Alrededor de una sospecha. Autor: Irene Zabaleta

Me detuve en el paso de peatones a la espera de que el cortejo fúnebre lo atravesara. Llevaba un traje negro. La luz era nítida y lo recortaba todo hasta donde alcanzaba la vista: el filo de los ángulos de los edificios, los extremos de las formas geométricas del parque infantil, la circunferencia del buzón de correos, los maletines de la gente. Di unos pasos hasta el árbol que se encontraba a mi derecha para apoyarme en el tronco. La cabecera del cortejo pasó ante mí, la sombra del vehículo se alargó hasta mis pies. Una mujer apoyó una mano en mi espalda. Cuando alcé la vista, la fila de vehículos negros seguía allí. “Le acompaño el sentimiento”, dijo ella. Luego, con la otra mano, apartó una rama joven, pesada de brotes verdes, como si estuviera fuera de lugar allí, frente a mi cara. A continuación se alejó. La circulación de peatones se reanudaba. Yo también crucé y, sin proponérmelo, anduve tras ella un par de calles. A medida que la gente se dispersaba en una u otra dirección, la masa de peatones reunida en el cruce fue perdiendo densidad. El grupo de los que avanzábamos en línea recta se iba haciendo cada vez más reducido. La mujer mantenía un paso enérgico sin prestar atención a ninguno de los sitios en los que podría haberse detenido a esa hora: el puesto de periódicos, un café, la parada de autobuses, una panadería. Cuando alcancé el punto en el que debía girar, decidí seguirla; sabía cómo hacerlo. Ella llevaba un abrigo de paño color camello, cuyo extremo inferior se doblaba ligeramente al rozar contra sus pantorrillas. Entre la planta y el tacón bajo de sus zapatos había un espacio de suela inmaculada. Al cabo de un par de calles nos internamos en un parque. Allí, en el camino de grava, el ritmo de su marcha se hizo más lento, de modo que yo tuve que reajustar mi paso al suyo mientras avanzaba por el lateral almohadillado cubierto de césped. Cuando la estatua central la ocultó unos instantes a mi vista, me apresuré, pero en la urgencia por apartarme de la figura de bronce me acerqué demasiado y tuve que fingir que me ataba los cordones de un zapato. Al cabo ella había cruzado la calzada y estaba empujando una puerta de cristal grueso que daba acceso a unas dependencias oficiales. En un cartel pegado con celo unas grandes letras negras anunciaban: “Clases de francés para extranjeros”. Miré el reloj. Hacía casi una hora que la jornada laboral había dado comienzo. Descarté la posibilidad de que se tratara de una empleada. Un cuarto de hora antes sus palabras me habían hecho sentir tan perplejo que no recordaba haberle prestado ninguna atención a su acento. En cualquier caso, en París no era raro que una persona tuviera acento extraño. Tal vez llevaba poco tiempo en la ciudad. ¿Quién sería?

Supuse que la espera no iba a alargarse mucho y, pese a ello, decidí retroceder hasta la farmacia que había visto al otro lado del parquecillo (necesitaba un protector de estómago con urgencia). Decidí rodearlo para no tener que volver a pasar junto a la estatua (las figuras humanas inanimadas me sacan de quicio); a través del cristal de la farmacia, la puerta de la oficina era visible y no me importó esperar a que me atendieran. Regresé por el mismo lateral y me entretuve, en apariencia, frente a unos escaparates hasta que ella salió de la oficina abotonándose el abrigo y cogió una dirección diferente a aquella por la que habíamos venido. El cielo había acabado de cerrarse y las nubes, aunque altas, volvían más oscura la pizarra de los tejados. Unas manzanas más adelante bajó al metro. El andén estaba lleno de gente, el tren llegó abarrotado. Nos subimos al mismo coche separados por una pequeña muchedumbre. A lo largo del trayecto la perdí de vista un par de veces. En una ocasión la vi alzar una mano y recogerse un mechón de pelo que le caía sobre la cara. Tendría unos veinticinco años, un par más, quizá. Al salir del metro se dirigió hacia una tranquila vía sin salida, al final de la cual se alzaba una construcción coronada por bulbos dorados. Había un restaurante a mitad de la calle. Empujó la puerta de entrada sin vacilar, como si el lugar le resultara familiar. Tras aguardar unos minutos, la vi extender un mantel de tela sobre una mesa (se había quitado el abrigo y llevaba un delantal negro diminuto atado a las caderas). Era evidente que iba a pasar allí cierto tiempo y que yo podría disponer del resto de la mañana sin temor a perderla de vista. Sin embargo, lo que me había hecho salir a la calle no me urgía tanto como entender el porqué de su actitud, el significado de sus palabras.

Me había detenido en el paso de peatones a la espera de que un cortejo fúnebre lo atravesara. Había tomado un antiinflamatorio con el café a causa de mi lesión en el hombro. Llevaba el traje negro. La luz era nítida y lo recortaba todo hasta donde alcanzaba la vista: el filo de los ángulos de los edificios, los extremos de las formas geométricas del parque infantil, la circunferencia del buzón de correos, los maletines de la gente. Por un instante me había apoyado en el árbol que se encontraba a mi derecha. La cabecera del cortejo había pasado ante a mí, la sombra alargada de un vehículo había alcanzado mis pies. La mujer se había acercado por detrás, había apoyado una mano en mi espalda y me había dicho: “Le acompaño el sentimiento”. Luego, con la otra mano, había apartado una rama joven, pesada de brotes verdes, como si estuviera fuera de lugar allí, frente a mi cara.

Unos turistas que se internaban en la callejuela me recordaron al grupo de peatones que había cruzado la calzada por la mañana. Me puse en movimiento y, confundido entre ellos, me acerqué al sitio donde la chica trabajaba; el restaurante servía comida rusa. Al final de la calle la construcción de los bulbos dorados tenía las puertas abiertas; era un templo ortodoxo. La nave que se extendía bajo las cúpulas se veía extrañamente vacía a excepción de unos pocos bancos que resultaban algo incómodos. En el dispositivo móvil localicé un par de traductores automáticos en línea. Hacía tiempo que me preguntaba sobre el efecto del lenguaje en los pensamientos (encontraba curioso que la gente cambiara de idioma cuando se encontraba en peligro). Yo mismo volvía a mi lengua natal cuando se trataba de cuestiones de trabajo; hubiera jurado que en inglés pensaba de manera más eficiente y fría. ¿Pensaría ella en ruso? Estuve un par de horas ensayando traducciones. “Le acompaño el sentimiento”, había dicho en francés. ¿Una traducción errónea del ruso? ¿Una frase hecha que yo no debía interpretar de modo literal? Leí un artículo sobre la posibilidad de que la estructura del lenguaje determinara la forma en la que pensábamos. ¿Por qué alguien se acerca a un desconocido y le apoya una mano en la espalda? ¿En qué idioma estaría pensando? Me quité la chaqueta y la repasé a conciencia, no tenía ningún transmisor adherido. ¿Para vaciarle los bolsillos? En los míos no faltaba nada. Incluso cabía la posibilidad de que me conociera y hubiera estado siguiéndome, no obstante, ¿con qué propósito? Un policía de paisano no se hubiera puesto al descubierto,  sin embargo, un miembro de otra organización… ¿Me encontraba en situación dudosa por los encargos ejecutados para los rusos? Vaya, ¿es que debía interpretar sus palabras como una amenaza? Salí a la callejuela. La chica estaba retirando un servicio. Llevaba el pelo recogido con una especie de aguja y tenía las manos ágiles, ligeras. Mientras la observaba, se me ocurrió que podría tratarse de una colega a las que los romanos le hubieran aplicado la Ley Cornelia.

La batería de mi móvil empezaba a agotarse cuando la vi salir del restaurante. Una vez más ella permaneció un momento en la puerta abrochándose el abrigo, aunque luego se giró hacía mí en lugar de alejarse. Retrocedí hasta el templo a la espera de verla pasar. Desprovisto de gente con cámaras o mochilas, silencioso de las exclamaciones de los que señalaban con admiración hacia la cúpula, el interior me resultó más recogido y menos turístico que unas horas antes. Algunas personas rezaban o, al menos, permanecían absortas en sí mismas. También había más luz -se diría que habían encendido todas las lámparas-, de modo que, al verla entrar, busqué la exigua sombra de una columna y, desde allí, la seguí con la mirada hasta que se detuvo frente a un panel de iconos. Oculto a su vista, me adentré unos metros en aquel espacio circular en el que no había estatuas que limitaran mis movimientos. El olor del incienso se hacía más intenso cuando la mirada encontraba las volutas que desprendían los conos encendidos. La vi besar una de las imágenes y encender un cirio. Luego permaneció algunos minutos frente al icono con las manos unidas y la frente baja como si estuviera rogando. Su bolso de diseño no resistía una mirada atenta. Fuera del templo su paso volvió a tornarse resuelto, pero me pareció menos enérgico que por la mañana; con todo, no tardamos en internarnos en un barrio donde la gente hacía vida en la acera. Al cabo de un centenar de metros la vi cruzar el portal de una finca; una de esas que en París llamamos “con carácter” y que apenas si se diferenciaba de las del resto de la calle. Unos minutos más tarde una manga color camello entornó los postigos de la ventana del primero. Me asomé al umbral: el edificio no tenía ascensor. Había unos buzones en una pared desconchada y un rectángulo de cartulina con el nombre “Anna Sergeyevna” en el del primer piso. “Apuñaladora y envenenadora”, apuntó en mi mente el recuerdo de la Ley Cornelia. Me alejé del portal lo suficiente como para no parecer interesado. El escaparate de un bazar me pareció un buen punto de observación, sin embargo, la visión de un busto de mármol entre el revoltijo incongruente de artículos expuestos me impulsó a seguir andando hasta el primer recodo de la callejuela. Cuando me serené, introduje su nombre en un buscador (a la batería le quedaban dos líneas). Los resultados me remitieron, en su mayoría, a cierta “dama del perrito”. Al parecer la mujer del abrigo color camello tenía el nombre de un personaje literario; un buen motivo para considerarlo falso. Yo mismo había usado el de Holden Caufield en ocasiones, ya que, como a él, a mí también me asustaba ver la cara del otro tipo en una pelea a puñetazos (y por eso siempre llevo una cuerda de violín enrollada en la caja de mi reloj pulsera y un puñal pequeño, una sica, escondido entre la ropa). Anna Sergeyevna, ¿sicaria y romántica? El nombre correspondía a la protagonista de una historia de amor. Miré lo que tenía a mi alrededor y más allá. No había mucho color allí, solo los tonos pardo grisáceos de la miseria, los mismos de siempre. En un ambiente  como ese resultaba fácil confundirse con el entorno, bastaba con comprar ropa en el mercadillo y cortarse el pelo uno mismo. Lo demás venía solo, andar sin propósito, fumar con caladas excesivas, dirigir miradas calculadoras a los extraños. Lo había hecho algunas veces para quitarme de en medio. Ahora, sin embargo, era yo el que llamaba la atención: del portal de la derecha salían unas volutas de humo expectantes; la silueta de una chilaba permanecía inmóvil tras una cortina. Observé el balcón del primero y luego mi reloj, había pasado más de una hora desde que ella había subido. Tiré del alambre que llevaba enrollado en la corona y lo solté sin acompañar el retorno. Un chasquido metálico resonó todo a lo largo de la calle. Después, silencio. Anna Sergeyevna se sumergió en él cuando salió del portal. Atento a su espalda, reparé con sorpresa en que el abrigo color camello no era de tan mala calidad como para poner en evidencia un deseo manifiesto de pasar desapercibida. Después de todo, tal vez ese era el único sitio que ella podía pagarse con un sueldo de camarera y no, un escondite pasajero. ¿Por qué se habría acercado a mí entonces? Me encontraba en el paso de peatones vestido con mi traje negro de buena calidad (¿habría despertado su visión promesas de confort?). La luz era nítida y lo recortaba todo hasta donde alcanzaba la vista: el filo agudo de los ángulos de los edificios, los extremos de las formas geométricas del parque infantil, la circunferencia del buzón de correos, las palabras dentro de mi mente. El sabor de la sangre había inundado mi boca, el dolor que perforaba mi estómago me había obligado a apoyarme en un árbol; era tan intenso que ni siquiera había reaccionado ante la mano que ella había apoyado en mi espalda. Ahora volvíamos por donde habíamos venido, el ritmo de su marcha se animaba nuevamente. Un grupo de gente esperaba en un paso de peatones; nos sumamos a él: coches de diferentes colores circulaban ante nosotros a velocidad media. Esta vez era yo el que se encontraba detrás de ella; podía extender la mano y tocarla, podía dar unos pasos hacia delante y empujarla, podía murmurar algo en su oído, pero ¿qué? Preguntas. ¿Por qué me había hablado? ¿Qué sabía ella de mí? Nos internamos otra vez en la callejuela de los bulbos dorados. ¿Quién era? ¿Una compañera de oficio? ¿Una inmigrante pobre y calculadora? ¿Una auténtica camarera rusa con nombre de personaje literario? Anna Sergeyevna. La observé recorrer a paso lento los últimos metros que la separaban del restaurante como si se estuviera demorando en la tarde. Cuando apoyó una mano en la puerta, se volvió por un instante hacia la esquina que acababa de dejar atrás y miró hacia donde yo estaba. Mi visión era parcial, de modo que asumí que solo me hallaba expuesto a medias. La luz de la tarde se reflejaba en las cúpulas del fondo sin llegar a deslumbrarme. No era la luz de las primeras horas del día. Ni tan siquiera parecían compartir la misma naturaleza. Lo que una había definido al iluminarlo, la otra, provista de una cualidad sutil que presagiaba el atardecer, lo difuminaba en el espacio hasta hacerlo casi irreconocible. Aún no habían encendido el alumbrado. Era difícil que hubiera podido reconocerme en medio de aquella opacidad; era imposible, incluso, si consideraba el hecho que ella nunca había tenido la oportunidad de contemplar mi cara. La luz era nítida y lo recortaba todo hasta donde alcanzaba la vista. Yo me había apoyado en el árbol que se encontraba a mi derecha. La mujer se había acercado por detrás, había apoyado una mano en mi espalda y había susurrado por sobre mi hombro: “Le acompaño el sentimiento”. Luego, con la otra mano, había apartado una rama joven, pesada de brotes verdes, como si estuviera fuera de lugar frente a una cara que ella no veía, el rostro de un hombre del que solo alcanzaba a contemplar la nuca. Permanecí de pie sin apoyarme en el muro mientras el día se apagaba. ¿Cabía la posibilidad de que me hubiera confundido con otra persona? Porque si ella sabía quién era yo, alguien tenía que haberle desvelado mi identidad. Y aquello solo podía significar que Anna Sergeyevna tenía una misión que cumplir.

Cuando entré en el restaurante la chica estaba de pie frente al mueble de la loza, repasando cubiertos con un paño. El maître se acercó a mí y me preguntó si tenía reserva. No. ¿El señor va a cenar solo? Asentí. Me condujo hasta una mesa situada junto a un pilar flanqueado por la talla de un cosaco de tamaño natural, en la que me negué a sentarme; rápidamente, me dirigí a una mesa próxima a la entrada de la cocina desde la que tenía fácil acceso a la puerta de servicio. El local estaba vacío a excepción de una pareja de cierta edad que acababa de llegar y se quitaba los abrigos junto a una percha. Anna Sergeyevna alzó la vista, los miró y luego se fijó en mí. En ese momento el maître me entregó la carta. “¿Tomará unos entrantes?” Dije que sí para evitar distracciones innecesarias. Cuando se alejó, dirigí una mirada a la pareja que se había sentado junto a la ventana. Me respondieron con un gesto de la cabeza, un breve e impersonal saludo. Entretanto Anna Sergeyevna se había acercado a mi mesa con el delantal diminuto del mediodía apretado a las caderas. Sacó una libreta y un bolígrafo del bolsillo y cruzó las manos sobre él. “¿Desea pedir?” Era la misma voz que había dicho por la mañana “Le acompaño el sentimiento”. Abrí la carta.

―Tiene una oportunidad de explicarse ―le advertí.

Ella se tomó unos instantes antes de empezar a hablar.

Ukha es una sopa de pescado, borsch, una de remolacha. ―Estaba muy seria―. El pan negro es de harina de centeno. Los pelmeni –al decir esto se situó a mi espalda y, mientras señalaba el nombre con el bolígrafo, volví a escuchar su voz por encima de mi hombro― son una especie de ravioles. Los blinis, crepes salados o dulces, el shashlik

Cerré la carta (sentía mi cuello expuesto a la punta del bolígrafo), ella se apartó y recuperó su posición frente a mí.

―¿Eso es todo?

Me miró fijamente.

―Por la noche no servimos sopa ―agregó, al cabo de un momento.

―¿Nunca le han dicho que es peligroso hablar con extraños?

Ella dirigió una mirada hacia la sala. Se podía oír al maître hablando con la pareja.

―Nuestros clientes no son extraños ―dijo por fin.

― ¿Por qué no abandonamos esta farsa? ―insistí, molesto por mi propio tono de impaciencia.

Volvió a reflexionar.

―Estoy aprendiendo francés.

―He considerado la posibilidad de que no supiera lo que estaba diciendo.

―No siempre entiendo lo que me dicen.

―Yo tampoco.

La vi retorcer una punta de su delantal diminuto.

―Le acompaño el sentimiento ―dije.

Apartó la cara. Cuando volvió a mirarme, había alarma en sus ojos.

―¿Se trata de mi madre?

―¿Cómo podría saberlo? No nos conocemos ¿verdad?

―Entonces ¿por qué me da el pésame?

―¿Pésame? Solo he repetido sus palabras.

―Se equivoca ―aseguró con un suspiro de alivio―. Mi francés no es bueno, hablo con mucho acento. ―Aquí abrió las manos―. No he nacido aquí, ¿sabe? Solo intentaba explicarle en qué consistían los platos.

―Me refiero a lo que me dijo esta mañana en el paso de peatones.

―¿Ha pedido ya el señor? ―El maître daba la impresión de estar hablándole a la mesa vacía. Ella se apartó como si hubiera recibido una orden.

―Es difícil tomar una decisión ―comenté.

―Ensalada de arenque y filete Stroganoff ―sugirió él, con un entusiasmo que hubiera resultado contagioso para alguien interesado en cenar―. Las setas son frescas y… ¡Ah! Ya están aquí los zakuski.

Anna Sergeyevna depositó una bandeja con pepinillos, caviar, tomates y rábanos sobre la mesa. En la otra mano traía una botella de vodka y un vaso pequeño. Lo dejó frente a mí y lo llenó hasta el borde.

―A su salud –dijo el maître, desbordante de vitalidad.

Decidí acercarme el vaso a los labios para que se fuera.

―De un solo trago ―me instó con una sonora palmada en el hombro lesionado que me inundó la boca de vodka.

Sentí cómo el alcohol me abrasaba la garganta. Ellos me observaban. Al cabo de un tiempo que me pareció infinito, el maître señaló la bandeja. “Y después un bocado”. ¿El veneno estaba en los entrantes? Me limité a aceptar la ensalada y el filete. Él me animó a continuar bebiendo. “Aún le quedan dos brindis”, dijo. La botella de vodka seguía en manos de Anna Sergeyevna.

―Entonces era usted ―afirmó ella cuando el maître se fue―. ¡Qué coincidencia! No lo hubiera reconocido.

―¿Por qué se dirigió a mí?

―¿Por qué? ―Su mirada se distrajo mientras reflexionaba, aunque no tardó mucho en devolverme su atención―. Parecía estar sufriendo… ―Se encogió ligeramente de hombros―. El cortejo, su dolor… ―aquí alzó un poco la voz, como si le estuviera hablando a alguien que no entendiera bien su idioma.

La luz había sido nítida por la mañana y lo había recortado todo hasta donde alcanzaba la vista: la sombra alargada del coche fúnebre, las líneas de mi traje negro, la rama festiva que ella había apartado de mi cara. Me apreté el estómago con una mano.

―Pero… y a usted… ¿qué podía importarle?

Me miró un largo rato.

―¿Por qué no bebe?

Me acabé el primer vaso. Mastiqué un tomate salado. Me sirvió el segundo. Lo bebí de un trago. A continuación escogí un pepinillo. Mientras sentía cómo el vodka hacía su trabajo en mi úlcera, ella me sirvió el tercero y se alejó con la botella. Me comí un rábano, también, el caviar. Más tarde Anna Sergeyevna me trajo la ensalada de arenque. Luego el filete Stroganoff.

No volvimos a hablar.

No le dejé propina.

Cuando salí a la noche, decidí olvidarme de su nombre.

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