Ratón de biblioteca. Autor: Paloma Hidalgo Díez

Todo empezó con la patada, mortal, que el bibliotecario propinó  a mi padre cuando nos desalojaban de los bajos del local. Madre, viuda inesperada, nos propuso abandonar la ciudad esa misma semana. Para mí aquello suponía otro mazazo añadido a la pérdida paterna; mayor si cabe, dada la escasa relación que yo mantenía con mi progenitor. En el campo a mí no se me había perdido nada, absolutamente nada.

Cuando me quise dar cuenta, estábamos en la estación de autobuses, nadando entre los equipajes de los demás viajeros. Mientras madre encontraba acomodo para todos, me fijé en un niño pelirrojo. Él también me había visto y me observaba con idéntica curiosidad; llevaba una gorrita blanca, que le quedaba pequeña, sobre una maraña de rizos insurgentes. Sus manos  rechonchas, sujetaban un helado de chocolate medio derretido a causa de un calor atípico para un mes de junio. Hizo ademán de acercarse, pero el  manotazo de su hermana tirándole el cucurucho al suelo, le obligó a dirigirse entre lágrimas y protestas a su padre.  Madre regresó, teníamos que darnos prisa en subir al autobús, enorme, gris y azul, que se encontraba ya dispuesto para partir.

Era mi primer gran viaje, pero en lugar de disfrutarlo, lo sufrí. Madre dice que me golpeé en la cabeza nada más entrar en el autocar, pero yo no recuerdo nada, sólo que me desperté envuelto en mi propio vómito, cuando aún nos faltaba media hora para llegar a destino.

Cuando el autobús se detuvo, esperamos a que saliese todo el mundo, a madre las aglomeraciones le asustan aún más que a mí. Entonces, con sumo cuidado, descendimos también. El aire llegaba cargado de aromas nuevos, prometedores de una vida mejor según madre. Pero al mirar alrededor no encontré el paraíso verde del que ella solía hablar; iluminados la luz mortecina de las farolas,  un montón de edificios de ladrillos rojos se erigían como gigantes sobre el asfalto gris. Y no había ni un solo árbol en la calle. Sin embargo, el olor de alguna cocina cercana, se hacía casi corpóreo: estaban friendo carne, casi con toda seguridad, filetes de ternera. Mi estómago protestó, llevábamos demasiadas horas sin comer nada, y aquellos efluvios se lo recordaban. Fue entonces cuando me di cuenta de que estábamos solos, de que ninguno de mis hermanos nos acompañaba. Inquirí la respuesta en los ojos tristes de madre, pero aún así pregunté.

Ni llegaron a subir al autobús, como me golpeé en la cabeza, para evitar problemas, decidieron quedarse en la ciudad. En menos de veinticuatro horas mi vida había cambiado por completo.

Necesitábamos comida y un lugar para pernoctar, madre ya había asumido nuestra nueva situación y me urgía a hacer lo mismo; el pasado, pasado estaba y el futuro no nos iba a esperar toda la vida; según  madre tenía poca paciencia.

En el primer bar que se cruzó en  nuestro camino encontramos cena: un pan, un poco duro, es cierto, y un queso al que tuvimos que quitar ciertas colonias de hongos. Una hermosa gata en celo, buscando machos que calmasen su garzonía, cruzó ante nuestros atónitos ojos restregando su cuerpo ágil contra los cubos de basura; segundos más tarde, un gato atigrado respondía a su llamada en la lejanía. Ella encaminó su felino andar hacia él. Madre me explicó que en febrero los gatos se adueñan de las calles todos los años. Y no pude evitar que un escalofrío recorriera todo mi cuerpo.

Con la barriga un poco menos vacía, ya solo nos faltaba encontrar un lugar para pasar la noche, fría y húmeda, en la que estamos inmersos.  A unos cientos de metros de la estación de autobuses encontramos un taller abandonado. En su interior, una familia de cucarachas se pasea enseñoreada entre los restos de grasa que brillan aún en el suelo. Al vernos entrar corren a esconderse bajo los cubos, las cajas y  todos los objetos que encuentran;  a mí me gustan las cucarachas, son urbanitas como yo, pero ni puedo decírselo ni aunque lo hiciera me creerían. La credibilidad de los de mi especie está puesta en tela de juicio; eso  es sin embargo, un privilegio que compartimos con otros seres.

Acurrucados en un rincón, bajo una montaña de trapos sucios, nos descubrió la luz del día. Pero Madre estaba fría, muerta. Asustado proferí un grito agudo, mientras intentaba encontrar una explicación plausible ¿Habría sido el queso? ¿El agua? Fui un cobarde al abandonarla allí, lo sé y en cierto modo me arrepiento. Supuse que pasarían muchos días hasta que alguien descubriera su cadáver, y que para entonces yo ya estaría muy lejos, alejado de toda sospecha. El miedo es libre y muy persuasivo, y yo, muy débil.

Salí a la carrera, no caí en la cuenta de que alguien hubiera podido descubrirme. No, tan solo corrí y corrí hasta llegar medio muerto yo también a la estación de autobuses. Allí, tras recuperar el resuello, indagué la manera de coger un autobús, a ser posible uno que me llevara a los confines del mundo. Evidentemente, eso no lo conseguí. Eché de menos a Madre, muchísimo. Yo había seguido los consejos del señor Firmin, y como él, era capaz de leer, de interpretar. Pero no tenía el dominio que ella poseía, ni su soltura. Huérfano en dos días; separado de todos mis hermanos; solo en medio de aquella marabunta humana que  iba llenando los autobuses, creía que mi vida iba a acabarse de un momento a otro.

Alguien puso un gran bolso a mi lado, una mujer que iba acompañada de una niña. Ella, la cría, se fijó en mí. Me observó detenidamente unos segundos, transcurrido ese tiempo tiró de la bocamanga del abrigo de su madre, pero ésta, absorta en una conversación telefónica, no hizo caso a la pequeña. Con prudencia se acercó a mí. En estas circunstancias yo debería haber salido por patas, era lo más prudente; sin embargo, no moví ni un músculo.

La niña extendió su mano junto a mí y cerró los ojos. Extraño comportamiento el suyo pensé en un  primer momento; aunque luego imaginé que lo hacía para que yo me sintiera seguro. Me dejé guiar por el instinto, acerqué mi cuerpo a sus dedos y sentí frío; tenía la manita tan fría que un escalofrío recorrió todo mi ser y no pude evitar que el pensamiento me trajera a Madre, gélida y abandonada por mi flaqueza. Quizás por eso me separé. Ella abrió los ojos al darse cuenta, unos ojos vivos, muy oscuros, que sonrientes miraban con curiosidad. Volvió a hacer lo mismo: abrió la mano para que yo decidiese acercarme; y esta vez, a pesar del frío, deslicé mi mano—mucho más pequeña que la suya— sobre su delicada piel.

La fila de gente que teníamos delante comenzó a andar para subir al autobús, la madre de mi nueva amiga continuaba hablando y tuvo que ser la niña, tirando nuevamente de la manga del abrigo, quien la hiciera desplazarse. Las decisiones que uno toma bajo presión suelen ser motivo de arrepentimiento, al contrario de las que se toman por instinto, en esas pocas veces nos vemos embargados por esa molesta sombra; sea como fuere, decidí sentarme a su lado, y entonces pude escuchar su risa por primera vez.

El autobús se llenó de vida en un santiamén, —curiosa palabra que siempre me ha atraído— los sillones se fueron llenando con cierta ligereza y antes de lo que yo suponía, ya estamos camino a… ¡No sabía hacia dónde iba! Me había embelesado con la dulzura infantil, sin prestar atención a ese detalle que por otra parte, no me supuso otra cosa que una sorpresa. Ya decidido a empezar una nueva vida, en una ciudad porque yo de campestre tengo muy poco, qué más daba en cuál. Sobre todo cuando el destino me ponía en bandeja una compañía inusitada, un acontecimiento extraordinario como ese era mucho más importante que la ubicación concreta del lugar al que llamaría de ese momento en adelante, hogar.

Apoyé la cabeza en el cristal de la ventana, el movimiento relativo de los coches frente a nosotros los hacía parecer manchas coloridas que se cruzaban con mis ojos a gran velocidad; pero me gustaba ver esos chispazos intercalados con el paisaje, cada vez más poblado de árboles desnudos de hojas. Niña clavaba sus ojillos en mi cuerpo cada dos por tres, pero no me hablaba, ni una palabra; al principio supuse que sería para que su madre no se interpusiera entre nosotros, pero cuando la mujer se quedó dormida, la situación no experimentó cambio alguno. Por eso la llamé Niña.

Desde luego este segundo viaje en autobús era mucho más largo que el primero, mi percepción del tiempo suele ser errónea, por eso no me aventuro a  estimar cuánto tiempo llevábamos en carretera cuando sentí un calambre en el estómago. Con tantas emociones había olvidado que no vivo del aire, y mi víscera estaba dispuesta a recordármelo. Como si me leyera el pensamiento, Niña sacó del bolsillo del abrigo una galleta mordisqueada en un extremo, sin hacerle muchos ascos, le hinqué el diente y me la comí entera tan rápido como fui capaz. Luego me ofreció pipas, que rechacé a causa de los granos de sal. Tengo que reconocer que a pesar de haber perdido la frescura del paquete recién abierto y gran parte de su aroma, la galleta me supo mejor que alguno de los suculentos bocados que Madre nos proporcionaba. ¡Qué tiempos aquellos! Me vi de pequeño, corriendo con mis hermanos por los bajos de la biblioteca, cuando la cotidianidad de mi vida aún no se había roto.

Niña me acarició la cabeza, lo hizo con mucha suavidad, como si mi cráneo fuera de papel de fumar y pudiera resquebrajarse entre sus dedos; me gustó sentirlos, —ahora estaban calentitos— porque a lo largo de mi existencia las demostraciones de cariño no se habían prodigado mucho. Era agradable, mucho más de lo que imaginaba. De ahí al amor, según tenía entendido, tan solo había un paso. Demasiadas emociones, creo que bloqueé cualquier idea al respecto y me concentré en sentir la dulzura de sus caricias.

El autobús se detenía en una gasolinera, los pasajeros se desperezaban para salir al exterior donde una lluvia fina hacía compañía al viento que soplaba de norte a sur. En mis circunstancias escogí no salir, Niña fingió dormir cuando su madre la requirió para ir al baño y así, nos quedamos solos, bueno, solos con los durmientes. Acercó su carita a la mía, tanto que me hizo cosquillas y me separé, ella se echó a reír. A lo mejor era cierto eso del amor y la corta distancia que lo separaba de la amistad. Uno era muy joven, extremadamente joven para pensar en aquellas barbaridades que, machaconas, volvían una y otra vez. Supongo que tenía que haberme dejado llevar por los instintos de nuevo, pero no fue el caso. Me puse nervioso, Amor es una palabra demasiado grande para muchos, yo no soy una excepción, y me separé aún más de Niña. A ella no parecía molestarle, me miraba divertida mientras saltaba de sillón en sillón buscando uno sitio.

Por fin me detuve a dos filas del final del autobús, me coloqué entre una mochila de estudiante y un maletín negro, de cuero, que olía como los libros que se almacenaban en los bajos de la biblioteca; un olor que me gustaba desde que nací, creo, o que por lo menos me había acompañado durante toda mi infancia. Niña apareció en medio del pasillo señalándome, otra vez, con el dedito; un joven corpulento le prestó atención y ese fue el comienzo de mis problemas.

En cuanto me vio, intentó cogerme; yo hice gala de toda mi agilidad y me escabullí aprovechando cada ranura. Sus gritos dieron la alarma al resto del pasaje:

— ¡Hay un ratón! –y no conforme con eso añadió:

— ¡Estaba escondido al lado de mi mochila!

El revuelo que se organizó en el interior del vehículo fue aún mayor que el del desalojo de la casa familiar. Había mujeres que gritaban, otras que decían verme donde no estaba; señores que intentaban ensartarme como si fuera una aceituna en sus paraguas; jóvenes que querían verme y que nadie me hiciera daño; abuelos, torpes, que en dos ocasiones estuvieron a punto de espachurrarme…Niña había vuelto a su sitio y creí ver que lloraba, aunque puede que fuera mi deseo de que se sintiera culpable lo que ponía aquellas gotas transparentes sobre su cara; no sé, no me di más tiempo para hacer comprobaciones y me encaminé hacia la salida. El conductor del autobús echaba el cierre a la puerta y a mis posibilidades de salir por ella; el jaleo iba en aumento y cada vez ideaban métodos más contundentes para acabar conmigo. Volaban zapatos, que silbaban al pasar junto a mis orejas como balas; alguna mujer intentó liquidarme a base de gritos y confieso que sobre todo una, casi lo consigue con su agudo registro, ¡Qué poderío! Hubo también quién pretendió introducirme dentro de una bolsa de plástico, supongo que pensaba que la atracción que sentimos los roedores por las bolsas de plástico blanco era de tal calibre que al verla me iba a lanzar en picado a su interior; ¡cuánto desconocimiento de las pautas de comportamiento ratoniles!

Me iba zafando de sus golpes hasta que la madre de Niña acertó a darme, si bien no de pleno, con la suficiente contundencia para dejarme atontado con una  patada, el destino se burlaba de mí como lo había hecho con Padre. Aunque yo no estaba muerto, todavía. Me habían encerrado en una caja de zapatos a la que alguien se había tomado la molestia de perforar.

Dediqué mis esfuerzos a roer aquel cartón insípido y sin que se dieran cuenta, me fugué por una esquina cuando todo el mundo había vuelto a su dormitar tranquilo; a escuchar música; a leer; a hablar por teléfono; y me escondí bajo el asiento del sillón del conductor.

Y aquí sigo, esperando la próxima parada para escapar de la muerte, a la que ya he visto demasiadas veces en poco tiempo, y reencontrarme con la vida. Ahora ya sé que es necesario buscar bien el autobús que a uno le conviene antes de comprar billete,  sobre todo si solo  es de ida.

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