Los que estaban sentados procuraban no mirarse, algunos inclinaron la cabeza cuando sus ojos se tropezaron con los de otro viajero. Otros prefirieron  sentarse y mirar el techo o fijarse en un detalle de la tapicería, evitando ver su propio miedo reflejado en los ojos de los demás. Nadie habló. ¿Qué podían decir para aliviar el miedo que todos sentían? El único que seguía haciendo ruiditos era el bebé, ya totalmente despierto. Su madre le hablaba en susurros para no  interrumpir el  estado de trance que planeaba sobre los ocupantes del  vagón.

Unas voces apagadas rompieron el silencio. El conductor, su ayudante y los  interventores aparecieron, por fin, ante los viajeros. El interventor  que les había informado hacia un rato y que parecía haber asumido el mando  abrió los brazos. Ese simple gesto lo dijo todo. No habían encontrado la salida del túnel.

-¿Qué vamos a hacer?  -La señora de los crucigramas puso voz a lo que todos estaban preguntándose.

El conductor movió la cabeza. –Me temo que nada.

Un señor grueso intervino -¡No podemos quedarnos de brazos cruzados! Tenemos que hacer algo.

-Lo veo difícil –afirmó el interventor. –El túnel no tiene final. Eso ya lo sabíamos. Pero ahora, hemos comprobado que tampoco tiene principio…

El miedo salió en forma de voces airadas. -¿Cómo no va a tener principio? Pues, si entramos, tendremos que poder salir, digo yo. Esto no es Expediente X.

El personal del restaurante atravesó con disimulo el pasillo hasta llegar  al otro lado del vagón, junto a sus compañeros. Si las cosas se ponían feas, podrían presentar un frente común. Dos bandos para una única amenaza.  El interventor volvió a tomar la palabra.

-No lo hemos encontrado. Además, los móviles no tienen cobertura. Tampoco los teléfonos del tren. Con franqueza, no sabemos qué más podemos hacer ni a quién recurrir.  En tres palabras, no hay salida.

Elena empezó a sentir calor. Después una sensación de ahogo la atenazó de forma súbita, inmisericorde. “Me voy a desmayar” pensó. Y, efectivamente, se desmayó.

Sintió la cara mojada. Sacudió la cabeza y comprobó que el cuello  le dolía bastante. Intentó secarse pero una mano se lo impidió.

-El agua la ayudará a espabilarse. Y con este calor enseguida se secará. Beba un poco.

Uno de los camareros, un hombre joven, moreno, con un marcado acento andaluz,  le ofrecía un botellín de agua. Elena lo cogió y, tras murmurar “gracias”, bebió un buen trago. El camarero tenía razón. Allí hacía un calor opresivo, viscoso, francamente desagradable. Elena se masajeó el cuello. Después miró al camarero.

-Acabo de tener la pesadilla más real y horrible que puedo recordar. Y eso que de adolescente las tuve para dar y tomar –lo dijo con tono alegre. Por fin se había acabado la angustia del túnel sin final. Necesitaba compartir con alguien el miedo que acababa de pasar.  –Si le digo que soñé que estábamos en un…

Miró a su alrededor y no pudo reprimir un grito de frustración y terror. La misma oscuridad, los mismos rostros, sólo que ahora más angustiados que nunca. Lo que ella había llamado pesadilla continuaba siendo realidad.

 

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