Verde Irlanda. Autor: Bernardo Velasco Diaz de Mendibil

Un par de meses antes de terminar definitivamente la carrera decidí viajar con mi amigo Ander a Dublín para visitar a su hermano y descansar. Como no había vuelo directo, aprovechamos la escala en Londres para visitar la cuidad un par de días.

En el aeropuerto de la capital inglesa cogimos un autobús para ir hasta el centro de la ciudad. Un metro nos trasladó desde allí hasta Camden, el famoso barrio donde habíamos reservado alojamiento en un “hostel” barato. Nada más salir del metro un tipo con mala pinta que formaba parte de un corro en mitad de la acera nos empezó a hablar. Nos fuimos rápido porque no le entendíamos y no nos fiábamos. Tenía la esperanza de que nuestras humildes mochilas de monte y los vaqueros desgastados no atrajeran la atención de los elementos que deambulaban por las oscuras calles. Tras dar unas cuantas vueltas por varias manzanas dimos con el “hostel”.

En recepción, un italiano bastante antipático nos comunicó que no teníamos reserva. Se empeñaba en hablarnos en español, mientras que yo quería practicar mi inglés lo máximo posible. Ander se movía nervioso a mi lado y se preguntaba dónde íbamos a pasar la noche. Mientras esperábamos sentados a que todo se arreglara vimos entrar y salir a gente de todo tipo: estudiantes negros, jóvenes viajeros o tipos más maduros que parecían estar a un paso de la mendicidad. Le insistimos al italiano que habíamos hecho la reserva por Internet. Cuando por fin nos dio el OK para ir a la habitación, esperábamos encontrarnos con gente porque habíamos visto en la red que las habitaciones tenían capacidad para albergar a  seis personas.

Nada más cruzar la puerta  oí ruidos metálicos y una chica que jadeaba. Salí de nuevo fuera y hablé con Ander sobre la situación. Estábamos cansados y habíamos pagado la habitación, así que decimos entrar  a pesar de todo. Escogimos la única litera que estaba libre y nos cambiamos en medio de la oscuridad y los distintos sonidos que la pareja emitía haciendo el amor. Unas alemanas que estaban en la litera de la derecha les miraban sorprendidas. Una vez instalados en la cama, un joven con pinta de despistado entró y se instaló en la única cama libre: la parte superior de la litera de la izquierda donde  la pareja parecía estar pasándolo en grande.

No pararon en toda la noche. Los chirridos metálicos molestaban, pero nadie en la habitación quería enfrentarse a un desconocido y despertar a los que pudieran estar dormidos a esas horas de la noche. El chico que había entrado el último se sentaba constantemente en su cama mientras el movimiento de la litera le zarandeaba cómicamente al son de los chirridos metálicos. Alguien me había dicho en el lobby que corría un rumor sobre la presencia de pulgas en el “hostel”. “¿Dónde coño nos hemos metido?”- me preguntaba mientras intentaba dormir.

El follador era un tipo de lo más vulgar a la luz del día. No tendría más de 22 años y se ponía  a la defensiva cuando le mirabas. Las alemanas de la habitación también le miraron con severidad. Dejó toda la almohada manchada de azul porque tenía el pelo teñido. Había conocido a la chica, una española, en una fiesta que habían hecho en el hotel la noche anterior. Antes de irse, la chica le preguntó si  iban a seguir viéndose “¡Por supuesto! ¡Yo te quiero!”- le dijo el elemento.

 

Después de los dos días de visita en Londres cogimos un avión que nos llevó a Dublín. Nos vino a recoger al aeropuerto Carlos, un  hermano de Ander que llevaba viviendo allí un año. Tenía alquilada una habitación en la casa de Aíta, una irlandesa de unos 65 años que ya fuera casera de otro de sus hermanos. Tal era la confianza entre Carlos y Aíta,  que ésta le dejó el coche para llevarnos hasta su casa.

Allí nos esperaba ella con la comida preparada. No era muy alta y tenía el pelo completamente blanco. No se si existe alguien que con su edad no tenga arrugas, pero ella lo estaba de una manera exagerada. Su casa, la típica anglosajona de dos pisos, presentaba  un aspecto algo descuidado, con  papel arrancado en algunas paredes  y cierto desorden. Daba la impresión de que esa zona de Dublín, el norte, era algo más pobre que la zona sur, donde yo había estado siete años atrás.

Teníamos bastante hambre, así que empezamos a devorar unos spaghetti con una salsa de tomate dulce. Para acompañarlos, puso encima de la mesa dos botellas de vino chileno, que era su favorito. Había un gran retrato  de Jesús encima de una mesa, destacando de alguna forma  en aquella oscura cocina.

-“Camden y Soho son los barrios más peligrosos de noche”- nos decía Carlos- “Me lo dijo una amiga argentina que vivió allí”

– “No sabía”- le dije yo-“La verdad es que nos lo hemos pasado muy bien allí. La única pega es que era todo muy caro. En lugar de andar en metro y comer en restaurantes andábamos sin parar y comíamos cosas compradas en supermercados”

– “Esto es más barato que Londres, aunque la comida y todo lo demás me lo compra Aíta”- dijo Carlos mirándola, aunque ella no se enteraba de nada porque no hablaba español.

– “¿Os arregláis bien?”- le preguntó Ander.

-“Ella es buena persona. Cuando llegué a este país  me ayudó muchísimo. Me llevaba a todos los sitios en su coche y hablaba con los responsables para que me contrataran. Pero ahora es un poco agobiante. Me llama al móvil a todas horas y suele entrar en mi habitación constantemente sin avisar. Creo que está enamorada de mí.”

-“Cómo es posible”- dije yo-“Os lleváis 40 años….”

-“Supongo que el hecho de que esté todo el día borracha tiene algo que ver. ¿A que te encanta beber, Aíta?”- le preguntó en inglés.

-“¡Oh sí! ¡Por supuesto!”

– “Tu médico tiene que estar muy enfadado contigo ¿No?”- le pregunté

-“Oh Sí”- dijo ella riéndose.

-“¿Cómo ha llegado a vieja si bebe tanto?”- preguntó Ander.

– “Tenía un novio marinero que murió. Entonces, ya bastante mayor, empezó a beber. ¿Te caen bien mi hermano y su amigo?”- le preguntó.

– “¡Sí! Son muy graciosos. Suelo ir a España de vez en cuando. He estado en San Sebastían varias veces.

– “Los vascos somos un poco cerrados al principio, pero cuando hay confianza somos buena gente”- le dije

-“¡Tu inglés es muy bueno!- me dijo antes de dar un trago al vino.

– “Eso se lo dice a todo el mundo, hable bien o mal. ¿Quieres que traiga más vino, Aíta?”

– “Trae el licor de Nápoles de Gianna para que lo prueben”

-¿”Quien es Gianna?”- pregunté.

-“Es una italiana que vive en esta casa. Su licor, hecho por su familia, está buenísimo”-dijo ella.

Efectivamente, el licor estaba muy bueno. Pero Ander y yo estábamos deseando visitar el centro, así que convencimos a Carlos para salir lo antes posible. Cogimos un autobús que nos dejó cerca de la estatua de Molly Mallone y desde allí Carlos y Aíta nos guiaron por varias zonas de la ciudad. Me pareció que había aumentando la población de inmigrantes y el número de negocios regentado por ellos. Fuimos a lugares que no recordaba haber visitado siete años atrás, lo que no me pareció una buena señal. Nuestro recorrido terminó, como no, en la céntrica calle de bares Temple Bar, donde nos esperaba una amiga argentina de Carlos.

Entre pinta y pinta la simpática chica nos dijo que tenía ascendencia vasca. El último año lo había pasado trabajando en Londres y tenía intención de mudarse  a San Sebastian. En un momento dado entró un grupo de chicas inglesas con fotos de chicos desnudos pegados a sus ropas que iban de bar en bar dispuestas a liarse con el primero que le apeteciera. Más de uno aprovechó la ocasión para besarse con alguna de ellas. Aunque a nosotros nos sorprendió, la argentina nos dijo que aquello no era tan raro en Inglaterra. Nuestra casera Aíta bebía, reía y hablaba con  jóvenes irlandeses. Era sin duda alguna la más marchosa del grupo.

 

A la mañana siguiente, sábado, nos presentaron a Gianna, la italiana de la casa, en el cuarto donde habíamos dormido y que ella utilizaba para cocinar. Era un chica muy guapa, morena, bajita y con expresión inteligente. Hacía vida totalmente independiente, de hecho pagaba un plus al mes para utilizar esa cocina con los alimentos que ella misma se compraba. Había allí un intenso olor a pescado. Tenía las paredes  cubiertas con fotografías que la retrataban en compañía de mucha gente. Había también algunas  de su anterior vida en Nápoles con su familia. Ahora estaba más blanca y delgada, parecía que la experiencia irlandesa le estaba cambiando.

-“Podéis usar la cocina cuando queráis. Ya siento que tengáis que usar el sofá para dormir, pero no hay otra cosa mejor”

Aunque lo dijo en italiano, le entendimos bastante bien. Carlos le hablaba en castellano, ella le respondía en italiano. Llevaban así meses pero se entendían bien.

-“Me encanta Italia, desde que era pequeño”-le dije

-“Me alegro. ¿Conoces Nápoles?”

– “Bueno, conozco La Mafia y Maradona, que jugó allí”

-“¡Oh no! Todo el mundo me dice lo mismo. De todas formas es La Camorra, no La Mafia”

-“Nos ha dicho Carlos que aquí vive otra italiana ¿No?”

-“No, ya no. Se fue a Roma hace más o menos  tres semanas”-aclaró Carlos-“Por cierto ¿Hizo  las paces con Colin antes de irse a Italia?”

-“No. Y no me extraña, además”-contestó Gianna

– “¿Quién es Colin?”-preguntó Ander

-“Es un amigo de Carlos”-dijo ella-“Hace un mes se acostó con la chica que se ha ido a Roma. Ella no quería en un principio, pero Colin es un ligón experimentado y al final lo consiguió. Ella le llamó varias veces a partir de entonces pero él nunca cogió el teléfono. Ahora está intentando hacer lo mismo conmigo. Es un asqueroso”

En efecto, esa sensación dio el chico irlandés cuando aquella tarde se acercó a casa de Aíta para charlar y beber algo. Gianna le seguía la corriente y se reía, pero sabíamos que no caería porque tenía una fuerte personalidad. Físicamente parecía un monstruo: era alto y robusto, con una la cara asimétrica y orejas salidas. Según Carlos, ganaba bastante dinero y había viajado mucho. Se había separado de su mujer porque era mujeriego, vividor y juerguista, lo que parecía confirmar las sospechas de Gianna. Cuando Colin se fue a su casa, ella respiró tranquila.

-“No se cómo me lo voy a quitar de encima, pero lo tengo que hacer antes o después. Mañana a la noche, os preparo un pescado y cenamos juntos ¿vale?”- nos dijo a Ander y a mí.

 

A las ocho de la mañana del día siguiente Gianna entró en nuestra habitación para coger algo. Antes de salir nos tapó los pies con la manta pensando que estábamos dormidos. Una vez levantado,  me vestí para dar buena cuenta del desayuno dominguero preparado por Aíta, que consistía básicamente en huevos con bacon y un zumo de naranja. Antes de salir de casa, Aíta me ofreció unirse a su borrachera bebiendo vino chileno. Hizo un gesto muy cómico de extrañeza cuando le dije que no me apetecía.

Mi negativa a beber vino no se debía únicamente al hecho de que fueran las once de la mañana, que también, si no a una nueva actitud más saludable adquirida en los años anteriores que me había llevado a abandonar el consumo de tabaco y porros y a disminuir considerablemente mi número de borracheras. Aquellos amigos que habían estado conmigo en Irlanda siete años atrás también hacían una vida mucho más  sana, practicando incluso distintos tipos deporte. No sabría decir si el alcohol y los porros ayudaron a que aquella experiencia irlandesa fuera unos de los mejores momentos de nuestras vidas, pero el caso es que así había sido. Sentía la necesidad de volver a aquellos míticos lugares en los que habíamos estado, por eso salí de casa directo a la estación de Tara Street para coger  el  DART e ir allí.

Primero estuve en el “point”,  habitual punto de encuentro antes de ir a la escuela. Luego seguí la costa en otro DART para bajarme cerca de la playa de Killiney. Aunque todo seguía prácticamente igual, había algunos detalles que diferenciaban los paisajes respecto a nuestra etapa anterior. Ya no existían tal y como los habíamos conocido, como tampoco  existían los lazos que nos unían cuando estuvimos allí. No sólo habían cambiado los lugares, también habíamos cambiado nosotros y nuestras circunstancias. Aunque nos volvieran a  juntar a todos allí otra vez, algo casi imposible, el ambiente no podría ser el mismo. Ya no existía ni podría existir de nuevo. Estaba bien recordar todo aquello y saborearlo durante un rato, pero había que mirar hacia delante  y vivir nuevas experiencias para poder recordarlas en el futuro.

No tuvo que pasar mucho tiempo para que ocurriera algo de lo que acordarse. Ya de vuelta en el centro de la ciudad, decidí sentarme un rato junto a la estatua de O´Connell para descansar un rato. Varios chicos con aspecto callejero y una chica hacían corro a un par de metros de mí. En un momento dado, la chica se acercó y me preguntó de dónde era. No tendría más de catorce años y tenía la tez muy blanca y pecosa. Vestía un pantalón de chándal y una camiseta de fútbol. Cuando le respondí, sacó un preservativo ya usado o manoseado y lo infló ligeramente. Ante mi sorpresa, golpeó varias veces la base de mi nariz con el pitorro mientras preguntaba con tono interesante “¿Quieres usar esto?”. Miré a sus amigos, que observaban la escena divertidos. Si ella quería hacerlo conmigo, un desconocido, no era difícil de imaginar lo que podía haber echo con todos aquellos chicos. Tampoco tenía la necesidad de irme con una niña que no estaba del todo desarrollada, así que le dije que no y volvió donde sus amigos.

 

Tuve la suerte de encontrarme con Gianna en el autobús de vuelta a casa. Pensé si contarle o no lo que me acababa de ocurrir, pero finalmente no le dije nada. Ella había estado por el centro comprando cosas para la cena que nos había prometido. Me hacía muchas preguntas acerca de la gastronomía y la lengua vasca. Se puso contenta cuando le dije que nos había encantado el licor de hierbas de su familia. Mientras hablábamos  me fijé en las gotas de lluvia que se estaban formando en las ventanas del autobús. Ella estaba deseando abandonar la lluvia una temporada y volver a Nápoles en agosto para tumbarse al sol y broncear de nuevo su piel blanca. Quería regresar de nuevo a Dublín en septiembre porque, a pesar de todo,  su vida estaba allí. Parecía tenerlo todo muy bien pensado y lo expresaba con convicción y seguridad. Su inglés, con marcado acento italiano, me hacía mucha gracia, aunque cometía muchos errores gramaticales. No debía practicarlo mucho con Aíta, ya que se notaba cierto hartazgo cuando hablaba de ella. “A vosotros os cae bien porque está chiflada y os da de comer gratis, pero no es tan graciosa cuando llevas viviendo con ella un tiempo”-decía con resignación.

De la parada a la casa de Aíta había unos cinco minutos andando. Íbamos a paso rápido para no mojarnos demasiado.  Ya cerca de la puerta empezó a fingir que se excitaba y a jadear. Subimos las escaleras de la casa rápidamente y ella se sentó en la cama todavía jadeando. Quería saber hasta donde llegaba su juego, así que me senté a su lado con una actitud tan incrédula que ella lo notó. “Eres muy listo ¿verdad?”- dijo levantándose. Yo en cambio pensé que ella  era una  mala actriz.

 

Un rato después, Gianna tenía preparado para nosotros unos spaghetti con pescado. Curiosamente, nos dijo que de segundo plato había también  pescado.

– “Estos spaghetti están buenísimos”- dijo Ander

– “Gracias”- respondió ella orgullosa

-“Supongo que unos spaghetti preparados por una italiana tienen que ser los mejores del mundo”-dije yo

– “Of course”- respondió ella

-“Cuando estuve aquí hace siete años teníamos una amiguita italiana”

-“¿Salías con ella?

-“No”

-“¿Tienes novia ahora?”

– “En estos momentos no. Ander tampoco tiene. En estos últimos tiempos he flirteado algo pero no ha pasado de ahí. Estoy cansado de eso”-dije.

-“¿Por qué?”

-“Hay a algunas chicas que les gusta gustar  y tontean. Luego se acuerdan de que tienen novio y ahí queda todo. Hay alguna que te hace especial ilusión y cuando  ocurre esto, te decepcionas”- dije

-“Yo estoy saliendo con un chico irlandés. El no es guapo, pero me gusta. Yo en cambio no le gusto a él. Se cree que no le voy a dejar, está muy confiado”-prosiguió ella-“Pero cualquier día de estos de dejo tirado”

Ander y yo nos miramos ante tal derroche de extroversión

– “Tengo pensado ir a San Sebastian”-siguió ella- “Carlos me ha hablado muy bien de esa ciudad”

-“Ven cuando quieras, nosotros te recibiremos con los brazos abiertos”- le dijo Ander.

Después de cenar, Gianna me invitó a dormir en la cama libre que había en su cuarto. Aquellos días había dormido cuerpo con cuerpo con Ander en un pequeño e incómodo sofá que tenía la parte desplegable inclinada. Dormir a pierna suelta en una cama totalmente horizontal  era precisamente lo que me pedía el cuerpo para recuperar fuerzas de cara al cercano viaje de vuelta.

 

A eso de las 20 horas del día siguiente nos reunimos todos en  la casa de Aíta con Colin para disfrutar de nuestra última noche en Dublín.

Colin propuso un juego para pasar el rato que consistía en quemar con un cigarro una servilleta de papel extendida sobre la boca de un vaso. Fuimos haciéndolo por turnos hasta que la moneda que se encontraba encima de la servilleta cayó al fondo. Colin aprovechó que la desafortunada había sido Gianna  para agarrarle y decirle que la prenda consistía en irse por ahí con él. Sin embargo, ella seguía recordando a su amiga italiana y no se dejó engañar.

Bajamos hasta el centro en autobús y fuimos a Temple Bar. Allí coincidimos con unos amigos de Carlos que nos contaron anécdotas de sus aventuras por Irlanda. Después de una sesión de fotos con ellos salimos del  pub para ir a alguna discoteca. Aíta se puso dos metros por delante y nos guió con energía por las calles de Dublín. Cuando llegamos, Carlos nos contó lo fácil que era ligar allí. Me dijo muy serio que Aíta se había liado allí con un joven un par de meses antes. Vi a tres chicos tocando por turnos el trasero de una chica que bailaba y  sonreía. Me podía imaginar el sopapo que les pegaría una chica de San Sebastián si hicieran lo mismo  allí. Colin bailaba muy pegado a Gianna con sus manos muy cerca de su culo. Carlos intentaba ligar lejos de Aíta porque esta se solía poner celosa. Un chico de gafas que nos había acompañado hasta allí miraba empanado a todas partes para ver si alguien le hacía caso. Unos andaluces que venían de Belfast me aseguraron que en el norte seguía habiendo tensión y se oían tiros de vez en cuando. Y en un momento dado, Gianna desapareció de la discoteca

Cuando llegamos de vuelta a casa a altas horas de la madrugada, ella tampoco estaba allí. Yo decía que volvería a despedirse de nosotros, pero Aíta estaba convencida de que no lo haría. A pesar de su borrachera y avanzada edad, parecía haber captado el vuelo que Gianna estaba apenada porque Ander, Carlos y yo nos íbamos en unas horas. Colin encontró sus braguitas en algún lugar de la casa y nos aseguró que eran espectaculares. Parecía guardarle algo de rencor por no haberse liado con él. Nosotros le escribimos una carta de despedida en la que manifestábamos nuestro deseo de verla de nuevo.

“¿Queréis beber algo?”- nos preguntó Aíta antes de dormirnos en el sofá.

-“No”

-“¿Estáis seguros?”-preguntó extrañada

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